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Otras voces, otros ámbitos
Marcelo López

La tarde del dos de Abril de 1982, mientras se anunciaba por televisión el intento de recuperar las Islas Malvinas por parte del ejército argentino, cuentan mis padres que yo estaba dormido, exhausto: durante toda la mañana había intentado, una y otra vez, dar mis primeros pasos, en el patio de mi casa. Lo intentaba y me caía en cada oportunidad. Obstinado, como suelen serlo los chicos, seguía adelante. Tenaz, como suelen serlo los soldados aún cuando saben que la batalla no es fácil y todo está casi perdido. Ese dos de Abril yo cumplía un año y dos meses. Mientras mi mamá, algo más previsora, se preocupaba por la posibilidad de una guerra, afuera, esa fuerza alocada llamada “opinión pública” aplaudía con fervor el estúpido intento suicida de un gobierno de facto anémico. En la tele, seguían los informes, uno más confuso que el otro y mi papá llegó entonces a casa, después de trabajar. El también estaba eufórico, orgulloso de su patriotismo y de la oportunidad que se presentaba, de pronto, de recuperar ese espacio, mítico, de las Islas.

Al tiempo que mis padres intentaban ponerse de acuerdo con esa información que llegaba desde el sur, la confusión crecía: en mi casa, en la calle, en los diarios, en todos lados. De pronto, dicen ellos, yo empecé a llorar. No había manera de hacerme dejar de llorar. Me llevaron a una pediatra, pero esta dijo que no era nada. Nada visible, dijo. Yo seguí llorando un rato más, hasta quedarme sin fuerzas y caer en un sueño profundo, de esos que tienen los chicos, que nunca se recuerdan.

Dos días después, el cuatro de Abril, por la mañana, todo mi barrio estuvo movilizado: decenas de conscriptos, clase ‘62 y ’63, fueron llegando de diferentes puntos del país al Regimiento mecanizado Nº 3, enfrente al lugar en donde aún hoy vivo (1) . A medida que iban llegando a los cuarteles de La Tablada veían los camiones militares en fila, ordenados, dispuestos para salir de un momento a otro a un destino que muy pocos conocían. Algunos de ellos intuían Comodoro Rivadavia como una posibilidad, otros ni siquiera sabían para qué los habían citado allí, ni estaban al tanto del conflicto que allá por las Islas había comenzado, menos de 48 horas antes. Hoy pasaron más de 26 años de ese momento: un momento de patriotismo idiota, pero también de incertidumbre, de miedo y desgano. Pensar Malvinas, una guerra injusta, no es sencillo. No lo ha sido para ellos, los soldados que se reunieron esa mañana en el Regimiento de La Tablada, ni para todos los otros que estuvieron en las islas y no lo será, de seguro, para nosotros, los que vivimos la guerra sin conciencia cívica, derrotados desde la cuna, o como yo, que ensayaba mis primeros pasos al tiempo que esos jóvenes se morían, con hambre y miedo, tan lejos de sus casas.

El hecho de que muchos soldados se hayan despedido de sus familias antes de partir a la guerra y morir, aquí, a menos de trescientos metros de donde ahora estoy escribiendo estas palabras, es algo que me deja una sensación en el cuerpo muy extraña. Últimamente siento que quisiera saberlo todo sobre ellos: qué pensaban antes de ir a combatir, a qué cosas más le tenían miedo. Mi interés no es el de un historiador ni el de un crítico literario. No soy ninguna de ambas cosas. En realidad, solo soy alguien que se apasiona por los relatos, alguien a quien la Historia lo interpeló de un modo directo y bastante brutal cuando todavía era chico. Es por esa razón, porque interrogarme funciona como un modo de reordenar los hechos, que Malvinas me provoca una fuerza de atracción tan intensa que no puedo fijar la atención en otro lugar. Todos los interrogantes tienen su lugar en el año ’82, también, en esos años salvajes, previos al estallido del conflicto. Sucedió allí, pero aún hoy, entre todos, tratamos de seguir respondiendo sobre lo que ha pasado.

