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Lo “Otro” de la memoria.
Olvidos, historias y testimonios de las Malvinas de posguerra.
Verónica Tozzi*

En “De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida”, Nietzsche ejerce una aguda crítica hacia cierta hipertrofia del sentido histórico advirtiendo que las grandes dichas como las pequeñas, son siempre creadas por el poder de olvidar: esa facultad de sentir no histórica durante la dicha. Nietzsche, preocupado por la habilitación del actuar en el presente (afirma) que toda acción exige olvido- “Es más, es posible vivir casi sin recuerdos y hasta feliz como el animal pero es absolutamente imposible vivir sin olvidar” (1). Si bien la vida necesita de los servicios de la historia (que podrían llamarse genéricamente recuerdo) el exceso de recuerdo (memoria o historia) es nocivo para vivir.

Nuestros violentos tiempos presentes con su exhibición obscena de violencia masiva, sistemática, estatal, holocáusticamente genocida, genocida de armenios, genocida en Hiroshima, genocida de judíos, fraternalmente genocida en África parecieran “refutar” las provocativas afirmaciones nietzscheanas. La originalidad de la dictadura argentina en su instauración de los “centros clandestinos de detención”, homólogo urbano del campo concentracionario, instalaciones a la “vista” de todos pero por nadie “advertidos” como lugares de secuestro, tortura y asesinato de personas…nos hace preguntar ¿cómo se puede temer el exceso de recuerdo e incitarnos a abrir los brazos al olvido si justamente “olvido”, dar vuelta las “páginas”, nuevos comienzos” han sido y son las banderas de los perpetradores y de todos aquellos vecinos, “ciudadanos comunes” quienes llevaban su vida cotidiana sin percatarse de lo que sucedía en esos galpones, garajes, fábricas con puertas y ventanas selladas de las que salía y entraba gente o entraba gente a la que no se verá nuevamente salir. Contra el olvido oponemos la memoria como una forma de lucha, de reparación de las víctimas del pasado para legitimar nuestras acciones presentes y futuras. Es memoria y recuerdo lo que se necesita para actuar en el presente. Ahora bien, en el caso de los acontecimientos del siglo XX, no cualquier memoria es un antídoto contra el olvido.

Cierta peculiaridad en estos acontecimientos -ciertas marcas que los distinguen de cualquier otro acontecimiento pasado- revelará que el olvido tal vez no sea el peor adversario de la memoria. Esas marcas residen en exhibir una temporalidad ambigua, sucesos de ese tipo son pasado pero son presente, son pasado-presentes. En su sentido literal pertenecen al pasado, los regímenes que los ocasionaron han sido desplazados, derrotados o reemplazados. En su sentido “vivencial”, son presente. Sus efectos dolorosos y conflictivos persisten no sólo en la experiencia de aquellos que han sobrevivido sino también en sus descendientes y contemporáneos no directamente afectados. La inquietud por afrontar esta ambigüedad temporal condujo a muchos teóricos a abordarlos en términos de la teoría psicoanalítica del trauma dado que, justamente, lo que los hace peculiarmente traumáticos es su dimensión post-traumática, esto es, la insistente reactualización sintomática o la repetición compulsiva de la experiencia de la violencia por parte de la víctima. Es esta pervivencia en el presente, su naturaleza post, su efecto demorado, la que compromete la posibilidad de su comprensión. Justamente, advertir sucesos conflictivos de nuestro pasado reciente en términos de un delay postraumático para denominar a la ambigüedad temporal que los caracteriza posibilita prestar atención a dos tipos de dificultades que se presentan a la hora de intentar comprenderlos. Por un lado, la imposibilidad de alcanzar una interpretación consensuada acerca de ellos. Por el otro, cualquier abordaje de los mismos debe tener en cuenta especialmente las experiencias y los testimonios de los individuos y grupos más directamente afectados. Cualquier interpretación histórica sugerida debe evitar deslizarse hacia una velada clausura del conflicto o a una exculpación de los perpetradores o al silenciamiento de las voces de las víctimas. Esta demanda moral emanada del desgarramiento de la víctima es la que apremió a Saúl Friedlander a advertirnos de los límites de la representación. Es este clamor sangrante el que empujó a Claude Lanzmann a denunciar la obscenidad de la comprensión (2). Es esa vindicación la que suscita sospechas acerca de la legitimidad de ciertas narrativas dadoras de significación final a los acontecimientos, pues, en su pretensión de historización científica, conspiran contra el reclamo de memoria y contribuyen al olvido.

