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Polvora y chimangos
Edgardo Russo*

1.

No es fácil para un escritor de provincia ganarse la vida en Buenos Aires. Mientras esa frase vulgar se repetía como un mantra pegajoso en algún lugar de la cabeza, mi cuerpo sobrevivía a las desgracias en un monoambiente de los alrededores de Plaza San Martín. Mi ex mujer me amenazaba con un juicio, mi empleador (un publicista y cineasta de vanguardia) me pagaba apenas doscientos pesos, y por si fuera poco me estaba volviendo alcohólico.
Recurrí a algunos amigos que se compadecieron de mi mala suerte, pero los resultados no fueron demasiado alentadores. Mientras unos me instaban a regresar al interior sin pensarlo dos veces, otros prometieron vagamente ocuparse del asunto.

El invierno en Buenos Aires ya no es como antes, frío y húmedo. Al parecer, las masas acuáticas submarinas se desplazaron de tal manera que las previsiones de los meteorólogos quedaron reducidas a una pura charlatanería, tan acientífica como el psicoanálisis o las profecías de Nostradamus. Se podía seguir confiando en la falla geológica de San Andrés, que en algún momento de este siglo o del próximo volvería a sepultar San Francisco y las ciudades que circundan esa maravillosa bahía (Oakland, Berkeley, San José); y en que no faltaría un visionario que filmara el desastre desde Hollywood, Los Angeles, California. También se podía seguir confiando en la repetición cíclica de las erupciones del Etna o en los desbordes incontenibles del Paraná, cuyas aguas sepultan en pocos días ciudades enteras. Pero cuando un animador de televisión apoyaba el puntero sobre un mapa climático, desconfiábamos de inmediato y alistábamos el paraguas a la menor predicción de sol ardiente.
Años más tarde, viviendo temporariamente en Oakland, Bay-Area, California, escuché a algunos catedráticos de Berkeley confesar sus tres deseos. El primero era vender todas sus propiedades con excepción de los libros y la ropa; el segundo poder empacar los libros y las pieles (innecesarias en la Bay-Area pero no en Alaska); y el tercero simplemente zafar del terremoto. Pero viviendo en un lugar tan pródigo como la Bay-Area, donde además de los resabios del movimiento hippie hay mar y montaña y las hortensias florecen en las calles y Big-Sur está cerca, los catedráticos postergaban indefinidamente aceptar la oferta de enseñar en algún lugar estúpido pero seguro como Iowa o Kansas-City. A propósito, la Directora del Departamento de Español y Portugués de Berkeley, Francine Masielo, me dijo en ocasión de un asado latino-argentino donde no faltaron las mollejas que a su criterio sólo había tres ciudades really enjoyable en los Estados Unidos: “New York, Chicago y San Francisco a pesar de San Andrés. Si me quedo en San Francisco –agregó– es porque a veces nos gusta vivir con el culo sobre el hormiguero”.

En las épocas en la que transcurre este relato yo casi no había viajado. Mi último desplazamiento, de Santa Fe a Buenos Aires, no superaba los quinientos kilómetros. Y aunque significó un cambio radical de personajes y paisajes, no difería demasiado de la hipotética mudanza de San Francisco a Hollywood para filmar un desastre. Desde Buenos Aires podía registrar la metamorfosis de Santa Fe en un pueblo fantasma del país del western ya agotado el oro. Aunque también es cierto que el terremoto sepultaba otras cosas: una laguna estancada, un río que no se ve, nubes de mosquitos y las ruinas de un matrimonio.


2.

El monoambiente de Marcelo T., en los alrededores de Plaza San Martín, compensaba la ausencia de paisaje litoraleño con un enorme ventanal que se abría al patio con piscina del Hotel Elevage y a los salones del Palacio Bencich. Una noche, a poco de instalarme allí con mis escasos bártulos, me despertó el ruido chirriante de un motor entremezclándose con un torrente de agua. Dejé vagar la vista por la falsa escuadra del hall en penumbra, y me quedé inmóvil escuchando el sonido al que se le acopló in crescendo el bullicio de una fiesta. Levanté la persiana sin prender la luz, y vi una multitud de fiesta deslizándose por los salones del Palacio. El ruido, la música y las conversaciones se fundían en un rumor muy alto y monocorde del que era imposible rescatar palabra alguna. Es el sonido de lo humano si algún marciano bajase a registrarlo, pensé reconociendo vagamente en la escena los mecanismos de La invención de Morel de Bioy Casares. Es el sonido de lo humano si algún marciano bajase a registrar la burguesía porteña, me corrigió un poeta comprovinciano de paso por Buenos Aires rumbo a Sierra de la Ventana, después de pernoctar en el monoamiente y comprobar que mi versión del asunto no era un delirio.

Una noche, mientras intentaba leer a distancia un par de labios que boqueaban pidiendo respuesta a otros que se fruncían por encima de una gargantilla verde, empezó a sonar el teléfono. Era María Teresa Colantonio, reconocida escritora de novelas históricas y correligionaria radical, quien preocupada por mi suerte me había concertado una cita con Eddy Flores, director editorial de Universo, para las dos de la tarde del día siguiente. No... no son correcciones ni traducciones... Considerando los proyectos expansivos de la editorial puede ser algo interesante... Ghost-writer o algo por el estilo...
Agradecí su generosa mediación (haciendo un rápido balance me quedaban menos de cien pesos), y después de cortar volví a la ventana buscando unos labios que concluyesen alguna frase romántica. Pero la música ahogaba por completo los murmullos. Los novios bailaban.

A pesar del rohypnol, esa noche no pude a conciliar el sueño. Ordeñando lo que quedaba de una vodka muy barata cuya marca imitaba Smirnoff o Strogonoff me preparé un vodka-tonic, y después de apartar las sobras de unos ravioles recalentados me puse a releer el discurso que le había escrito a mi empleador, que al día siguiente debía presentar en la Embajada de Francia el libro de una cordobesa lacaniana sobre el tema del hijo pródigo. Como cierre de la presentación le había elegido un fragmento de Los cuadernos de Malte de Rilke, que al parecer la autora desconocía: ¿Qué sabían quién era él? Era ahora terriblemente difícil de amar, y sentía que sólo uno sería capaz de hacerlo. Pero éste aún no quería. Pensé que ese toque de erudición pedante justificaría los aplausos entusiastas de la asamblea; y por asociación busqué entre una pila de hojas mecanografiadas mi propia versión del tema. “La vuelta del hijo pródigo” formaba parte de Guerra conyugal, el nuevo libro de poemas en el que estaba trabajando. De incontables versiones con ligeras variantes elegí la última; y después de mordisquear la rodaja de limón que flotaba en la superficie del vodka-tonic me leí en voz alta:

La vuelta del hijo pródigo

Mis propiedades
se han reducido a casi nada.

La herencia
(después de tantos viajes)
es ahora un hato de mendigo
atado en nudo por las cuatro puntas de una sábana.

Me despierto en plena noche
recontando una y otra vez las pobres gemas:
un diccionario, papeles amarillos, cartas,
una pipa, una bufanda, unos guantes...

Contra toda evidencia –dirán–
soy el que no quiso ser amado.

Al menos el personaje conserva un par de guantes, una bufanda, y hasta una pipa, me dije a medias satisfecho. El hato de mendigo atado en nudo por las cuatro puntas de una sábana sonaba exagerado, pero imprevistamente aludía también al monoambiente donde vivía en austeridad, sitiado por las suntuosas fiestas del Palacio.

Al día siguiente me presenté en las oficinas de Universo a la hora convenida. De riguroso sport, por la sencilla razón de que no tenía saco ni corbata. La propuesta de Eddy Flores resultó francamente insólita: no se trataba de traducir ni corregir galeras sino de escribir un libro sobre el hundimiento del Sheffield en Guerra de Malvinas “exaltando la actuación de los pilotos aeronavales cuya puntería no falló un milímetro al disparar los misiles Exocet...” etcétera. Pensé que se trataba de un error. En todo caso, si bien yo podía ser considerado un poeta en desgracia, no me sentía dispuesto a borronear los fastos marciales de esa guerra. O bien estaban tratando con el hombre equivocado, o bien con el tema equivocado para el hombre equivocado. Pero cuando en medio de la conversación Eddy Flores se puso a elogiar la obra poética de Padeletti que yo había editado un tiempo atrás para la Universidad del Litoral, terminé por convencerme de que no se había equivocado de curriculum. Eddy Flores se sorprendió ante mi escaso entusiasmo por este nuevo proyecto, y me dijo que él se moriría por escribir algo así. (“¿Porqué no lo escribe, entonces?” pensé para mis adentros.) Resumiendo, recibiría dos mil dólares de anticipo a la firma del contrato y dos mil más contra entrega del texto sujeto a aprobación editorial. Ellos se encargarían de hacer los contactos para entrevistar a los pilotos a través de un almirante retirado que tenía especial interés en que el libro se publicara.
–Pensalo –dijo Eddy Flores–. De todos modos el contrato depende de que el almirante Rigoberto de el O.K. Quiero decir que te apruebe. Tenemos una cita mañana a la tarde en el Centro Naval. Córdoba y Florida. Te esperamos en la puerta a las seis en punto.
–¿De sport? –pregunté.
–No. De riguroso saco y corbata –fue la respuesta.

