Volver Menú
Malvinas: Relato, ritual y agonía histórica
Nicolás Lavagnino*

“La caracterización del romance
obedece a su estructura dialéctica general, lo cual
significa que la sutileza y la complejidad no han de
ser objeto de predilección. Los personajes tienden a
estar a favor de la búsqueda o en contra de ella. (...)
Traducido en términos del rito, el romance de la
búsqueda es la victoria de la fecundidad sobre la
tierra baldía” (Northrop Frye, Anatomía de la crítica)
(1).



La consideración de la historia reciente argentina como proceso traumático de difícil superación goza hoy de amplio consenso. El presente trabajo apunta a problematizar un acontecimiento paradigmático de este agónico pasado reciente –la guerra de Malvinas- poniendo el énfasis en las dificultades de concebirlo como un evento dotado de su propio “centro de gravedad descriptiva” (2). Ciertamente la peculiaridad de la guerra de Malvinas reside en que como objeto de estudio, como proceso en sí mismo, parece mal definido, y es siempre tributario de alguna trama que se está urdiendo en otra parte. En este sentido, y a partir del análisis de estudios importantes sobre Malvinas como los de Vicente Palermo (3), Rosana Guber (4) y Federico Lorenz (5) puede establecerse que Malvinas es inescindible de su época, violenta, filicida y repleta de incompletudes. Pero ese debería ser nuestro punto de partida analítico, no el de llegada. Una consideración más amplia de los modos en que se construyen las imágenes alrededor de un objeto inasible como Malvinas y de las figuras que articulan narrativas maestras sobre el mismo podría hacernos ver la necesidad de volver a centrar la vista en las ligazones entre los modos de narrar y las funciones rituales del relato, es decir en las formas en que nuestros hábitos lingüísticos enmarcan nuestra ontología social y sancionan con presteza los alcances de nuestras nociones elementales de agencia humana, justicia, ley y propositividad. Para ello la teoría literaria y el análisis del lenguaje histórico, tal como han sido desarrollados por autores como Northrop Frye o Kenneth Burke pueden sernos de utilidad a la hora de entender las obstrucciones y los bloqueos figurativos que encontramos al lidiar con un pasado tan agónico como punzante a la hora de volver a nosotros para incomodarnos con la presencia de sus abismos. Obstrucciones y bloqueos que, en última instancia, dan cuenta de cómo una sociedad se vincula no sólo con su pasado, sino también de cómo considera su propio espacio de prácticas, creencias y deseos respecto de “esa tierra fecunda pero baldía” que llamamos futuro.


I- Entre la Soledad y la Gran Malvina

Pocos acontecimientos en la historia argentina reciente se prestan tanto como la Guerra de Malvinas a una consideración crítica, que interpele a nuestra sociedad como un todo, y permita, aparentemente, en un ramalazo panorámico, subsumir toda nuestra historia bajo el manto siniestro del desencuentro, la pérdida de rumbo y de sentido. Es toda nuestra historia (al menos de 1833 para acá) y toda nuestra sociedad (o sus vectores políticos, ya sea liberales, conservadores, “populistas”, nacionalistas, progresistas, etc.) la que es invocada por parte de quienes intentar articular un discurso ante el esperpento absurdo de la guerra, y ante una cima de degeneración, derrota y frustración, sintiéndose en la obligación de proponerse una trama unificadora que dé unidad al aparente desvarío y haga sentido de “todo eso”. De acuerdo a la opinión crítica de Vicente Palermo “principios de 1982 expresa la situación más sórdida, más extraviada de la sociedad argentina, situación adónde en gran medida los cada vez más radicales intentos regeneracionistas la habían llevado. La causa Malvinas ofrece su mano salvadora y esa sociedad se aferra a la misma confiando plenamente en su poder regenerador” (VP, 211). Las claves de la frase recién citada son tres: el extravío, la causa y la regeneración. El modo en que se imbrican parece sugerir cierta pauta de necesariedad. La guerra es la etapa final de una colusión fatal de sentimientos que articulan un nacionalismo agresivo, endodirigido, centrado alrededor de las ideas fuerza del territorialismo –la integridad territorial y el carácter del territorio como centrales en la configuración de la identidad nacional-, el victimismo –el sentimiento de despojo, de pérdida -, el unanimismo –propuesto como factor que permita la integridad de la identidad nacional y supere el victimismo- y un intenso sentido regeneracionista –de superación de la decadencia que la falta de integridad territorial, el despojo y la división vienen a poner en claro-. La guerra, entonces, es el epítome de aquella concepción nacionalista centrada en la figura de la degeneración, la incompletud, la falta, concepción que la causa Malvinas ha venido sustanciando, al menos desde que empezó a tener sentido la idea de articular un relato de oposición al de cierto republicanismo liberal y cosmopolita que en algún momento del siglo XIX pareció hegemónico. Ante la pregunta básica de “¿qué es lo que hay que regenerar?” la respuesta que parece obvia es “el Ser nacional” –o cualquier sucedáneo que pueda reaccionar al extravío por medio de la reactualización de sus disposiciones adormecidas-, esto es, un pleno de potencialidades que no alcanza a manifestarse, de disposiciones y latencias que no entran en acto y que definen nuestra propia identidad a partir de la falta. La causa es el instrumento perfecto de superación del extravío, el medio por el cual las potencias y latencias devendrán manifestaciones y actos, y por cual el abismo postulado por la falta, por la incompletud, se desvanecerá. El resultado, un actor que se potencia, que recupera el pleno de su agencia, su capacidad de intervención respecto de su entorno social y natural, que se regenera y es capaz de revertir la decadencia, imponerse material y simbólicamente a sus obstáculos, haciendo reverdecer laureles propios de una rediviva era dorada.

