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Fotografías para producir memorias
Maria Laura Guembe*

Hemos visto pocas fotografías de la guerra de Malvinas. Sin embargo, los diarios se atestan de ellas cada año en el mes de abril. Casi siempre prolijamente las mismas. Las publican como adornos para sus editoriales, sin preguntarse qué nos cuentan esas imágenes; qué es lo que queremos recordar de Malvinas al verlas. Muchas de ellas, por reiteración, nos recuerdan la cobertura mediática de aquel momento: no la guerra misma sino los diarios y revistas que se constituyeron entonces en difusores centrales de un relato falso. La fotografía que circuló en aquel momento fue funcional a ese relato. ¿Por qué volver a mostrar esas fotos?; ¿porque son las que hay a mano?; ¿por cuestiones de copyright?; ¿porque es trabajoso revolver cajas de archivo? Estamos acostumbrados a visitar nuestra historia a partir de un repertorio de imágenes alarmantemente escaso. Cada 24 de marzo volveremos a ver la foto del helicóptero sobre la casa de gobierno. Cada 2 de abril veremos la misma foto de Galtieri en el balcón. Cabe preguntarse si se trata de un problema de políticas de archivo o si sencillamente esa escasez equivale a un margen de miradas e intenciones proporcionalmente estrecho.
Vamos a recorrer aquí algunas de las perspectivas desde las que podemos recordar la guerra con fotografías, comenzando por las fotos de prensa tomadas durante el conflicto en las islas, las que guardan algunas agrupaciones de soldados y los familiares de los caídos y, por último, las conservadas en archivos y museos.


Fotografías de prensa tomadas durante el conflicto en las islas

La cobertura mediática del conflicto fue muy prolija en algunos sentidos. Por una parte, procuró mostrar a los soldados siempre prestos, limpios, afeitados y, dentro de lo posible, altivos. Imágenes seguramente reales en las semanas inmediatas posteriores al desembarco, pero que no se condicen con los relatos que los soldados mismos narrarían al regreso. La suciedad, el frío y el hambre no existen en las fotografías de prensa. Lo vemos aquí en algunos ejemplos del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca.

La finalidad de esta estrategia no era únicamente reafirmar en el discurso la calidad de la preparación militar para la guerra, sino que también dialogaba con la preocupación cada vez más extendida por las condiciones en que se encontraban los soldados. A un pueblo organizado para enviar víveres y tejer abrigos no se le podía devolver la imagen real de las trincheras. La sonrisa de los soldados en las fotografías hablaba de que las redes de ayuda del continente funcionaban y que, gracias a eso, todos los ciudadanos podían colaborar para ganar la guerra. La constante apertura de canales de colaboración, que iban desde el envío de chocolates y cartas hasta la “colecta patriótica”, no tenían por único objetivo recaudar ayuda sino hacer que todos los ciudadanos se sintieran parte de esa causa nacional. La guerra no era sólo un asunto de militares; era cosa de todos.
Además de la imagen de los soldados, la cobertura fotográfica y mediática en general procuró cuidadosamente no mostrar los sinsabores de las batallas, aún cuando el desempeño argentino era tema de admiración, como en ciertos relatos de combates de la Fuerza Aérea que fueron reproducidos con orgullo. Veamos un ejemplo:
El 20 de mayo de 1982 la revista Gente publicaba en su portada la fotografía de un piloto de la Fuerza Aérea sentado en su avión, con los brazos hacia arriba y los pulgares en gesto de victoria (los militares no usan para esto los dedos en V). Era el héroe de “los halcones”. La imagen portaba felicidad y estaba precedida por el titular: “Respuesta argentina a las agresiones británicas: VAMOS A ATACAR”. De esta manera convertía al personaje únicamente en defensor, y marcaba con claridad que el ataque aún no había comenzado. Había sido un buen comienzo, pero lo mejor estaba por venir.