Me despedí de Eddy Flores y salí a la calle idiotizado. Hacía mucho calor y la ciudad estaba desierta. Al menos no es el infierno del asfalto santafesino, pensé. Y Santa Fe no es un invento de un autor de provincia que vivía en Yoknapatawpha y se fue a París. Tu ex mujer no existe. Tus padres no existen. Pero seguís una vez más en el lugar equivocado. Dejé atrás Plaza Lavalle, sorteando un grupo de jubilados que alzaba pancartas en dirección al Palacio de Tribunales deshabitado por el mes de Feria. A falta de Rey todos Palacios, me dije apurando el paso. En la 9 de Julio las rayas blancas recién pintadas refulgían bajo un sol insoportable. De modo que ni hippies ni punk ni leather... condecoraciones en los uniformes de los pilotos que seguramente estarán negociando ahora con American Airlines porque la British no los acepta.

Al llegar al monoambiente encontré una carta. Venía en sobre sin estampillar, y estaba mecanografiada en una Olivetti cuya cinta muy gastada borroneaba el rojo y el negro en el centro de la tipografía. Decía:

Usted a mí no me conoce. O si me conoce es como si nunca me hubiese conocido. Pero yo sí lo conozco a Usted. Y eso me da cierta ventaja. Aunque no hay razones para que usted se preocupe demasiado, al menos por ahora. Nos mantendremos en contacto.

¿Quién se tomaría el trabajo de intranquilizar a un poeta en desgracia con semejante anónimo? Yo sabía bien que a mi ex mujer le encantaban las intrigas; pero por enrevesadas que fueran sus tramas, nunca sobrepasaban el territorio doméstico donde alzaba sus guillotinas: el patio, los alrededores de la casa, o a lo sumo el barrio o la ciudad. Que expandiera el tejido hasta Buenos Aires me resultaba inverosímil. No porque supusiera en ella falta de fe sino de voluntad para asumir las exigencias de tamaña empresa... Me serví un vodka-tonic rebajado con agua; y busqué entre los papeles la versión corregida del poema que le daría título a mi nuevo libro. Releí la primera estrofa:

Guerra conyugal

Parecía fácil atravesar esa cámara oscura
donde los insultos son panes y las pesadillas peces.
Pero cuando el Padrino convirtió el vino en agua
supimos que el Camino a Damasco no está asfaltado.

Hubiera sido más sincero escribir vodka en lugar de vino. Pero me dije que la Biblia es la Biblia y Damasco Damasco. Esa noche me acosté temprano y dormí profundamente. No hubo fiesta en el Palacio.


3.

Los preparativos para el encuentro en el Centro Naval me ocuparon toda la mañana del día siguiente. En primer lugar tenía que conseguir un saco y una corbata. ¿También una camisa? Revolviendo el placard encontré una color gris arratonado que podía sacarme del apuro. Al menos no tenía manchas visibles, y bien planchada zafaba. Entonces recordé el consejo que me había dado Alberto Ure unas semanas atrás: No digás nunca en Buenos Aires que necesitás plata para comer. En todo caso decí que la necesitás para comprarte una camisa de seda. Colgué la camisa recién planchada del picaporte de la kitchenette, y después de meter las hojas de la conferencia en una carpeta salí a la calle.

Caminé hasta el barcito de Córdoba y Reconquista donde me esperaba mi empleador; quien después de una lectura superficial de la conferencia aprobó sin demasiado entusiasmo mi recorrida igualmente superficial por los capítulos del libro, a los que se hacía alusión como “tópicos” o “núcleos“. La cita de Rilke le pareció excesivamente erudita y se mostró decepcionado de que no hubiese incluído sus reflexiones sobre las modelos-top, que a su criterio hubieran dado al discurso el touch preciso de ironía. Suficiente para un encargo de ventrílocuo sin horas extra. Suficiente con malversar la Biblia y las recreaciones de Gide y Rainer María, pensé mientras trataba de convencerlo de que la fauna lacaniana le arancaría los ojos ante cualquier alusión mal pespunteada. Pero como estaba ante la única persona de este mundo que podía prestarme un saco y una corbata, me comprometí a entregarle el texto modificado a las cuatro de la tarde.
A las cuatro y cuarto salí del Florida Garden llevando bajo el brazo un saco McTaylor marrón espigado y una corbata de seda azul con dibujitos de cachorros fox-terrier. El saco te lo podés quedar –me dijo mi amigo– porque a mí me queda chico. Pero la corbata te la presto.

Gracias a dios, aunque un poco azogado tenía espejo. Agachándome para entrar en cuadro, me hice un nudo bien gordo en la corbata, disimulando un redondelito de grasa que acababa de descubrir a la altura del segundo botón de la camisa. El saco era de media estación, pero de cualquier manera era un McTaylor y el calor había aflojado. Mientras me engominaba el pelo, decidí que llevaría puestos los anteojos de leer para disimular un poco las ojeras.
A escasas cuatro cuadras del monoambiente, en la puerta rococó del Centro Naval, me esperaban Eddy Flores y su jefe vestidos de elegante sport.
–Esperemos que le caigas bien al almirante –me dijo Eddy Flores, estrechándome la mano–. De cualquier manera te lo merecés . Por venirte, con este calor, de saco y corbata.


4.

Tironeado entre la urgencia económica y los remordimientos, dejé pasar los días a la espera de que el azar decidiera. Entretanto, las escasas reservas de dinero se evaporaban en vodka barato, fideos con manteca, limones y agua tónica.
Mi amigo el cineasta me alentaba a aceptar el encargo con ingeniosas coartadas sobre el posicionamiento flapper del artista en la agonía de las vanguardias. Frank Capra arruinó su carrera cuando decepcionó a su público cautivo con “Milagro por un día”, le dictaba al grabador como quien arenga a las masas buscando frases filosas y provocativas que yo después descifraba para su proyecto de libro sobre “Políticas culturales en tiempos de crisis”. ¿Por qué temerle al arte de mercado? ¿Por qué no aprovechar la fórmula de un bestseller? ¿Acaso Rembrandt no pintó “La danza nocturna“ cumpliendo con un encargo y obedeciendo demandas de mercado donde los que pagaban más aparecían retratados en primer plano y los que pagaban menos esfumados en el claroscuro del fondo?

Yo era consciente de que las coartadas de mi empleador tenían un poco que ver con sus propios fracasos comerciales y otro poco con la fantasía de volver al ruedo llevado en andas como un Cukor argentino o un Amadori de los ‘90. Pero al mismo tiempo me empeñaba en hacer coherente su discurso un tanto alocado; como si yo mismo creyera en las promesas muy poco benjaminianas de un arte de mercado –y hasta de un arte a secas– que hasta el momento no me habían deparado regalías. Estuve preso y ni siquiera me habían invitado a Cuba como jurado. ¿Despreciaría ahora una oferta de la editorial más importante del mercado de habla hispana, que me servía en bandeja la oportunidad de hacer mi propio bestseller?
Terminé de entender su intransigencia al desgrabar del casete para el capítulo “Proyectos de cultura artesanal for-export” frases como: ¡Hay que dar de comer a nuestros hijos! El hijo de mi empleador también era cineasta; aunque prefería los divertimentos del video-clip a las angustiosas tomas fijas a la manera de Straub cultivadas en la obra vanguardista de su padre. Pero aunque intentaba abrirse camino con clips para grupos de música alternativa, su subsistencia parecía depender enteramente de la prodigalidad paterna. Yo me sentía el hijastro poco pródigo de la historia, con la diferencia de que no podía volver simplemente porque no me iba.

Las reservas morales nunca fueron mi fuerte. Entre el año 76 y el 79 me encapucharon repetidas veces para interrogarme sobre un amigo que había sido puesto a disposición del PEN en los estertores del gobierno de Isabelita. En el 76, mi verdugo fue un amigo de la infancia, quien al terminar el interrogatorio me levantó la capucha y firmó mi libertad como un brindis por los buenos viejos tiempos. Yo recordaba la ridícula frase del Che que había movilizado multitudes: Todo espectador es un cobarde o un traidor. Y la de Schopenhauer, agonizando sobre su diario íntimo: La sacamos barata. Pero no soportaba escuchar que me dijeran: Tuviste suerte.
En el 79, después de cinco meses de cárcel durante lo que dio en llamarse “la escoba fina de Viola”, mi negocio de librería estaba en quiebra y mi mujer se había puesto de novio con mi empleado. Me propusieron que nos fuésemos los tres al Brasil o al Paraguay, pero no me atrajo la idea de convertirme en un hippie trasnochado. El psicoanálisis samaritano no logró impedir que cometiera algunos actings tan desagradables y patéticos como tatuarme el estómago con un culo de botella. Preocupados por mi suerte, unos amigos porteños me consiguieron una beca en Canadá que me negué a aceptar. Trabajé un tiempo como jardinero, y aunque sembrando césped para los ricos de provincia mi columna se resintió un poco, aprendí que el nombre de la rosa-china es hibyscus, el azaharero se llama phitosporum, la flor de pájaro strelitzia y la azalea rododendro.
Dos meses antes de separarme definitivamente de Josefina estalló la Guerra. Un amigo gay que trabajaba como psicopedagogo en París cuidando mogólicos en los hospicios abiertos de Maud Mannoni, llegó de visita y me propuso ahuecar el ala. “La guerra se morfa generaciones. Te convocarán como reservista”, dramatizó. Pero a esa altura yo estaba dispuesto a quedarme y presenciar el desastre.