Los atributos de este agente impersonal responden simétricamente, a aquellos que dan forma al nacionalismo trunco centrado en la idea de falta, que antes mencioné. Sintéticamente, este agente nos define un espacio (territorio), una pauta dinámica (restauración, equilibrio, justicia), un estado o modo de ser (en la unidad) y un telos, propósito o finalidad (la regeneración o realización o cumplimiento acabado de las disposiciones o latencias). Ahora bien, este agente es, como bien señala Palermo, el resultado de una “configuración discursiva propositiva de identidad” (VP, 36) –la configuración nacionalista que hace foco en la causa Malvinas como aquel (casi único) elemento que mejor nos interpela, nos nombra y nos constituye a ese enigmático nosotros que venimos a ser los argentinos-. Configuración cuya toxicidad intenta demostrar –a mi entender logradamente- Palermo en su ambiciosa obra. En rigor su trabajo es una vigorosa apuesta a favor de que en el camino de demoler la causa como basamento de nuestra identidad hallemos otros modos más acordes con nuestra presente situación de dotarnos a nosotros mismos de pautas dinámicas (o tramas), estados o modos de ser (u ontologías (6)) y propósitos, que resulten distintos, alternativos, a los que aquella causa usualmente postula. De hecho, su rastreo de las raíces de aquellas tramas, ontologías y propósitos históricos constituyentes de la identidad nacional van delineando un perfil preciso, por agregación de rasgos, de aquello que, desde aquí, bien podríamos intentar cambiar. Esos rasgos se articulan e impregnan del siguiente modo:

1- El territorialismo es la respuesta esencialista y anti-republicana a la idea de nación como casa común de quienes comparten deberes y derechos. Contra una noción consensual y dinámica de la nación, de matriz pactista y republicana, se yergue un aparato conceptual excluyente, rígido e inmutable, que define de una vez y para siempre las condiciones necesarias y suficientes del Ser Nacional.

2-El sesgo totalizador y excluyente lleva al faccionalismo (ya sea porque hay competencia de criterios para identificar esencias, ya sea porque el temor a aquello que no se inscribe en la “esencia” es central para la constitución misma de la identidad) y a la activación por medio de juegos de identificación y oposición Buscando la unidad se reaviva la división y el temor al pluralismo; siendo la convergencia lo que más quiere el unamimismo, éste paradójicamente termina produciendo un clima de conflicto que su propio discurso no puede recoger, legitimar y procesar y que intenta soterrar por medio de arbitrios expeditivos.

3- El conflicto y el faccionalismo resultante suelen coincidir con una retórica querellante, denunciante de “conspiraciones” –victimismo-, que se articulan con el territorialismo (como aquello cuya pérdida se denuncia) y el unanimismo (que coloca como motivo de la pérdida a la división) y producen un discurso pleno de tics refundacionales (VP, 96).

4- Esos tics intentan definir “un proyecto de país” cuya matriz tecnocrática o excluyente (o al menos de un proyectismo que no se deja interpelar fácilmente, esto es, no propone una interpelación abierta, democrática, sino solo por parte de quienes tienen capacidad de pensar “proyectualmente”) coloca en el futuro lo que no encuentra en el pasado: el cumplimiento de las potencialidades del ser. Por ello el pasado no es más que el depósito de afrentas que delatan a los enemigos de la unidad y a los cómplices del despojo; ese es todo su papel en la matriz de significados.