En otras palabras, el otro de la memoria, su verdadero enemigo, pareciera no ser el olvido sino la historia pues en su intención explicativa resulta inevitablemente exculpatoria. La historia, amparada en su pretensión cognitiva y su actitud objetiva resulta distorsionadora y opresiva de la necesidad de un abordaje moral de los acontecimientos.

Asistimos consecuentemente a la ritualización conmemorativa y a la sacralización de los lugares de la memoria como alternativa a las supuestas distorsiones morales encubiertas por la investigación histórica. Hay no obstante un aspecto paradojal, pues el propio desplazamiento de la historia por la memoria se pretende él mismo como un acontecimiento histórico. Como señala Enzo Traverso, la peculiaridad traumática de los acontecimientos del siglo XX en consonancia con “esa caída de la experiencia transmitida,…resultado paradójico de la declinación de la transmisión en un mundo sin referencias” conlleva esa obsesión por la memoria (3). Lo paradojal reside en la concatenación de causas históricas reconocidas con respuestas que afianzan la conmemoración en lugar de la investigación histórica: “La memoria se torna una cuestión política y toma la forma de un mandato ético –el deber de la memoria-,…” (4). Por otra parte, y como una consecuencia natural, en esta elevación de la memoria por sobre la historia adquiere un lugar preponderante el testigo pero no cualquier testigo sino el que satisface la figura de la víctima. Memoria y testigo resultan ser los garantes de una apropiación del pasado no sólo comprometida políticamente sino en respuesta a demandas éticas de no olvido y reparación. Es más la verdadera escucha de los testimonios de los testigos se ejerce en la memoria y no en la historia.

Mi desconfianza acerca de este diagnóstico apunta a la misma focalización o denominación de los problemas del pasado reciente en términos de la disputa memoria-historia. Pues, en rigor de verdad, se soslaya no sólo el evidente hecho de que tanto memoria como historia son proclives a jugar el juego de las oposiciones binarias recuerdo-olvido, entre lo que incluye y lo que excluye. Sino peor aún, se ocultan dicotomías más profundas como entre valoración-denigración, aceptación-rechazo, aprobación-crítica, siendo cada una de ellas instancias de juegos en el que se involucran por igual los defensores de la memoria, la historia o el olvido.

Es por todo ello que en el presente escrito me atrevo a afirmar que el verdadero enemigo de la memoria no es ni el olvido ni la historia sino el “privilegio epistémico” otorgado al testimonio de las víctimas. Se pretende un privilegio de índole “moral” no obstante estar legitimado o fundamentado en cierta consideración epistémica de raíz positivista y anclaje legal. En términos generales, el espíritu que inspira a aquellos primordialmente atentos a los testimonios de las víctimas reside en el “reconocimiento” de su origen en una experiencia límite la cual no debe ser distorsionada por las ocasiones de transmisión de la misma. Esto es, la intensidad de tal experiencia e incluso su literalidad traumática no debe ser mitigada por ninguna explicación, narración o interpretación en la que el habla testimonial sea integrada como un elemento más que contribuya a la aceptación epistémica de la misma. Ahora bien, dicha apelación moral se basa en la presuposición epistemológica de la irrevisabilidad de la experiencia en primera persona y en el status del testimonio como prueba o evidencia de eventos para ser evaluados en juicio. Ahora bien, si nos adherimos estas consideraciones nos encontraremos con ciertas consecuencias muy poco deseables pues, por un lado, si la legitimidad última del testimonio se basa en la relación subjetiva con la experiencia del testimoniante, se pone en peligro la práctica misma de la aceptación comunitaria de testimonios. Y, por el otro, si la fundación última reside en la inmediatez de la experiencia, entonces, deberíamos proporcionarnos la ocasión de comprobación por la propia experiencia, haciendo secundario o, en cierto sentido, inútil al testimonio.