5.

A la espera de que el almirante Rigoberto concluyera su evaluación curricular y decidiera bochar mi candidatura a los honores de cronista de guerra, trabajé salteado en los poemas de Guerra conyugal y en la sinopsis de un proyecto cinematográfico para mi empleador sobre vida y obra de Manuel de Falla en las sierras de Córdoba.
No volví a recibir anónimos. Pero a mediados de semana el portero me entregó dos cartas: una de la administración del consorcio reclamando el pago de las expensas atrasadas, y otra que venía en un sobre muy sucio con el matasellos Santa Fe Capital. En realidad no era una carta, sino la página literaria del diario de Santa Fe celebrando la traducción al italiano de Mascaritas sueltas –una antología de los poemas de Josefina, que yo había compilado y prologado para una publicación de la Universidad. La página reproducía la versión original y la traducción del poema “Antes de releer a Constantino Cavafis”, donde Josefina confesaba haber sido una yegua sin cincha oprimiendo contra su boca la nuca casi adolescente de mi empleado. La traducción italiana corregía la grafía de Cavafis del original josefinesco, suplantando la C por la K y Constantino por Costantino, aunque yo hubiera preferido el C. P. Kavafy de la traducción al inglés de Dalven.

Leí:

Prima di releggere Costantino Kavafis

Gli occhi
dorati o castani...
No.
Del color dell’ agata
vista in solitudine
contraluce.

La nuca
ancora adolescente
contro la mia bocca.

Ero una cavalla assetata al galoppo,
la briglia che la ferma:
questo é il segreto della mía pena.

Tampoco me convencía del todo la traducción de yegua por cavalla, pero la versión no estaba mal. El diario también reproducía la contratapa del libro italiano, donde se consignaban escasos datos biográficos de la autora y unas líneas críticas que se me atribuían: Le sue poesíe non ci parlano di veritá generiche o di destini eroici o di paesaggi puri, ma di un’esperienza vissuta quasi sempre al limite del dolore o del vuoto.
Las intenciones del envío eran confusas. ¿Se me invitaba a compartir los fastos italianos de una empresa tan antigua como poco eroica? ¿O bien a recibir al estilo de Catulo las befas al cornudo? En todo caso, las befas llegaban a destiempo. Por mi parte, yo había publicado un nuevo libro donde agradecía a los dioses los insospechados beneficios de las pérdidas. Recordé un poema que no me había animado a incluir, pero dado que mi Maud Gonne de provincia se estaba haciendo famosa decidí incorporarlo a Guerra conyugal, con el título provisorio “Exvoto no publicado en libro”.

Exvoto no publicado en libro

En la indigencia va con su muleta,
felona que fue amada a desdecirlo.
Viene a la casa con la muerte a cuestas.
A desdecirlo, la que fue nube de fuego.

El teléfono sonó finalmente a las diez de la mañana del viernes. El almirante Rigoberto me proponía una cita a las dos de la tarde del martes en el Edificio Libertad, donde me presentaría formalmente a los capitanes Mayora y Echecoparry.
Sí, naturalmente que puede llevar un grabador... Por supuesto que yo voy a estar allí para hacer las presentaciones formales... A propósito: ¿desea que lo presente a los capitanes como periodista o como licenciado?...
Pensé que se trataba de una broma. Si había evaluado mis antecedentes, Rigoberto sabría muy bien que yo no era ni un periodista profesional ni un licenciado. Mejor me presenta como el escritor que contrató Universo, contesté para salir del paso.
Eddy Flores ya estaba avisado. El contrato se puede firmar durante la semana –me dijo–. Pero si necesitás plata podés retirar esta misma tarde el anticipo.
Sin decir esta boca es mía me había tragado el anzuelo.
Hice una provista de carne, Smirnoff, limones y agua tónica. Y pasé el fin de semana desvelado, escuchando dos noches seguidas el rumor del agua y el parloteo incesante de los fantasmas del Palacio.


6.

El primer paso (que suele ser la perdición del curioso) fue el encuentro con Mayorga y Echecoparry en el séptimo piso del Edificio Libertad, con el almirante Rigoberto oficiando de celestina. Pero la disposición de los pilotos de la Escuadrilla Aeronaval (cuya puntería los convirtió en héroes de Guerra de Malvinas al acertarle al Sheffield con dos certeros petardazos de Exocet) no estuvo igualmente a la altura del celestinaje. Mientras Mayora mostraba la mejor voluntad de entregarse confiado al reportaje, Echecoparry se escudó en una opción de privacidad que lo autorizaba, según sus parcas palabras, “a no mezclar la intimidad con la función pública, por más heroica o sacrificada que fuera”.
Saludándome con efusividad artificiosa antes de hacer su mutis definitivo, el capitán Echecoparry me recordó la descripción que hace Proust de los protocolos del duque de Guermantes, quien luego de inclinarse saludando al anfitrión volvía a la posición erecta arqueando unos centímetros hacia atrás la columna, dando a entender que le retiraba lo que acababa de concederle. Luego de ese preciso balanceo corporal (que indirectamente parecía aludir a la sincronización de sus reflejos al disparar los Exocet), los labios carnosos de Echecoparry dejaron escapar por debajo de un bigote excesivamente renegrido un par de frases reveladoras: Al día siguiente del hundimiento del Sheffield, los periodistas de la revista Gente invadieron mi casa, fotografiaron a mi mujer y a mis hijos y aparecieron fotos mías por todos lados. No quiero que se repita.
Me limité a retribuir el saludo sin hacer el menor intento de disuadirlo. Después de todo quedaba Mayorga: un muchacho sobrio que no usaba bigote, jugó al fútbol en la cuarta división de Vélez Sárfield y se recibió de perito mercantil en el Lasalle de San Isidro. Arreglamos una cita para el día siguiente a la misma hora.
Usted comprenderá perfectamente –me alentó Rigoberto al despedirme– que no hay nada que yo pueda hacer si un subalterno no quiere hablar de su vida privada. Espero que el capitán Mayora pueda colmar sus expectativas.

A pesar de los 34 grados a la sombra, a las tres de la tarde del día siguiente volví a planchar la camisa gris arratonado y a hacer un nudo gordo en la corbata con cachorros fox-terrier. El saco espigado estaba decididamente fuera de clima; pero no me quedaba otra opción que llevarlo plegado sobre el brazo como quien lleva un libro bajo la axila o un papel enrollado en la mano porque no puede doblarlo en cuatro y metérselo en el bolsillo. Vacilé entre ir en subte hasta Retiro y desde allí en taxi hasta el edificio Libertad, o tomar directamente un taxi en Marcelo T. Si elegía la segunda opción gastaría un peso más pero llegaría menos transpirado. De no ser por la cuestión del saco hubiese elegido cruzar por abajo Plaza San Martín en subte y gastarme el peso en otro atado de Marlboro, pero también pensé que yendo directamente en taxi me quedarían cinco minutos para prepararme una limonada con un chorrito de vodka. ¿Llevaría el grabador en la mano o en el bolsillo del saco? En el bolsillo del saco naturalmente, ya que de esa manera justificaba, al menos en parte, la incongruencia de llevar un saco de invierno en pleno verano. ¿Pero que tiene que ver una cosa con la otra?, reflexioné sobre el filo del minuto cuarto de la diferencia que me concedía la elección del taxi. No tendría que haberle echado ese chorro de vodka a la limonada... No tendría que habele echado ese chorro de vodka... Aunque ya era tarde para arrepentirme, todavía quedaba tiempo para un nescafé bien cargado.
El taxi dobló por Esmeralda, y después de rodear la Plaza dejando atrás el falso Big-Ben de la Torre de los Ingleses pasó el Retiro y dos minutos más tarde me dejó en la puerta del Edificio Libertad. Transpiraba mucho, más por la cabeza que por los sobacos. ¿Acaso no me convendría ponerme el saco espigado para disimular un poco los lamparones húmedos de la camisa en las axilas? Resolví que no. Si era necesario, apelaría al viejo truco de la lipotimia.

