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Historia y memoria. El relato oral en la historiografía y la ficción histórica.
María Rosa Lojo*

Discurso historiográfico y narrativa histórica

Desde la teoría y desde la práctica se han ido acercando cada vez más, en los últimos años, los itinerarios de la ficción histórica y de la historiografía. Ésta se hace cargo de áreas que antes se abandonaban preferentemente a las ficciones, como la de la vida privada y la vida cotidiana, la del sujeto colectivo que ha hecho la Historia sin figurar en sus ilustres anales, de modo que, como ha señalado el crítico Fernando Aínsa, la vasta apertura temática incluye desde “historias del poder” hasta “historias del pudor”. Trabaja asimismo con creciente intensidad en el territorio fronterizo de la biografía, en el lado íntimo y oculto de personajes célebres y llega a utilizar a veces técnicas y estrategias propias de la novela (un caso emblemático, en la Argentina, es Soy Roca, de Félix Luna, que dota de una voz literaria vigorosa y verosímil a este personaje que narra su vida en primera persona). Desde nuevas teorías de la historia (Hayden White) se insiste en el carácter eminentemente subjetivo y valorativo de un relato de los hechos que no puede ser sino interpretación, partiendo de un “recorte” elegido por el intérprete, y que, como la literatura, opera con “tropos”. La puesta en crisis de los conceptos tradicionales de “razón” y de “verdad” promueve el diseño de un nuevo tipo de “verdad comprensiva” que se articula en la trama simbólica del relato. Pero también existe, entre historiador y novelista, una irreductible diferencia intencional. Mientras que el historiador se propone como prioridad el conocimiento del pasado y a esta empresa subordina su obra, el novelista somete su elaboración del pasado al universo de sentido de su propio mundo estético, que se despliega en una escritura con vocación predominante de autorreferencialidad y autonomía. La novela aspira a situarse más allá de toda sumisión a un referente externo, aunque opere también, con respecto a lo real, como “ficción heurística”, como “modelo metafórico de conocimiento”, según diría Paul Ricoeur. Aristóteles enunció alguna vez que la poesía es más filosófica de la Historia, porque se ocupa de lo general y no de lo particular. La ficción histórica de calidad se ocupa de personajes y hechos particulares, pero para transformarlos en símbolos poéticos. Las vidas de la Historia, tocadas por la literatura, se convierten en símbolo. Como la llanura al atardecer –para usar esa hermosa metáfora de Borges--, están por decirnos algo, o nunca lo dicen, o tal vez lo dicen infinitamente y no lo entendemos, porque es intraducible como una música (“El fin”, de). El relato de esas vidas exhibe, sin develarlo, la intrincada riqueza de su secreto. Transforma cada una de esas existencias pasadas, famosas o anónimas, en hecho estético. Y por lo tanto, hace resplandecer su núcleo duro de misterio, aquello abismal e insondable en lo presuntamente vulgar y conocido, proyectándolo también hacia nuestro presente, tendiendo un hilo de sentido hacia nuestros propios conflictos, históricos y existenciales.
Por otro lado, hay indudablemente entre historiografía y ficción una diferencia de procedimientos. Un historiador actual, por flexible que sea su método y su gusto por lo biográfico, no puede inventar documentos, ni cartas, ni diarios íntimos; no puede mezclar personajes históricos con ficticios en el mismo plano de acción y realidad, ni entreverar los acontecimientos históricos con irrupciones de lo sobrenatural y lo legendario, ni tampoco tergiversar deliberadamente, siguiendo fines estéticos, esos acontecimientos documentados, como sucede a menudo en la nueva ficción histórica. Esta modalidad de la narrativa histórica, que se impone en América Latina a partir de textos liminares, como El siglo de las luces, de Carpentier, asume una enorme variedad posible de modalidades expresivas. Éstas incluyen la introducción de elementos fantásticos y maravillosos, la parodia y el pastiche, la distorsión deliberada de los hechos con omisiones, hipérboles o anacronismos, y una refinada preocupación por el lenguaje. Dispone, en suma, de todo el arsenal de procedimientos experimentales de cualquier narración contemporánea, sin estar constreñida a una mímesis realista, ni a la reproducción obligada de un lenguaje de época.
