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Cartografías, de Silvia López
(Editorial Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2008)
Javier Fernández*

Los títulos de los poemas que componen Cartografías nos dan una idea tentativa sobre el tono, la estética y los tópicos con los que la autora operó. Se trata de catorce poemas fechados a lo largo de una década cuya estructura es en apariencia simple. Cada título remite a un lugar específico y cada ubicación espacial se apoya en una marca temporal. La estampa es capturada por una voz, esa voz es la poesía de Silvia López. Si bien sus materiales son principalmente pictóricos –el poemario recrea escenarios citadinos tanto como naturales– sería injusto atribuir a la lógica en que estos poemas están escritos, la triste cadencia de algunas fotos de viaje. Su derrotero es peculiar, puede ser la vista de un mirador, un parque, una zona recóndita del mapa o el cruce de dos esquinas en un barrio típicamente burgués de la capital. Pero es la mirada del turista –y válido es preguntarse qué clase de turista propone el libro– la que atraviesa todo el poemario. Misceláneas históricas del paisaje, anécdotas propias de los lugares, relatos surgidos del propio itinerario. La geografía natural se nos presenta como un modelo vivo posando frente a una cámara, pero en donde el lenguaje transforma al cartógrafo en poeta. Si pensáramos que la diferencia entre el fotógrafo-viajero y el fotógrafo-artista reside en su relación con el exotismo, mientras el primero captura escenarios en los que estuvo con el afán de evocar en el futuro, a instantáneas, el pasado, la faena del fotógrafo-artista tiende a traducir en imágenes una clase especial de exotismo, de peregrinaje, de extravagancia estética. Puede que el trazado de estos mapas quiera recuperar ese extrañamiento.

El rojo del semáforo/ apenas vence el peso/ plomizo de los párpados/ floto en el útero de la ciudad/ percibo su ajetreo/ la cesación de movimiento,/ y de esa eternidad/ plácida, como en algunos sueños/ del mismo material/ etéreo de las pestañas/ como un chasquido negro//”. Los poemas urbanos acaso resulten más elocuentes que los escenarios bucólicos en la medida en que la ciudad posibilita el choque entre realidad-ficción, y otorgan a la autora más posibilidades narrativas. Como nos recuerda algún sabio griego: “la función específica del poeta no es decir las cosas que ocurrieron, sino decir las cosas como podrían ocurrir”. El lector comprobará al leer estos poemas, que en el inventario de imágenes empleado por la autora, no hay temor a las imágenes coloquiales. Por sus planos transitan pájaros de todo tipo tanto como la presencia omnisciente del viento: “Somos parte del viento/ por eso no lo sentimos en la piel/ como no se siente la propia mano/ y es el viento quien me presta su mirada”, la perspectiva de esa mirada puede posarse en la barquilla de un globo aerostático o en el asombro de un extranjero que no comprende ciertos ritos, puede ser el panorama que se proyecta desde la mesa de un café, la apariencia de un cartel, la presencia de plantas en un balcón, la mancha de un Mc Donald´s en el horizonte, el recuerdo de un manual Kapeluz o una imagen de la revista Billiken que permanece intacta en la memoria.

Sus poemas celebran una sana ansiedad por anotar y registrar, al tiempo en que discuten las infinitas posibilidades que encubre la escritura: capturar, apuntar, traducir imágenes en palabras, pensar por escrito.

*Autor
Javier Fernández nació en Buenos Aires, en 1981. Estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires. Enseña español a extranjeros. Publicó traducciones en El Interpretador y en No-Retornable. Participa del blog colectivo www.palabrasamarillas.blogspot.com.