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Dramaturgias
Entropía, 2008
Luciana Espinosa*

El teatro, en tanto fenómeno teatral o “verdad-teatro”, es irreductible a su propio texto a la vez que lo supone. La forma-teatro en su versión escrita se presenta ella misma siempre incompleta, faltante respecto del momento crucial que lo acaba en su propia definición: el momento -fugaz y eterno- en que se encuentran series diversas, público y actores, mediando un escenario y el telón como firma del pacto de ficción. Desde esta afirmación es fácil percibir una cierta “dificultad” que emerge, tan sólo, en el momento de leer los textos teatrales -textos que no son las obras- y que corroboran su falta estructural, la falta del momento de la representación en escena, aunque desde su reverso, sea ello mismo lo que constituye su peculiar encanto: la lectura que busca recomponer el acontecimiento negado.

En este sentido, la antología teatral Dramaturgias nos presenta siete ocasiones de invención, siete versiones distintas de lo imaginario, siete artistas, siete mujeres, en última instancia, siete posibles obras teatrales cuyo “hilo común” sólo surge de un forzamiento, del obcecado deseo de profundizar las coincidencias allí donde comienzan a esbozarse afinidades. Si bien es cierto que por lo menos se deja plantear la pregunta (que se explicita en el breve pero contundente prólogo que realiza Mariana Obersztern) acerca de si lo que se va a leer es propio de un subgénero (el teatro de mujeres) o una mera compilación de creaciones teatrales contemporáneas sin más, nada hay en el texto que nos lleve a perseverar en la primera alternativa. El libro parece sustraerse cómodamente a los intentos de buscar “lo común” para reunificar sus textos y por el contrario, despliega su verdadera riqueza en tanto permite el despunte de la peculiaridad propia de cada obra.

Ahora bien, no podemos dejar de mencionar tampoco que las dramaturgas de la compilación son jóvenes argentinas cuyas edades oscilan en un pequeño rango que va desde los veintitrés hasta los treinta y cinco años, y que han sido muy afines en sus formaciones profesionales, las cuales parecen trazar una extraña línea de puntos que acaba dibujando un círculo que deja a los mismos individuos en su interior. Todas ellas actrices y directoras, algunas también docentes y escritoras, veamos las creaciones que nos proponen.

Poses para dormir. Lola Arias.

La trama se construye a partir del arribo de Nadia y Bruno (la piromaníaca y el conductor de aviones) a un país extranjero. Nadia se niega sistemáticamente a aceptar que es ahí donde deberá pasar alguna estadía y se muestra muy a disgusto con todo lo que sucede, o más precisamente, con lo que allí no sucede. Jota y Tao (el pornógrafo y su hija soldado) son los vecinos que, gracias a una confusión, una carta que llega al destinatario equivocado, da lugar a la interacción. Los cuatro personajes conforman una red de acontecimientos imbricados en los que el problema del exceso del deseo propio y su contraste con la miseria de la realidad son el combustible que hace funcionar el desarrollo del texto. En medio de un clima futurista y desértico, los diálogos llenos de “palabras revolver”, muy propias del siglo XXI que comienza, abren el libro y lo inician en una extraña tensión que se sostiene a lo largo de todas sus páginas.

Sigo mintiendo. Mariana Chaud

Fin de fiesta, atmósfera desplazada: un presente construido sólo por los restos de ayer y personajes despiertos pero que parecen sonámbulos excepto por el odio que los habita en sus palabras y los saca del sopor de sus actos. Repitiendo sistemáticamente una escena, la de los finales, se busca con desesperación que irrumpa alguna variación de lo extraño que destruya la continuidad infinita del “nunca pasa nada”.

Construida por antagonismos y por una articulación retrospectiva, la obra dice desde el comienzo, con destreza y humor, el sufrimiento y la alegría desatada tras la aparición del hombre azul, el hombre disfrazado que aparece entre los invitados del cumpleaños y deja a todos boquiabiertos, mudos e inmóviles. En este sentido, el mecanismo de la obra es el juego interminable que busca alcanzar el -imposible- equilibrio entre los dispares personajes que nos propone la joven autora.

Cebo. Julieta De Simona

Una extraña invasión ha llegado al edificio en que viven Jules, Antoine, Teresa y Nilda, un cuarteto de personajes comunes. La irrupción es aquí la ocasión para que se desdibujen los límites de años, las formas vulgarmente aceptadas de lo convencional y se manifiesten los bajos y oscuros apetitos que pueblan superficialmente a los personajes.

Aceptado que “todo lo malo trae consigo algo bueno” y viceversa, es fácil deslizarse por un texto bien urdido que lo transfigura todo de un modo por demás habilidoso y lleno de guiños cómicos con el lector. El trabajo de Julieta De Simone parece querer dejarnos en la boca el sabor agradable de una desgracia vuelta aceptación afirmativa de lo que acontece y su inminente celebración.

