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El mimoide muscular o Solaris

SOLARIS
Romina Freschi
pájarosló editora, Buenos Aires, 2007

Por Ana Guillot*

“En la vida todo lo que elegimos y apreciamos por ser sutil y leve no tarda en revelar su propio peso insostenible”
(Héctor Freire. De cine somos)

En Las Troyanas de Eurípides, Casandra y su oráculo componen un grito constante, amenazador: Himen, himeneo; himen, himeneo…Ella agita la tea, y va. La tragedia está desatada. Su oráculo furioso no prosperó/no va a prosperar. Ilión está destruida, la muerte acecha, y hasta los vencedores demorarán el regreso al propio territorio. Las ruinas son oblongas, oscuras. Hécuba retumbará en las piedras, interminablemente. Poseidón es el dueño de ese mar que habrá de deglutir contradicciones y perfiles. Pero Casandra nombra, agita la luz. Sabe que del otro lado del mar habrá también otra tragedia, innumerable; heredada de un abuelito que regaló una cena poco elegante, inapropiada. Ella, sin embargo, agita la tea: anuncia algo, lo evidencia. Himen, himeneo, repite en su delirio. Esa palabra es un mensaje cifrado, resistente a varias lecturas; a saber:
1) La hija de Príamo habla de la pérdida de cierta virginidad. Sangre que relampaguea por encima de toda inocencia. Hongo quejumbroso que anonada el espacio sagrado. Una violación.
2) Habla de un enlace, un matrimonio también inconveniente. Las pasiones humanas no parecen ser saludables: ni Agamenón ni Clitemnestra (pero tampoco Egisto) sobrevivirán a ellas. Ni siquiera ella. Y lo anuncia. ¿Dónde queda el tamaño del amor? Eros y thánatos comulgan. La hybris es la porción de la torta y el personaje se debate en la lucidez. El amor es desamor (tristeza larga o mentira). El precio de la ignorancia, del sueño o la ceguera. La tea de Casandra es un sol que quema y se lleva los restos en la boca. Se desintegra el magma, y a pesar.
3) Habla de un neo-himen: una recuperación resiliente; como barajar y dar de nuevo. O un apareamiento feliz. Neo-gótico, neo-multiforme, neo-sinéctico. La virginidad no vuelve, pero hay zurcidos que casi no se notan. Y es en la tozudez donde Casandra logra perpetuarse.
La narradora de Solaris es como Casandra: una voz que interpela al universo y su tragedia (que también es la propia). El cosmos, ese magma gigante, la deglute o la absorbe; la tensa o la magnetiza. La tea es ahora un sol (Solaris como epopeya personal y del ajeno) que nutre los espejos fragmentados de ese cosmos. Ella agita la tea, adentro y afuera de su cuerpo. La manifestación es un misterio, un ocultamiento; y como lo que es perceptible modula sus apariencias constantemente, deviene de narradora en interrogadora crucial. Un microbio contiene la magnitud de la Fuente; y el cosmos se parece a una red cableada, eléctrica, con sonido propio: ondas, devenires, mutaciones; mutilaciones y seudópodos.
No hay un oráculo (pero sí un propósito) en esta bacante que danza, en crudo, su propia mantiké. La autora se agita, respira, pregunta, asevera; vive/bebe hasta el fondo. Asma que invade y abisma: nada alcanza o todo es demasiado (y es lo mismo). En su imaginario, los objetos semejan entelequias pisciformes aglutinándose, o desmembrando sus intersticios. Solve et coagula, dice el Dante ante la pulsión fenomenal del la red. Como la explosión fundacional. Como el movimiento de un corazón.
Este libro de Romina Freschi es orgiástico, efervescente, siempre inquietante. La pulverización cósmica devasta; es lo único que hay: polvo de estrellas, soles lácteos; espejos de un sol (estrella) central (tea, conciencia, iluminación virtual). La virgen deja de serlo cuando la conciencia comienza a latir, mollera que esconde (apenas) el gajo que ha de trepar. Mollera asimilable a la membrana genital; apenas un velo a correr. El himen/himeneo siempre es personal. Lo otro (objetos, geografías, seres en general) son apenas referentes para que el derrotero se realice. Nadie desvirga más que a uno mismo, y el enlace es el mutuo acuerdo entre las propias, personales fragmentaciones. Solve et coagula. A veces furiosa, aterradoramente; otras, manso ritmo pulmonar. De nuevo: el asma es apocalíptica, pero a veces el aire conjuga tibio y constante.
