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Tras su manto de neblinas
(Fragmentos)
Juan Guinot*

Masi navegaba el tramo final de la gloriosa travesía por el Canal de la Mancha. Era el jefe de un grupo de soldados, apelotonados y en tensión, que no quitaban los ojos de sus fusiles. Masi, montado en la proa, cortaba la espesa bruma. El frío no blandía el metal temerario con el que había sido forjado. El corazón le latía cada vez más fuerte y, transido por la adrenalina, olía trazas de contienda donde su mirada de lince no llegaba. Y a punto estaba de divisar las costas de Normandía, cuando los padres irrumpieron en la escena tras un manto de neblinas:
-¡Estamos en guerra!
Intentó no engancharse con la aparición inesperada, dudó si no se trataría de una insolente representación onírica que traía al set de acción a sus progenitores (una especia de superposición de películas). Pero la duda duró lo que debe durarle a un militar en el campo de batalla, o sea, nada, y la resaca nubosa del sueño desapareció definitivamente cuando la confirmación de los hechos vino de boca de su papá:
-Querido ¿escuchaste? ¡Decí algo! ¡Recuperamos las Malvinas! ¡Es un día histórico! -tenía pegado a sus narices un primer plano de Papá con ojos vidriosos y aferrado a la bandera celeste y blanca, la insignia de balcón estrenada cuando Argentina obtuvo el Mundial ‘78 y reestrenada luego de ganar el Juvenil de fútbol en Japón, al año siguiente. Masi, todavía conmocionado por el shock (no lo podía creer, siempre se le cortaba ese sueño en el momento en que estaba por desembarcar en las costas enemigas) y sin abandonar la trinchera tibia de las frazadas, observó primero como el papá ajustaba la bandera Argentina a las rejas que daban a la avenida y terminó de despertarse cuando la mamá le partió las lagañas al encandilarlo con ojos redondos de mediodía y le dijo:
-Hijito, esto no lo vas a olvidar nunca, la historia va a hablar de este día. Este dos de abril te marcará para toda la vida.
Y las madres, con esas observaciones tan agudas, a veces no mensuran los efectos para la posteridad de sus dichos. Masi cazó al vuelo cual era la consigna rectora de su vida e hizo pólvora de su destino: tiempos de lucha por defender el territorio en su expansión.

Masi asimiló rápidamente la situación, se hizo carne del conflicto y, esa mañana del dos de abril, salteó el desayuno porque solo tenía tiempo para ejecutar urgentes escaramuzas correctivas.
Primero llevó las cintas foráneas al patio y sobre las baldosas acanaladas, lindantes al colorido piso de la galería, incineró los casetes de Queen. Mientras la pira ardía, y era envuelta por agónicas lenguas de fuego, pisoteó los discos de Kiss hasta dejarlos hechos plumas negras de vinilo. Arrojó los pedacitos a las llamas y un crespón azul grisáceo se dibujó en el aire.
Desapareció de la escena del patio y, al minuto, retornó con unas cintas de Sui Géneris, recuperadas del anaquel secreto del padre, señalizado en la tapa por una etiqueta que decía “Música Progresiva”. A un costado de la fogata, enchufó el grabador monoaural, hizo saltar la tapa al tocar la tecla eject, metió el casete, presionó play y musicalizó el teatro de operaciones bajo las flechas góticas del alero de la galería.
Los gorriones, como gárgolas de catedral, contemplaban petrificados la escena con las cabecitas asomadas entre la chapa y el pastito entreverado de los nidos.
El fuego se fue consumiendo hasta dejar un plastrón negro y humeante, como una torta de brea recién hervida y volcada en el asfalto. Dejó a la música del rock nacional filtrarse sin resistencia más allá de la medianera del vecino y abandonó el teatro de operaciones para desatar otro frente de acción: el dormitorio. Trepó las escaleras en saltos de hombre araña, pegó un topetazo a la puerta y, bañado en penumbras, manoteó la perilla de la luz. Tenía un objetivo en la mira: camuflado en el parpadeo del tubo fluorescente, tomó por asalto a la flota de tanques, barcos, camiones y avioncitos de la colección Matchbox. Los había rodeado y los obligó a rendirse. Con el filo mellado de las uñas arrancó las insignias foráneas a sus juguetes de guerra. Las apretó fuerte dentro del puño de la mano izquierda y amasó una bolita pringosa que iría a parar a la fogata. Luego hurgó entre los útiles escolares, sustrajo una birome azul y una plancha de ojalillos. Con el trazo firme de la mano derecha guió a la birome en la ejecución del cambio: los ojalillos blancos pasaron a ser escarapelas. Masi implantó en la unidad mecanizada, la flotilla marina y la escuadra de caza bombarderos, los colores capturados por Belgrano del cielo criollo. Masi se incorporó y apreció desde el aire los argumentos de la victoria. Desde esa mañana la patria contaba con más poderío bélico apertrechado en la pieza del jovencito.

