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Fantasmas de Malvinas
(Fragmentos)
Federico Lorenz*

Invitación: Volver a Malvinas

¿Se puede volver a un lugar en el que nunca se estuvo? ¿Es posible caminar nuevamente por senderos que jamás conocieron nuestros pies, pero que nuestros oídos, nuestros ojos, nuestros sueños transitaron muchas veces? La Historia ha hecho que muchos de nosotros hayamos estado en las islas Malvinas sin haber siquiera llegado al archipiélago, hasta que un azar, un plan, o un deseo realizado, nos llevan un sábado al mediodía a aterrizar en Mount Pleasant, a sentir cómo nos sellan el pasaporte, precio mínimo a pagar para que las ráfagas de un viento prohibido nos azoten la cara como en nuestra propia casa.
Eso es lo que yo hice, y sobre esa experiencia es este libro. En marzo de 2007, un documental radial para la BBC me dio la posibilidad de viajar a las islas: debía registrar las experiencias de un historiador en su visita al archipiélago. Para hacerlo dialogué con isleños, acompañé a ex soldados mientras visitaban sus antiguas posiciones y contemplé los cielos de las islas que cambian minuto a minuto, solo para agregar un poco más de misterio a un lugar plagado de ellos. Los textos que van a leer son un viaje dentro del viaje.
Son las imágenes que despertaron en mi memoria mis recorridos por las islas. Algunos los escribí mientras estaba allá; otros, a mi regreso. La mayoría, como problema, estaba allí mucho antes de que la posibilidad de viajar a las islas existiera.

Cuando le conté a mi hijo que viajaba a Malvinas, se le llenaron los ojos de lágrimas porque pensó que me iba a la guerra. Me costó convencerlo de que ese viaje, en 2007, era notablemente más seguro para los argentinos que un cuarto de siglo atrás. Sucede que hay una experiencia acumulada en relación con las islas que remite directamente a la muerte: quién sabe por cuánto tiempo, probablemente la mayor relación que tendremos con las islas estará asociada a la derrota de 1982, y a las vidas truncas de cientos de jóvenes.
Malvinas remite a los suicidios y a la dictadura militar, tanto como a las banderas en los balcones, las encomiendas y el heroísmo aislado en los pozos de zorro. El nombre evoca el antiimperialismo, el despojo, viejas imágenes de gauchos resistentes, de conciliábulos nacionalistas a mediados del siglo xx y, también, de sentimientos y causas aprendidos en las escuelas. Sea lo que sea, lo más probable es que al hablar de Malvinas en lo que menos pensemos sea en los cerros, en sus costas, en su economía, sus pingüineras o sus habitantes.
Malvinas es la guerra. En lugares del país muy distintos de Buenos Aires, los días de la batalla son tan cercanos que aún se guardan en los oídos ruidos de sirenas, oscuridades de apagones y dolores de escuadrillas que no retornaron. Los ramales ferroviarios cerrados en los noventa también vaciaron para siempre las estaciones de donde muchos jóvenes partieron y a las que algunos jamás regresaron.
Malvinas, durante mucho tiempo, será la guerra, aunque esta ya haya terminado. Viajar al archipiélago, entonces, es también volver a aquellas luchas, aquellas angustias y decisiones vividas en pozos, en cuchetas y en cabinas. A las ausencias irremediables transmitidas por una lista desde una radio.

Elegí hace mucho tiempo no olvidar a los muertos y continuar preguntándome por el pasado. Es una disputa con los que les ponen la ropa que quieren, o los tiran a una fosa común con sus explicaciones. No es un buen lugar este, no es cómodo, pero es el que considero propio. Puede ser inclusive el más gratificante: encontrar huellas que muestran que el pasado se transmite y se retoma, indicios de un continuum, descubrir que no todos los lazos están rotos allí donde la magnitud del daño haría pensar lo contrario.
El viaje a las islas, volver a Malvinas, me recompensó holgadamente por una gran cantidad de sinsabores. Bastó pisar ese lugar para encontrar otro espacio de mi imaginario hogar, para que las llaves, los acertijos, los mapas secretos y los santos y señas mediocres desaparecieran.
Es suficiente con llegar a las islas, y estar atento, para que el horizonte se abra ante nosotros: hay otras señales que buscar, otras consignas a las que hay que atender. Este libro de viajes se llama Fantasmas de Malvinas e invita al lector a pensarse un poco como tal, pues el viaje al archipiélago es una visita a un pasado signado por la Muerte. Porque, entre otras cosas, para un fantasma el tiempo no es importante, pero el espacio sí. El lugar, para el fantasma, es su razón de ser tanto como la muerte que lo transformó en tal y le niega el reposo. Y esto no tiene que ver con cuestiones territoriales, sino vivenciales.