Ya en el interior del edificio, luego de ser anunciado por una telefonista tetona de uniforme, me engancharon una tarjeta identificatoria en el bolsillo de la camisa y un colimba me acompañó hasta el ascensor. En el séptimo piso, el capitán Mayora me estaba esperando en una oficina demasiado luminosa para mi gusto, vestido de civil: levis gastados, remera lacoste y zapatillas adidas. ¿Prefería agua mineral o café?... Las dos cosas, contesté mientras me cambiaba los anteojos por unos clippers ahumados.
Encendí el grabador y departimos amablemente, como pueden hacerlo dos vecinas colgando ropa en el tendedero de un consorcio. ¿Existe algún determinismo, curva o parábola, capaz de orientar el destino de este personaje desde el óvulo que lo engendró hasta el segundo glorioso en que eyectó los misiles?, me preguntaba en secreto. La historia banal de una vida se registraba en la cinta con una circularidad pasmosa, como si el ritmo mecánico que hacía girar el minicasete del grabador impusiera por su propia inercia el ritmo del relato. Niñez... adolescencia... iniciación... enrrolamiento... casamiento... becas... paternidades... actos de servicio. Me aburría profundamente.
Lo más interesante surgió cuando el grabador ya estaba apagado. A diferencia de sus colegas, Mayorga no había prestado servicio en la Escuela de Mecánica de la Armada porque afortunadamente pudo optar por una beca de perfeccionamiento en Massachussetts. De lo contrario, y para seguir siendo fiel a la ética que me inculcó mi padre, habría encontrado alguna excusa para pedir el retiro, dijo de manera elíptica. Pero antes de despedirnos, me anotó su teléfono particular en una hoja de agenda diciéndome que era el número del casino de oficiales de la Escuela de Mecánica, donde estaba viviendo transitoriamente desde la separación de su mujer. Podés llamar a cualquier hora, y si no estoy dejar un mensaje, agregó. Mientras plegaba el papelito y lo guardaba en el bolsillo del saco, no sé bien por qué se me ocurrió pasarle a mi vez el número de teléfono del dueño del monoambiente. Quizás lo hice pensando que el dueño del monoambiente (además de estanciero, novelista vocacional, amigo del hijo de Macedonio Fernández y propietario de un centenar de departamentos en el microcentro porteño) era también un almirante retirado. O porque pensé que vivir en la Escuela de Mecánica le resultaría incómodo a cualquiera.

Atravesé el mercado persa de Retiro y caminé hasta la boca del subte. En la estación San Martín salí al recodo de Maipú y Marcelo T., donde dos granaderos custodian un museo vacío. Al llegar al monoambiente colgué el saco en una percha, me desnudé y me di una ducha de agua fría. Todo es contigüo pensé, como si la totalidad de la Historia se desplegara en una docena de manzanas del Bajo porteño.
Los borradores de Guerra conyugal no me tentaban, y mucho menos ponerme a desgrabar las cintas. De todos modos busqué los anteojos, pero no estaban por ninguna parte. Seguramente los había olvidado al cambiármelos por los clippers, mientras Mayora servía el agua mineral y el café. Llamé al Edificio Libertad invocando el nombre de Rigoberto, y le expliqué a la telefonista que era un asunto urgente y que sin anteojos no podía trabajar. Pero después de hacer unas averiguaciones que me sonaron demasiado rápidas, la telefonista me aseguró que allí no estaban. Seguramente se los olvidó en el taxi, remató antes de cortar abruptamente.
En el cajón de los calzoncillos y pañuelos encontré unos anteojos plásticos reservados para situaciones de catástrofe. Hacerme anteojos nuevos me obligaría a reducir la cuota de Marlboro y Smirnoff. Pero ordenando las medias huérfanas descubrí un armazón que conservaba por cábala y abarataría el costo, y al probármelo comprobé que me calzaba bien. Todo es contigüo, repetí. La totalidad de la Historia se despliega en una docena de manzanas del Bajo porteño. Y sentándome a la máquina me puse a escribir.

Por la Reconquista

En pleno microcentro de Buenos Aires, descendiendo desde el corazón de la city hasta el Puerto, hay una calle casi parisina llamada Reconquista. Su trayecto es corto, y se lo puede recorrer a pie desde la zona donde se concentran las agencias de Bolsa y los grandes bancos, incluido el Lloyd’s. Por allí avanzaron las tropas inglesas cuando supuestamente las damas porteñas arrojaron aceite hirviendo desde los balcones. Lugar oscuro y angosto, enmarcado por altos edificios que filtran y opacan la luz porteña, a medida que nos acercamos al Bajo descubrimos progresivamente que esa calle internacional, de perfil francés o newyorkino, adquiere rasgos ingleses al llegar a la avenida Córdoba. El Hotel Lancaster, ubicado en la esquina suroeste, parece trasplantado de Knightsbridge o cualquier otra zona elegante de Londres. Pocos metros más adelante, bordeando la calle Florida, el recodo que desemboca en la cortada Tres Sargentos con sus construcciones bajas de ladrillo rojo termina de definir la escenografía edilicia con Harrod’s a un costado: apropiaciones, intercambios y herencias no reconocidas por las partes.

Siguiendo por Reconquista hacia el Bajo desembocamos en una enorme plaza arbolada que desciende al Retiro. A la izquierda está el monumento a San Martín, que da su nombre a la plaza. Hacia abajo, el declive de cesped dirige la perspectiva del ojo hacia el falso Big-Ben de la Torre de los Ingleses. Y hacia la derecha, incrustado en el mismo declive donde los porteños se acuestan a tomar sol al mediodía, hay un cenotafio de mármol negro dividido en placas, una por cada provincia argentina. Con una sobriedad que contradice el gusto por lo espectacular parisino (Nereidas, estatuas de Lola Mora y réplicas de Rodin), este sarcófago sin adornos donde están calados por orden alfabético los nombres de los muertos de Guerra de Malvinas, es como un involuntario emblema argentino: la tumba está vacía, los muertos faltan.


7.

Si el primer paso es la perdición del curioso, el segundo puede ser su ruina definitiva, pensé mientras improvisaba una omelette de arvejas con los restos de una tortilla.
En eso estaba cuando llamó Rigoberto. “Mayorga quedó sumamente complacido con el diálogo periodístico que mantuvo con usted en el casino de oficiales”, me dijo. Y después de reiterar sus disculpas por la inesperada reticencia de Echecoparry, me comunicó que tenía arreglada una cita con el almirante Colombio, comandante de la Base Aeronaval de Espora y ex director de la escuadrilla de pilotos que hundieron al Sheffield. “De modo que si no tiene compromisos imposibles de cancelar podríamos volar a Bahía Blanca el jueves a las ocho de la mañana en el vuelo militar a Ushuaia. Le anticipo que Colombio es un cordero con piel de lobo–dijo antes de despedirse–. Pero la información le va a resultar muy útil.”

El miércoles a la noche, los fantasmas del Palacio se arrastraron por la pista hasta la madrugada. Un conjunto de mariachis desgranó mexicaneadas a toda trompeta, repitiendo a pedido del público “Ella”, la canción favorita de mi padre:

(mariachis)

Con el llanto en los ojos
alcé mi copa y brindé por ella-a-a...
Era el último brindis de un poeta
con una Reina-a-a...

Yo me emborracho por ella
y ella quien sabe que hará-a-a..
ofreciendo en algún brindis su boca
y otra boca feliz la besará-a-a...

En el insomnio recordé que antes de decidirse a cambiar a mi madre por una mujer idéntica, mi padre se pasaba horas junto al combinado escuchando la versión de Miguel Acévez Mejía con un vaso de whisky en la mano. Mi madre le hacía añicos el disco de pasta; pero con igual perseverancia mi padre lo reponía en su discoteca de tangos, baiones y boleros.
Revolviéndome en la cama, esa noche decidí por enésima vez que ya era tiempo de empezar una dieta de abstinencia alcohólica.

Unos minutos después de las seis, salté de la cama con resaca múltiple. Metí en el bolso un par de jeans y dos remeras, me duché y me vestí con una camisa a cuadros que había comprado el día anterior a quince pesos en Chemea, jeans y zapatillas negras medio-basket. ¿Llevaría también el saco espigado y la corbata con fox-terriers? En ese caso, tenía dos opciones: aplastar el saco contra el fondo del bolso con el riesgo de arrugarlo y no poder usarlo en Espora, o bien llevarlo plegado sobre el bolso o sobre el antebrazo. Si elegía la segunda opción, resultaría excéntrico llevar un saco de media estación con camisa sport y zapatillas medio-basket. Pero además, si decidía ir de saco a la entrevista con Colombo tenía que llevar también un par de zapatos y otra camisa. La camisa color gris arratonado estaba hecha un bollo en el placard. Y a la lavilisto blanca, además de sobrarle una aureola muy visible en el cuello le faltaba un botón. Es cierto que podía coserle el botón y fregarle un poco el cuello secándolo después en el horno o con el turbo al máximo, pero seguramente se haría muy tarde y me vería obligado a tomar un taxi hasta Aeroparque. De todas maneras el saco y los zapatos no entrarían en el bolso, donde ya había cargado media docena de libros que aunque con seguridad no leería eran como irrenunciables amuletos...
Me preparé un nescafé bien cargado y me senté ante al ventanal que filtraba el amanecer entre las enredaderas. La pista del Bencich estaba cubierta de confetti, colillas, restos de comida y abollados sombreritos mexicanos de cartón. Y en la piscina del Elevage flotaba la casaca bordada de un mariachi. Me distraje inventariando la basura, hasta que me di cuenta que se había hecho muy tarde y ya no quedaba tiempo para vacilar entre camisa-corbata-saco-zapatos y un discreto sport.