5- La acción no estará guiada por la pauta decadente que hemos seguido hasta aquí. Más bien se impone un borrón y cuenta nueva, donde la voluntad se opone a la inercia degenerativa. Esto es, la acción lleva a la redención, pero la incompletud se resuelve por medio de un futuro vuelto presente, por medio de un voluntarismo refundacional, y no a través de un pasado que está a la base o que hace posible la acción redentoria. La acción misma es el resultado de un quiebre dentro de una continuidad decadente. Es un acto único redentorio (VP, 213), un “momento de incandescencia” (VP, 230) vivido intensamente, violento, que combina pureza sacrificial y heroicidad y que sacude y trastoca el decadente juego de cálculos instrumentales y racionalidades de situación. (VP, 170)

6- El resultado de la acción es el retorno a una edad dorada, o el resurgir de una actitud moral plena, que en su abnegación y su compromiso de lucha define una voluntad de completitud. El romanticismo moral de la voluntad como proyecto se opone a la decadencia y la traición. Si la historia es la galería de ejemplos inmorales, la acción moral que anticipa el futuro enmarca un contrapunto decisivo.

De 1- a 6- vemos un tránsito continuo que hilvana territorialismo, victimismo, unanimismo y regeneración en una configuración discursiva propositiva de identidad que, en su conjunto, postula una ontología histórico-social, una trama y unos propósitos que vuelven muy difícil encontrar algún lugar intermedio entre la epopeya y el mito heroico y la desmitificación brutal o, para decirlo en términos propios de la crítica literaria, entre el romance (o novela) y la ironía (o sátira). Según Palermo “oscilamos entre los mitos y la desmitificación, en lugar de asumir la conflictividad social, política y cultural de los protagonistas y sus acontecimientos” (VP, 440). Esa incapacidad para ir más allá del maniqueísmo y la falta de matices (esa ontología histórica...) provoca que, cuando el discurso amplio de una sociedad cegada por el registro del romanticismo convierte a las Malvinas en un “juego de creyentes” (VP, 431), el testimonio de quienes atravesaron acontecimientos o procesos como la Guerra de 1982 sea difícilmente reapropiado y permanezca apenas audible en el amplio arco de los discursos públicos. “A su modo, la causa Malvinas les ofrece un lugar en que pueden sentirse en paz consigo mismos” (VP, 426), pero al costo de verse enteramente comprometidos con tramas, ontologías históricas y propósitos que conducen, según Palermo, por caminos ya hollados, más bien, auténticos callejones sin salida.


II- Romanticismo y tierra baldía

La denuncia que hace Palermo del “romanticismo de la voluntad” que anida detrás de la Causa Malvinas y que constituye la trama, el propósito y la ontología de nuestra actitud hacia el pasado no alcanza, en mi opinión, a presentar un panorama alternativo, acerca de cual podría ser una ontología histórica y un modo de tramar que, en tanto discurso, sea capaz de confrontar con modos de conducta discursiva referida al pasado que terminan conduciendo a los mismos atolladeros de siempre. Sin embargo podría parecer que se presupone que los escollos que supone la ontología tradicional en torno al pasado son insalvables y que al mismo tiempo se presenta como necesario un cambio discursivo, cuando en realidad eso es precisamente lo que hay que demostrar. Creo que hasta cierto punto es claro que en un sentido amplio nuestra conducta discursiva (nuestros hábitos lingüísticos referidos al pasado) denota una configuración de creencias en la cual la comprensión de los procesos bajo análisis queda sometida a un esquematismo de juegos interpretativos signados por la cristalización simbólica y las posiciones fijas. A modo de ejemplo Rosana Guber, en “De chicos a Veteranos” presenta las siguientes coordenadas, relativas a la interpretación de las experiencias de los combatientes conscriptos en 1982: a) la de los analistas bélicos británicos y estadounidenses limitadas a destacar lo absurdo del desafío militar argentino, la diferencia y desnivel en el potencial de acción y el papel de los soldados argentinos como protagonistas no entrenados del evento bélico. b) La de autores militares argentinos defensores de la iniciativa oficial, destinadas a promover retratos del patriotismo de los argentinos y relatos heroicos de anécdotas de batallas, fragmentos de experiencia ulteriormente truncadas por el desarrollo “trágico” de los acontecimientos c) Finalmente, encontramos aquella imagen que la mayoría de los argentinos en tanto miembros de la sociedad civil contribuimos a forjar, la de la guerra como una farsa, una instrumentación destinada a proveer a la dictadura genocida de una vía de escape o perpetuación. En esta visión los ex soldados quedan fijados como víctimas del autoritarismo de la dictadura militar. Esta es la imagen vigente en la mayoría de los círculos políticos críticos, interesada en la recolección de testimonios de abuso militar en una relación de dominación absoluta y unilateral, en el marco de la manipulación política de los comandantes sobre la sociedad civil en general. Según Guber estas tres versiones presentan el mismo defecto: ninguna “logra apreciar la complejidad de las memorias de los soldados, quienes no caen en el heroísmo y el patriotismo ni en la ingenuidad, la ignorancia y la obsecuencia. Más bien suelen presentar escenas y trayectorias atravesadas por el dilema, la contradicción y la paradoja de la guerra que muy pocos argentinos vivieron de modo directo” (RGII, 24).