Desde hace ya bastante tiempo, en las páginas de esta revista, venimos trabajando bajo la idea de hacer circular, no solo algo de la ficción que se escribe actualmente, sino también opiniones e ideas respecto a diferentes ámbitos y ejes temáticos. Es por eso que no queríamos restringirnos únicamente a la opinión de escritores ya éditos, o como suele decirse habitualmente: “consagrados”, sino que también nos interesaba saber la opinión de quienes aún dan sus primeros pasos (o quienes ya han dado varios pero no tienen, en el medio, una difusión acorde a la obra que vienen llevando a cabo). Es por eso, porque para nosotros es tan importante una palabra como la otra, que decidimos hacer este apartado de preguntas y respuestas, para que entre todos lleguemos a una aproximación más satisfactoria sobre lo que significa ese conflicto, que explotó en el ’82, con la guerra, y que perdura en nuestra conciencia hasta el día de hoy.

¿Qué se recuerda de Malvinas? ¿qué se sabe y qué queda todavía oculto? ¿por qué estos autores deciden dedicarle sus ficciones a este tema tan engorroso, por momentos inasible? Si la literatura sirve o no para dar el paso inicial en el contexto de una interpretación de la Historia, es algo que no estoy dispuesto a responder, pero que seguramente –y pese a mi propia voluntad- se contestará con las palabras que seguirán a continuación.

Fiel a nuestro espíritu, acercamos la palabra de otros autores sobre este eje, al que le dedicamos un extenso dossier en este número. Dichas palabras, se completarán con el análisis personal, atento, de cada uno de nuestros lectores.


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Preguntas a Sebastián Basualdo:

¿Por qué elegiste Malvinas como uno de los ejes de tu primera novela? ¿te parece que hay cuestiones sin resolver, cuentas pendientes, respecto a los excombatientes y el lugar que tuvieron luego, al regresar del combate?

Sebastián Basualdo: Cuando comencé a escribir la novela tenía muy claro que no quería abordar la problemática de los excombatientes de manera frontal, sino como vos decís: a partir de un eje que girara en torno a la mirada de un adolescente a principios de la década de los noventa, inmerso en una familia cuyo padrastro había combatido en la guerra. Todo lo que este adolescente sabe sobre Malvinas es producto de lo que escuchó, aquello que le contaron. Para bien o para mal, no importa. El caso es que de repente tiene a ese hombre enfrente, quizá ya devastado por aquella experiencia. En todo caso, mi intención fue abordar la problemática social de los excombatientes una vez finalizado el conflicto bélico, y para eso necesité imaginar una familia insertada en una sociedad que, casi podríamos decir, les temía a quienes combatieron en Malvinas. Ahora, sobre lo que me preguntás después, pienso que la situación de los excombatientes hoy no es la misma que la que tuvieron que padecer durante el resto de los años ochenta y los noventa. Pensemos que a la gran mayoría de ellos les costó muchísimo insertarse en una sociedad que, posteriormente a la guerra, los sumió en el silencio con aval de un Estado que tampoco los resguardaba lo suficiente. Todo lo que quedó sin resolver, las cuentas pendientes, está y estará siempre presente en la terrible cantidad de suicidios que hubo después de la guerra.

¿Qué cosas te llamaron –o te llaman- la atención de esa guerra?

Sebastián Basualdo: Yo pertenezco a esa generación que fue tomando conciencia tardíamente de lo que significó la guerra de Malvinas. Tuve que documentarme para recrear el personaje del excombatiente y la reacción que tuvo la sociedad en su mayoría. Una de las cosas que me llamó la atención fue que, cuando comencé a documentarme y a conversar con gente cercana, no pude encontrar a nadie que admitiera haber estado de acuerdo con el desembarco en las islas. Pienso ahora en ese histórico treinta de marzo, que con sólo tres días de diferencia, convocaba también a una considerable cantidad de personas. Una actitud esquizofrénica. Cuando veo los documentales de la Plaza de Mayo del dos de abril, a la gente vivando frente a Galtieri, me resulta del todo inverosímil.

La noción de héroe en torno a los soldados de la guerra de Malvinas es bastante compleja teniendo en cuenta que, en definitiva, fue una guerra que se perdió, ¿qué pensás al respecto? Lo pregunto, sobre todo, por el personaje de Francisco y la mirada que el protagonista de la novela tiene hacia él.