“Pensé que se había quedado dormido”, me saludó Rigoberto extendiéndome efusivamente la mano y conduciéndome de inmediato a la sala de preembarque, donde unas sesenta personas esperaban la llegada del avión susurrando en el mismo tono monocorde que los fantasmas del Bencich. Los viajeros, en su gran mayoría militares, se destacaban por la pulcritud del uniforme. Blanco inmaculado de la camisa a los zapatos con un corte fulminante de dorado en las charreteras el de los hombres, y azul marino con camisa celeste y corbatita negra bajo el saco sastre el de las damas. Rigoberto lucía corbata amarilla con pintitas negras sobre camisa celeste, blazer con botones dorados, pantalón gris con rayas muy marcadas y zapatos negros abotinados. Una vez más –esta vez de elegante sport– yo era la mosca en la leche.


8.

Un chofer colimba nos llevó en media hora desde el aeropuerto de Bahía Blanca a la Base de Espora. Ya alojado en el casino de oficiales bajo instrucciones precisas de Rigoberto, me di una ducha de agua helada y dormí una siesta cataléptica hasta la hora del almuerzo.
El almuerzo consistió en jamón serrano con ensalada rusa, milanesa a la pizza con abundante vino tinto servido en pingüino, y de postre budín de pan con café y cognac. El comandante Colombio me recibiría a las tres; así que después del almuerzo todavía me quedaba tiempo para dormir otra siesta.
¿Cómo sería la oveja con piel de lobo que me recibiría “a las tres en punto por favor”, tal como me lo había pedido por teléfono su asistente? Mientras me duchaba mirando a través de la cortina plástica el ir y venir de colimbas, aviones y caballos, pensé que tenía que cambiarle las pilas al grabador y por las dudas llevar un juego de repuesto. Después de secarme, me puse los jeans y una chomba azul marino con un bordado negro del que era imposible adivinar a la distancia si era un escudo de la Navy o el logo trucho de una empresa del Once que falsifica cocodrilos. ¿Me acomodaría la remera adentro del pantalón, o la llevaría suelta para disimular los pespuntes gastados del cinturón? Afortunadamente las posibilidades de vacilar se reducían considerablemente al no haber traído el saco ni los zapatos, pero todavía faltaban diez minutos para que llegara la hora de atarme las zapatillas y recorrer los cien metros que separaban el casino de oficiales del bunker de Colombio.

Me tomé dos genioles con agua de la canilla, y haciendo tiempo busqué el final de Reflejos en un ojo dorado de Carson McCullers, en la edición de sus novelas completas que había llevado. Carecía de toda lógica que en lugar de revisar las anotaciones técnicas sobre el hundimiento del Sheffield para afinar las preguntas, dedicara por cábala esos diez minutos a releer el final de Reflejos como quien se persigna obsesivamente al pasar frente a una iglesia. Sin embargo, leí:

“El capitán estaba de pie junto a la ventana de su dormitorio. Había tomado tres pastillas para dormir, pero no lograba conciliar el sueño. Había bebido mucho cognac y estaba algo mareado y un tanto intoxicado. El capitán, que tenía gustos tan exquisitos y era tan refinado para vestirse, dormía con la ropa más ordinaria. Su pijama era de una tela tiesa como el cartón. Iba descalzo, a pesar de lo frío que estaba ya el suelo. (...) El capitán estaba oyendo el ruido del viento en los pinares cuando vio brillar una llamita en la noche. El viento apagó en seguida aquella luz, pero había tenido tiempo de ver un rostro. Y aquel rostro, iluminado por la llama y sumido en la oscuridad, lo dejó sin respiración. Escudriñó las tinieblas y pudo apenas distinguir la silueta que atravesaba el jardín. Se cruzó la bata y apretó una mano sobre su corazón. Cerró los ojos y esperó. (...) El capitán Penderton siguió esperando, de pie, con los ojos cerrados, durante unos momentos de tensión angustiosa. Entonces salió al vestíbulo y vio, recortado sobre la claridad gris de la ventana de su mujer, a aquel a quien andaba buscando. (...) Sacó una pistola del cajón de su mesita de noche, cruzó el vestíbulo y encendió la luz del cuarto de su mujer. Mientras tanto iba recordando como en sueños la silueta de la ventana, los pasos en la noche. Se dijo que lo sabía todo. Pero no hubiera podido explicar qué era lo que sabía. Sólo estaba seguro de una cosa: todo había terminado. (...) El soldado no tuvo tiempo de incorporarse. Se quedó deslumbrado por la luz y su rostro no reflejó el menor temor. Parecía muy asombrado, como si lo hubieran interrumpido de un modo imperdonable. El capitán era buen tirador, y aunque disparó dos veces sólo dejó un agujero sangriento en medio del pecho del soldado. (...) Los disparos sobresaltaron a Leonora, que se incorporó en la cama. Estaba todavía medio dormida, y miró a su alrededor como si estuviera presenciando una escena de teatro, una tragedia horrible que no hay por qué creer. (...) El capitán estaba derrumbado junto a la pared. Envuelto en aquél ropón extraño y áspero, parecía un monje disipado y vencido. El cuerpo del soldado tenía incluso en la muerte un aire de bienestar cálido y animal. No se había alterado su rostro grave, y sus manos morenas yacían con las palmas hacia arriba sobre la alfombra, como si durmiera”.


9.

Severo a pesar de la generosa sonrisa desplegada bajo un bigote de morsa que no dejaba de atusarse, el comandante Colombio estaba como atrincherado detrás de un escritorio de roble hasta donde me condujo un colimba con facha de granadero llamado Carlitos. El primer gesto (que según entendí me estaba dedicado), consistió en alzar la muñeca hasta unos diez centímetros por debajo de la nariz para constatar en el reloj la hora exacta. El segundo fue interrumpir la caricia de los dedos pulgar e índice sobre los pelos renegridos del bigote, mientras deletreaba una frase trivial de bienvenida: Tome asiento por favor, señor licenciado, le escuché decir con voz barroca sin saber si siempre hablaba así o me estaba tomando el pelo. El tercer gesto ostensible consistió en hacer girar la mano derecha, que acababa de interrumpir la caricia masturbatoria sobre el bigote, en una panorámica de ciento ochenta grados que abarcó su feudo mientras los labios articulaban como en otro idioma: Usted pensará, señor licienciado, que este despacho es el lugar de mando de un alto oficial de las Fuerzas Armadas. Pero no es solamente eso. En este lugar fueron pensadas todas mis estrategias.
Seguí con la mirada el movimiento semicircular de la mano, confirmando la idea que me había hecho al entrar, y cuando su boca terminó de cerrarse sobre la palabra “estrategias“ me animé a preguntarle si podía encender el grabador. El almirante se mostró asombrado de que aún no lo hubiera hecho, y para mi sorpresa dijo: Naturalmente, naturalmente. Y grabe lo que le dije. Que usted pensará que este despacho es solamente el lugar de mando de un alto oficial de las Fuerzas Armadas, y la verdad que lo soy. Pero desde este lugar fueron pensadas todas mis estrategias.
El cuarto gesto fue en realidad una orden que no me estaba destinada. Carlitos..., dijo chasqueando el dedo medio contra el pulgar y usando el tono de quien llama a un cachorro. Dos cafés bien, bien calientes.

El despacho era decididamente rococó. Las alfombras persas competían desde el piso con paredes que ostentaban escudos, diplomas, mapas, trabucos, fotos de fajina y fotos de combate, sables cruzados y retratos a lápiz, además de esos grabados hípicos ingleses de los que tanto disfrutan por vocación polística los militares argentinos. Entre las perlas del desorden se destacaba la serigrafía de una cabeza de caballo cortada al bies; y una ampliación fotográfica enmarcada como si fuera un Rembrandt, donde los uniformados que intercambiaban trofeos de guerra parecían, a causa del grano, los bañistas de Seurat. Mi selección era forzosamente limitada, y seguramente no hacía justicia a las reliquias del despacho, considerando que dependía tanto de mi ubicación como de la perspectiva que la mano de Colombio había autorizado relevar con su gesto panorámico.