Será entonces urgente desentramar la práctica del testimonio de su raigambre en el contexto legal, locus crucial por su misión de restringirlo a fuente o prueba de eventos. El acto de limitar el rol del testimonio a registro verídico no interpretado de los hechos priva ilegítima y perversamente a los testigos de participar en las controversias interpretativas. El testigo sobreviviente sólo debe contar la verdad, exponiéndose al castigo si miente y al silencio si su testimonio es irrelevante para alguna supuesta tarea de significación del pasado. Para decirlo más crudamente, el efecto retorcido del privilegio epistémico/moral otorgado a las víctimas y sus testimonios es el limbo mnémico, es decir, es una memoria camuflada, privada de expresar algo más que su desgraciada experiencia en primera persona. Regresaré a estas consideraciones a la hora de abordar el caso Malvinas pues justamente sus memorias de postguerra serán una oportunidad para rastrear lo inconducente de la tajante distinción entre memoria e historia en relación a recordar y olvidar.

El 2 de abril de 1982 se materializa el objetivo largamente postergado de la recuperación argentina de las islas Malvinas; territorio, según nuestra “historia”, arrebatado por los británicos en 1833. En sus inicios la operación involucró una fuerza conjunta de ejército, marina y aviación con alrededor de 500 efectivos (5). Uno de los rasgos más notables del conflicto es el de haber implicado a la Argentina en la única guerra internacional durante el siglo XX en la que este país participa como adversario principal contra una de las mayores potencias mundiales. Este “sorprendente” acto de valía marcial invitó a analistas políticos y militares a indagar en la trama secreta de la “guerra”. Un segundo rasgo no menos destacable es que comprometió de manera protagónica a “conscriptos” de 18 y 20 años de edad con poco o nulo entrenamiento militar y poco o nulo equipamiento de manera que su potencial bélico frente a la sofisticación británica era también poco o nulo. Sumado a este disminuido poder de combate se destaca el maltrato al que fueron sometidos los soldados por parte de sus superiores durante el conflicto, el cual alcanzó su cumbre en la compulsión a firmar declaraciones comprometiéndolos a no transmitir nada acerca de lo acontecido en el teatro de operaciones.

Como consecuencia directa de esta registrada serie de ineficaz maledicencia por parte de nuestras Fuerzas Armadas, la cuestión del status que los conscriptos adquieren en la posguerra de los conscriptos se suscita crudamente: ¿fueron combatientes entonces y excombatientes o veteranos de guerra ahora? O, por el contrario, fueron sólo “chicos” y hoy exsoldados, exconscriptos protagonistas de uno de los tantos actos de represión de la dictadura. Nos encontramos de este modo enfrentados con dos problemas legados por la aventura Malvinas: la cuestión de la guerra y la cuestión de la identidad de los conscriptos involucrados. El divorcio entre los dos asuntos es llamativo. La primera disputa es y ha sido competencia casi exclusiva de expertos en asuntos políticos, diplomáticos y militares. La segunda parece a primera vista un derecho primario de los soldados y sus allegados (privilegio epistémico y moral) en respuesta directa a la memoria de sus experiencias y a la necesidad de atención a sus testimonios.

Ahora bien, qué es lo que está en juego en este divorcio y esta disputa por los nombres de Malvinas? Concretamente, ¿qué problemas se presentan en la discusión sobre cómo bautizar la identidad social de este nuevo actor social y político que se cuenta como una de las novedades que la guerra del 82 agregó a la Causa Malvinas? (6). Como señala Roxana Guber, este sujeto identitario - sucesivamente denominado “chicos”, “ex-soldados”, combatientes, “excombatientes”, “veteranos”- se define en primera instancia por su pertenencia nacional, de género, de edad y por su participación en el teatro de operaciones del Atlántico Sur (7). Hay una clara urgencia en la decisión de cómo denominar los centros que fundaron para centralizar sus demandas, contar su historia, compartir sus experiencias. Pero todas estas tipificaciones con las que se entraman no agotan la heterogeneidad y conflictividad que trasvasa a todos aquellos a los que la denominación alcanza.

Las decisiones sobre cómo nombrar una identidad colectiva tienen consecuencias a corto y largo plazo. En el plano institucional y legal urgente implica un derecho a pensión, la obligación estatal de proveer los recursos para reparación, tratamiento médico, reinserción social, etc. En ese sentido “chicos” o “ex-soldados” resultan legalmente inútiles por demasiado abarcadoras. Tales denominaciones son también ineficaces en la constitución de la identidad más allá de la necesidad reparatoria pues no dan cuenta de la especificidad de la experiencia bélica y sus postrimerías. Por otra parte, la necesidad de conservar de alguna manera su identidad de “chicos” y “ex-soldados”, en conjunción con el rechazo a reducirla a la de “veteranos”, se dirige, en el más largo plazo, a evitar su igualación con los militares de carrera apostados en Malvinas. La denominación “veterano” circunscribe las políticas de la posguerra a un problema propio e interno de los militares (8). La asistencia médica, psicológica y moral del veterano deberá estar monitoreada en el ámbito castrense, habilitándose de este modo la pretensión de considerar que la evaluación de todo el episodio bélico en Malvinas es de competencia exclusivamente militar. Más aún, el rechazo a ser todos, militares y conscriptos, unificados bajo el nombre de veteranos es relevante en el largo plazo en la consideración del lugar de los soldados en el gran relato de esta gesta, permitiéndoles abrazar la causa Malvinas sin complicidad con la dictadura que ocasionó la guerra.

