Volver Menú
Una puta mierda
(Fragmento)
Patricio Pron*

No sabíamos qué pensar porque la guerra era algo absolutamente nuevo para nosotros y no teníamos claro si era normal que una bomba colgara del cielo sin acabar de caer o si se trataba de una característica de esa guerra, aunque esto era obviamente una exageración porque la guerra había empezado como diez días antes y no podía decirse que algo fuera característico de ella excepto que, a diferencia de todas las guerras que habíamos visto en la televisión, en esta había nieve, nieve fría y de aspecto sucio que se las arreglaba para meterse dentro de tu uniforme no importaba cuánto hicieras para evitarlo, y que no había enemigo. No teníamos ni idea de contra quién peleábamos ni de dónde estaba. «No es que queramos saberlo todo», había dicho Moreira al Teniente Clemente S poco después de que nos anunciara que iríamos a las islas, «pero por lo menos nos gustaría saber dónde se encuentran y contra quién vamos a pelear». Estábamos en un galpón que había sido acondicionado como aula para que allí se nos instruyera en cosas que ninguno de nosotros deseaba en el fondo aprender excepto que nos pusieran una pistola en la cabeza, que era lo que en cierta forma sucedía. El Teniente Clemente S desplegó un planisferio que se encontraba detrás de su pupitre y comenzó a mirarlo, luego señaló tres puntos en tres sitios diferentes sobre la línea del Ecuador y dijo: «Están en alguna parte, en alguno de estos tres puntos». Se acercó aún más al mapa y deletreó con dificultad un nombre. «Es aquí», dijo orgulloso, señalando un punto en el mapa con una fusta que llevaba pese a no ser oficial de caballería. Su seguridad en lo que decía era tan grande que golpeaba el mapa con fuerza. Sorgenfrei levantó la mano y dijo: «Señor, ésas son las Maldivas», pero el Teniente Clemente S le gritó que eso no tenía ninguna importancia, dio un paso hacia atrás y al hacerlo su pie quedó encajado en la papelera que se encontraba junto a la pared. Mientras intentaba zafarse, Sorgenfrei insistió: «Señor, por lo menos díganos qué tenemos que llevar. Es que mi madre me ha tejido una bufanda y le gustaría mucho que la usara allí». El Teniente Clemente S quitó su pie de la papelera y en ese momento la parte superior de la pizarra cayó sobre los dedos de su mano derecha, contuvo un insulto y nos gritó: «¡No estáis aquí para preguntar sino para obedecer! ¡Sólo los intelectuales pueden jactarse de tener dudas! ¡La ubicación de las islas es un secreto militar! ¡Ni siquiera nuestro amado presidente sabe dónde se encuentran!». «Bueno», intervino entonces el Soldado Cornudo, «él no tiene que ir pero nosotros sí». El Teniente Clemente S no respondió nada aquella vez, pero luego comprendimos que tenía razón y que la ubicación de las islas era un secreto muy bien guardado, tan bien guardado que el barco que tenía que llevarnos a ellas para tomar parte en la invasión estuvo nueve días dando vueltas por el mar sin encontrarlas jamás; durante ese tiempo pasamos unas once veces frente a una playa donde unos lobos marinos se apareaban y Sorgenfrei trabó amistad con un ejemplar que lo seguía a todas partes; cada vez que tocábamos tierra se apresuraba a correr hacia su lobo marino, con el que se fundía en un abrazo del que tuvimos que rescatarlo un par de veces amenazando al animal con palos. No hubiésemos llegado nunca a las islas si San Pantaleón, nuestro presidente, que era un tipo de cuidado además de un admirable bebedor, no hubiera ordenado la división de las aguas que se encontraban entre el continente y las islas, asombrando al mundo con su dominio de un elemento que, como todos sabían, le era prácticamente desconocido. Fue gracias a esa división que pudimos llegar a las islas en un par de horas de caminata regular. Ya que no estaba dispuesto a abandonarlo pero tampoco a someterlo a semejante esfuerzo, Sorgenfrei había vaciado su mochila de todos los implementos militares y había metido dentro a su lobo marino con la ayuda de Moreira y del Nuevo Periodista, que creía que la del lobo marino podía ser una de esas historias que elevan la moral de guerra. Sin embargo, el Teniente Clemente S acabó descubriendo al polizón cuando, al pedirle a Sorgenfrei que extrajera un mapa de su mochila, sacó un pescado, y ordenó al lobo marino que saliera de allí. El animal lo mordió en la mejilla y comenzó a arrastrarse de regreso al continente llevando la mochila enganchada a su aleta trasera. En ese momento pensé que a mí también me hubiera gustado regresar y creo que no era el único, sólo que los otros no se atrevían siquiera a pensarlo, excepto O’Brien quizás, que rompió a llorar al contemplar por primera vez el paisaje gris de las islas, una esponja sucia de turba y nieve que se rompía de cuando en cuando en matas de pasto marrón que le