Valijas I

Traigo algunas libras, una agenda provisoria y listas de preguntas acumuladas durante años.
Para viajar a Malvinas, los argentinos deben hacerlo vía Chile, lo que es muy caro, o esperar al único vuelo mensual que toca en territorio continental argentino antes de aterrizar en Mount Pleasant, la base militar británica que hace de aeropuerto internacional de Malvinas.
Son solo cuarenta minutos de vuelo para hacer pie en unas islas que muchos sienten tan lejanas como Marte. Es demasiado poco tiempo como para retroceder veinticinco años y volver a verse de uniforme, allá, tratando de hacerse entender por los isleños que hablan en inglés, o por los propios oficiales, que muchas veces también hablaban otro idioma. Era demasiado poco tiempo, en aquel entonces, para subirse a un avión de combate y no volver.
La relatividad del tiempo es evidente en los relatos de guerra: los sobrevivientes se toman minutos, horas, para contar un incidente que duró segundos pero que marcó la diferencia entre la vida y la muerte.
A la inversa, en un instante se pueden borrar para siempre las posibilidades de ser futbolista padre hijo bailarín arquitecto sargento amante soldado músico camionero mozo pianista borracho abstemio vegetariano carnicero almacenero policía hombre escritor.
Para viajar a Malvinas hay que acostumbrarse a la idea de que deberemos pensar mucho en personas y cosas que nunca pudieron ser.
Entre ellas está el reclamo de soberanía. La bandera argentina en Malvinas que solo fue realidad durante 74 días. Esa frustración, que llevo anotada, no está, sin embargo, en los primeros renglones de mi lista.
Todas esas personas y cosas que no pudieron ser, no obstante, son a causa de la usurpación británica y el reclamo argentino, que son los que en definitiva construyeron una guerra. Si fuera muy nacionalista no soportaría entrar a Malvinas, porque al llegar te sellan el pasaporte. Los más fundamentalistas directamente ni se plantean regresar por eso. Otros tampoco lo aceptan, y al mismo tiempo cuentan como una viveza que sacaron la doble ciudadanía italiana o española para que les sellaran ese pasaporte y no el argentino. Hay gente que no puede viajar porque es muy caro. Los ex soldados hacen muchos chistes al respecto.
–En el 82 yo viajé gratis en una promoción de un avión sin asientos.
Otros, porque viven en lugares de la Argentina continental a los que es muchísimo más difícil llegar que a Malvinas, pero de donde sus hijos salieron para hacer el servicio militar primero, y para combatir y morir después. Para entrar a las islas, entonces, te sellan el pasaporte, y además te hacen dejar un depósito de veinte libras, la moneda para Caronte.
Si se tiene la suerte de poder pagarlo, lo primero que se descubre es que eso es puro trámite, porque la verdad es que hacía rato que ya estábamos acá.
Traigo bastante ropa de abrigo fácil de poner y sacar, porque el clima de Malvinas, como en las provincias del sur del Continente, cambia todo el tiempo. –Tenemos las cuatro estaciones en un día –me dijeron en Tolhuin y en Río Gallegos.
Tengo un cuaderno en blanco, un grabador fenomenal que voy a tener que devolver cuando termine los registros para la BBC, el equipo del mate, una foto de mi mujer y mis hijos, un celular inútil y una lista interminable de lugares y de nombres a los que vengo a visitar, aún no sé si por primera vez.
Viajo a Malvinas con mi hermano Germán. Hace muchos años que no pasamos una semana juntos y solos, porque él vive en Río Grande y yo en Ramos Mejía. A esta altura del partido, ya tenemos también una cantidad de chistes que nos hicieron al respecto. El infaltable:
–¿Y tenían que ir a Malvinas a encontrarse? –Es que nos queda a mitad de camino.