Frecuentes equívocos suelen darse, sobre todo en el público lector no especializado, entre los respectivos “contratos de lectura” de la ficción histórica y la historiografía. Existe en el público corriente, una suerte de “teoría didáctica” de la novela histórica, que aproxima peligrosamente esta narrativa a los textos de divulgación historiográfica. Según esta idea, leyendo ficciones históricas, el lector “aprendería” historia de una manera más agradable, liviana o “divertida” que en los textos académicos. Fuera del placer estético que la literatura histórica, como toda buena literatura, puede y debe proporcionar, su ìntención es más bien la contraria a la divulgación. Si “divulgar” es difundir, de forma accesible a los no especialistas, un conocimiento ya consensuado y consolidado en el campo de la investigación académica, la ficción histórica actual, como se desprende de todo lo antedicho, busca, antes bien problematizar incluso la posibilidad del conocimiento histórico, mostrar el fuerte carácter textual, narrativo, y relativo, de todo acercamiento al pasado. Si alguien cree que la lectura de novelas históricas puede reemplazar la lectura de textos historiográficos, académicos, o de divulgación, lamento desilusionarlo. Los primeros lectores de textos historiográficos, somos, por otra parte, los narradores mismos, que como no tenemos ninguna posibilidad de viajar por el túnel del tiempo para enterarnos, en vivo y en directo, de lo que sucedía en el pasado, apelamos al saber, también irremediablemente mediatizado y narrativo, de la historiografía. Dialogamos con los relatos del campo historiográfico y mostramos, incluso, sus contrastes y controversias, construyendo, con otros fines, un vasto prisma de miradas, poliédrico y plural como los ojos de un insecto. No quiere decir esto que un lector no pueda “aprender” nada de una buena novela histórica. Por el contrario, ésta va a proporcionarle un conocimiento metafórico-simbólico del pasado y de la condición humana, que es el conocimiento propio del arte. Además, existe normalmente una inevitable asimetría de información entre el lector medio y el novelista que, si es serio, ha tenido que estudiar a fondo el período del cual se ocupa para poder situar su relato y sus personajes. Esta asimetría redundará, de manera secundaria, en el enriquecimiento de la enciclopedia del lector. Pero de ninguna forma puede reemplazar el tipo de conocimiento que la historiografía ofrece, y que tiene otros objetivos y va por otros carriles.
Otra teoría corriente es la de un presunto “relato ya constituido como tal” que los escritores transportaríamos a las novelas. Nada más falso. Existe, por supuesto, un “cañamazo básico” de personajes y de hechos. Si uno trabaja, por ejemplo, sobre Juan Manuel de Rosas y su familia, no puede ignorar los sucesos que jalonaron estas vidas y que en cierto modo actúan limitativamente. Pero existen mil maneras distintas y enfoques diferentes para contarlos e interpretarlos, según la poética de cada escritor. Hay tantos Rosas o Nerones o Cleopatras, como los escritores que los introdujeron en sus propios universos ficcionales, y se relacionaron con ellos desde una singular experiencia de escritura, y también de vida, con toda la carga psíquica y subjetiva que siempre se proyecta y reelabora en la dimensión imaginaria.
Los lectores suelen obsesionarse, además, por discriminar qué es “real”, “de verdad” y que es “ficción” en una novela o cuento histórico. En una genuina obra narrativa todo se vuelve ficción, tejido, construcción original, en tanto cualquier materia traída al relato está regida por el eje de la economía ficcional y de sus necesidades internas. Para evaluar una novela o cuento histórico lo que cuenta no es si los hechos narrados se subordinan o no a lo que la historiografía sabe de ellos, sino cómo funcionan, y por qué, dentro del tejido narrativo.
Para resumir, entiendo que historiografía y ficción histórica son discursos diferentes y de algún modo complementarios, que interactúan y que también se rozan e intersectan y a veces, incluso, colisionan. Pero no son intercambiables uno por otro y tienen cada uno su propio circuito y legitimidad. La buena historiografía y la buena narrativa histórica se caracterizan, dentro de sus campos y sus metodologías distintas, por su constante voluntad de mostrar la complejidad del pasado y de sus lecturas posibles, así como la complejidad de la condición humana en general. Ambas procuran apartarse de la simplificación y del cliché, de las invectivas, las apologías, las hagiografías y las demonizaciones planas, de cualquier signo que éstas fueren. Sabemos que circulan tanto malas novelas históricas, como malos libros de historiografía y de divulgación histórica, y que muchas veces, pero no todas, éstos llegan a ser también los más vendidos. Ni la literatura histórica ni la historiografía tienen la culpa, como géneros o modalidades válidas y necesarias de la narración o el conocimiento. Sólo sus deficientes cultivadores.