Las jornadas familiares acumulaban una atmósfera de puro hervor. Todo cuanto se decía estaba atiborrado de ideas beligerantes. La Junta inoculaba información mediante comunicados y los padres farfullaban predicciones inconexas sobre la contienda, mientras el pichón de guerrero saludaba a los informes castrenses con un hachazo rígido de la mano sobre la sien derecha.
Pasaron los primeros días y algo crecía en él sin control, insuflaba las venas y bombeaba desde el meridiano del pecho. Debía estar preparado, presentía una señal. Y aquellas percepciones se cristalizaron cuando escuchó, entre tangos, avances del mundial y comunicados (en la emisión de Rapidísimo por Radio Rivadavia) que se daba comienzo al alistamiento de civiles. El llamado invitaba a registrarse “en la dependencia municipal más próxima a su domicilio”. Los ojos le brillaban como el sol diáfano y sin rodeos pidió permiso a su superior para proceder.
-Papá ¿puedo anotarme?
-Sos todo un hombre, venga machazo.
Masi lo escuchó como “orden concedida” y miró a los ojos de la mamá, buscaba un registro completo y auténtico del sentir familiar y nacional, y se encontró con dos pupilas insulares rodeadas por un mar estremecido por la diatriba imperialista. Los tres se abrazaron y la radio atrincheró el amor familiar con la emisión del tango “Caminito”.

De la excitación no durmió y pidió permiso a los padres para llegar tarde al colegio. Vio el amanecer guarecido en las gradas del establecimiento municipal. Capeó con hidalguía el frío de la espera. Una vez abierto el portón, cerca de las nueve, lo dominó un estado de incertidumbre y sorpresa porque era el único de la cola. Surcó un penumbroso y gélido corredor. A cada paso, sentía orgulloso el eco de su pisada de acero. Al final del pasillo, empujó la puerta entornada con el cartelito de “Mesa de Entrada” y un vaho a querosén lo despeinó. Una vez dentro de la oficina, puso el pecho al llamado patriótico e instaló la cabeza en el horizonte laqueado de un mostrador.
Una señora, que bien podría pasar por hermana de la abuela Eulápida, con delantal celeste, piel de fruta pasa, pelo hirsuto y encanecido, le indagó con parsimonia y desaprensión.
-¿Qué quiere, m´hijito?
-A - anotarrrmé - para la gueeerra - ¡Señora! -de entrada demostró su respeto a la verticalidad y el manejo lingual de los hombres de la fuerza. La mujer frunció el ceño e hizo esfuerzo desparejo de la vista al abrir un poco más el ojo izquierdo.
-Ah, si, claro, la guerra… ¿Espéreme, ya le doy el formulario?
La empleada municipal sacó un cuaderno de debajo de un escritorio, arrancó una hoja, escribió al tope de la hoja “Lista de Voluntarios” y lo lanzó sobre la superficie encerada del mostrador. Luego soltó una lapicera.
-Me escribe en letra de imprenta: apellido, nombres, dirección, teléfono, fecha de nacimiento, estudios cursados y número de DNI.
Masi trataba de tragarse la arritmia, el corazón no resistía tanta emoción, la hoja en blanco le garantizaba el primer lugar en la lista. Con trazo de estadista imprimió sus datos mientras la mujer armaba un mate.
Para cuando la empleada municipal se aprestaba a volcar en su mate el primer tirito de agua, el jovenzuelo había completado las formas de la inscripción con caligrafía estilizada de pluma a fuente. La mujer no detuvo sus intenciones y, entre chupada de bombilla y tarascón de bizcocho, le ordenó la retirada con unos aspavientos de la mano izquierda. Unas miguitas flotaron en el aire y cayeron sutiles sobre la superficie del mostrador con la cadencia de la nieve austral. Masi, hábil interpretador de los signos que lo ponían cada vez más cerca de las Islas, acató la orden. Se cuadró (el tacazo estremeció unas escamas de pintura descascarada en el techo y una palomita torcaza salió disparada de su guarida en la ochava del salón), giró sobre el pie izquierdo e improvisó el paso del ganso que lo condujo a la calle y de ahí a los cuarteles de invierno para esperar el llamado.