Cien pedacitos de mi arenero. Laura Fernández

El punto más alto de la compilación. Cinco hombres van confluyendo lentamente en un basural con los cadáveres de sus mujeres envueltos en bolsas de consorcio. Todo es allí una sobra: restos de vida en las mujeres asesinadas y restos de vida en los hombres que las han matado. La escena siempre esta habitada por estos cinco personajes que arman un clima masculino en el que sobrevuela la repetición del pasado como ese momento ficcional en el que las cosas pasaban verdaderamente. El mundo femenino, envuelto en plástico y suspendido a mirada es, sin embargo, lo más vivo de todo, aquello que por su exceso de vida anima a esos mismos hombres entregados. En Cien pedacitos…nos encontramos con el amor como motor y justificación de algunas vidas, y con la muerte como su final y su comienzo, mejor dicho, nos encontramos con los muertos que hablan, que nos hablan y que mas que de ellos mismos, nos muestran a los vivos que no se cansan de despedirlos.

Ifigenia en. Agustina Gatto.

Inspirada en las tragedias que se ocupan de la familia de los Atridas” el texto de Agustina Gatto presenta el breve reencuentro de dos hermanos (la Documentalista y el Forastero) que han sido separados por su madre tiempo atrás. El hermano exiliado regresa a su hogar con un amigo (el Músico) y ambos ayudan a la hermana a consumar el deseo que la atormenta: la realización de un documental autobiográfico que suceda en tiempo real. El recurso catártico de la protagonista (que se resiste a dejar pasar el tiempo destinado al olvido, y busca en el registro, en la filmación, en la repetición sanadora de lo real su propia salida al sufrimiento) deja lugar a la pregunta que atraviesa el texto y que se interroga acerca de cuál es nuestra relación con el pasado, o cuál es y cómo se construye el pasado propio, en definitiva lo que se abre es el espacio para mirar a la cara a los viejos dolores.

El calor del cuerpo. Agustina Muñoz

En una situación de playa, mezcla de paraíso caribeño y escenografía pintada de película de Sábado a la tarde, el calor arrebata y llama a los cuerpos a expresarse sin la barrera de las formas correctas. Los personajes de esta obra generan un clima denso y detallado, soporífero, en el que por acumulación, saturan todos los poros (del cuerpo y de la obra) para decir eso que no se puede hacer. Plagado de referencias sensoriales y saturado de imágenes, el texto muestra el incansable desplazamiento de lo que mueve a la acción y que sin embargo es negado en cada oportunidad. El movimiento de lo que mueve, las ganas-deseo, es postergado sistemáticamente por los personajes que quedan aquí enredados en sus propias trampas del inmovilismo. Su mundo no es otro que el que se construyen las personas que elijen quedarse en el vacío, siempre en la víspera o en el ayer, de la negación ante el paso a la acción. En ese sentido, “El calor del cuerpo es, es y es, y no tiene donde esconderse” resuena como la frase que sintetiza acabadamente la propuesta del texto que presenta Muñoz.

Algo de ruido hace. Romina Paula

Junto con Cebo y Cien pedacitos…uno de los mejores momentos de la antología. Iniciada con una cita de La Intrusa de Jorge L. Borges, que nos adelanta el movimiento interno del texto, la obra posee una forma y una estructura minimalista, sostenida en la relación extraña que adopta el trío que la protagoniza.

Dos hermanos simbióticos y una prima que los visita y toma la forma del ruido entre ambos, Romina Paula elabora una sólida construcción artística. Desde la más absoluta sencillez y los diálogos más verosímiles que se puedan concebir, los personajes transitan las ausencias que los constituyen. Articulada a partir de un diario intimo, el de la prima, que llega a cuestionar la enferma relación familiar que se deja leer sin palabras, todo el devenir del texto gira en torno a la pregunta que busca responder qué es estar vivo o cuándo se está muerto, eso sí, luego de haber aceptado que la diferencia es siempre mínima: “lo que está vivo hace algo de ruido, algo de ruido hace, aunque sea mínimo, aunque sea eso”.

Dramaturgias, se presenta como un libro que compila obras de teatro y sin embargo es mucho más que eso, en definitiva, el libro nos habla o nos propone, con ocasión de estas siete piezas teatrales, y más allá de cada una de ellas, una discusión subrepticia que tiene que ver con las condiciones actuales de producción y circulación del arte, y en especial del genero teatral, pero más precisamente aún, acerca del género teatral en el contexto de una Argentina modelo 2008.

*Autor
Luciana Espinosa nació en el mes de Abril de 1983 en el barrio de Lanús. Actualmente debe resolver sus últimos finales como estudiante de Filosofía y empuñar lo que resta de la carrera de Letras, ambos proyectos en la UBA. Ha participado en talleres literarios y trabaja como docente de Filosofía con chicos.