También Federico Lorenz se preocupa (en FL) por mostrar las posiciones fijas a las que ha conducido la configuración discursiva hegemónica. Según él tres discursos interpelan a Malvinas hoy: el viejo discurso victimizador, el patriótico militar y aquel centrado en la noción de postergación y ulterior “triunfo moral”. Estas tres narraciones maestras se derivan de tres actitudes que informan las coordenadas interpretativas básicas. Por un lado el momento de institucionalización democrática, de retirada militar, y la noción de una primavera en ciernes que regenere a la nación y nos devuelva la inocencia. La segunda actitud tiene en su centro a la violencia como modo predilecto de gestión social. Este espacio permite tanto la reivindicación bélica como la revolucionaria. En la primera sub versión de esta forma de pensar se anuda a la idea de una nación trunca, incompleta (y cuyo signo visible es la “falta” de Malvinas). Nos adentramos así en los vericuetos del Ser Nacional. En la segunda sub variante el belicismo y militarismo de cuadros se pone al servicio de “otra” Patria, popular, contraria a la “entrega”, pero el vehículo es el mismo: la intervención violenta sobre la realidad. El tercer punto enfoca en la dirección de un énfasis generacional, que reivindica una agenda “nacional y popular”, centrada en la idea de un proyecto de país, en la juventud como vector político. Esta tercera actitud reivindica a la juventud como la savia de la patria incompleta o la democracia por venir y pone en su centro a la guerra de Malvinas como hito generacional.

Como se podrá apreciar aquello que enfocan Guber y Lorenz, si bien se solapa parcialmente, en esencia es distinto. A Guber le interesa analizar el tránsito del “sujeto ex combatiente” y como sus propias necesidades vitales y discursivas difieren de las de terceros que se empeñan en fijarlos en posiciones pre-establecidas, de acuerdo a tramas y ontologías que no son las propias, sino las del analista de la geopolítica, la del patriota wagneriano centrado en el heroísmo y la tragedia y la del crítico “progresista” que enfoca la farsa a la luz de la posterior reconciliación democrática. Por su parte a Lorenz le interesa mostrar los registros simbólicos que convergen en Malvinas: la idea de un retorno a la inocencia, la consideración epocal en torno a la violencia y el clivaje generacional. Sin embargo pese a esa diferencia, ambos coinciden en la estructuración de las posiciones. Son esquemas de compromiso o distancia, “de todo o nada”, donde el proceso es percibido o bien como una sustancia densa que impone un significado por su propio peso o bien como una “apariencia” que, contemplada a la distancia, revela su propia fatuidad. La mirada “geopolítica” o “progresista” de Guber y la “inocente” de Lorenz apuntan a redescribir los acontecimientos y experiencias, a tomar distancia de ambos, a dudar de la capacidad de expresar “ahora” “aquello”. La palabra clave es “distanciamiento”. Por el contrario la mirada “heroica” de Guber o la que hace foco en la violencia y lo generacional en Lorenz trasuntan los protocolos propios de la excepcionalidad romántica, la identidad y unicidad de los procesos y la fusión entre realidad y lenguaje (o entre acción y discurso). El modo de implicación es directo y el discurso está dirigido a producir una identificación o fusión entre lo figurado y el público al cual se presenta. La palabra clave aquí es “identidad”. Pero para seguir con este análisis tenemos que abandonar la idea de que una crítica ética o histórica alcanzará por si sola para traernos luz en este juego de posiciones fijas, en el cual no sabemos si tenemos que adoptar una perspectiva interna al esquema (lo que a veces hacen Lorenz o Palermo) o repudiarlo por completo (algo a lo que parece más inclinada Guber). Tenemos que darnos cuenta que en la configuración discursiva que ronda a las Malvinas estamos permanentemente diletando entre la ironía y el romanticismo, entre el discurso de la dispersión contextual, la dilución holista de lo particular y el pluralismo interpretativo, de un lado, y el discurso de la unidad, la especificidad y la metáfora por el otro.