Vamos a ver el cementerio de guerra donde yacen los cuerpos de cerca de la mitad de los combatientes argentinos muertos durante la guerra. En 1982, a medida que los combates producían bajas, los primeros muertos nacionales fueron enterrados en un espacio próximo al cementerio de Stanley. Pero luego, cuando se produjeron las batallas más duras, hubo algunas fosas comunes, como en los campos de Darwin, o en Monte Longdon. Otros cuerpos, demasiado inaccesibles, simplemente quedaron entre las piedras hasta que fueron encontrados, algunos de ellos meses y años después.
Cuando la guerra terminó en Malvinas, los británicos, expertos en administrar los despojos de las muchas que llevan a cuestas, enviaron una comisión de su Commonwealth War Graves Commission, para recuperar los restos y enterrarlos decentemente en un camposanto único, ubicado en Darwin. Esa oficina estatal británica es la encargada de mantener cuidados los miles de cementerios de guerra que el Imperio ha clavado como picas en Flandes a lo largo del mundo: en el Somme, en Ypres, pero también en Hong Kong, en Malasia, y en Malvinas.
Era el año 1983 y no tuvieron mucha colaboración del gobierno argentino, por dos cuestiones: la primera, porque en las notas oficiales enviadas a la dictadura de Bignone se incluía, junto a la pregunta por lo que el gobierno argentino quería hacer con los despojos, la palabra “repatriación”. La segunda, más estructural, es que no se le podía pedir a un gobierno como el argentino de aquellos años un interés muy grande por las cristianas sepulturas o los entierros humanitarios, con la experiencia acumulada de los vuelos de la muerte, Fátima o los NN que por aquel entonces nos saludaban desde el diario todos los días.
Hasta principios de la década del noventa, los muertos argentinos quedaron allí, al cuidado de esa Comisión y de los isleños. Casi nadie iba a visitarlos, salvo los familiares, en vuelos humanitarios, algunos apoyados por la Cruz Roja. Las fotos de las cruces de madera cargadas de flores, plaquitas y rosarios son uno de los íconos de la guerra.
Desde hace unos años las cruces originales fueron reemplazadas por otras más gruesas y regulares, a instancias de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur. En la memoria, de acuerdo con las fotografías, el cementerio argentino ha cambiado de aspecto.
Los caídos, de algún modo, envejecen, aunque en las fotos estén siempre iguales y ningún recuerdo haya podido avanzar más allá de la palabra última, del gesto en el Continente previo al último en los cerros, en las trincheras, en la cabina de un avión. Las cruces viejas son parte de una exposición que la Comisión de Familiares organiza. Cuelgan del techo de la muestra como una lluvia densa que nunca va a terminar de caer sobre los visitantes.
La ruta da una vuelta y nos deja frente a un cartel que dice Argentine Cemetery. Hay un estacionamiento para las camionetas, y desde allí se ve la masa de cruces blancas custodiadas por una más grande, que se distingue del resto como un hermano mayor. Hay algunos camarógrafos y periodistas; por eso preferí dar la vuelta a la loma, alejarme del cementerio, llegar a la orilla del mar, y subir la lomada.
Nos llevan a ver el cementerio de guerra argentino. Dicen que la condición que pusieron los pobladores de la zona para permitir que fuera construido allí fue que las cruces no pudieran ser vistas desde su pequeña población. Aguas de por medio, las tumbas argentinas están dentro de una pequeña hondonada, fuera de la vista de los isleños.
“Nos llevan”.
Los isleños que vienen con nosotros bajan la vista y dicen:
“Allí es”.