La denominación de “chicos” tiene además el efecto inmediato de permitirnos visualizar a los soldados y a sus padres como víctimas de la dictadura. Por otra parte y como efecto secundario -insinuado pero no dicho-, identificarlos como “chicos” nos exonera de concebir escenas de combate en las que los soldados sean los actores protagónicos. Finalmente, “chicos” habilita la percepción de sus padres como espectadores involuntarios de la abducción de sus hijos por parte de la dictadura en analogía con los secuestros clandestinos del terrorismo de estado, haciendo caso omiso a la naturalizada actitud pasiva y obsecuente que históricamente mantuvo la sociedad argentina ante la conscripción. “Chicos” ciertamente elude cualquier sospecha de complicidad con la dictadura a través de la victimización de padres e hijos, no obstante, arriesgándose al mismo tiempo a despojarlos de su agencia.

El oportunismo de la denominación de chicos nos permite cristalizarlos como héroes trágicos de una comedia bufa, estancándolos en el pasado y obturándoles el presente. Lo que nos resulta insoportable es pensar a los soldados en combate, como agentes en una guerra, enfrentándose al matar o morir. Este rechazo a concebir esta imagen nos impide apreciar la complejidad de sus memorias, testimonios, relatos y, por qué no, de sus apreciaciones acerca del conflicto bélico. Prueba de esta aprensión nos la ofrece el premiado Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005), film basado en el libro Malvinas diario del regreso (9), del ex-soldado Edgardo Esteban. En la película el personaje Esteban presentifica sus vivencias de hace veinte años al enterarse del suicidio de uno de sus compañeros de peripecia. En una escena destacable de la misma, en tanto aprueba el ingreso de la industria cinematográfica argentina a la serie de films bélicos, se nos muestra a un grupo de cuatro soldados argentinos en el terreno malvinense efectuando una típica emboscada en un campo de batalla. La imagen anuncia la imagen inédita: “chicos de Malvinas ametrallando ingleses”. Sin embargo, nuestra expectativa de ver a los soldados en acción es frustrada. En la siguiente escena se devela que no hay tales ingleses sino un rebaño de ovejas. Los soldados se arrojan de cuerpo entero sobre una de ellas a la que carnearán y comerán gracias a la pericia campesina de uno de ellos. La memoria de activos guerreros en enérgico combate en Malvinas resulta irrepresentable para los realizadores de la película (10).

Una impactante apropiación del género testimonio en primera persona de la experiencia bélica, contraria al doble despojo de los “chicos” como actores militares en un frente bélico y como ciudadanos con voces acerca del conflicto que les tocó vivir, lo ofrece Partes de Guerra (11). El texto se presenta como un montaje de testimonios de soldados y oficiales del ejército argentino destinados en Darwin-Goose Green protagonistas de las acciones conocidas como Operación Rosario con el propósito de que los testimonios “...se entramen en un único relato, entre muchos otros posibles, de la guerra de Malvinas” (12). La pluma de los autores parece mostrarse sólo en la titulación de los capítulos: “La convocatoria”, “La espera”, “Primeros ataques”, “La rendición”, “El regreso”, etc. Hay una aparente pasividad del narrador, que se limita a agrupar en capítulos los diversos testimonios, instalando a nosotros los lectores, en el papel de espectadores de una experiencia (la guerra) de la que somos ajenos. No obstante, la sugestiva reunión de voces no nos deja afuera. Aunque la edición de las diversas testificaciones está orientada a formar un relato de la guerra, las voces que acuden a narrar los mismos acontecimientos no son neutrales ni homogéneas. Las experiencias y las acciones son contadas por los soldados y los militares en el contexto de sus diferentes pertenencias sociales y culturales. En tanto lectores somos en definitiva invitados a participar en el concierto de voces que luchan por dar la versión más significativa, y no sólo fácticamente correcta, de los hechos de la guerra. Más aún, los editores-narradores mismos son tentados a distanciarse de aquellos testimonios con los que “parecen no acordar”, contraponiéndoles en sucesión inmediata algún otro que ponga en duda la aceptabilidad política del anterior. Un notable efecto del libro es haber logrado conmovernos con los testimonios de quienes participaron en la guerra, sin disolver desacuerdos, suscitando más interrogantes que respuestas definitivas a testigos y lectores (oyentes) por igual.