Sebastián Basualdo: La noción de héroe necesita de la mirada de un tercero para manifestarse, sólo entonces cobra una dimensión social y por lo tanto ideológica. Si es cierto que la sociedad necesita héroes, habría que ver desde qué lugar se construyen, como así también desde el que se derrumban; la construcción y la destrucción es parte de la ambivalencia de la que hablábamos antes, y parece ser muy típico de nuestro ser nacional. En cuanto a la novela, me parece que Lautaro ve en Francisco a un héroe no por haber participado en la guerra de Malvinas sino por el modo en que se lo contaron. Es la madre de Lautaro quien utiliza por primera vez esa palabra. Hay una intención deliberada de construir una imagen; y es lo que finalmente cae: queda el hombre despojado de sus mitos.


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Preguntas a Rodolfo Cifarelli

¿Qué recuerdos tenés de la época de la guerra de Malvinas? ¿Qué cosas cambiaron paradigmáticamente en tu visión sobre el conflicto en esos días comparándolos con el presente?

Rodolfo Cifarelli: El sentimiento de un hecho inédito -una dictadura genocida enfrentando a la OTAN- dio paso a la irrealidad que provocaba cotejar otros hechos no menos inéditos. Por ejemplo: muchos de los exiliados por el terror apoyando la causa de Malvinas, jubilados regalando oro en la televisión para la guerra. También el triunfalismo místico de una sociedad que siempre se escuda en una refutación neurótica de la derrota, el fin de una época –la de los golpes militares- y el comienzo de una democracia que lleva 25 años de entrega, decepción y unos pocos oscuros días de justicia.
En el relato “La máscara” padre e hijo no hablan del conflicto, eliden todo el tiempo hablar directamente sobre el tema, ¿ves una interrupción en el diálogo intergeneracional en cuanto a dicha guerra? ¿creés que son muy diferentes los puntos de vista que existen respecto al tema de una parte y de otra?
Rodolfo Cifarelli: La generación de los padres de los combatientes es la generación que vivió los golpes militares con más apatía que indignación. Para esa generación no fue nada anormal que los militares, que venían decidiendo casi todo, se decidieran a perpetrar una guerra «en serio». Tampoco hay que olvidar que cuatro años antes de Malvinas gran parte de la sociedad veía con buenos ojos un enfrentamiento armado en el Beagle.

El tiempo es una bendición o una maldición, según como se vea, dice el padre de Gloria en el cuento “Una costa lejana”, ¿cómo ves el pasar del mismo en cuanto a la reconstrucción de la memoria de aquellos días?

Rodolfo Cifarelli: La memoria busca siempre construir el sentido ¿pero con qué se construye la memoria? El tiempo es una maldición porque no podemos volver atrás para cambiar nada. Y es una bendición porque todo pasado nunca fue mejor.

En el cuento “Graceland” hay un tratamiento ficcional sobre la figura de un excombatiente que se hace pasar por Elvis, una construcción, digamos, alrededor de la locura. Sobre este personaje se dice, además, que no se sabe si se salvó por esa misma locura o por su valentía en la batalla de Pradera del ganso, ¿cómo pensás que pueden ser esas personas que después de la guerra intentaron tener una vida normal? ¿te tocó conocer de manera directa a algún excombatiente? ¿te parece que hay manera de “saldar las deudas” con esta figura tan particular del excombatiente?

Rodolfo Cifarelli: Es demasiado el daño que se les hizo -y se les hace- a los veteranos. Hay un dato siniestro: la cantidad de caídos en combate ya fue superada por la cantidad de suicidios de ex combatientes. No creo que exista un fenómeno similar en otra parte. Hay un caso que condensa la respuesta social a Malvinas así como mucho de lo que hace este país (iba a escribir de mierda pero me contuve) con sus ciudadanos decentes: Ignacio Bazán, el único soldado condecorado por honor al valor en combate, empeñó la medalla y no mucho después se ahorcó. Conocí a varios ex combatientes y no suelen hablar de la guerra. Será porque las experiencias más crudas se narran hacia adentro del propio grupo, del ghetto al que los confinamos.

¿Qué sensaciones te despierta interrogarte sobre el conflicto de Malvinas?

Rodolfo Cifarelli: La sensación principal: estar cercado por contradicciones que terminan siendo la forma misma de nuestro destino argentino.