The Amigos

En las islas viven los isleños. Son amables aunque distantes, correctos, y pacientes si alguien no logra hacerse entender. Hay gente más agresiva o zumbona, otra más indiferente, pero también en Liniers, cuando uno va de la boletería del Sarmiento a la terminal del 378, y en muchos otros lugares de la Argentina continental. Como sabemos, muchos les dicen kelpers, por las algas del lugar, pero es algo peyorativo y por eso trataré de escribir “isleños”, sencillamente porque a mí tampoco me gusta que me digan “argie” en Malvinas o “porteño” cuando voy a Montevideo o El Colorado.
Parecen, también, por francos, algo ingenuos. Los isleños, de hecho, están enojados con los militares metropolitanos destinados en la base de Mount Pleasant, que les han cambiado el apodo. Ya no son los archifamosos “kelpers”, el mote despectivo con el que entraron en nuestra historia pública a través de los medios de comunicación, sino que les dicen “bennies”, porque los encuentran parecidos al personaje de Benny Hill, ese que hacía la venia y abría y cerraba muchas veces los ojitos con cara de tonto.
Cuando el mando les prohibió usar ese apodo para no ofender a los locales, los marines, pilotos y demás transplantados a las islas les pusieron los “stills”, por “still Bennies”: “siguen siendo bennies”.
Las publicaciones especiales, los informes televisivos, este mismo libro, probablemente, han conformado un catálogo de isleños. Buenos, malos, proclives al diálogo, cerrados, intransigentes, humanos, pintores, jugadores de fútbol, arrepentidos. Según las necesidades, hay que mostrar que a veces son macanudos y otras, irracionales. A principios de los años noventa, el difunto canciller Di Tella decidió comprárselos con regalos insulsos que son de las primeras cosas que nos mencionan al llegar. En la vitrina de la colección de emblemas para tomarse en broma la política exterior de los argentinos sobre Malvinas, comparten el estrellato los ositos de Winnie the Pooh y los televisores a color que la gobernación argentina les vendió en cuotas durante la guerra.
Por supuesto que, en el mostrador opuesto, el dato número uno que toman en cuenta para juzgar cualquier gesto del gobierno argentino hacia ellos es la guerra de 1982.
What are the amigos up to now?
Patrick, que por muchos años estuvo a cargo de la radio de las islas y ahora funge como guía de turismo, dice que esa es su muletilla con respecto a la población del Continente que los acecha a menos de una hora de vuelo:
“En qué andarán los amigos ahora”.
Los amigos, por supuesto, somos nosotros. Y resulta que esos amigos de los que siempre temieron una agresión, y de los que dependían materialmente hasta el año de la guerra, un día los “invadieron”.
En 1982, cuando las tropas argentinas desembarcaron, se reunieron para enfrentarlas, además del destacamento de marines, los integrantes de la milicia isleña, la Falkland Islands Defence Force, cuya principal hipótesis de conflicto, desde su constitución, fue y es la de una invasión argentina. Y de repente, allí estaba. Algunos de los pobladores desarrollaron tareas de resistencia y llegaron, como Terry Peck, a combatir contra los argentinos en Monte Longdon. Fotografi aron sus posiciones, sabotearon sus líneas telefónicas e instalaciones, enfrentaron de los modos que pudieron lo que vivieron como una ocupación.