Indagando sobre el combate del 12 de mayo, en el que participaron el piloto y el avión de la fotografía, es fácil encontrar errores importantes en el texto de la revista, pero mucho más en el sentido de la fotografía de la portada:
Los barcos ingleses en cuestión eran dos: el destructor Glasgow y su escolta, la fragata Brilliant. Dos escuadrillas argentinas emprendieron contra ellos: la Cuña, integrada por cuatro aviones de los cuales sólo uno sobrevivió al intento pero en su regreso terminó fuera de pista (1), y luego la Oro. El sistema de defensa de la Brilliant falló y eso permitió que los aviones arrojaran cuatro bombas: tres impactaron sobre el destructor dañándolo seriamente (la bomba que más lo dañó, lo hizo atravesándolo, ya que no explotó) y una sobre la fragata, ocasionándole daños menores. Uno de los aviones de la escuadrilla fue derribado a su regreso por las baterías antiaéreas argentinas sobre Goose Green. Después de la batalla, el Glasgow se retiró del combate. Frente a todo esto, Gente eligió poner en su tapa una imagen de victoria indicando que el dibujo del barco pintado sobre el avión representaba a la fragata (¿?) y omitiendo el nombre del destructor así como también toda mención de los pilotos muertos y los aviones derribados. Tantas bajas no le iban bien al título “Vamos a atacar”.
Las dos particularidades de la cobertura fotográfica que hemos mencionado hacen que, al mirar de corrido las publicaciones del momento, uno descubra que la derrota llega de forma repentina, en algunos casos apenas mencionada. Las imágenes no hablan del repliegue progresivo, ni de las bajas. Aún la llegada de los sobrevivientes del crucero ARA Gral. Belgrano al puerto de Bahía Blanca evita la representación en clave de tragedia.
La derrota y la muerte no son tematizadas en las fotografías de prensa hasta un largo tiempo después de finalizada la guerra, cuando comienzan a circular las imágenes del cementerio de Darwin.

Fotografías que conservan algunas agrupaciones de soldados y los familiares de los caídos

Sorprende ver el afán con que algunos ex combatientes y también los familiares de algunos caídos en las islas colectan y guardan fotografías del conflicto. Se trata de lotes de imágenes donde éstas por fin encuentran epígrafes cargados de información, a veces en forma de relatos orales, a veces escritos en el reverso del papel o como título en archivos digitales. No es éste un repertorio infinito, de modo que, en muchas ocasiones, las imágenes coinciden de colección en colección. Y casi siempre coinciden también los relatos. Tal vez sea éste uno de los ejes en que los distintos actores encuentran un acuerdo. El conocimiento de la geografía de las islas y también de la de los combates hace que las fotos conformen así las grandes constelaciones de la memoria de la guerra.
Estas son imágenes que se buscan y se guardan para conformar recuerdos, para impedir que se escurran entre las grietas del tiempo. Por eso poco importa la proveniencia de las fotos: todas ellas sirven a este propósito. Así encontramos que en las colecciones se mezclan imágenes tomadas por la Fuerza Aérea, por algún oficial del Batallón de Infantería de Marina Nª5, por oficiales del distintos regimientos, por periodistas argentinos e ingleses. Y mientras se mezclan las fotos, se van enredando también las miradas. Y también allí encontramos coincidencias en las formas de representación del conflicto: los soldados son retratados en situaciones relajadas, pero la misma cámara procura también retratar alguna formación, así como los momentos de desempeño de sus misiones. En los días inmediatos al desembarco, las fotos retratan el armamento dispuesto geométricamente para la cámara. Luego, la dispersión de los hombres en el terreno. Con los días aparecen las imágenes de juego y espera. Luego algún combate y nada más. Las siguientes en términos cronológicos pertenecen al registro inglés y, en su mayoría, retratan situaciones con prisioneros argentinos. Se trata de fotografías conocidas, que han sido reproducidas hasta el cansancio por los medios nacionales.
Hay quienes guardan algunas rarezas, entre ellas, las fotografías que una cámara escondida tomó del crucero inglés Canberra, donde algunos de los soldados argentinos fueron trasladados hasta Puerto Madryn al finalizar el conflicto. Son fotos curiosas. Un ex soldado conserva fotocopias color de algunas de ellas. La que llama más la atención es una que fue tomada en la boite del barco, que en esos días se utilizó para que durmieran los prisioneros. Allí se ven las paredes decoradas, las lámparas de estilo y otros detalles que contrastan fuertemente con una masa uniforme de hombres de verde, desparramados por el piso, sucios y desanimados. La fotografía constituye una clave importante para la memoria de muchos. El paso por el Canberra se menciona habitualmente como la conjunción de la certeza de regresar con vida y la tristeza de la derrota. Esa imagen clandestina, aún en baja calidad de reproducción y mal estado de conservación, tiene la virtud de mostrar eso con claridad.