Estamos trabajando, y es bueno saberlo, en el ámbito de las estructuraciones discursivas y para ello necesitamos elementos de la teoría literaria. Ésta trabaja en la dirección de “sistematizar los elementos básicos de la expresión literaria” (NF, 178), con la idea de que las expresiones posibles remiten a un conjunto limitado de recursos. Esos recursos se organizan de acuerdo a principios discernibles, estructuras o formas literarias que habitualmente denominamos mythos o tramas. Lo que propone la teoría literaria de autores como Northrop Frye o Kenneth Burke, y más específicamente en lo referido a la teoría del escrito historiográfico en Hayden White, es que esos principios se articulan e interaccionan de manera de proponer condensaciones específicas de significado por medio de discursos que postulan estructuras de trama, modos de concebir la agencia humana y modos de identificar objetos, propiedades y relaciones (ontologías o “hipótesis del mundo”, según la expresiva terminología de Stephen Pepper en el libro homónimo). Por supuesto hay una gran dispersión de modelos dentro de “la” teoría literaria formal que estoy tomando aquí. No puedo extenderme en las diferencias entre Frye, Burke, White y otros (notoriamente teóricos no formalistas de la narración), pero para mis fines alcanza con decir que dentro de una expresión literaria, y siguiendo los lineamientos asentados por Aristóteles en su Poética, podemos discernir algunos elementos (seguiré aquí, básicamente, a Frye en NF, 53-96). La Dianoia y el span class="italica">Mythos son los dos más importantes, en la medida en que refieren al tema y a las estructuras de imágenes conexas al mismo, la primera, y a la trama o contenido de una secuencia de acciones el segundo. Aquí nos va a interesar la segunda, que es básicamente la postulación de un desarrollo dramático siguiendo el modelo de acción derivada de la intervención en una situación por parte de una serie de agentes dotados de un potencial. Nuevamente, culturalmente estamos habituados a determinadas formas –limitadas en número- de desarrollo secuencial y a él contribuye la caracterización de los actores y su potencial de intervención. Saber algo acerca de la agencia postulada nos sirve para predisponernos a escuchar un tipo de historia y no otra. Se puede postular un diagrama de los tipos de agencia posibles: así podíamos discriminar entre mitos –que involucran a héroes cualitativamente distintos al medio y al resto de los personajes-, siguiendo luego con los romances (donde el héroe es cualitativamente distinto a nosotros, pero ya no maneja al entorno natural), los modos miméticos –alto y bajo- (donde primero hay una diferenciación de grado, meramente moral, entre el héroe y nosotros, que luego se pierde en el mimético o bajo, donde existe una “demanda de continuidad” entre héroe y público, es decir, se trata de “gente como nosotros”) e irónico (donde el potencial de intervención del héroe es inferior al nuestro, es decir, nos parece contemplar un panorama de sometimiento ya sea respecto del entorno natural como, preferentemente, de las determinaciones sociales).

Pero podemos avanzar en la caracterización de los actores. Entender sus motivos, sus disposiciones, sus recorridos. Así se va configurando un patrón de comportamiento dinámico, que intenta cumplir con las fases arquetípicas de la trama occidental: Agon, pathos, sparagmos y anagnórisis, o planteamiento de la situación conflictiva inicial, la lucha preliminar que lleva al fracaso, la disolución y la ulterior reconstitución. Podemos también articular un sistema de actores, predisponer sus interrelaciones, avanzar en futuras resoluciones. Así, por ejemplo, el romance es la confluencia de, por lo menos, un héroe, un enemigo, un “espíritu de la naturaleza” –un hado o algo así- y un “medroso” –a veces un traidor, pero generalmente aquel que porta consigo el criterio de realidad que limita al héroe, un Sancho Panza para Don Quijote-. De esta articulación entre agencia, dinámica de la trama y configuración de la red de interacciones se puede derivar una serie de pautas para la evolución de los principales mythoi de nuestra cultura: romance, comedia, tragedia y sátira o trama irónica. Estas tramas no se presentan en forma pura, sino solapando rasgos de una y otra –comedia irónica, romance trágico y así, en una “rueda” o espectro de, al menos, doce etapas-, pero algunos principios ordenadores pueden reconocerse. El romance y la comedia cuentan la historia de un conflicto producto de una obstrucción en la realización del mandato del héroe que, de alguna manera, halla la manera de resolverse por la vía de una reconciliación. La tragedia cuenta un relato de retorno a un equilibrio violentado. La ironía es una tragedia sin héroe.

Naturalmente esta presentación tiene que ser altamente esquemática, pero lo que me propongo aquí es mostrar que dentro del espectro o diafragma (7) de modos de articular significados lingüísticamente y de componer imágenes que den cuenta, a su vez, de modos de concebir la ontología socio-histórica, las tramas y los propósitos humanos, nosotros, como sociedad, en lo referido al pasado, nos estamos atando a dos formas discursivas –la ironía y el romanticisimo, ambos en su variante trágica- que se caracterizan más por lo que inhabilitan que por lo que posibilitan.