El diálogo fue medianamente fluido pero estúpido. Y la información no agregó nada a los datos oficiales de un acontecimiento heroico pero minúsculo. Sólo yo sé (dijo a cierta altura de la charla el comandante) desde qué distancia exacta fue disparado el Exocet. Pero ese es un dato que me lo reservo.
De tanto en tanto sonaba el teléfono. Y como queriendo impedir la filtración de un secreto de Estado, el comandante me pedía que apagara el grabador, aunque las llamadas fueran simples consultas de fajina solicitando instrucciones para comprar equis kilos de carne de cordero o precisar el área donde el jardinero tenía que plantar treinta docenas de copetes-bonita.
La gesta del Sheffield siguió una cronología previsible, desde la instrucción de los pilotos de la escuadrilla y la compra clandestina de Exocets hasta la apoteosis de la eyaculación de los petardos. En cuanto a la famosa cuestión de la distancia de tiro, convencido de que el asunto era equiparable a esos secretos de Estado que se abren a la curiosidad popular pasado un siglo, es decir cuando no quedan testigos o el asunto ya no le interesa a nadie, Colombio insistió en que prefería reservarse el dato.
A cierta altura de la reunión, mientras se levantaba del escritorio-bunker encendiendo sin convidar un Partagás, el almirante volvió a llamar a Carlitos y le ordenó traer “el arcón de los documentos”. Antes de apoyar su culo gordo sobre la poltrona de cuero que estaba a mi izquierda, disimuló el ahogo del humo del habano y señalando el grabador con la punta del cigarro dijo: Vuelva a apagarlo un ratito. Los ojos se le extraviaron en el hueco de la ventana por donde en ese preciso instante pasaba un caballo negro, lustroso y como embetunado. Exocet... –murmuró, permitiéndose una brevísima ensoñación antes de recuperar las riendas del discurso–. Exocet es el caballo de Carlitos. Mejor dicho es mi caballo, y mi asistente Carlitos lo monta cuando yo no tengo tiempo. No vaya a pensar, licenciado, que sólo montamos Pucaráes y misiles...
Antes de que terminara la frase, Carlitos entró arrastrando un arcón como de pirata, con cerraduras y bisagras repujadas que hacían juego con la decoración del despacho, y lo depositó junto a la mesa-ratona.
Los supuestos tesoros consistían en rollos de papel manteca, cuadernos con tapas de hule negro y algunos aparatos de medición que no diferían demasiado de los telescopios o las brújulas que adornan las vidrieras de cualquier óptica medianamente elegante de Buenos Aires. Con extremo cuidado, como si se tratase de un frágil original de Uccello, Colombio desplegó sobre la mesa un croquis dibujado a color sobre papel manteca. Aquí está registrado con exactitud el hecho. Me refiero a la trayectoria misilística, dijo con orgullo. Lamentablemente sólo puedo mostrárselo, y eso considerando que se trata de un amigo. Pero no puedo darle una copia.
Simulando un tono sincero le agradecí el gesto, a pesar de que acababa de descubrir en la pared de la izquierda una réplica exacta, colgada junto al escudo de armas de vaya uno a saber qué realeza. La cual no parecía diferir en nada de un mapa en blanco y negro que me había dado Rigoberto. El cual a su vez no difería en nada de los que aparecieron en publicaciones militares referidas al asunto.
Con ojos celestes de potrillito zaino, Carlitos entró por tercera vez trayendo otra vuelta de café bien, bien caliente y dos copones de oporto. La oficialidad lo está esperando en el casino para festejar su cumpleaños, dijo antes de retirarse. La coquetería del almirante se desnudó en un gesto arrobado, que disimuló rápidamente sacudiendo de la inmaculada camisa azul-celeste la ceniza del habano que había dejado caer al escuchar la voz del soldado. Acompáñeme, licenciado, me dijo. Usted será el único civil invitado a mi cumpleaños.

Estaban todos de pie rodeando una mesa donde había una torta y copas a medio llenar con un champagne ya descorchado. Afortunadamente la ceremonia fue breve: un discurso, un himno y escasa chacota. A la torta le faltaba azúcar y al champagne burbujas. Alternar la torta y el champagne demandaba sus maniobras. Para cortar la torta había que dejar la copa y sostener el plato con la mano izquierda y la cucharita con la derecha, y para tomar el champagne desgasificado había que dejar el plato sobre la mesa.
Volví a la habitación de huéspedes, y me quedé más de media hora bajo la ducha, frotándome el cuerpo con una esponja gastada. Anochecía. Por la ventana, protegida por la cortina de plástico que impedía ver de afuera hacia adentro pero no de adentro hacia afuera, vi pasar a Carlitos llevando de la cincha a Exocet, embetunado en dirección a la cuadra.
Con la excusa de una ligera intoxicación pancreática me disculpé ante Rigoberto de no poder asistir a la cena. Rigoberto se mostró preocupado y quiso asegurarse que el licenciado estuviese bien atendido. Quince minutos más tarde, un colimba golpeó a la puerta trayendo una bandeja con agua mineral, canapés surtidos, coca-cola y una botella de whisky por la mitad. Cualquier cosa que necesite me llama a la guardia. Son órdenes del almirante, dijo tartamudeando el colimba.
Mordisqueé un par de canastitos de atún y me tomé un rohypnol con un generoso trago de whisky del pico de la botella. Dormí hasta la madrugada, sobresaltado por pesadillas donde el capitán Penderton se asomaba por la ventana del baño con la cabeza lustrosa del caballo Exocet, masticando la cortina como si fuera pasto.
Decidí volver a Buenos Aires ese mismo día, en el micro de las seis de la tarde. Sentí que caminaba sobre cadáveres.

Al enterarse de que no me quedaría a veranear cuatro días más a la espera del avión de Ushuaia, Colombio consideró oportuno concederme una segunda entrevista a la hora de la siesta.
Abotagado por el vino tinto del almuerzo, el comandante empezó a hablar de la desastrosa caída del presupuesto militar iniciada con calculada deliberación por el gobierno alfonsinista... sin haber evaluado convenientemente los riesgos de la desprotección de nuestras fronteras... ni tener en cuenta las deserciones forzosas del personal más calificado de la Fuerza... con lo que se está malversando el dinero que la Nación invirtió en el perfeccionamiento de estos cuerpos de elite.... etcétera.
Concluida su arenga carapintada, Colombio dedicó unos segundos a mesarse los bigotes en silencio. Y clavándome los ojos me preguntó a bocajarro: ¿Sabe lo que dijo Clemenceau de la guerra? Totalmente desconcertado contesté que Clemenceau no figuraba entre mis lecturas habituales, aunque a esa altura cualquier intervención mía sonaba como una inoportuna interrupción de su ensayo de monólogo. Dijo que era demasiado importante para confiársela a los generales. Cuando lo dijo probablemente tenía razón. Pero hoy en día es demasiado importante para confiársela a los políticos. No tienen el tiempo, ni la instrucción ni la inclinación necesarias para la estrategia. Y yo no puedo quedarme sentado e indiferente ante la infiltración que conspira para destruir nuestros preciosos fluidos corporales...
Cuando el comandante volvió a la tarea de atusarse los bigotes, me atacó un mareo del que no era justo responsabilizar al páncreas. Tenía las palmas de las manos empapadas, y por la nuca me chorreaba agua mojando el cuello de la remera. En el vértigo de un deja-vu, me convencí de haber escuchado antes exactamente las mismas palabras dichas en inglés por George Scott a Peter Sellers en la película Dr. Insólito de Kubrick; aunque difícilmente podría constatar esa fatal coincidencia, ya que Colombio juzgó innecesario que grabáramos la conversación de despedida.
En medio del soponcio junté fuerzas para ahuecar el ala, convencido de la conveniencia de una retirada estratégica e ignorando si los gestos de esa mal disimulada huida eran militares o políticos.


10.

El calor amainó, y con el fresco las fiestas del Palacio se espaciaron. En el silencio desgrabé diez horas de cinta. El botín de mis saltos de rana se reducía a una docena de páginas codeándose sobre la mesa con los poemas de Guerra conyugal.
Bullshit. Dos capítulos inconexos sobre el héroe que de chico pateaba en Vélez Sarfield y eyectó los dos petardos, y el comandante del arcón paranoico... Mierda de vaca o toro no abonaría un libro cagón.
No sé porqué me acordé de la Pizarnik, y entre los escasos libros rescatados de Josefina busqué El infierno musical, en la edición con el dibujo de la volatinera en la tapa. Al azar leí:

En tiempo dormido, un tiempo como un guante sobre un tambor.

Los tres que en mí contienden nos hemos quedado en el móvil punto fijo y no somos un es o un estoy.

Antiguamente mis ojos buscaron refugio en las cosas humilladas, desamparadas, pero en amistad con mis ojos he visto, he visto y no aprobé.

Me sentía estancado, también yo en tiempo dormido como un guante sobre un tambor. Y estaba también decididamente harto de las cosas humilladas y desamparadas que los ojos presbísicos (o presbíticos) habían visto durante demasiado tiempo, sin aprobar, en el punto fijo de la trinidad de los pies que caminan, la cabeza que piensa y el sexo que se erecta más de una vez sin razón... Entonces me serví otro vodka-tonic y decidí llamar a Susana Ruiz Moreno Sáenz-Peña de Souto confiando en que su imaginación, tan frondosa como sus apellidos, podría sacarme del apuro.