hubieran llegado al Teniente Clemente S a la cintura si hubiese tenido una. «Mal sitio para morir», murmuré yo sin referirme a nada en particular, pero Mirabeaux me recordó que un muerto no puede elegir. Habíamos estado contándonos durante la caminata qué cosas habíamos hecho para librarnos de tener que pelear y Mirabeaux había detallado todos los venenos que había tomado, las inyecciones que se había dado y todo el dinero que eso le había costado: «Me he metido veneno para ratas, he fumado bosta de caballo, he comido pan con vidrio triturado, me he inyectado salsa de tomate, y no me ha pasado nada», se había lamentado, y Sorgenfrei le había respondido: «Tendrías que haberte inyectado petróleo en el brazo, debajo de la piel. Un primo mío tuvo tanta suerte que le cortaron el brazo hasta el codo». Y entonces el Soldado Cornudo, que por lo general era más bien callado y siempre parecía a punto de romper a llorar, nos había contado: «Un día entraron en mi carnicería y me dijeron: “El país necesita hombres como usted para defenderlo”. Yo les respondí: “Soy un hombre viejo. Mi sitio está aquí junto a mi mujer”, y creo que los convencí porque estaban a punto de irse cuando ella entró por una puerta trasera y dijo: “Nada de eso. Mi marido debe cumplir con su deber para con la patria. Llévenselo”. “Mi mujer desvaría”, respondí yo, “sabe que tengo un problema cardíaco y que por eso no soy lo suficientemente fuerte para pelear”, pero ella contestó: “Es mentira”, y dijo delante de todos: “Es fuerte como un toro. Él mismo levanta las medias reses sin esfuerzo, come como un caballo y hace el amor como un gorrión”. ¿Podéis creerlo? Frente a todos los clientes, a todos los clientes a los que yo atendía todos los días, dijo eso, y agregó: “En la cama no es ni la mitad de un hombre; cuando lo revienten de un tiro seré la mitad de una viuda”. Y entonces los del reclutamiento, luego de mirarse entre sí, comenzaron a arrastrarme hacia la puerta. En el último minuto vi que mi mujer le guiñaba el ojo a alguien que estaba detrás de mí. Me di la vuelta y vi que era uno de mis clientes más antiguos, un viejo desdentado que solía quedarse conversando en la carnicería los días que se ocupaba mi mujer. En ocasiones ella habla de más, así que aquella no era la primera vez que cometía una impertinencia. Una vez comenté: “Hoy le he regalado medio hígado al señor B. El pobre viejo estaba tan débil que apenas podía tenerse en pie”, y ella me respondió: “Se le dan mejor las actividades horizontales”. Eso sucedió unos días antes de que cerrara la cámara frigorífica por error mientras yo me encontraba dentro, de lo que se dio cuenta mi hijo mayor, el de mi primer matrimonio, que me rescató un par de horas después; de modo que se puede decir que estoy aquí por haberme casado con una mujer torpe». Nos habíamos quedado pensando un momento y luego el Nuevo Periodista había dicho: «En realidad, usted está aquí por haberse casado con una mujer demasiado lista». El Soldado Cornudo lo había mirado como si no lo entendiera. «Que tu mujer te pone cuernos», le había dicho entonces Sorgenfrei como si le hiciera un favor y el Soldado Cornudo se había echado al suelo y se había tomado la cara con las manos. «Una de las tantas infidelidades que un hombre debe soportar para cumplir con su deber de darle soldados a la Patria», había dicho el Teniente Clemente S, que pasaba por allí tratando de calzarse un guante en el pie. Nadie le había hecho caso y entonces Moreira había intentado consolarlo: «Estas cosas han sucedido siempre; incluso le han pasado a grandes hombres, a reyes y a generales», había dicho. «Claro que precisamente tú no eres ni un rey ni un general», había agregado Sorgenfrei con aire distraído, «sino un carnicero, un gordo al que su mujer le pone cuernos con un viejo que no se puede tener en pie». El Soldado Cornudo se había puesto a gimotear, lo que nos había dado mucha pena a todos, y había comenzado a decir: «¡No soy más que un pobre cornudo! ¡Moriré de hambre aquí mientras mi mujer engorda al viejo!». «Quizás te maten antes de que llegues a tener realmente hambre», le había respondido Sorgenfrei, pasándole la mano por el cabello, aunque no debería haber dicho eso porque entonces el Soldado Cornudo se volvió loco, tan loco como sólo puede estarlo alguien que durante años se ha dedicado paciente y sacrificadamente a volverse loco, a perder la cabeza de todas las formas posibles. Uno de los que había llegado con las tropas de desembarco, diez días atrás, entró a la barraca que nos habían asignado y alguien le preguntó a qué hora comíamos y entonces este dijo que los suministros estaban suspendidos y que la última vez que habían comido algo había sido unas horas antes del desembarco. Entonces el Soldado Cornudo comenzó a aullar de dolor y hubiera seguido