Por último –aunque tal vez deban pensarse como primeras en orden de importancia– existen muchas colecciones que retratan la vida privada de los soldados. De los que regresaron y de los que no. Son colecciones que muestran escenas familiares o de amigos. Una de ellas, propiedad del Centro de Ex Combatientes de las Islas Malvinas, de La Plata, tiene la particularidad de narrar minuciosamente el tiempo anterior a la guerra y también los tiempos del regreso al continente. Es otra forma de contar la guerra. Por una parte, las imágenes del servicio militar son también retratos de una época particular de nuestra historia que a los adolescentes de hoy les resulta casi antigua. Retratan la razón por la cual esos jóvenes que allí aparecen debieron ir a pelear a las islas, cuando la potestad de su vida estaba en manos del Estado. Retratan un pasado demasiado cercano en términos cronológicos y demasiado distante en términos experienciales, y por ello su condición de documento histórico es compleja y crucial. A su vez, las fotos del regreso sirven para pensar las dificultades de la reinserción a la vida cotidiana. Muestran la distancia enorme y fundante que representan para los ex combatientes los meses que transcurrieron entre marzo y julio del ’82. Sus rostros, sus gestos, su cuerpo, todo es distinto. Esas también son, a su modo, fotos de la guerra.

Museos y archivos

¿Qué de la fotografía de guerra se registra en museos y archivos? Aquella que retrata el armamento, la que guarda pistas de estrategia militar, las imágenes de oficiales de altos rangos, la firma de la rendición, entre otros temas. Algo de todo esto hay, por ejemplo, en los archivos de la Fuerza Aérea nacional. Allí puede uno conocer el repertorio de los aviones que se utilizaron, las cargas que llevaban, la forma de los misiles y algunos detalles de ellos, también la topografía previa y posterior a las batallas, el rostro de algunos pilotos y hasta secuencias que registran bombardeos. Es un archivo que cuenta una historia. Sus custodios están orgullosos de su desempeño en la guerra y eso puede leer en la sucesión de imágenes. También se lee la tristeza por los caídos que pertenecieron a sus filas. Es un archivo prolijo, respetuoso. La ambición de su relato alcanza los confines de esa fuerza y logra su objetivo; cuenta la historia de Malvinas que desde su sitio puede contar.

Fuente: Dirección de Estudios Históricos de la Fuerza Aérea Argentina

En los archivos y museos argentinos, el recuerdo de la guerra es básicamente un recuerdo de la experiencia propia.
¿Cómo se recuerda al enemigo de una guerra? Los ingleses, al igual que muchos otros pueblos con larga tradición guerrera, tienen la costumbre de registrar al enemigo en fotografías. Lo registran como combatiente, como prisionero, como derrotado, como botín de guerra. El Imperial War Museum (Museo de la Guerra Imperial), en Londres, tiene un extenso acervo fotográfico sobre Malvinas donde se puede encontrar muchas fotos de argentinos. Las más curiosas incluso fueron tomadas por soldados argentinos. Se trata de imágenes reveladas de rollos hallados entre las pertenencias abandonadas durante el repliegue de las tropas, o incautados en las requisas de los prisioneros. Allí hay fotos tomadas durante los días de espera, posteriores al desembarco y anteriores a los combates. Nos muestran cómo soldados y oficiales se retrataban a sí mismos en las trincheras, en el pueblo, en los paisajes todavía intactos del territorio de las islas que muy pronto quedarían poblados de los cráteres que aún hoy subsisten allí.
En el contexto de ese museo, los retratados representan un “otro”; uno de los tantos “otros” que pueblan las colecciones de la memoria imperial inglesa. Y uno de los lugares donde la otredad se imprime con mayor énfasis es en el lenguaje de las referencias que acompañan cada fotografía. Se trata de un verdadero lenguaje imperial, desinteresado en esconder el desprecio por el otro. He aquí un ejemplo.