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Palabras de Paola Ferrari:

Recuerdo muchas cosas de ese momento, pero los recuerdos más fuertes son escenas de mi familia escuchando las noticias de la guerra a la noche en la cocina. Yo no quería saber nada, me sentaba debajo de la mesa y me tapaba fuerte los oídos (mágicos segundos conmigo misma en los que el conflicto se esfumaba).
No entiendo por qué razón me impactaba tanto, al final de cuentas tenía solo nueve años, pero no podía entender la situación. Comprendía perfectamente que estábamos viviendo una guerra, pero no podía entender las razones de un conflicto armado, pensaba que no podían existir, que los países debían solucionar sus problemas de otro modo, que las guerras habían sucedido en otras épocas y que no se podían repetir.
Otro recuerdo fuerte viene del ámbito del colegio, yo iba a una escuela religiosa y todas las mañanas rezábamos el rosario en la capilla. Cuando entrábamos al colegio formábamos y nos trasladaban para rezar, después nos daban instrucciones sobre como proceder en caso de emergencia y realizábamos simulacros. Hechos inolvidables para una infancia que sólo se alimentaba de muñecas.
Como ya habrán podido notar, a los nueve años, mi mundo era demasiado mágico, era difícil bajar repentinamente a una realidad tan cruel; más que difícil me era imposible; por eso me refugiaba aún más en el amplio imaginario que a la larga inventaba las imágenes de “esa guerra lejana”.
Para tranquilizarme pensaba que el conflicto sucedía a miles de kilómetros (tal vez me lo decía mi familia) pero era imposible creer mi propia mentira. Las Malvinas eran flechas que atravesaban todo, no dejaban espacios privados vacíos.
En mi poesía el uso del término “guerra infantil” alude directamente a una guerra paralela, interna que más que guerra fue el shock que causó en mí ese evento público. La oscuridad, los soldaditos, son imágenes que fueron surgiendo, se fueron entrecruzando a lo largo del tiempo con fotos reales de la guerra y mi imaginación. A medida que pasan los años se borronea la línea de lo que imaginé en ese momento y lo que vi o supe después.
Creo que en ese sentido a todos nos pasó lo mismo, aún a quienes no eran niños en aquel entonces.


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Preguntas a Juan Guinot

¿Qué relación tuviste con el conflicto de Malvinas?

Juan Guinot: Tres días antes de mi cumpleaños número trece, me despertaron con la noticia y mi papá colgó una bandera patria en la ventana de calle. Me fui a anotar para ir a la guerra y nunca me llamaron.

¿Qué cosa disparó la posibilidad de realizar un texto?

Juan Guinot: Construir una historia a partir de un ex No Combatiente que, tras quedarse con ganas de pelear la guerra de las Islas, se prepara para la Segunda Guerra de Malvinas y, de tanto esperar, llega al año 2018 con el delirio bien maduro como para emprender solito la epopeya contra la colonización inglesa.

¿Desde qué lugar la guerra te tocó en su momento?

Juan Guinot: Guardo el registro de pasar en un segundo a un estado de locura tal de estar dispuesto a matar y morir por una causa. A ese punto de desvarío no quisiera regresar jamás.
En mis recuerdos hay dolor y desengaño. Y en mis fantasías, el deseo de vivir para presenciar la restitución, en paz, de todas las colonias del mundo a sus pueblos originarios.


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Preguntas a Valeria Iglesias:

Naciste el mismo día en que se inició la guerra de Malvinas, ¿qué cosas recordás sobre vos y ese momento en que los medios –la tele, la radio, las revistas- comenzaron a hablar sobre el conflicto?

