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Ella no puede creer que se pierda
Valeria Iglesias*

-1-

Depende de cómo lo mires, a vos no te falta ni siquiera una uña, dice Gonzalo mientras enciende un cigarrillo. Larga el humo, tose: pero no estás completa, eso te pasa. La cama revuelta. Odio sus comentarios fuera de lugar. El cambio brusco de estado. Lo odio. Odio haber tenido ganas, un segundo antes, de decirle te quiero. Él, todo un filósofo, anuda el forro. Yo, tan triste, y para qué se lo dije. La ventana abierta, el olor a empanada frita que sube del local de abajo. En su departamento ya empezó el otoño y se acaban los últimos días de calor. Igual, para ir a la cocina me pongo su remera. Siento que mi desnudez ya no tiene sentido. Él se queda fumando en la cama mientras preparo mate. Enciendo la hornalla y hago muecas. A escondidas, lo burlo, somos seres incompletos. Le imito ese gesto tan suyo de inhalar el humo del cigarrillo con los ojos cerrados. Lo oigo toser, suspendo la burla y me quedo muy quieta. Como si él pudiera ver a través de las paredes, me da miedo que se enoje.

El agua no tiene que hervir, por eso me quedo a esperarla. Miro el póster del pasillo: superpuestos una cebra, el símbolo de precaución-material radioactivo, las flechitas de reciclado. Letras rojas cruzándolo todo en diagonal: No Incinerar. La pava silba. Por primera vez veo que a la cebra le falta una pata. La N tapa la zona mutilada. ¿Qué hay debajo? El gatito negro de mi infancia que sobrevivió a un accidente. El muñón con esa costra que parecía una tostada. Seis años del póster ahí. Un instante de otoño para descubrirlo.

No puedo dormir. La cebra titila con la luz de la calle. Las motos del local de empanadas hacen envíos a domicilio hasta tarde. El artículo sobre la Guerra de Malvinas que Gonzalo me pasó para que yo lo escriba. Y pensar que me había enamorado de él porque era escritor. Yo, de estudiante de ciencias económicas a colaboradora periodística. La cebra, mi gato, las motos y esa chica que ahora trabaja con él como correctora de su próximo libro. Encima, no me deja lugar en la cama. Mejor me visto y me voy a dormir a casa.

El mismo día en que ella cumplía doce años, las tropas llegaban a Puerto Argentino e izaban la bandera. El desembarco se hizo sin ocasionar bajas a los Kelpers. En la Plaza de Mayo se realizó un acto popular de adhesión a la recuperación de las islas. Su mejor amiga le regaló un par de aros colgantes como los que usaban las mujeres grandes.

Mi departamento como lugar de paso. Tiro la mochila sobre una cama que sólo sirve para tirar mochilas. Ya no estoy acá. Tengo que volver. Enciendo la PC y mientras espero que se inicie descubro los cigarrillos de Gonzalo en mi campera. En el baño, asumo su traición y los tiro de a uno al inodoro. Aprieto el botón. Vuelvo a la habitación, me abrazo a la mochila y lloro. No estoy acá. Si estuviera, entendería. Encontraría el secreto. Como el sueño de anoche. Un hombre me contaba que nadie había estado para recibirme el día de mi nacimiento. El cariño, precaución-material radioactivo. Gonzalo sin manos para palmearme el lomo. Y no saber qué sigue, quedarme sin libreto.

Acciones realizadas en el Teatro de Operaciones. Del enemigo: dos fragatas atacaron la zona de la Bahía Fox, sin producir daños. Cuando su madre la llevó a cenar con ese hombre que no era su padre, ella se sintió confundida. De las tropas propias: aviones de la Fuerza Aérea Argentina efectuaron bombardeos en picada en las proximidades de Puerto San Carlos. ¿Qué hacer con la confusión? Mejor no indagar.


-2-

El director de redacción del periódico Veteranos de Guerra, Sargento retirado Alberto T. Ramírez queda a mi entera disposición para una entrevista, dice en un mail. Le asombra la casualidad de que mi cumpleaños caiga en dos de abril. No recuerdo habérselo dicho.

Se comenzaron a conocer las acciones bélicas en el Atlántico Sur. Ella jugaba con sus primos mientras sus padres hacían sobremesa. La televisión como un ángel de fondo. Marcha militar. La aviación británica atacó Puerto Argentino. Comunicado número uno, y los chicos dejaban de jugar y corrían a ver. Los intentos de desembarco fueron rechazados por fuerzas argentinas. Festejos. B4, averiado. La clase 1961 fue convocada. Cuando ya no se mencionaban ataques y bajas, perdían el interés y volvían a sus juegos. Los padres retomaban la conversación.

La oficina de la revista no es más que la habitación de un departamento. Un living un poco revuelto, la puerta entornada de la cocina, un olor a guiso viejo en cacerolas de aluminio como las del campamento de la escuela. Cortinas con volados, portarretratos con curvas, la presencia de una mujer. Otras sensaciones, difíciles de explicar, indican: la mujer no está más.

En el despacho, Alberto se para detrás del escritorio. Me señala una silla blanca, de esas plásticas que se usan en el jardín, y nos sentamos. Diarios apilados por todos los rincones. Un mapa enorme de Malvinas sobre la pared a sus espaldas. Un viejo teléfono gris con teclas gordas. Una PC. Fin de inventario. Alberto no tiene los ojos secos, ni surcos fríos en la piel, ni un tic de locura, ni el abatimiento de la guerra en los hombros como yo esperaba. En cambio, sostiene una mirada amable. Emoción de saber que alguien va a escucharlo. Sin embargo, calla. Quiero reflejar, le digo, cómo la vida continúa aún en situaciones extremas. Sonríe. No sé si me entiende. Me largo a hablar sin parar y le cuento mi porción de guerra.