Fuente: libro “Cruces. Idas y vueltas de Malvinas, de Guembe ML y Lorenz FG, Edhasa 2007.

El epígrafe original en el museo ingles dice: “A cold and miserable Argentine soldier drinking from a coconut while huddled beneath a sand dune i the Cork Bay Area” (Un soldado argentine miserable y muerto de frío bebe de un coco mientras se protege en las dunas de la Bahía York).
¿Qué “otro” son los soldados argentinos en el museo inglés? Un “otro” descubierto -esto se manifiesta en el asombro que transmite la escritura-, joven, débil, sucio, hambriento y muerto de frío: ese es el “otro” prisionero. También está el “otro” constituido en botín de guerra, el de las fotografías requisadas, que es otro vivo y vivaz, descansado, alimentado; un enemigo posible: un combatiente. Esa es la memoria ajena, apropiada y resignificada al interior de la memoria inglesa. Pero los argentinos son también un “otro” vencido y la manera más efectiva de retratar esto parece ser la captura de las imágenes de los cuerpos muertos. En los archivos argentinos prácticamente no hay registros de los muertos. No existe ese ritual. Los ingleses, mientras tanto, son minuciosos en tal tarea. No sólo las inhumaciones, sino los pequeños saqueos de los bolsillos de los caídos, su despojo final, son retratados y esas imágenes integran el archivo del Museo de la Guerra Imperial. Y no es el registro del dolor ajeno. Es la imagen de la victoria propia, de las batallas que no terminaban en el momento de la muerte del enemigo sino un poco después.
Esa es la forma en que se completa el recuerdo británico de la guerra en ese archivo.
Después de esta breve recorrida por algunas de las colecciones de fotografías, podríamos pensar que esta memoria no se compone nunca de fotos sueltas. Que es una memoria que demanda series. La única imagen que circula suelta es la del cementerio de Darwin. Como si ella misma sintetizara todo el problema. Y tal vez lo hace: en el recuerdo de los muertos puede leerse una gran pérdida, pero el cementerio mismo tiene la paradoja de que, mientras sintetiza todo el dolor, puede también leerse como un logo argentino. Nombrar la guerra a través de alguna de las tantas fotos que existen del cementerio de Darwin puede ser una buena manera de no decir nada. Será por eso que se publican con tanta frecuencia.
En cualquier caso, hay miles de fotografías que nos permiten recorrer el conflicto de Malvinas y buena parte de ellas están a la mano. La forma en que las utilizamos para revisitar nuestra historia depende siempre de lo que queremos recordar.

Notas
(1) Camogli, Pablo, Batallas de Malvinas¸ Buenos Aires: Aguilar, 2007. Pág. 130
*Autor
Maria Laura Guembe es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Se dedica a la investigación sobre archivos de fotografía histórica argentina. Ha publicado diversos trabajos sobre el tema en revistas de locales y extranjeras. Su último trabajo fue el libro de fotografías titulado Cruces. Idas y vueltas de Malvinas, (Edhasa, 2007), producido en coautoría con Federico Lorenz. Creó y coordinó el archivo fotográfico sobre terrorismo de Estado en el marco de la asociación Memoria Abierta. Trabajó en la curación y producción de muestras fotográficas temáticas que itineran actualmente por distintos países. Ha ejercido la docencia en la Universidad de Buenos Aires, en varias escuelas de cine y actualmente trabaja en capacitación docente en el Ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde dicta cursos sobre fotografía y memoria, y sobre historia reciente.