La plural resignificación del pasado.

¿Qué papel juegan los relatos orales en la historiografía y la literatura del presente? La historiografía los está estudiado e incorporando cada vez con mayor frecuencia e intensidad. En cuanto a la literatura, siempre los ha utilizado, o ha imitado su forma testimonial, que ofrece la insustituible riqueza directa de la experiencia subjetiva.
“Da gusto cuando se encuentra alguna novedad. Hay tan pocas auténticas en una historia que se repite. ¿No le parece a usted que en la vida sólo nos pasan dos o tres cosas, y que éstas nunca acaban de transcurrir?. Aunque uno crea que vive de otra manera y que es otra persona y que habla en otro idioma. Durante años, señor Victorica, el pasado queda a nuestra custodia, como un documento cerrado que antes no se podía abrir ni descifrar, hasta que lo vamos comprendiendo, y en esa comprensión lo modificamos”. Eso dice Manuela Rosas en mi novela La princesa federal, a Gabriel Victorica, interlocutor de sus confesiones no necesariamente veraces. Las naciones resignifican su historia, tal como lo hacen con la suya los individuos. Y esa resignificación, como señala Manuela, modifica irremediablemente el pasado, que no es, para la percepción individual o colectiva, uno, fijo, e inmutable, sino un relato múltiple y móvil, sometido a los avatares de la memoria y a los intereses del presente, dispuesto a adaptarse a lo que queremos que sea, a convertirse en el maleable fundamento del futuro que deseamos, como lo hacen los mitos con las realidades que intentan explicar y justificar.
La Argentina siempre ha tendido a fabricar para sí misma una memoria dicotómica, que elije zanjar la insoportable dicotomía negando, sepultando, eliminando, uno de los dos términos del conflicto. La negación del otro, la condena del otro a la nada, llega a un punto exasperante, nunca antes alcanzado, con el eufemismo “desaparecidos”. El otro se transforma así en un agujero negro, en un vacío, en lo inexistente. O en lo que, si alguna vez existió, ahora se ha vuelto irreal e incomprobable, como tragado por la tierra. Ese agujero negro también ha devorado la traumática experiencia histórica de la Guerra de Malvinas, pero aún más dramáticamente, desde todos los puntos involucrados en el conflicto. La primera interesada en eludir la memoria de una guerra fracasada fue la Dictadura misma. Los chicos de la guerra, muy poco antes héroes, se convirtieron en testimonio acusador de la propia vergüenza. No entraron en triunfo, sino a escondidas, como otros fantasmas, en un país que parecía preferir el olvido. Por parte de la oposición a la Dictadura, la guerra era vista como un escándalo: maniobra bochornosa para obtener la continuidad indefinida de un régimen opresor, verdadero disparate desde el punto de vista de la política internacional, sacrificio –esta vez público— de otros jóvenes que eran enviados impúdicamente al matadero. Sin embargo, cómo no recordar la masiva adhesión popular que concitó esa guerra, las donaciones al fondo patriótico, las manifestaciones de apoyo en la Plaza que siempre da para todo. Más que la sana reflexión, acaso fue la derrota, en un país exitista, lo que determinó que todas esas personas que habían apoyado la guerra de Malvinas dejaran de ser multitud y se llamaran a silencio.
Sin embargo, la guerra había sido vivida. Por la generación de inexpertos y bisoños enviada al matadero. Por los militares de carrera que desempeñaban, bien o mal, un oficio para el cual se los había preparado. Por la población, que aun a la distancia de radios y televisores, sin que un solo proyectil entrara en las casas, había seguido esos sucesos, a favor o en contra, pero como parte de una historia propia.