Cuando todo empezó ella sentía pánico. Las bombas caían lejos, pero de noche ella pensaba cómo sería morir sin darse cuenta si una bomba explotaba en su casa. En la escuela les habían enseñado a ocultarse debajo de los muebles en caso de ataque. Qué caso. Pero también les enseñaban reglas de tres simple y compuesta. Estaba preparando el examen de ingreso al secundario. Le gustaba un compañero que quería entrar al mismo colegio que ella.

El ring del teléfono me interrumpe. Alberto hace un movimiento extraño. El teléfono está a su derecha, pero él cruza todo el escritorio con el brazo izquierdo. Atiende. Durante su breve conversación me decido. Cuando corta tengo lista mi primera pregunta. De qué hablaban cuando no hablaban de lo que estaba pasando. Cierra los ojos y empieza a contestar sin abrirlos. Menciona cinco o seis nombres. Poco más de un mes. Semanas con algunos de ellos. Llegó a conocerlos mejor que a su propia familia.

Nuevas incursiones aéreas de los ingleses sobre Puerto Argentino. Ellos eran lo que habían tenido antes de llegar ahí: sus padres, las novias, los amigos, los estudios, sus equipos de fútbol favoritos. Eran lo que había quedado en el continente. Aviones navales argentinos, equipados con misiles Exocet, atacaron al destructor inglés Sheffield. G5, hundido. Ella quería dejar de jugar con sus muñecas. Algunas compañeras de la escuela se habían burlado porque seguía siendo una nena.


-3-

En el café leo la versión final del artículo. Cada vez que escucho la puerta, busco a Gonzalo. Pero va a llegar tarde. Si aceptaba hablar en su casa, me ahorraba esta espera. Pero no el estar a solas con él. No, la ilusión de que me mirara a los ojos. No, esperar que me dijera que soy especial. No más sostener. Quiero ser firme y terminar de vivir en mis aledaños. Quiero controlar estas lágrimas que se me escapan. Respiro profundo.

Cuando Gonzalo está sentado frente a mí y le hablo, mis piernas parecen de espuma. Se hace el sorprendido, me pide que lo piense. Yo, que piense qué. Él, sos tan abrupta. Yo, no soy tan ciega. Él, qué estás diciendo. Evito preguntar. Evado respuestas que pueden doler. Sólo quiero ser firme y terminar. Cuando las piernas vuelven a ser sólidas me levanto y digo chau. Volvamos a hablar, escucho que dice. Salgo sin pagar mi café. Me dirijo, llorando, al periódico Veteranos de Guerra, aún cuando la cita es mañana.

Juan Pablo II formuló un encendido reclamo por una paz justa y honrosa durante su visita a Londres. Mientras tanto, las tropas inglesas -cuatro regimientos de tres mil ochocientos hombres- avanzaron sobre Darwin y Pradera del Ganso. Uno de los caídos llevaba una foto de su hijo. Cuando vuelva, había dicho, voy a llevarlo a la cancha de Boca.

Alberto me abre. No le sorprende verme. Pido permiso para pasar al baño. Me encierro a lavarme la cara, borrarme el dolor, mirarme al espejo. Me pregunto si lo de Gonzalo es irreversible. Empiezo a arrepentirme. Me quedo sentada un rato en el inodoro. Espero que pase algo. Que pase el tiempo para no salir muy rápido.

Entro a la oficina y me siento, sola. Alberto aparece al rato con dos cafés. No tengo ganas de café. No tengo ganas de nada. No tengo ganas de seguir. Ojalá una pausa y que me nazca otra yo. Le pido a Alberto que lea lo que voy a publicar. No es definitivo, digo, todavía se pueden hacer correcciones.

Ella va al baño y encuentra su ropa interior manchada con sangre por primera vez. Al día siguiente queda parlamentado el alto al fuego y la consiguiente rendición. Ella no puede creer que se pierda. Game over. No hay más fichas. No se puede jugar más. Los que quedan, van a regresar, pero no regresan completos. En ningún sentido.

En ningún sentido, dice Alberto cuando termina de leer. La mano derecha sale del bolsillo. Sólo pulgar y meñique. Aquí también faltan partes, la apoya, incompleta, sobre su pecho. La vida acelera y me está dejando en ningún lugar. Veo los pedazos de mí que van quedando atrás. Y otra vez estoy llorando.

*Autor
Valeria Iglesias es escritora, actriz y Licenciada en Lengua Inglesa. Publicó Papel Reciclado (poemas), Hilvanar la Angustia y Notas en el Refrigerador (plaquetas Color Pastel) y Oniria (Plaqueta PDD). Actualmente tiene listo para publicar otro libro de poemas, Restos de Jukebox (finalista iRojo 2007) y está escribiendo dos novelas. Colabora o colaboró en revistas Para Ti, Lea, LMDMV, Pistilo, Árbol, La Luciérnaga, Plebella y No Retornable. Coordina talleres de escritura creativa y es guía espiritual de emprendedores independientes. Compone y conduce Outsider_, show literario, con un montón de colaboradores logísticos y emocionales. Más info en su espacio virtual: www.absurdayefimera.com.ar