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Entrevista a Patricio Pron
-Autor de Una puta mierda-
Marcelo López*

Marcelo López: Patricio, me gustaría que hablaras algo sobre la relación que tiene la guerra de Malvinas con los años de tu infancia. Alguna vez me dijiste que esto tenía que ver con el descubrimiento de la mentira como algo repudiable, ese momento en que, de chico, uno se da cuenta que mentir “no está bien”, ¿podrías contar mejor esa relación?

Patricio Pron: Bueno, unos meses antes de la guerra, en octubre o noviembre de 1981, mi madre descubrió que muchas de las historias que yo le contaba cuando ella me preguntaba qué había hecho yo en la escuela eran falsas, inventadas por mí para que tuviéramos algo de qué hablar. Mi madre estuvo enojada conmigo varios días, lo que a mí me resultaba incomprensible porque yo creía estar haciéndole un favor al mentirle porque lo que sucedía en el colegio era horriblemente aburrido. Unos meses más tarde comenzó la guerra, y, cuando terminó (y de la forma en que terminó, con un anuncio escueto de que se había firmado la rendición después de semanas de que se nos dijera que íbamos ganando), yo tuve una percepción muy clara de que nos habían mentido. Sin embargo, y aunque las diferencias entre mis propias mentiras y las del Estado eran evidentes (mis mentiras no costaban la vida de nadie y tenían la finalidad de hacer nuestra vida un poco mejor, no peor), las mías eran castigadas y las del Estado no, y ese fue un descubrimiento muy importante para mí, un descubrimiento de esos que crean vocaciones, porque desde entonces todo lo que he hecho ha sido ejercer una resistencia (aunque una mínima y personal) al monopolio de la mentira por parte del Estado convirtiendo la mentira, que es un vicio privado, en una virtud pública, y haciéndolo con la literatura. No son pocos los escritores argentinos que han hecho y aún hacen eso, y pertenecer a esa tradición, que es la tradición de la mejor literatura argentina, es una buena razón para seguir escribiendo.

ML: ¿Cómo surge la idea de novelizar un hecho tan latente y traumático para los que somos parte de una generación que no vivió concientemente el período de la guerra pero que sí experimentó la perdurabilidad de la derrota?

P.P: La idea fue escribir un libro sobre Malvinas que, a diferencia de muchos otros, no pudiera ser justificado diciendo que era el relato de un testigo o de un contemporáneo a los hechos, lo que suponía también que no debía interesarme la guerra en sí, sino más bien una guerra atravesada por la imaginación infantil y su tendencia a la exageración. Quería escribir una novela sobre la guerra como invento de la institución militar y, más específicamente, sobre Malvinas como una especie de cuento que se nos contó a los argentinos; como cuento es más o menos mediocre y demasiado dependiente de los temas y los rasgos formales de la novela bélica romántica, con su estilización del sacrificio individual y la idea de trascendencia y de triunfo por lo menos moral de la nación que cuenta la historia. En 1982 yo tenía seis años y el relato resultaba fascinante; por qué lo era también para los adultos es algo que quizás no tengamos que discutir aquí. Lo que importa es que el cuento tuvo un final que no correspondía a su género porque perdimos la guerra y el sacrificio individual de tantas personas no contribuyó al triunfo de la nación y no fue recompensado por todos nosotros, que tenemos una deuda con personas que, sólo por el hecho de haber sobrevivido a la incapacidad e ignorancia de sus superiores, merecerían ser considerados héroes. Quise escribir este libro para esas personas, para los que volvieron de las islas y para los que no lo hicieron, y para sus familias.

M.L: Me interesa la idea inocente que maneja el personaje Sorgenfrei sobre su rol en la guerra, cierto imaginario a lo Céline, esto de que “no me van a lastimar, porque no tienen nada contra mi, no les hice nada”, lo que coloca al enemigo en la posición del injusto, del asesino imbécil. ¿Qué relación pensás que podría establecerse entre esa idea de Sorgenfrei y el imaginario de los soldados que fueron enviados a una misión “simple” -la de retomar las islas, no la de combatir en una guerra- y se encontraron con esa respuesta tan violenta por parte del ejército inglés enviado por Tatcher?

P.P: No sé realmente si los soldados que pelearon en Malvinas pensaron que se trataba de una “misión simple”. Me resulta difícil imaginar que alguien haya podido creer que, de invadir territorio británico, la respuesta militar iba a ser menos violenta, pero hubo gente que sí creyó eso (comenzando por los responsables del Ejército argentino, el bando que al final más soldados argentinos mató). Supongo que Sorgenfrei simplemente no comprende la naturaleza de la guerra, que es un tipo de situación en la cual la vida individual no vale nada. Sorgenfrei sigue pensando que él puede ser reconocido por el enemigo, que puede ser considerado aún una persona individual en una situación en la que los soldados son “efectivos” y los muertos, “bajas”, y los soldados son sólo sujetos de estadística. Su inocencia (que comienza por su nombre, que en alemán significa “despreocupado”) es así también una forma de la resistencia del sentido común frente a la estupidez militar y a la inhumanización de todas las guerras, no sólo la de Malvinas.