Estas observaciones y estos ejemplos son una ilustración de la inescapable conflictividad en la adopción de un nombre identitario sobre todo para aquellos aunados por una experiencia traumática. Conflictividad no superada ni atemperada por “privilegios epistémicos” ni sacralizadas rememoraciones. Es por esta razón que en lugar de recordar y olvidar se debe atender a qué es lo que se excluye o incluye en nuestros ejercicios de memoria y trabajos de historia. Ahora bien, la preocupación por lo que incluye y lo que excluye no debería ser tomada como indicio de fracaso en la constitución de la identidad ni una frustración para las políticas de la memoria dado que el objetivo de éstas no es devolvernos al pasado sino contribuir a la constitución de la agencia en el presente. Y es precisamente aquí donde las consecuencias de nuestras adopciones nominales ejercen solapadamente su injerencia por lo que no debemos ser ingenuos y resistir los embrujos de participar en una nominación común. El significado no está inmediatamente presente en un signo, el significado no es el producto de una correspondencia uno a uno entre significante y significado, su significación está siempre en algún sentido ausente. Cuando leemos un texto su significado está siempre suspendido, diferido o por venir (13). Me gustaría llamar la atención a este juego de diferencia y diferimiento como aquello que nos permitirá abordar ciertos problemas específicos que se nos plantean a la hora de enfrentarnos con nuestro pasado reciente, un pasado atrapado en oposiciones binarias como memoria y olvido o memoria e historia. Dichas oposiciones encastran el diálogo con los testimonios suponiendo la identidad homogénea de las víctimas, la irrevisabilidad de su experiencia sin permitir apreciar el carácter performativo de la apropiación del pasado ya por conmemoradores ya por historiadores ya por los propios soldados así como el carácter conflictivo irreductible de su identidad. Tras las categorías unificantes de identidad se ocultan variables de clase, raza y religión –objeto de persecución, opresión y postergación en Argentina. No atender a estas variables -disimuladas tras el reclamo nacional y heroico en el que se aglutinan los excombatientes de Malvinas- es una contribución a la perpetuación de la opresión y discriminación en nuestro país. “Malvinas” y su estereotipo simbólico de mariposa sobrevolando cerca pero lejos contribuyen a pergeñar la realización de los sueños nacionalistas en un pedazo de tierra tan lejos y tan cerca del continente principal, profundizando los olvidos y postergaciones propios al interior de la sociedad real: de piqueteros, de villeros, de inundados. ¿Cómo priorizar frente a los isleños nuestro inalienable e irrenunciable derecho a la soberanía cuando nuestra Patagonia sigue despoblada y los centros suburbanos continúan acumulando villas miserias? diferencias sociales y económicas que por soslayadas favorecen diferencias en el acceso a los recursos de recuperación, reparación y reinserción a los veteranos.

Ahora bien, contra lo que se podría pensar esta constante impugnación de las categorías identitarias, no hace peligrar la agencia política de los colectivos minoritarios y concomitantemente su efectividad política y es específicamente así a la hora de pensar a los ex-soldados de Malvinas. Pues, sospecho que este constante interjuego de disputas y resistencias a ser incluidos ya bajo la categoría de ex-soldado, chico, veterano…, funciona justamente como una política de resistencia a cualquier intento de eliminar su agencia. La adopción de una categoría asumiendo su status disputable es ya asumir el rol de agentes participando activamente en dicha disputa. Ahora bien, lo que se disputa tras la cuestión de la agencia o victimización de soldados y familiares de Malvinas son los modos en los que los argentinos concebimos nuestra pertenencia social, concebimos nuestra identidad nacional o como creemos que deberíamos concebirla. Las idas y venidas en la inclusión de los testimonios de los ex-soldados involucrados en la constitución de su identidad posmalvinas en la disputa por la consideración de la causa Malvinas y su desenlace bélico nos da la oportunidad para apreciar que dichos testimonios están entramados en las mismas diversas tramas de relato nacional que la Argentina disputa.