Del Colorado para abajo

En las islas Malvinas hay campos minados igual que en Tierra del Fuego. Los malvinenses los sufren, como es lógico, porque entre otras cosas les vedan pasear por las playas más lindas de las afueras de Stanley, que son recuerdo de infancia de la mayoría de los que vivieron la guerra. Para los más nuevos, las alambradas y los carteles de Danger Mines, con los dibujitos anodinos de una figura humana con un miembro amputado, son parte del paisaje; como para mis alumnos la democracia, o como para mí, hace mucho, los uniformes verdes en las calles. El tiempo sana todas las heridas, dicen, pero quedan cicatrices que en los días húmedos o de memoria molestan, y cómo.
Una de ellas, en la Patagonia, fue el año 1978, que se superpone en los recuerdos de la militarización con la guerra del 82. De hecho, mucha gente, en el Sur, habla de “la guerra con Chile”. Una de las características de la población patagónica más austral es la mezcla, pero es una mezcla que a la vez erige altísimas barreras nacionales y regionales. No sé qué habrá pasado en Chile en ese año, pero del lado argentino muchas familias de esa nacionalidad que habían vivido por décadas en el lado argentino la pasaron muy mal. El chilote, que en el Sur para muchos era tan peligroso como el subversivo en el Norte, apareció en vísperas de la Navidad de 1978 como la quinta columna del ejército que del otro lado de la cordillera aguardaba la oportunidad para despojarnos de todo lo que naturalmente nos pertenecía, pero que no nos ocupábamos ni de poblar ni de desarrollar. Muchos fueguinos de nacionalidad chilena debieron malvender sus casas, sus terrenos, sus negocios, y cruzar la frontera, ante la inminencia del conflicto.
Cuatro años antes de Malvinas, las rutas patagónicas se poblaron de camiones que arrastraban cañones y transportaban soldados de cara sorprendida y asustada, que recibían demasiadas novedades al mismo tiempo. El plan de movilización argentino desplazaba a regimientos del Litoral y la Mesopotamia en caso de conflicto en el Sur, y por eso, a la vez, en 1982 muchas de esas unidades, ni aclimatadas ni preparadas para el clima patagónico, se enterraron en Malvinas.
Los patagónicos vivieron las vísperas. Cuando el 2 de abril de 1982 se enteraron del desembarco, para muchos las medidas que se comenzaron a tomar consistieron en recordar aquellas aprendidas durante la guerra con Chile que nunca fue. Para otros, más lejos de la batalla, fue la verificación de que lo que la escuela enseñaba era cierto. Pero la escuela no enseña ni de los muertos, ni de las miserias humanas exacerbadas por la guerra, ni tampoco explican qué hacer cuando una mañana nos despertamos y el vecino de toda la vida es el enemigo.
Tampoco explican cómo llenar el vacío de ver salir tres aviones de combate con escarapelas celestes y blancas sobre el fuselaje y que regresen solo dos, o uno, o ninguno.