Valeria Iglesias: En realidad, cumplí doce años el mismo día en que se inició la guerra, la misma edad que a fin de mes va a cumplir mi hijo. En aquella época, incluso antes que lo de Malvinas, era frecuente que los militares y sus ministros abusaran de la cadena nacional. Lo anunciaron usando todos los canales (que entonces eran estatales) y las radioemisoras que suspendían su programación para dar paso a las palabras del excelentísimo blablablá. Luego, todo el interminable discurso. Al finalizar, el locutor anunció: en este momento todas las emisoras siguen con sus respectivos programas.
A partir de ahí, comunicados que con frecuencia interrumpían la programación para dar un informe de cómo avanzaba la guerra. Siempre anunciaban aquellos hechos que parecían demostrar que teníamos la situación bajo control. O eso era lo que yo quería escuchar, porque yo quería que ganáramos esa guerra. Tal vez por eso fue muy decepcionante para mí enterarme de la rendición. Es impresionante lo que la influencia de los medios puede provocar en los niños.
Recuerdo una propaganda en la que una nena cantaba que le había escrito una carta a su hermano que era soldado de Malvinas. (Hoy le escribí una carta/ a mi querido hermano/ le puse que lo extraño/ y que lo quiero mucho/ Mamá me ha contado/ que él es un buen soldado/ que cuida las fronteras de la patria/ etc. ) Creo que si hago un esfuerzo, me acuerdo de toda la letra de la canción.
Aún hoy, no me da vergüenza admitir que yo quería que ganásemos. Con todo el fervor del mundo, pensaba que los ingleses eran unos malditos ladrones que recibirían su merecido. Mientras fui creciendo, y ya en democracia, fui enterándome de la opinión de los adultos y entendí que había sido una guerra absurda. Así como entendí lo que había significado la dictadura, algo de lo que mis padres, ex militantes peronistas, jamás hablaron conmigo y con mi hermana hasta después de lo de Malvinas, cuando se anunció que al año siguiente se llamaría a elecciones otra vez.
Tampoco creo que pueda existir otra guerra que me haga sentir ese fanatismo, porque básicamente estoy en contra de cualquier guerra (¿No es absurdo que existan contextos en los que matar sea legal? Un cuento que ilustra esto es Conciencia : de Italo Calvino). Sin embargo, y por uno de esos procesos inexplicables de la memoria del cuerpo, hay algo adentro mío que todavía se me revuelve cuando me recuerdo a mí misma a esa edad y en esa época. Y sobre todas las cosas, siento una infinita solidaridad, una profunda compasión y una secreta complicidad con los ex combatientes de Malvinas. Son los únicos a los que les compro cualquier cosa en la calle, en el subte o en los colectivos, sin dudarlo, sin que me importe, incluso, que sean falsos ex combatientes.

¿Recordás algún simulacro de los que se hacían en los colegios ante la posibilidad de un ataque inglés a Buenos Aires?

Valeria Iglesias: Sí, hicimos un par de simulacros en la escuela primaria. Durante el día, en el aula, era divertido. Como cualquier cosa que uno hace fuera de programa a esa edad. Pero a la noche me daba mucho miedo. Porque no estaba segura de que pudiéramos tener tiempo de reaccionar a un ataque cuando todos dormíamos.

¿Qué te hizo sentir la necesidad de escribir ficción sobre la guerra?

Valeria Iglesias: Aún antes de que se declarara feriado, yo usaba la escarapela cada dos de abril. Muchos amigos míos se horrorizaban, como si “honrar” ese día significara “honrar” esa guerra. Yo, simplemente, pensaba en los chicos que habían muerto. Qué me importaba si Galtieri había sido un borracho. Qué me importaba la demagogia con la que nos habían engañado. Con o sin Galtieri, con o sin demagogia, ellos habían muerto y muchos otros habían vuelto cambiados para siempre. ¿Íbamos a hacer como si nada hubiese pasado? Escribir sobre la guerra fue mi forma de no hacer como si nada hubiese pasado.

¿Qué huella sensible te parece que nos ha dejado a los argentinos la guerra por las islas Malvinas?

Valeria Iglesias: Creo que no hay una huella sensible para los argentinos como grupo, creo que hay huellas sensibles individuales y privadas o de pequeños grupos, como la que cuento en estas preguntas y como la que reflejo también en mi cuento. Somos un pueblo muy negador, pensamos que para superar situaciones conflictivas lo mejor es, justamente, borrar las huellas. Lo mismo sigue sucediendo con la última dictadura militar, de la cual la guerra de Malvinas es parte. Siguen existiendo grupos que niegan que haya desaparecidos, por ejemplo. O que tienen a flor de labio el “algo habrán hecho”. Yo admiro al pueblo judío, que hace hasta museos con el holocausto. Y creo que es por eso que escribí el cuento, es un pequeño museo de lo traumático de ese momento de mi vida: perder una guerra y tener que crecer, hacerme adulta en ese contexto histórico.

Notas
(1) Esta información la obtuve de una entrevista realizada en la Fm Rock & Pop (95.9), a un excombatiente llamado “Esteban”, así denominado a lo largo de toda la entrevista. No se especificaba si era un nombre, un apellido o un seudónimo, lamentablemente.