Como vimos en la sección anterior la mirada hegemónica de sentido común sobre el devenir nacional es el de la caída, la degeneración, la decadencia. Como Palermo ha destacado, estos lugares comunes que hacen al territorialismo, la irredención, el victimismo y el unanimismo y que apuntan a la regeneración, son todos giros propiamente románticos, tienen poco que ver con la experiencia o el realismo y remiten a un mundo de idealizaciones o escenarios imaginarios. El romanticismo trágico, conceptualmente, hace hincapié en la caída, desde una situación de pura potencialidad hasta un barranco de impedimentos, pero el ajuste procede por medio de una serie de deslizamientos no mecánicos, no impersonales, sino altamente ritualizados, que portan un alto componente moral. Lejos del fatalismo, nos encontramos en el terreno idealizado de los virtuosos y los traidores. Por cierto, “en todas las épocas, la clase social o intelectual predominante tiende a proyectar sus ideales en alguna forma de romance” (NF, 245). El héroe postulado es un ser interminable, perenne, que no evoluciona ni envejece, sino que se prodiga en una serie de avatares, aventuras, búsquedas. En todos los romances hay tres etapas centrales: la etapa del viaje peligroso, preliminar, la del combate decisivo (en el que alguien, el héroe o el villano) debe morir, y la exaltación del héroe (sucintamente: conflicto, lucha y reconocimiento). El romance es la forma predilecta de transformar el conflicto inherente a la vida social, en un relato de conciliación altamente ritualizado que legitima el orden social. Es una forma de desplazamiento del conflicto. El romanticismo surge así en una época de incertidumbre, de inseguridad identitaria (ver la coincidencia con VP, 45), en la cual la clase dominante proyecta sus valores y ritualiza su propia caída, tematizando una lucha que desemboca, oh casualidad, en el reconocimiento de la superioridad moral del héroe (por hipóstasis la propia clase dominante).Como el héroe es un avatar y se multiplica en el tiempo, estará siempre aquí con nosotros, buscando el reconocimiento. Dentro de los romances, el romance trágico es el que postula la muerte del héroe y el triunfo de los villanos. Cuanto más trágico el romance, más “victimismo”, más irredención, más sentimiento de lo trunco, más ansias de superar la escisión que ha llevado al despedazamiento (sparagmos) del héroe y más ansias regeneradoras. Pero se trata, en realidad, de un sentimiento imposible de honrar, un ansia que se encuentra fuera del límite de lo humano cumplir. Porque el sentimiento trágico apunta, precisamente, no a salvar el abismo que ha vuelto incompleta o irrealizada las formas ideales que se adivinan, sino a tematizar la propia incompletud. El héroe trágico no tiene éxito ni fracasa, sino que fracasando en la experiencia se realiza trágicamente. Parafraseando a Richard Rorty, el héroe romántico-trágico “debe siempre luchar, aunque nunca triunfe, y después de un tiempo debe luchar para no triunfar” (8). El romanticismo no es, por tanto, un programa de acción, ni una consideración en torno al futuro. Es un sentimiento obsesivo en torno a la identidad, una hipótesis formista, de exclusivismo y especificidad en la comprensión del mundo y un ansia de discontinuidad, de densidad epocal, que se desenvuelve en última instancia como un drama de reconocimiento y que desplaza y soterra la comprensión del conflicto social bajo un manto de idealizaciones.

Esto por lo que respecta al romanticismo. La consideración alternativa apunta a la articulación de un sentimiento irónico trágico, que considere el devenir de nuestra sociedad como una caída pero sustentada en principios muy diferentes. En la tragedia se pone en claro el sentimiento de ley, justicia y equilibrio. Los discursos trágicos son dispositivos conductuales que apuntan a enmarcar la vida en sociedad dentro de pautas normativas dentro de la cual reconocemos principios de aplicación uniformes e impersonales. La tragedia es, pues, una consideración discursiva desinteresada que entraña un principio crítico de la actuación individual (NF, 271-279). La ironía trágica, como ya dije, es una tragedia sin héroe, porque el protagonista está reputado como con una agencia o poderes de intervención sobre su entorno (“libertades”) inferiores a los de los demás y/o a los del público. Como estructuración dramática la ironía trágica también tiene tres fases. En la primea fase se narra la caída del héroe, debida a la hybris que arruina su carácter, su hamartia, o falla obsesiva, combinada con la inocencia y falta de experiencia. La segunda fase resalta la progresiva pérdida de capacidad de intervención del héroe, a efectos de resaltar el potencial irónico: el héroe va restringiendo su rango de libertad hasta que éste es percibido por el público como inferior al propio, lo cual va fortaleciendo, inversamente, el sentido de condescendencia y superioridad del auditorio, que es uno de los efectos buscados por la tragedia irónica. Por último arribamos a un sparagmos, una fase de mutilación y tortura, de horror y desesperación sin límites, en que el héroe humillado es sometido a un ritual de pleno simbolismo sacrificatorio, una epifanía demoníaca en la cual cobra relevancia el ajusticiamiento. La anagnórisis –o cognitio - es implícita o tácita y la realiza el público a posteriori: una vez que el héroe es masacrado y desaparece como intención, nosotros, para nuestra sociedad y en nuestra época, estamos en mejores condiciones para comprender lo que hemos perdido. La ironía trágica funciona como una admonición, un promontorio cautelar que advierte acerca de las pautas inexorables, impersonales, que atropellan los excesos o defectos pasionales humanos. Se advierte que todo esfuerzo que intente afectar el equilibrio del cosmos será respondido con una reacción que, por compensación, aplastará a aquel que tan vanamente se empeña. La tragedia conduce así a una estimación ajustada de las capacidades humanas (que por momentos puede conducir a una subestimación, si el énfasis irónico es demasiado realzado) y a una situación en la que las palabras definitivas son las del juicio del final: el mundo de las cosas tal cual son, la imposición de un “hiperrealismo”. Como se ve, este tampoco es un programa de acción, sino una consideración cautelar (o de desdén) hacia todos aquellos que pueden sentirse tentados por programas “románticos” o que se tomen demasiado en serio la capacidad propositiva humana. La ironía refuerza el distanciamiento (una consideración desapasionada del orden social y una duda considerable en torno a la capacidad de representar la realidad) y la consideración fragmentaria de las situaciones. Tan dispersivo como el romanticismo, es no obstante, un programa anti-identitario. No persigue el reconocimiento, ni supone identidades. Más bien conceptúa redes y nexos, hilos causales que describen la parábola de un fatalismo naturalista.