La guerra de Malvinas, lo queramos o no, es parte de la Historia nacional. Y no precisamente una parte muerta, a pesar de las operaciones de olvido que se han practicado sobre ella, sino una herida en carne viva sobre la que todo parece aún por decir(se). Necesitamos, ante todo, escuchar a los participantes. Sólo ellos podrán atestiguar qué significó la guerra desde adentro. Sólo desde sus experiencias múltiples y dispares de sujetos reales, no reducidas a cliché, a estereotipo previsible, podremos empezar a responder, más allá de las ideologías y las historias oficiales, hasta qué punto, aparte de las ambiciones de un generalato ilegítimamente colocado en el poder, la guerra pudo implciar, y acaso implica todavía, una causa nacional para quienes participaron en la empresa. A partir de sus historias irreemplazables podremos entender también en qué medida cambiaron, para bien y para mal, las vidas de quienes volvieron de la derrota y de la muerte. Podremos saber, desde sus propias voces, qué esperaban y qué esperan de quiénes se quedaron del otro lado, mirándolos muchas veces como si fueran extraños.
La historiografía que se haga cargo de estos relatos se parecerá en cierto modo a las novelas, por su apelación a una multiperspectiva, compleja y poliédrica. La “verdad” que de ellas emerja será una construcción comunitaria, pero creada, como los textos literarios, a partir de la singularidad de personajes que son ellos mismos, y que también –desde la potencia simbólica de su voz única—representan a muchos otros.
Creo que no es casual que en la primera novela que escribí y publiqué (Canción perdida en Buenos Aires al Oeste), hace ya casi veinte años, la guerra de Malvinas haya estado presente. En una familia destruida, donde los padres son sobrevivientes de otra guerra: la española, hay un combatiente de nuestra guerra, Luis, que sueña con ser historiador. La muerte no se lo permite. Luis, que nunca escribirá la Historia, la hace, sin embargo, con su cuerpo, con su breve vida y su final, aunque sólo redacta dos cartas que llegan desde el frente. Su hermana mayor Irene las recibe, y las sigue leyendo, años después. Irene no cree en la épica. Luis, que alentaba algunas fantasías al respecto y que ve en cierto modo la guerra como la oportunidad para liberarse del clima asfixiante de la casa paterna, encuentra en las islas el desamparo y la destrucción insensata, pero también una forma de solidaridad posible en circunstancias extremas, y una certeza: frente a las muertes inútiles, el valor de la vida, la responsabilidad que implica estar vivo, se redoblan. Los que subsistan, piensa Luis “habremos comprado esta vida nuestra al precio de tanta muerte que no nos va a estar permitido pasar en vano, vivir en vano.” Ésa es en definitiva, piensa Irene, la poesía que basta para darle a la Historia un sentido.
Se ha escrito alguna literatura de ficción, muy crítica, sobre la guerra de Malvinas: Los pychiciegos, de Fogwill, Las islas, de Gamerro, entre otros. Se escribirá más a partir de los relatos que presten voces a una Historia que aún no es tal, porque aún no ha sido narrada en plenitud. Para los escritores nada es del todo real hasta que no se logra ponerlo en palabras. Para los griegos, la vida se justificaba sólo si ameritaba transformarse en relato perdurable. Para que haya, verdaderamente, historia, es preciso que la comunidad decida, con palabras, sancionar la realidad de un pasado que a pesar de todo merezca la pena recordarse.

Aclaración
Este trabajo fue leído en el 2do. Encuentro Provincial Bonaerense de Narración Oral. Panel 2: “Narración Oral en la construcción de memoria e historia. A 30 años del golpe militar: Guerra y Posguerra de Malvinas”. Expositores: Lic. Liliana Barela (IHCBA); Dra. María Rosa Lojo (CONICET); Dr. Gabriel Sagastume (CECIM La Plata). Modera: Cátedra Libre de Narración Oral, FPyCS-UNLP.
*Autor
María Rosa Lojo es escritora e investigadora del CONICET, especialista en Literatura Argentina. Tiene trece libros en ficción y poesía, cuatro en ensayo, y un centenar de publicaciones en medios académicos. Figuran entre sus últimos títulos la novela Finisterre (2005), el libro de cuentos Cuerpos resplandecientes (2007) y el poemario Esperan la mañana verde (publicado en Estados Unidos en edición bilingüe de Brett Sanders, 2007). Obtuvo diversos reconocimientos literarios, entre ellos el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires, el Municipal de Buenos Aires y el Kónex. Dicta en la Universidad del Salvador un Seminario-Taller de Doctorado. Dirige tesis y proyectos de investigación nacionales e internacionales. Su último libro publicado como investigadora es la edición crítica de la novela Lucía Miranda (1860), de Eduarda Mansilla (editorial Iberoamericana/Vervuert, 2007).