Pasaron las semanas. El cumpleaños número trece de Masi transcurrió sin globos ni guirnaldas. Los padres entendieron el planteo que les hizo al decirles que no había nada qué festejar y que podían guardar la torta para cuando retornase del frente abrazado a la victoria.
Lo único importante era el llamado. Imaginaba que llegaría en un telegrama recargado de sellos oficiales.
Con ansiedad anhelaba el contacto mientras esbozaba tácticas submarinas de combate ensopando vainillas dentro del café con leche.
Estaba excitadísimo con la idea de ir a luchar a las islas. Se había preparado una mochila que contenía: prismáticos plásticos, una cuchilla de monte del abuelo Félix, el botiquín de primeros auxilios del Automóvil Club Argentino que le sacó al padre de la guantera del auto, un muñequito Jack de la Momia Blanca como amuleto de la suerte y una caja de fósforos Fragata, para hacer fueguito en la trinchera.
Seguía la guerra desde los comunicados radiales de la Junta Militar. Coleccionaba las ediciones de la revista Gente con afición de álbum de figuritas y recortaba del diario La Nación las noticias más relevantes. Estaba desbordado de información y se encerraba en el cuarto, que tomaba forma de comando de batalla, para estudiarla.
Confeccionó una maqueta con hojas de papel de diario abultadas como montañas y luego esparció copos de telgopor tras friccionar planchitas del juego Segelín. En el irregular terreno nevado desplegó las tropas de soldaditos de plástico y las apoyó con las fuerzas de las artillerías que había nacionalizado con los ojalillos. La desflecada alfombra celeste hizo las veces de mar donde posó las corbetas, portaaviones y destructores. Arriba del escritorio, ocultos dentro de una caja de zapatos, guareció los aviones de combate.
Iba y venía de un lado al otro del dormitorio. De reojo contemplaba la escena congelada de la maqueta que en su mente cobraba vida como si se tratase de una película de la Segunda Guerra.
Se imaginaba al frente de la línea de fuego, con una metralleta en cada mano, hendiendo con plomo encendido las líneas enemigas.
Ya había asumido que estarían frente a frente, encuentros cara a cara con los piratas, porque la información alertaba sobre el paso de la Flota Real por la Isla Ascensión (con un grupo de alborotados mercenarios gurkas a bordo) y todo el mundo hablaba de un próximo asedio insular.
Cuando las ideas le empezaron a fluir, inició una imparable escritura de tácticas y estrategias militares sobre los renglones del cuaderno Gloria. Hizo cálculos del tiempo de la travesía Atlántica inglesa y gestó la primera estrategia que escribió en unas hojas bajo el rótulo “Éxodo de Malvinas” que no era ni más ni menos que la emulación de la épica hazaña de Don Manuel del Sagrado Corazón de Jesús Belgrano, cuando sacó carpiendo a los Realistas del noroeste argentino. El plan era:
“Como ya tenemos el control de las islas, propongo arrasar con todo antes que llegue la flota pirata. Hay que quemar casas, árboles, cultivos, destruir instalaciones, incluidas a las “ovejas cipayas”. Nadie tiene que quedarse ahí y el último en desaparecer debe vestir con ropa de fajina a los pingüinos reales. Como refuerzo se pondrán antiparras berretas y tubitos de plástico a los lobos de mar, para que simulen ser buzos comando distribuidos en la costa. Los ingleses, ni bien lleguen a la distancia de ataque, van a tirar con todo lo que tengan y luego desembarcarán junto a los gurkas. Ahí se acciona el plan maestro. Cuando los gurkas pisen las islas y descubran que está todo quemado, que solo mataron a unos animalitos, van a ir contra los ingleses porque los trajeron al fin del mundo para nada. En insurrecto estado de calentura gurka van a pasar a degüello a los piratas que en la vida no hicieron otra cosa que jugar al críquet, tomar el té de las cinco y emborracharse con whisky. Pasado los días del desconcierto invasor mi sugerencia es la de retomar el control de las Islas sellando un acuerdo con los gurkas. Para el pacto se les asignará un monte donde vivirán en paz y podrán formar su propio club de fútbol con la dirección técnica del negro Chocolatín Baley, el arquero suplente de la selecciona campeona del ´78, para que vean que no somos racistas”.

Lo transcribió en hojas nuevas que luego sustrajo del agarre espiral del cuaderno Gloria I. Limpió con delicadeza los dientes de papel para darle estética de hoja carta. Las introdujo en un sobre y lo envió a la Presidencia para su “urgente consideración”.

Semanas más tarde, como respuesta a su plan, llegó la misiva oficial que decía: “Compatriota: por absoluta disposición de secreto militar no se puede aseverar si se ejecutará la patriótica e inteligente sugerencia. Con hombres como usted vamos a ganar la guerra. ¡Viva la Patria!”.