Se observa pues, que entre la noble caída romántica, que exige reconocimiento, y el despedazamiento irónico que nos provee una cauta comprensión de lo perdido pasado y una confortable sensación de un presente a salvo (mas limitado e impotente) nos encontramos, parece, atrapados entre los relatos de la Gran Malvina y los de la Isla Soledad, entre las promesas del Romanticismo de la Voluntad que nos augura una Nación para un desierto y la admonición de que todas las búsquedas resultarán infecundas, tan solo un preludio para la impersonal victoria de las tierras baldías.


III- Un futuro para la nación del desierto

A modo de conclusión apuntaré lo siguiente: estamos atrapados entre bruscas oscilaciones que van del Romanticismo de la Voluntad a la ironía trágica (sin mayúsculas) sin que ninguno de esos polos acierte a proponernos una configuración discursiva que resuelva el problema de la identidad (Palermo) y que conceda voz a aquellos que tienen una experiencia que pertenece al acervo societario (Guber). Al Romanticismo no le interesa el problema de la experiencia, vive en un mundo de idealidades. A la ironía no le interesa el problema de la identidad, ya que descree de los avatares allende los contextos. Peor aún, el romanticismo define una identidad esencial que es más un canto de reconocimiento y una elegía hacia lo ausente que un programa de acción y la ironía prefiere conceder voz a otros actores, más distanciados, que son los que parecen proponer un “realismo de la resignación” que, bajo la forma de una ontología dispersiva y una trama gradualista, se propone no tener propósitos. Tampoco hay aquí motivos para la acción. Se trata, más bien, de dos formas alternativas de relatos que configuran un ritual, una dialéctica de negaciones, un bonito pas de deux que conduce a la parálisis.

Quiero decir: 1- Si uno tiene un discurso propiamente historiográfico cuando tiene tramas, ontología y agencia y si 2- uno tiene un marco de acción propiamente política cuando tiene tramas, ontología y propósitos; y si 3- resulta que por un lado un discurso (el romántico) postula una trama de incompletud y una ontología de irrealización, lo que conlleva un marco de acción cuyo único propósito es la contemplación y sacralización de lo perdido; y si 4- resulta por el otro que un discurso (el irónico) descree de la agencia y se propone no proponer, entonces 5- no es raro que una extraña combinación de melancolía y estéril polémica hacia el pasado, por un lado y confusión y pérdida de horizontes hacia el futuro, por el otro, naveguen conjuntamente nuestro presente.