Yo había conocido a Susana Ruiz Moreno dos años antes del golpe militar. Ella era treinta años mayor que yo, y nuestros insolubles flirteos empezaron el día en que con la excusa de prestarme un libro, me invitó a pasar a su dormitorio y sacó de la mesita de luz un diafragma entalcado, estirándolo ante mis ojos como el perfecto condón para una verga gigantesca.

Ella vivía transitoriamente en Paraná con su marido, y aburrida de la modorra entrerriana cruzaba el túnel para explorar Santa Fe, a la que consideraba sin ningún fundamento “una ciudad cosmopolita”. Yo nunca consideré a Paraná una ciudad cosmopolita, pero harto de la modorra santafesina cruzaba a mi vez el túnel para aprender inglés con Susana. So pack your ermins, Mary, we are leaving... imitaba ella al Chico Heavy Metal de Burroughs mientras batía un cóctel de whisky y pronunciaba juiski en vez de guiski, jactándose de la herencia irlandesa que le permitía recitar con el mejor acento largos párrafos de Joyce, aunque no hubiese viajado nunca más allá de Montevideo.
Entre sus escritos (que iban desde el monólogo interior hasta una prosa barroca influenciada por Girondo) se destacaba una nouvelle pornográfica titulada El aprendizaje de Pasiva y un grupo de poemas en prosa que zafaban del retórico fluir de la conciencia lírica que arruinaba el resto. Uno de ellos empezaba: Cuando Emily Dickinson vivía, las mujeres eran invisibles. Y terminaba con una imagen de la heroína de Armhest colgando, de noche, su himen puritano en la huerta.

Ignoro si Josefina odiaba a Susana, pero seguramente no la quería. En relación a mí, era comprensible que ante la imposibilidad de que dos poetas sobrevivan en una misma familia, Josefina pensara que la poeta era ella. Pero tratándose de mujeres la cosa es más complicada. Aunque Susana recitara fragmentos del Finnegans y tradujera a Burroughs, desde que mostró hilacha de poeta se volvió para Josefina una burguesa porteña vestida de chiffon, cuyas virtudes no superaban una charlatanería plagada de anécdotas dudosas que la convertían en una especie de ikebana de las reuniones.
La enemistad poética y personal entre Susana y Josefina se profundizó en ocasión de un asado al que Susana no había sido sido especialmente invitada. Tarareando un rock & roll de Chuck Berry mientras preparaba las ensaladas, Susana se integró al grupo de invitados de Josefina (dos gays, una poetisa y un par de rockeros) y conquistó a los comensales relatando entre mollejas y maruchas una visita al poeta Juan L. Ortiz, involuntario Buda o Warhol de las barrancas entrerrianas y poeta-fetiche de los que trataban de imitarlo sin haberlo leído. Susana le llevó de regalo la biografía de Li-Po de Waley y un frasco de perdices escabechadas al tomillo, y luego de confesar su admiración por poemas antiborgeanos como “Ella iba de pana azul entre las manzanillas”, el viejo poeta se incorporó apartando un par de gatos apoltronados sobre sus piernas flacas, y mirándole fijamente el busto con sus ojos transparentes de pupilas dilatadas y anfetamínicas, le rogó que le mostrara una teta. Al principio ella no supo qué decir, pero mientras se desabotonaba la pechera de encaje encontró la respuesta: ¿Prefiere la izquierda o la derecha?
Al día siguiente del asado, Josefina me pidió que le pasara en limpio un poema sobre Emily Dickinson que parecía contestar al de Susana. Un fragmento decía:

si tuviese papel blanco
si tuviese la mano fina
si tuviese un lápiz en la mano
si fuese la dueña de un
pequeño escritorio junto a la ventana
contemplando el paisaje
si el escritorio fuese de madera vieja y opaca
si sus cajones tuviesen pequeñas llaves....

Me animé a cuestionarle la puntuación y la cadencia en el corte del verso blanco. El objetivo de mis sueños no tiene nada que ver con la gramática, me contestó Josefina.
Si tuviera papel blanco... si tuviera la mano fina... sonaba como un sinfín en mi cabeza. Pero las mujeres ya no eran invisibles.


11.

Vida, vida, que has hecho de tu vida moduló en cadencia de bolero Susana Ruiz Moreno del otro lado del teléfono haciendo un eco espiritista a mi lectura de la Pizarnik. Yo dudé mucho antes de llamarla, entre otras cosas porque estaba convencido de que su marido había muerto. Pero la realidad era otra. Después del Vida... vida, qué has hecho de tu vida me contó que Arturo acababa de cumplir ochenta años rodeado de sus colecciones de pipas y cocteleras en desuso. La empresa donde trabajaba había quebrado un mes antes de que se le declarara la hemiplejía, de modo que no cobró indemnización y vivían de dos jubilaciones mínimas (la suya como ama de casa gracias a los buenos oficios del comité radical de San Isidro) y de ahorros que se consumían rápidamente entre remedios que el Pami no cubría y lujos tan poco extravagantes como comprar “Pagina 12” los domingos. La casa se caía a pedazos. El yeso del living arruinó las alfombras persas mientras el polvillo seguía desmejorando los óleos de Barragán, que apostando a un repunte del mercado de la pintura se resistían a malvender. Pero lo que más la angustiaba era llevar una vida vegetativa con el macho vegetativo al que entregó por amor su diafragma entalcado; Aunque no pierdo las esperanzas de traducir en la vejez el Finnegan´s completo, agregó. El currículum de Susana siempre me había parecido inventado. Incluía desde cargos directivos en revistas como “Vosotras” e “Idilio-Film” en el esplendor de los años 50, hasta columnas de opinión firmadas con seudónimo en el diario “El Mundo” cuando su padre era Director. Lo extracurricular se nutría de anécdotas que la relacionaban con los grupos de Boedo y Florida: un coqueteo frustrante con Jorge Luis Borges en la época de los amoríos igualmente frustrantes del maestro con Estela Canto, y haber sido aupada por Roberto Arlt en las pausas de las Aguafuertes publicadas por su padre.
Decidí ofrecerle el cargo de “corresponsal de guerra” a cambio de un pago mínimo y un porcentaje de los derechos del futuro libro, con lo cual no hacía sino agregar locura a la locura.

Para Susana el día empezaba a las ocho con una ducha de agua fría y una sesión de yoga sobre la alfombra del living. Aprovechando el sueño pesado de su marido practicaba ejercicios avanzados que culminaban en “la reina de las asanas”, una postura exótica donde fijando cabeza abajo la coronilla en el ángulo de juntura de los meñiques con la alfombra, hacía recircular la sangre (incluyendo según decía las menstruales) en sentido inverso al de la posición erecta. Irrigando el cerebro y fortificando las fatigadas neuronas, permanecía cabeza abajo durante dos o tres minutos en los que veía pasar los acontecimientos de su vida como en los fragmentos simultáneos de un calidoscopio. Terminado el yoga desayunaba té con leche, preparaba el almuerzo de Arturo y le dejaba instrucciones tan precisas como “cortar el césped del talud de la derecha desde la palta hasta la abelia” antes de caminar hasta la estación Vicente López para tomar el tren que en media hora la dejaba en Retiro. De allí cruzaba Plaza San Martín haciendo un jogging de ascenso que completaba la oxigenación del yoga, compraba bizcochitos de grasa en la confitería Royal, y me tocaba el portero a las diez en punto.
Su ritmo marcial tenía poco que ver con el mío, asténico pero no abstémico. Diez minutos antes de que sonara el timbre mi reloj biológico se activaba con la pila del miedo y yo abría los ojos, saltaba de la cama, me daba una ducha rápida sentado sobre la tapa del inodoro y preparaba el mate en la kitchenette. Miedo a que la madre-postiza me sorprendiera en paños menores, y avanzando su puño de dedos largos y yogásicos intentase capturar un miembro poco entusiasta, incapaz de llenar en su pereza el condón entalcado de la dama.

Mateábamos. Enmantecando los bizcochitos, yo le leía un fragmento de Proust sobre el arte comprometido: La idea de un arte popular, como la idea de un arte patriótico, me parecía ridícula. Yo había tratado lo suficiente a las personas del gran mundo para saber que son ellos los verdaderos iletrados y no los obreros electricistas. Al respecto, un arte popular por la forma estaría destinado a los miembros del Jockey más que a los de la Confederación General del Trabajo...
Antes de sacar del bolso la chismografía historiográfica del día, Susana me contaba alguna aventura erótica donde aparecía inevitablemente como protagonista o voyeur, o las dos cosas al mismo tiempo. Por ejemplo, una franela fisgoneada en el Tren de la Costa donde una cincuentona masturbaba por debajo de un impermeable Armani a un diariero albino lampiño y jorobado que a su vez le guiñaba un ojo cómplice...