M.L: En un momento, al principio de la novela, el protagonista se pregunta si esa bomba que aparece suspendida en el cielo y nunca termina de caer es una “característica” de esa o de todas las guerras, la misma pregunta luego se repite pero acerca de la memoria, cuando no recuerda hechos anteriores al conflicto y alguien le dice que fue operado en la cabeza y él cree que esa operación hizo que se borren sus recuerdos. Es decir: no sabe si el hecho de no recordar es también un síntoma de la guerra o no. Leyendo parte de la ficción que se ha dedicado a Malvinas yo trataba de seguir el funcionamiento de la memoria en los distintos casos (la ficcionalización de la memoria) y cómo en algunos autores se manifestaba una representación directa y en otros más elíptica. Parafraseando un poco al protagonista de tu novela, me preguntaba si una característica de la ficción escrita sobre Malvinas tiene que ver con ese intentar cerrar la herida, si esto es algo particular de esa guerra que todavía no entendemos o de todas en general, ¿cómo crees que funciona tu novela en ese aspecto? ¿El absurdo sirve para dar respuestas sobre la conciencia del hecho histórico?

P.P: Es probable que Una puta mierda dé la impresión de ser la novela donde se practica la representación más directa de la guerra (finalmente, los personajes entran en ella al comienzo del relato, y no hay nada que transcurra por fuera de ella), pero en realidad creo que su relación con Malvinas, y con el problema de cómo recordar la guerra, es mucho menos directa de lo que pudiera parecer a simple vista. La novela ficcionaliza una memoria que ya es de por sí completamente imaginaria (yo no estuve allí, era un niño cuando sucedió y tomé muchas precauciones para que ni un sólo elemento de la documentación que leí apareciera en la novela) y de esa manera creo que propone una forma de narrar la guerra que es bastante nueva y que no ve a Malvinas como acontecimiento sino como relato o como suma de relatos. En cuanto a la idea de “intentar cerrar la herida”, bueno, no sé de ningún libro que haya cerrado las heridas de nadie, ni siquiera las de su autor, pero pienso también que las novelas sobre Malvinas no pretenden cerrar ninguna herida sino contribuir a la discusión sobre la guerra, y que de esa manera contribuyen, no a que la herida se cierre, sino a que se abra aún más para evitar que se nos infrinja otra herida similar en el futuro.

M.L: En la contratapa de la novela decís que “un día alguien escribirá las otras cosas de la guerra de Malvinas de las que yo nada digo aquí” (las maestras mentirosas, los padres asustados y la prensa imbécil), ¿por qué elegiste no decirlas en esta novela?

P.P: Nunca tuve la intención de escribir una novela que agotara el tema sino ampliar el campo de posibilidades de la literatura escrita por mi generación. Cada nuevo libro debería abrir nuevos caminos y hacer posible que otros libros lo siguieran; debería enriquecer el mundo en lugar de empobrecerlo, y mi libro también intenta hacer eso.

Una victoria secreta: “(…) aquella fue para nosotros una victoria secreta porque trajo a nuestras vidas la mentira y la sospecha, que son las únicas herramientas de un escritor”

M.L: La idea de que la guerra de Malvinas ha sido para nosotros una victoria secreta, ¿no es un tanto extrema? ¿no sería un precio demasiado alto que pagar por la incertidumbre a la que de todos modos –otros, quizás- podríamos acceder?

P.P: Quizás sea una idea “extrema”, sí, pero es interesante pensar que la guerra nos dejó una pequeña serie de libros excepcionales de los que debemos sentirnos orgullosos como lectores de literatura argentina y dotó a los escritores más jóvenes (los que éramos niños por aquellos años) de un conocimiento de la naturaleza de la ficción que nos permite pensar que hay muchos libros importantes que serán escritos en los próximos años por esos escritores más jóvenes; ambas cosas son mucho más de lo que otros países han sacado de sus guerras, y, además de ser una “victoria secreta”, ofrecen algo de consuelo ante la realidad evidente de que no podemos echar el tiempo atrás e impedir la guerra.

- “Entre todas las putas mierdas del mundo esa guerra era sin dudas la peor” (cita)

M.L: Me cuesta pensar que una guerra sea peor que otras si pienso que siempre hay muerte e injusticia y, sobre todas las cosas, que la guerra empieza cuando el conflicto no se resuelve a través de la palabra, justamente el otro arma con la que contamos en tanto escritores; ¿qué te parece que tuvo esta guerra como plus comparándola con otras?

P.P: Probablemente la suma de sentimientos encontrados que provoca en los argentinos. Mi motivación principal para escribir sobre la guerra de Malvinas fue una cierta contradicción mía y de algunas personas que conozco, quienes pensamos en ella como una aventura sangrienta de una dictadura tambaleante pero, a la vez, no podemos dejar de verla como la expresión de una aspiración histórica legítima de los argentinos. Esta es una contradicción particularmente relevante para quienes fuimos a la escuela pública a partir de 1982 ya que allí se ponía especialmente de manifiesto, así que escribí el libro en un período de un mes o algo así pensando en que quizás al escribirlo podía resolver esa contradicción mía averiguando qué pensaba yo realmente de la guerra, burlarme del Ejército argentino de una forma como no había sido hecha antes en literatura y contribuir a un debate un poco subterráneo pero que no ha sido clausurado aún. Desde luego, no resolví ninguna contradicción, ni personal ni colectiva, y no acabé convencido de comprender mejor la guerra después de haber escrito el libro, pero, en contrapartida, escribirlo me ha permitido conocer a un par de personas valientes, y algunas de ellas son sus lectores.

*Autor