Asumir el carácter performativo y disputable de los exsoldados evita el deslizamiento nostálgico a la sensación de que su identidad está fundada en la reivindicación del territorio perdido. A su vez, la incorporación de los testimonios de aquellos que pasaron por el teatro de operaciones ni como fuente de datos ni como registro pasivo de una experiencia sino como versiones o interpretaciones constitutivas de conocimiento los compromete expertamente en la discusión sobre la Guerra de Malvinas, la Causa Malvinas, y su relación con la identidad nacional. Sólo desde esta consideración performativa de la identidad y de los testimonios, podremos restituir a los soldados su lugar de agentes, al tiempo que en su inserción en la discusión pública, evitamos la falsa identificación de agencia con complicidad.

Notas
(1) Nietzsche, F. De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida. Editorial Bajel.
(2) Lanzmann, Claude, “The Obscenity of Understaning: An Evening with Claude Lanzmann”, en Caruth, Cathy, (ed.) Trauma, Explorations in Memory, Baltimore and London, The Johns Hopkins University Press, 1995, pág. 206.
(3) Traverso, E. “Historia y Memoria. Notas sobre un debate”, en Franco y Levín (comp.) Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo de construcción. (p. 69)
(4) Ibid. P. 71
(5) Número final de efectivos entre 10000 y 12000 (más del 50% eran civiles conscriptos), heridos 1100, muertos 653, suicidios 654. Fuentes: Federico Lorenz, Las Guerras por Malvinas (Buenos Aires, Edhasa, 2006), 88. Marcos Novaro y Vicente Palermo, La Dictadura Militar 1976-1983: Rosana Guber, De chicos a veteranos. Memorias Argentinas de la Guerra de Malvinas (Buenos Aires: Ides, 2004),14
(6) Cf. op. cit., p. 32
(7) Cf. Guber, op. cit., p. 15
(8) Por ejemplo, la Casa del Veterano de Guerra, dirigida aunque no exclusivamente, a los ex-soldados estaba administrada por militares de carrera (veteranos también de la Guerra de Malvinas). El objetivo de mantenerlo en la égida castrense era dar contención y sentido constructivo en el seno de la relación de los ex-soldados y los profesionales militares. Cf. Guber, op. cit., p. 38 y siguientes
(9) Esteban, Edgardo. Malvinas diario del regreso, Buenos Aires, Sudamericana, 4ª ed., 2005.
(10) Federico Penelas fue quien llamó mi llamó atención hacia la propia escena y su mensaje “paródico”
(11) Graciela Speranza y Fernando Cittadini, Partes de Guerra, Malvinas 1982 (Buenos Aires: Edhasa, 2005). El mismo título del libro, Partes de guerra y no recuerdos o memorias de la guerra, remite a mi juicio a subrayar la dimensión activa del relato que quieren contar. Emitir un parte involucra una decisión en función de una acción subsiguiente más que el mero dejarse llevar por las imágenes del pasado.
(12) Ibid, 11
(13) Cf. Derrida, J. La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona, 1989. Eagleton, T. (2007) Literary Theory. An Introduction. University of Minnesota Press, p. 1
*Autor
Verónica Tozzi es doctora en Filosofia por la UBA. Investigadora independiente CONICET, Profesora Adjunta de Filosofía de la historia en la UBA y de Epistemología de las Ciencias Sociales en el postgrado de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Ha estado a cargo de la edición (traducción y estudio crítico introductorio) de "El texto histórico como artefacto literario" de Hayden White, Paidos 2003. Es coeditora de "El giro pragmático en la filosofía", junto con Cabanchick y Penelas, Gedisa, 2003. Se especializa en la "Nueva filosofía de la historia" y problemas de representación histórica del pasado reciente en la Argentina. Sus artículos más recientes son: “Posguerra, “realismo figural” y nostalgia. La experiencia de Malvinas” Revista Signos Filosóficos, (2008) UAM, México; “Tomándose en serio la historia. Danto, esencialismo histórico e indiscernibles.”, Revista de Filosofía, (2007) UMC España, Vol. 32, número 2, pp. 109-126 y “La historia como promesa incumplida. Hayden White, heurística y realismo figural.”, Diánoia, (2006) UNAM, México, Vol. LI, numero 57, pp. 103-131.