El Sábado de Gloria de esa semana santa que incluyó en sus calendas el 2 de abril, terminamos de escribir “Tablas de Sangre” y el panorama histórico de “La tradición del degüello”. El domingo festejamos las pascuas con un asado donde volví a escuchar las digresiones de Arturo sobre el colesterol de las mollejas, el arte de coagular sangre en morcilla y sus victorias como boxeador amateur antes de recibirse de ingeniero.
Yo había llevado una damajuana de vino blanco y una rosca de pascuas con huevos duros pintados. El vino era un chablis aguado y a la rosca le faltaba azúcar, pero el asado estuvo bien. Arturo se fue a dormir la siesta y nosotros nos instalamos en el living con la damajuana y los restos de la rosca. Sentados en los sillones desvencijados pero todavía mullidos Susana empezó a leer en voz alta “La tradición del deguello”.

La tradición del degüello

(fragmentos)

¿De qué trata el discurso de nuestra Historia? De baúles atesorados en las buhardillas del Barrio Sur o Norte, repletos de cartas destinadas a ser abiertas a los cincuenta o cien años de la muerte de los firmantes, confrontando fechas de batallas y datos triviales hasta descubrir en el testamento la otra verdad. La sangre corría aún sobre esos papeles, y no es difícil imaginar el olor acre que irritaba los ojos del “heredero-lector-historiador”. A estas experiencias le siguieron miles de documentos incinerados con justificaciones fatuas al estilo “Mi bisabuelo quedó totalmente loco después de esa herida en la cabeza que recibió en el año treinta y pico...” balbuceadas en la Academia Nacional de Historia. Podemos imaginar la escenografía de un living con cortinas de brocato, donde el “heredero-lector-historiador” aviva las llamas de la chimenea con manuscritos reveladores de una historia de pequeñas infamias, imposibles de tolerar en esa casa de óleos sombríos. Hasta que finalmente los estudiosos (y los novelistas y los cuentistas) se declararon hartos de la bala que atravesó el ojo de la cerradura de la casa donde muere de un tiro en la boca Lavalle...

(...)

En un artículo sobre el degüello publicado en la revista “Todo es Historia”, Juan Vigo consigna el siguiente diálogo:

–¿Cómo se degollaba, don Pascasio?
– Y... lo más fácil. Se le metía el cuchillo bajo la oreja, detrás de la carretilla, y se lo hacía bandear al otro lado. Después, no había más que cortar p’adelante. Igual que a las ovejas.

El artículo prosigue de esta manera:

El famoso gaucho alzado Ledesma, un terrible asesino que por una burla del destino fue a morir en duelo criollo a manos de un pobre agente de policía (allá por mil ochocientos noventa y tantos) contaba en los fogones de la isla de Verde, frente al Saladero Cabal: “Yo he degollau de todo y a veces por curiosidá. M’entretenía hasta con loj perros y cualisquier bicho. Y dispuej loj soltaba pa ver ande iban a parar. El que va a cáir máj lejo ej el cristiano”.
En nuestra historia del siglo pasado abundan casos de degüellos. El saladero era una verdadera orgía de sangre. La muchachada de la ciudad y de los pueblos iban a los saladeros y mataderos a entretenerse viendo degollar reses. Echeverría ha dejado tal vez una de las mejores páginas de la dramática descripción de esas faenas. Ha sido precisamente un pintor entrerriano, Cesáreo Bernardo de Quirós, quien ha dejado uno de los documentos más dramáticos de esos tiempos. Se trata de los cuadros “Los degolladores” y “El matadero”, que se exhiben en el Museo Nacional de Bellas Artes. El de “Los degolladores”, sobre todo, horroriza por su tremendo realismo, acentuado por el violento colorido, con predominio del rojo, como en casi toda la obra del artista. Allí también se ve una manta extendida sobre los pastos, donde se han ido arrojando las prendas de plata quitadas a los condenados. Era el pago que a veces recibían los degolladores por cumplir con su oficio. Quirós tuvo buenos motivos de inspiración en su tierra natal, sobre todo en los procedimientos de don Justo José de Urquiza que, según la tradición, mandaba degollar a los ladrones. Se cuenta que hubo quien perdió la cabeza por haberle robado una sandía. A Santa Fe fue a parar uno que se escapó arañando de que don Justo lo hiciera degollar por uno de sus delitos. Cayó a la ciudad de Estanislao López ostentando un gran claro sobre la frente, donde no le había quedado sino uno que otro pelito. Tomado firmemente de los cabellos, en el momento que le arrimaron el cuchillo dio un tremendo cabezazo hacia atrás y escapó. Muchas veces, por circunstancias especiales –venganzas personales, odios políticos profundos, etc...– los degolladores prolongaban el suplicio. Tal es lo que ocurrió en Tucumán con el doctor Marcos Avellaneda. Dicen que lo ultimaron con un cuchillo desafilado y mellado, y como el degollador, probablemente a propósito demoraba la faena, el doctor Avellaneda le gritó: “Apure, apure...” En condiciones también muy crueles –si es que se puede agregar mayor crueldad al degüello– fue muerto el coronel Santa Coloma apenas terminó la batalla de Caseros. Ni bien cayó prisionero fue llevado en presencia de Urquiza, quien ordenó secamente: “Degüéllenlo por la nuca. Así paga las que ha hecho”. No era una faena fácil degollar por la nuca. Había que cortar primero los músculos de la parte posterior del cuello, para abrir camino hasta la columna vertebral. Allí, con el filo del cuchillo, se buscaba una articulación de las vértebras para seccionar la columna y llegar luego a la garganta. Si el degollador le erraba a la articulación en los primeros intentos o se ponía nervioso, como el verdugo que según Maurois decapitó a María Estuardo, el trabajo se prolongaba. Lo más probable, entonces, era que se decidiese a cortar en cualquier parte hachando a machetazos el espinazo. El seccionamiento de la médula abreviaba la agonía. En el cuadro de Quirós, los degollados aparecen con las manos atadas a la espalda y los pies también amarrados. Así se degollaba más fácil, pues los prisioneros –sobre todo si eran de agallas– se defendían como podían. El caballero don Martín de Alzaga, héroe durante las Invasiones inglesas, mandó aplicar tormento a un pobre infeliz acusado de difundir noticias de la Revolución Francesa. Rodeado de toda la aparatosidad legal y procesal de circunstancias, el verdugo le amarró las manos y le fue introduciendo cuñas de hierro debajo de cada uña. La sesión indagatoria se repitió dos veces. En la primera se le destrozaron las uñas de los dedos de una mano; en la segunda se le mutiló la otra. Encima, resultó que el pobre era inocente”.

A estas citas le seguían en nuestro breve ensayo algunas disquisiciones de sociología y psicoanálisis silvestre enriquecidas por un testimonio de Bioy Casares sobre la castración de terneros, hasta derivar al “submarino” de la Escuela de Mecánica de la Armada y los toneles sellados con gente viva arrojada al mar.

–Felices Pascuas, brindamos con el chablis barato saboreando una torta de manzanas que compensaba la falta de azúcar de la rosca. Tachamos algunas frases y precisamos las citas para mecanografiar el capítulo completo, al que agregaríamos una comunicación de Sarmiento a Mitre:

“Después de mi anterior, llegó del parte de Irrazábal de haber dado alcance a Peñaloza, (y) cortándole la cabeza en Olta, extemo norte de los llanos donde parece que descansaba con su Estado Mayor. No sé qué pensará de la ejecución del Chacho. Yo he aplaudido la medida precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro, y ponerla en expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses.”

Dudábamos entre recargar el texto con citas, o bien aumentar las notas al pie. Los fragmentos de poemas se prestaban más para la nota al pie, aunque probablemente se trataba de un prejuicio. Ya un poco borracha, Susana recitó “La Refalosa”:

El que con salvajes
tenga relación
la verga y el degüello
por esta traición.

Que el santo sistema
de la Federación
se dé a los salvajes
violín y violón.

Para sellar el capítulo, me sumé a la payada con los versos de Estanislao del Campo que festejan la victoria de Pavón:

El 17 tempranero,
Me dijeron: Como un buitre
Se viene volando Mitre
Sin pararse a descansar –
Y ya salté a mi caballo
Y ya hice atar mis cañones
Y ya escaloné escuadrones
Y ya empecé a proclamar;

Y ya tendí mis guerrillas
Y ya puse baterías
Y ya hice las punterías
Y ya hice un ala avanzar
Y ya di la orden de degüello
Y ya saqué a luz mi espada
Y ya vi la porteñada
Y ya me empecé a asustar.

Aclaración
Agradecemos a Edgardo Russo por permitirnos publicar este capítulo de su libro Guerra Conyugal.
*Autor
Edgardo Russo nació en Santa Fe en 1949. Poeta y ensayista, publicó Poesía y vida. Sobre un panfleto de Gombrowikcz (1988), Reconstrucción del hecho (1987, premio Fondo Nacional de las Artes), Exvotos (1991), La historia de Tía Vicenta (1993) y diversas antologías críticas entre las que se incluyen Cómo se escribe una novela (en colaboración con Leopoldo Brizuela) y Cómo se escribe un poema (en colaboración con Daniel Freidemberg). En 1977 dirigió el largometraje Acomodador, basado en un cuento de Felisberto Hernández. Guerra conyugal es su primera novela.