llorando echado en su litera, volviéndose loco lentamente, de no haber sido porque afuera habían comenzado a estallar las bombas y el Teniente Clemente S nos ordenó que saliéramos a tomar posiciones. Era probablemente la más estúpida de las órdenes que nos habían dado hasta ese momento, ya que nos encontrábamos a buen resguardo en nuestro refugio y sospechábamos que el enemigo tiraría sus bombas de todas formas, estuviésemos nosotros presentes o no, pero el Teniente Clemente S insistió y, tomando su fusil al revés, nos apuntó con la culata y nos amenazó con fusilarnos allí mismo si no salíamos. O’Brien, Moreira y yo nos miramos y decidimos no movernos, dispuestos a esperar que el Teniente Clemente S tirara del gatillo, pero entonces Sorgenfrei le advirtió que tenía el fusil al revés y el Teniente Clemente S lo agarró correctamente y nos amenazó con el otro extremo del fusil, el único extremo que nos parecía peligroso, y tuvimos que salir a ocupar posiciones en la trinchera. Entonces Sorgenfrei saltó fuera para tratar de ver las posiciones enemigas, alguien disparó al soldado aquel que no pertenecía a nuestra compañía y el Soldado Cornudo también saltó fuera de la trinchera y comenzó a correr en dirección al enemigo, luego la niebla lo ocultó y no volvimos a verlo, y una bomba quedó suspendida sobre nuestras cabezas y todos nos preguntamos si eso era algo rutinario en esa guerra o una novedad, inapreciable para quienes, como nosotros, carecían de toda experiencia previa en esa clase de cosas, por ejemplo, que alguien que no conoces te tire bombas con la finalidad de desalojarte de este mundo, cosa que no contribuye mucho a que conozcas alguna vez a tu benefactor. Seguramente nuestro presidente, San Pantaleón, nos hubiese podido explicar todo esto porque era un tipo muy listo, pero se encontraba a miles de kilómetros de allí, siguiendo de cerca el desarrollo de los acontecimientos. Yo, por mi parte, pensé que quedarme echado en la barraca preguntándome si lo de la bomba era algo nuevo o no era mucho más seguro que permanecer a la intemperie en medio de un bombardeo o recibir órdenes del Teniente Clemente S, y comencé a andar en dirección a la barraca dispuesto a seguir de esa forma, en lo posible, todo lo que durara la guerra, pero el Teniente Clemente S, que trataba de hacer caso omiso de la bomba de la que nosotros no podíamos apartar la vista, dijo que nuestra actuación durante el bombardeo había sido irresponsable e infantil y agregó que nos enseñaría a desenvolvernos durante un ataque con armas químicas, que era lo único que nos faltaba. Se echó al piso y desde allí nos dijo que debíamos respirar el aire que flotaba a ras del suelo, sólo que al hacerlo le entró por las fosas nasales barro y nieve, que desafortunadamente era todo lo que había a ras del suelo, y comenzó a toser como si de verdad se encontrara bajo un ataque con armas químicas. Moreira se apresuró a ayudarlo y pisó una de sus manos por error, cosa que enmendó rápidamente levantando su pie para depositarlo, también por error, sobre la otra. Un soldado de los que habían tomado parte en el desembarco llegó y nos anunció que el General Mayor se encontraba en camino pero, como no lo conocíamos, nos consideramos liberados de la obligación de ofrecerle recepción alguna y seguimos un rato con lo nuestro, que era ver al Teniente Clemente S rodar por el barro agarrándose las manos y mirar la bomba sobre nuestras cabezas y saltar de un sitio a otro cuando, por alguna razón más o menos misteriosa, teníamos la impresión de que comenzaba a caer.

Aclaración
Agradecemos especialmente al autor y a la editorial El cuenco de plata por dejarnos reproducir este fragmento que seleccionamos para la ocasión.
*Autor
Patricio Pron (Rosario, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (bajo la luna nueva, 1999) y El vuelo magnífico de la noche (Colihue, 2002) y de las novelas Formas de morir (UNR Editora, 1998), Nadadores muertos (Editorial Municipal de Rosario, 2001) y Una puta mierda (El Cuenco de Plata, 2007), además de antologador junto a Burkhard Pohl de Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada. Nuevos relatos desde Argentina] (Hainholz Verlag, 2002), la más reciente antología de narrativa argentina en lengua alemana. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato 2004 y el XXIV Premio Jaén de Novela 2008 por El comienzo de la primavera (Literatura Mondadori, 2008), y antologado en Argentina, España, Alemania, Colombia y Cuba. Su tesis doctoral sobre los procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi fue defendida en la universidad alemana de Göttingen en junio de 2007 y publicada de manera electrónica. Pron es también periodista y vive en Madrid desde enero de 2008. El comienzo de la primavera será publicado en Argentina en 2009.