Aquí estamos

El clima en Malvinas cambia de un minuto a otro. Tan solo media hora antes habíamos caminado por el campo de Darwin, dorado por el sol. Allí fue donde los argentinos sostuvieron su primer gran combate contra los ingleses. Parecía un cuadro de Van Gogh, y solo faltaban los cuervos, pero a cambio había algunas gaviotas, y las omnipresentes avutardas.
Pero ahora que atardece, ese mismo terreno es gris, y el viento vuelve locos a los pastizales, que van y vienen de un lado a otro, como un diminuto bosque de lanzas. Mientras estoy tumbado en el piso, sacando algunas fotos, me parece que son un ejército en marcha.
Allí mismo, hace veinticinco años, estaban las posiciones de los soldados que enfrentaron el ataque de los paracaidistas ingleses. Patrick nos explicó todo con gran prolijidad. A los ingleses les fascina la historia militar, probablemente porque ese es el privilegio de los vencedores: disfrazar de técnica y teoría los dolores propios, traducir a mapas y siglas las matanzas ajenas. El vencedor puede darse el lujo de definir lo que es el fair play, no tiene que lamerse ninguna herida.
En las alturas batidas por el viento, sin embargo, las posiciones argentinas contaban otra cosa. Acaso por eso el relato de Patrick parece tan impersonal. Dice:
The Argentines were very well dug in.
–Los argentinos estaban muy bien atrincherados –traduzco a mi hermano, a mis compañeros.
Pero no hay relación entre lo que el isleño nos cuenta y el trozo de frazada podrida que acabamos de encontrar en el fondo de un pozo. Está helando, acabamos de tomar un café que se enfrió al minuto de salir del termo, y me imagino lo que puede haber significado estar bien atrincherado allí. Hace solo veinticinco años que Guillermo Huircapán, a quien conozco, estuvo en esos pozos antes de pelear contra los ingleses, ser herido y ver morir a sus compañeros y a su jefe, el subteniente Estévez.
Por eso las palabras no solo no son suficientes, sino que no son justas, por más que la síntesis histórica de Patrick sea exacta: “Los argentinos estaban bien atrincherados”. Es incompleta, tan desoladoramente incompleta frente a la visión de los restos en la fosa común, o frente a las historias que hemos escuchado y leído acerca del combate de Darwin. Los ingleses atacaron a los argentinos durante todo un día, y no pudieron romper su línea de defensa hasta que el teniente coronel Jones, su jefe, encabezó el ataque y cayó muerto luego de un episodio confuso. Los británicos, por ejemplo, todavía discuten si fue un héroe o un loco. Se habla también de una maniobra desleal: aprovechó para adelantar a algunos de sus hombres, aferrados a la tierra por la defensa argentina, al amparo de una bandera blanca.
El lugar en el que cayó Jones está marcado con un monolito; el pozo desde el que los argentinos le dispararon, con una estaca pintada de blanco. Murieron muchos hombres más sin el beneficio de esa notoriedad, pero finalmente los argentinos se rindieron el 29 de mayo, el día del Ejército. Dicen que fue un combate innecesario, que la situación política británica hizo que buscaran una victoria. Que podrían haber seguido directamente a Puerto Stanley en lugar de desviarse hacia el Sur.
Todo eso puede ser así, pero en definitiva son solo conjeturas.
Frente a la fosa semicerrada y vacía, lo único cierto son los muertos. Por eso hace falta saber qué hicieron, qué sucedió en su instante último, qué les pasó a los que quedaron después de que la guerra terminó.
Esas preguntas tienen más fuerza en el cementerio argentino de Darwin, donde hay 239 cruces blancas, simétricas, alineadas regularmente. Por la mañana, habíamos estado allí, parando un minuto en cada tumba, con y sin nombre. El viento, entre las cruces, silbó como si fueran voces. Y aunque uno no entiende lo que dicen, sabe que están reclamando. Me gusta pensar que nos quieren alertas, que no me están dictando las preguntas que debo hacer, sino solo transfiriendo la voluntad de hacerlas.
El lugar ayuda a tener estos pensamientos. Lo único verdaderamente eterno aquí son el mar, el viento, las planicies desoladas que castigaron con la muerte la osadía de muchos de los que las pisaron.
En Malvinas, el tiempo parece detenido; la guerra podría haber sido ayer.
También, podría no haber sucedido nunca.
Frente a la fosa común, callamos. Saberla vacía la vuelve más patética. Ni siquiera es aquello para lo que fue cavada. El pozo es una cicatriz, y nada lo marca como no sea la curiosidad obstinada de un historiador, anclada en una foto, o los recuerdos de los lugareños y los sobrevivientes, clavados en un grito o un dolor.
–En la foto había una cruz –recuerdo de pronto. Patrick revisó el suelo unos minutos, y levantó dos maderos grises atravesados, semiocultos entre los pastos. Trató de hincarlos en la tierra, en la cabecera de la fosa, pero se cayeron una y otra vez.
Había que apurarse. El frío y el viento ya eran muy fuertes. Junté tierra, que iba metiendo en una bolsa, para traer de vuelta al Continente. Germán, mi hermano, llenó otras bolsitas, mientras Tristán y Sebastián, los productores de tele, filmaban para un documental.
Patrick volvió con una pala y un clavo, para asegurar el brazo de la cruz y hacer un pozo para que el viento no la tumbara. Lo ayudé a unir las maderas y afirmar la tierra alrededor del palo.
La cruz quedó allí, enhiesta contra el viento, mientras nosotros callábamos.
De a poco fuimos regresando a la camioneta.
Había que volver.
Pero no pudimos. De golpe, nos rodearon un montón de caballos. No entiendo cómo no los habíamos visto antes. La mayoría eran negros y parecían fuertes. Daban una vuelta alrededor de la camioneta, y se quedaban con nosotros. Nos lamían, nos empujaban con el hocico para que los acariciáramos, nos cuerpeaban para que los abrazáramos, llenaban el aire con los vahos de su respiración y relinchaban. Un calor tentador salía de sus cuerpos.
Comenzamos a ponernos nerviosos. Parecían decididos a que nos quedáramos allí. Si tratábamos de subir a la camioneta, nos seguían, y finalmente se nos cruzaban para que no lo hiciéramos.
Recuerdo esos ojos tan grandes y negros con una expresión extraña.
Tan extraña.
Dice Germán que salieron de la nada, de atrás mío, y en las fotos que sacamos y que vimos después, se arma una secuencia, unas manchas negras que se van agrandando mientras Patrick y yo afirmamos la cruz junto a la fosa común.
Uno de los caballos, el más grande, restregó el hocico sobre la cruz, y relinchó, como si diera una orden. Finalmente, como vinieron, se fueron, y pudimos volver a Stanley. Había un techo de nubes rojas sobre un cielo de un gris lechoso, que finalmente las engulló. Era de noche cuando llegamos al pueblo.