En inestable equilibrio, la raíz del gajo (de la mollera, de la membrana, de la columna vertebral) está entre ambos pies: planta carnal, no clorofílica, siempre huella. La raíz o los ancestros, algo que la autora ha de reivindicar: el padre, hacia atrás (“la muerte de papá es lo que aterroriza sus límites”… “Papi, pá: algo que nace compone el mundo,/ hay demasiado mundo,/ mi infancia es llana, inmune,/ hay cientos de metros en la baldosa del jardín.”); un corazón batiente, acuático hacia adelante (“centro de carne que bombea”). El mar (¿mimoide?) está en el centro de la tierra; pero también en el vientre que se expande; en su extrusión
La buscadora, la princesa (como Casandra, como las de los cuentos infantiles) hace lo que puede (Casandra urbana, post-moderna). Como el resto, como todos (golem que apenas barre la entrada del templo, pensaría Borges). Amor y desamor; percepciones que en la frontera alucinan. Incienso que se lleva la imagen; que las vuelve vaporosas, casi irreales. Un núcleo y su nube electrónica. Quarks, neutrinos errantes, ¿qué los hace vibrar? En la reducción de tiempo y de espacio, la mecánica cuántica es poesía pura. Una metáfora de algo más, inaprensible. De la misma manera, la ciencia ficción podría emparentarse con la metafísica. Es menester abordar el misterio desde donde se pueda: con la tea, un fósforo o una linterna digital. Correr el velo (mollerita o membrana). Himen, himeneo. Neo-pupila para agotar las instancias (“imágenes de una solarística personal, una mirada nueva de ver el mar y el mundo, los espejos, el amor y mi alma”, dice las autora en la introducción a sus poemas. “Como un sueño o una obsesión”, agrega). Es en la tozudez donde Romina logra perpetuarse.
El mar (o el mimoide) es, siempre, ciertamente inquietante: mutador por excelencia (como las nubes); habitáculo donde Poseidón digiere y brama. Asociado a la dinámica de la vida, todo sale de su textura acuática y todo vuelve a él: es el lugar de los nacimientos, de las transformaciones y los renacimientos. Estado transitorio entre los posibles (aún informales), y las realidades formales; estadio de la ambivalencia, la duda, y la incertidumbre. Su líquido espumante va y viene (solve et coagula). Imagen también del subconsciente, donde el arquetipo reina y pulsa. El cuerpo humano es un 60 % agua. Flor animal en la que fetales renacuajos sueñan: “engordás,/ soportás la quietud bajo la tormenta/ un buen soporte, un buen canvas/ sobre el hielo, el óleo/ inventa, inventa el viento/ algún momento/ para ver la estrella, lo único que importa/ la estrella/ parece una médula, respira/ tiene un centro de carne que bombea/ cierra y abre los pulmones/ bajo el agua”.
Himen, himeneo. La cópula es rítmica, abarcativa. Se navega o no se navega y, si los vientos son propicios, incluye en sus tempos explosiones genuinamente alumbradoras. Fiel a su música, Romina continúa agitando su luz, pulsando el vértigo del lector. Solaris parece un libro breve, pero su oleaje se expande y continúa haciendo ruido aún después de haberlo cerrado. Solaris es una provocación, un mimoide muscular en la cabeza del lector. Una poética que raspa. Finalmente, Casandra cruzará el mar, oracular y desnuda. Y Romina parirá una estrella. Carnal o poética. Siempre andará pariendo.
*Autor
Nació en Buenos Aires. Es profesora en Letras y ha ejercido la docencia secundaria y universitaria. Actualmente coordina talleres literarios, y dicta seminarios de literatura y mitología en el país y en el exterior. Como docente ha publicado “El taller de escritura en el ámbito escolar”, y “¿Querés que te cuente el cuento?” Como poeta: “Curva de mujer” (1994), “Abrir las puertas (para ir a jugar)” (1997), “Mientras duerme el inocente” (1999), y “Los posibles espacios” (2004). Integra diversas antologías y colabora con publicaciones del país y del exterior. Es miembro del consejo de redacción de la revista Barataria. Ha sido invitada a participar de encuentros de poesía nacionales y en el exterior. Su obra ha sido publicada, parcialmente, en España, Venezuela, Chile, Méjico, Brasil, Alemania, Estados Unidos, Italia y Puerto Rico; y ha sido traducida al inglés, catalán, árabe, alemán, italiano y portugués. Tiene una novela (“Chacana”) y un libro de poemas (“La orilla familiar”), inéditos.