Lo leyó de adelante para atrás y de atrás para adelante durante toda la tarde. Estaba enchufadísimo. Haber recibido la carta fue como tocar la guerra con las manos e imploraba a Dios porque lo llamaran para pelear.
Extendió la carta oficial sobre una de las colinas de papel de diario, velada por el ejército mecanizado. Las fuerzas rendían tributo y custodia a la misiva oficial.
Esperaba que lo convocasen en cualquier momento y vivía en total estado de alerta. Sumó a la expectación la tarea de guardia nocturna: no dormía, porque la tele y la radio anticipaban que podía darse un bombardeo inglés. Se la pasaba mirando al cielo y más de una vez confundió las estrellas con naves invasoras. Por respetar a rajatabla la sugerencia castrense de oscurecer las casas para desorientar a los pilotos enemigos, fue el precursor de los apagones al desenroscar el tapón del tablero de electricidad.
En una de esas noches en vela, luego de que el padre repusiera el tapón que él antes había quitado, descubrió la riqueza real de las Islas y que, los invasores, pretendían controlar. La verdad revelada manó de las páginas de la revista Gente. Releyó dos veces el artículo para instruirse y entendió que lo que querían era controlar la cuenca de kril más grande del mundo. Retomó las hojas del cuaderno Gloria I y escribió:
“Quiero dejar en claro qué es un Kril.: se trata de un crustáceo pequeñito que se parece a la extinguida especie de Sea Monkeys. Científicos de la revista Gente indican la existencia abundante de estos en la plataforma de las Malvinas y que por sus propiedades proteicas serán el alimento del futuro”.
Para graficar lo que acababa de escribir, recortó y pegó en las hojas del cuaderno Gloria las fotos de la revista donde se habían registrado los platos recién salidos del horno.
Pero, mientras las aletas de su nariz eran caladas por un imaginario aroma de kril, la carta convocándolo para luchar no llegaba y empezó a ponerse tozudo y rebelde. Volvía loco a los padres y decía que no quería ir al colegio porque se había despedido de los profesores y compañeros, quienes le rindieron tributo por la valentía y pendientes de su arrojo le pedían explicaciones de por qué no lo llamaban cada jornada que re aparecía.

Para su desgracia la carta nunca llegó, la guerra duró menos de lo pensado y fue tan desastroso el resultado de la contienda que lo dejó shockeado y comenzó a tener comportamientos propios de un Ex No Combatiente; veía ingleses por todos lados.

Aclaración
Este es el primer capítulo de su novela inédita: 2018 - La guerra del gallo.
*Autor
Juan Guinot nació en Mercedes (Provincia de Buenos Aires, Argentina) tres meses y once días antes que el hombre pise la luna (05-04-1969). Allí fue columnista de diario, locutor y guionista.

En 1990 fundó con su padre la publicación El Bolsillo y desde el 2004 co-dirige con sus hermanos el sello "Contentotravez".

Se Licenció en Administración (UBA), Psicólogo Social (Pichón Rivière) y Master en Dirección de Empresas (IAE).

A partir de 1990 trabajó cinco años en el Estado para recaudar dinero y entre 1995 y 2001, lo hizo en una empresa para que la gente lo gaste en golosinas.

Es profesor de marketing y creatividad.

Estudió clown, locución y desde el 2003 es discípulo del escritor Alberto Laiseca.

Escribió cuatro novelas (no editadas) y más de cincuenta relatos.

Ha recibido las siguientes distinciones: Mención de Honor Fundación Lebensohn 2006, Segundo Premio Amadís de Guala 2007 (España) y Mención de Honor Revista miNiatura 2008 (España).

Su poesía "A Guarda" forma parte del libro Do Atlántico a Oa Miño "Vista Parcial" del artista español Modesto Vázquez Prada (Vigo, Galicia) y el cuento "Yo estuve ahí" fue seleccionado por integrar el libro "Cuentos por Deportes 2" Editorial Homo Sapiens.

Participó en lecturas en los ciclos Carne Argentina, Los Mudos, Naranjas Azules, NODO y Outsider (Buenos Aires), Café Bukowski y El Bandido Doblemente Armado (Madrid), donde alterna la lectura con actuación.

Actualmente escribe micro relatos de ciencia ficción en la revista miNiatura (España).

Amante de la ciencia ficción y el género fantástico, espera por un mundo más sanito, que se deje crecer a cada uno según sus motivaciones, que se le aparezca un ovni o un alienígena y que, finalmente, los ingleses devuelvan Las Malvinas y El Peñón de Gibraltar.

Se lo puede contactar en:

juanguinot@yahoo.com y jguinot@ifisa.com