Así las cosas o el pasado es importante, pero tan sólo como relato de la pérdida, y entonces el discurso historiográfico tiene un lugar en el ámbito público, pero al costo de proponer para el futuro sólo la continuidad de lo trunco o la idealización pueril, o no hay en el pasado más enigmas que los que puede resolver una comprensión contextuada y acotada a fragmentos, pero al costo de vaciar el futuro de agencia y propositividad. Todo esto puede parecer desalentador, pero no lo es. Una vez que se avizora que ambas actitudes han constituido un ritual, un marco de conducta discursiva en el cual se realimentan mutuamente, cada una de ellas pierde todo encanto o privilegio, y pasa a ser un dispositivo más, un artefacto literario para la composición de imágenes referidas al pasado que apela a modalidades canónicas, pero no exclusivas. ¿Por qué seguir atándose a ellas? Entre la idealización pueril y el vacío de propositividad hay muchas posturas posibles, muchos márgenes permisibles, continuidades en el espectro que se adivinan como viables, tan sólo nos animemos a experimentar en nuestra conducta discursiva, trabajemos con ontologías, tramas, modos de concebir la agencia y propósitos diversos, adentrándonos en el ámbito de la imaginación cognitiva que la historiografía puede ser. Si estos relatos que nos agobian, estos rituales, conforman una agonía histórica de la cual mejor salirse, porque nos despueblan el futuro, nos inhabilitan para imaginarlo ¿no hay una tarea especialmente relevante aguardando a los historiadores, expertos en tramas, en postular ontologías, en concebir agencias, y que requiere de conocimientos del pasado para imaginar un futuro para esta nación que se cree desierto? Si el discurso es la mediación entre lo ritual y lo onírico, entre la ley y el deseo, ¿por qué no pensar Malvinas como un punto privilegiado, una excusa, sí, otra vez, pero no para funcionalizarla en apoyo de algún otro proceso, sino como una posibilidad de apreciar a dónde nos ha conducido la obcecación con el ritual, la anulación imaginativa y la auto-amputación de agencia y propositividad? La teoría literaria no puede hacer que los relatos y las acciones de los hombres cambien. Tan solo puede hacer que nuestra relación con el ámbito del discurso sea distinta: las narraciones son herramientas al servicio de la postulación de mundos distintos, posibles, desafiantes. Pretender establecer o consolidar las postulaciones es no haber entendido para qué era la herramienta. Una vez comprendido esto la consideración teórica llega a su fin, y entonces comienza (recién) el tiempo de los historiadores.

Notas
(1) Northrop Frye, Anatomía de la Crítica, Monteávila, Caracas, 1977, pp.155-157, de aquí en más NF.
(2) El término “centro de gravedad narrativa” procede de Daniel Dennett, La conciencia explicada, Paidós, Barcelona, 1995, p.364, pero aquí el uso de una expresión similar tiene un carácter estrictamente no-técnico. No estoy interesado en absoluto por la idea de algo “intrínseco” –en la conciencia, que es lo que preocupa a Dennett, o en cualquier otro lugar-, sino por la imagen metafórica de un campo de relatos o configuración discursiva en la cual el “objeto Malvinas” no puede constituirse como el centro, el protagonista, el punto de convergencia de significados, sino que permanece como un mero epifenómeno, un pretexto o un puente que conduce a otro lugar -ese sí, centro de atracción de los significados que son el caso-.
(3) Vicente Palermo, Sal en las heridas, Sudamericana, Buenos Aires, 2007, de aquí en más VP.
(4) Rosana, Guber, ¿Por qué Malvinas? De la causa nacional a la guerra absurda, FCE, Buenos Aires, 2001 (de aquí en más RGI) y De “chicos” a “veteranos”. Memorias argentinas de la guerra de Malvinas, Antropofagia, Buenos Aires, 2004 (de aquí en más RGII).
(5) Federico Lorenz, Las guerras por Malvinas, EDHASA, Buenos Aires, 2006 (de aquí en más FL).
(6) Esto es, criterios de identificación y diferenciación de objetos y relaciones a los cuales se postula como constituyendo “la realidad”.
(7) Utilizo estos términos para evitar la idea de tipos fijos o compartimentos estancos: todo lo contrario, se trata de diagramas fluidos con variaciones en el margen. Cuando el formalismo –cualquiera de ellos- postula esquemas o arquetipos o diagramas como el aquí presentado no está suponiendo que se presentan en formas puras, sino que trabaja explícitamente con la noción de postulaciones teóricas o tipos ideales que se mueven siempre dentro de espectros que admiten variaciones infinitesimales. Lo que importa son los criterios estructurales que guían esos movimientos marginales. Sobre el tema remito a Frye, NF, 53-96.
(8) Richard Rorty, “Movimientos y campañas” en Pragmatismo y política, Paidós, Barcelona, 1998, pp.70-73.
*Autor
Nicolás Lavagnino es Profesor en Historia (UBA). Doctorando en Filosofía (UBA). Becario doctoral (UBA). Docente en la cátedra de Filosofía de la Historia del Deptartamento de Filosofía (FFyL-UBA) e Investigador en el Instituto de Filosofía “Alejandro Korn” (FFyL-UBA). Ha publicado artículos en las revistas Cuadernos de Filosofía y Nuevo Topo, en Epistemología e Historia de la Ciencia (FFYH-UNC) y en los volúmenes colectivos Pensar la democracia, imaginar la transición y Conocimiento, normatividad y acción. Áreas de Investigación: filosofía y epistemología de la historia, teoría literaria y análisis del discurso historiográfico.