Campos de batalla

Una tarde nos encontramos con un grupo de ex soldados argentinos. Llegaron en el mismo vuelo que nosotros, y a pesar de que tienen planificada su visita al Longdon para mañana, no se aguantaron para salir. Por puro azar, los conocía desde antes, a raíz de mi trabajo: íbamos al mismo sitio, los cerros al oeste del puerto. Pasamos por el lugar donde estuvo el cuartel de los Royal Marines, en Moody Brook: nada queda de él, destruido por la guerra.
Los hombres que acompañamos ya reconocieron la cresta del Wireless Ridge, donde estuvieron sus posiciones, y hacia allí vamos. No tenían pensado llegarse hoy hasta sus covachas, los pozos que ocuparon durante la guerra. Simplemente salieron a caminar después de comer. Pero, como me dice Alfredo, uno de ellos, a los gritos para ganarle al viento:
–No sé qué fuerza me trajo para acá y ahora me atrae, no me deja volver.
Y ahora están parados, detenidos en la base de una lomada anodina: del otro lado está su historia.
Para cortar camino, le piden a los gritos a una isleña que está trabajando en la entrada de su casa, que los deje pasar por su terreno:
–¡Queremos visitar el lugar donde combatimos hace veinticinco años! –le explicaron, pero en inglés. La mujer asintió y eso fue todo, ni siquiera dejó de acomodar sus herramientas. Nada de palabras mágicas.
Subimos a los tumbos por la ladera esponjosa y húmeda. De repente asomamos a un valle, que sube suavemente hacia otra loma, y allá, a lo lejos, recortado contra el cielo, está el Monte Longdon. Es una visión abrumadora, pero acaso solo lo sea si pensamos que allí tuvo lugar uno de los combates más feroces de la guerra. Más allá, al Norte, del otro lado de un brazo de agua, hay una casa que ellos conocen demasiado bien: cerca de ella, cuatro de sus compañeros volaron cuando el bote en el que cruzaban para buscar comida chocó contra una mina. El faldeo verde está manchado de negro aquí y allá con una frecuencia desazonadora: lo que no son restos de las posiciones argentinas son las marcas de las bombas inglesas que las buscaron.
Me he quedado solo. Los hombres a los que acompañaba van y vienen entre las rocas evocando jornadas y nombres, ríen, gritan y se abrazan cuando dan con lo que estaban buscando. Al final, sin embargo, vence un silencio cargado y reflexivo, y sus voces se pierden, además, entre las ráfagas poderosas que vienen del Longdon, allá al Oeste, como una advertencia. Desparramados por el suelo hay restos que representan la vida de esos hombres en los pozos: maderas, frazadas, ponchos, hierros oxidados y cables de teléfono. Uno de los que vuelven, Beto, perdió un brazo durante la guerra, y lo hirieron en el pecho para rematarlo. Recuerda la guerra en tres colores, me dijo antes de venir: negro de la tierra, blanco del humo de la explosión, y rojo de su sangre. Servía los morteros que apoyaban a sus compañeros de la Compañía B, que sufrió el ataque inglés en la noche del 11 de junio.
En el camino, nos contó que a la noche, en Malvinas, soñaba con los canelones que le hacía su mamá, y que se enojaba con sus compañeros de posición cuando lo despertaban:
–Dejame seguir comiendo.
Ahora está fascinado por el lugar: levanta piezas de hierro que tras sus palabras cobran vida y permiten imaginar sus acciones; señala los restos de su posición y sencillamente informa que los pozos que la rodean son los cráteres de la artillería inglesa que los buscó para destruirlos. Levanta una caramañola rota, la tira, despliega una frazada mohosa, se mete en un pozo semiderruido, toma unas cápsulas servidas, alza un caño que usaron de antena para la radio… nos mira desde lo alto, conmovido, y dice simplemente: –Tengo todo lo mío.
Parece que hasta el viento ha cesado por un instante, pero no es así. Solo es la ladera del cerro que nos repara. Cuando llegamos al filo del Wireless Ridge, ya de regreso, sus bramidos nos recuerdan que siempre estará allí, custodiando las cosas con las que Beto fue a la guerra, lo que de él dejó en Malvinas, a los que no volvieron, a los que jamás se pudieron ir del todo de las islas.


El Monte de las Ánimas

Es fácil seguir las historias de los sobrevivientes porque hay marcas de las defensas argentinas por todos lados. Entre las piedras, como un espinazo limpio por las hormigas y la lluvia, una hilera de argollas oxidadas marca el lugar en el que una lona de carpa se quemó. Una maraña de postes y alambres retorcidos es el sitio obligado para una fotografía; una trinchera aún protegida de la lluvia por una chapa de zinc oxidada, también. Pero lo que más impresiona son los restos de las posiciones argentinas, las covachas. Porque prácticamente ninguna ha quedado en pie, pero todas son visibles: un manchón de tierra y pasto más oscuros que el resto, agrisados, hundidos en el terreno, o una serie de rocas artificialmente acomodadas y aplastadas. Imposible no ver esas posiciones destrozadas y recordar que allí vivieron los infantes argentinos, y que los ingleses usaban misiles antitanques y bombas de fósforo para despejarlas. Esas manchas oscuras son un mapa de la vida cotidiana de los defensores de esas posiciones durante la guerra.
Hacia las cinco de la tarde, el viento se embravece y comienza a oscurecer. A mis espaldas, al Este, se ven las luces de Puerto Stanley, igual que las vieron mis compatriotas hace veinticinco años.
¿Cómo se pasa una noche pensando que es la última? ¿Cómo habrá sido estar de imaginaria con mucho más frío que este que ahora siento, con esa oscuridad que se traga los rostros, con esas rocas que amplifican las voces? ¿Cuánto se habrá divertido este viento endemoniado trayéndoles ruidos a los centinelas, sin permitirles discernir si los gritos que escuchaban eran amigables o letales?
Ahora yo también escucho voces. Primero se mezclan con las de mi hermano, que me dice que hay que volver, con los gritos de los ex combatientes platenses, que todavía se siguen haciendo bromas, con las instrucciones de algunos ingleses que llegaron al lugar después de nosotros. Pero mezcladas entre las ráfagas del viento que sopla desde el mar, llegan órdenes, saludos y despedidas. De entre las rocas, de los antiguos pozos aplastados, emergen figuras harapientas que se acomodan en silencio junto a sus posiciones, para hacer de centinelas un día más. Escucho risas. Son apenas bosquejos de personas, dibujos al carbón, pero son inconfundibles. Son los fantasmas de Malvinas, que montan guardia y esperan.

Aclaración
Fantasmas de Malvinas es una crónica de un viaje. Federico Lorenz revive en estas páginas la guerra de 1982 a partir de las imágenes y sensaciones que despertaron en su memoria sus recorridos por las islas. Cartas, testimonios, artículos periodísticos, lecturas, pasajes literarios y conversaciones se articulan con inteligencia y sensibilidad para contar la experiencia de visitar un territorio donde los límites temporales y materiales, así como las fronteras entre los vivos y los muertos, se diluyen.
Nota
Agradecemos a Federico Lorenz y a Eterna Cadencia por habernos permitido publicar estos fragmentos de la novela.
*Autor
Federico Lorenz (Buenos Aires, 1970) es docente e historiador especializado en temas de la historia argentina reciente, como la violencia política y la guerra de Malvinas, y las relaciones entre historia, memoria y educación. Coordina el Área de Estudios y Publicaciones del Centro Cultural de la Memoria “Haroldo Conti”, que funciona en el ex centro clandestino de detención y exterminio ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada). Tiene tres libros de investigación histórica publicados sobre estos temas.