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Por la soberanía argentina en las Malvinas: por la soberanía popular en la argentina
Grupo de Discusión Socialista*

Hay dos tendencias dominantes en los análisis políticos corrientes que se erigen en obstáculo para entender el conflicto de las Malvinas y fijar una posición correcta a su respecto. Una, es la inclinación generalizada a explicar un fenómeno exclusivamente por sus orígenes; la otra, es la difundida propensión a atribuirles coherencia a priori a los acontecimientos políticos. En este caso, ambas se combinan con una gran fuerza aparente: Argentina está gobernada por una brutal dictadura militar de derecha (lo que es cierto); este gobierno es, por añadidura, uno de los más entreguistas que ha conocido el país (lo que también es cierto); por lo tanto, la ocupación de las Malvinas agota su sentido en el carácter siniestro de quienes la promovieron y los sectores progresistas del mundo deben oponerse a ella y desear su fracaso. Nos proponemos demostrar aquí por qué las falacias del origen y de la coherencia pueden hacer que dos verdades conduzcan a un razonamiento falso.

Por cierto, la fuerza aparente de ese argumento ya comienza a tambalear ni bien se echa un vistazo a los actuales enemigos de Argentina. Por un lado, Inglaterra, que descubre a último momento la importancia del derecho a la autodeterminación de los malvinenses, a quienes ha mantenido reducidos a ciudadanos de segunda categoría – la misma Inglaterra que no disparó un solo tiro para defender el derecho a la autodeterminación de 5 millones de negros cuando Ian Smith decretó la secesión de Rodesia; o que envía sus tropas para impedir el derecho a la autodeterminación de los católicos de Irlanda. Por el otro lado, los Estados Unidos, convertidos en abanderados del no uso de la violencia en las relaciones internacionales con los evidentes derechos que les confieren su sangrienta participación en la guerra de Vietnam o su desembozada intervención actual en Centroamérica. Para quienes reducen un fenómeno a sus orígenes o no pueden tolerar la incoherencia, debiera ser por lo menos difícil tener que elegir entre Galtieri y Thatcher/Reagan. Y, por supuesto, el problema no se resuelve situándose más allá del conflicto so pretexto de que “todos son malos” porque, como siempre, desentenderse es también una manera de optar: en este caso, es contribuir al triunfo de “los malos más fuertes”, es decir, del frente imperialista anglo-norteamericano.

No hay otra alternativa, entonces, que examinar con cuidado y sin prejuicio qué es lo que está en juego en este episodio y cuáles pueden ser sus consecuencias. Esta nos parece la única manera sensata de obtener algunos criterios que sirvan de guía para definirse ante una situación indudablemente confusa. Y, como se verá, tiene la ventaja de que no obliga a elegir entre “los malos” sino que lleva a ponerse del lado de los justos intereses populares.


Las riquezas en juego

El 30 de abril pasado, al anunciar que Estados Unidos daría apoyo materiala la Gran Bretaña si ésta lo pidiera, el presidente Ronald Reagan acusó a la Argentina de ser el primer país que recurre a la agresión “en la disputa de un rincón de tierra helada”. En Newsweek del 10 de mayo de 1982 se presenta una ilustración de artillería argentina dictaminando: “una guerra por el honor, una prueba de machismo”. Por otra parte, y sobre todo inmediatamente después de la ocupación argentina de las Malvinas y de otras zonas del Atlántico Sur, se insistió en la hipótesis de que la ocupación era un recurso extremo de las Fuerzas Armadas para apuntalar un gobierno que se derrumbaba frente a la disconformidad general. Una vez iniciadas las hostilidades, también en Europa se adjudicó la firmeza e intransigencia del gobierno de Margaret Thatcher a la necesidad de lograr un consenso interno que se hallaba aparentemente deteriorado por la crisis económica y por la desocupación.

No cabe ninguna duda de que ambos gobiernos, el argentino y el británico, encontraron en la cuestión de las Malvinas un magnífico pretexto para cubrir con el nacionalismo sus respectivas crisis políticas internas. Sin embargo, la magnitud que ha adquirido el conflicto tanto como las informaciones existentes respecto a las riquezas potenciales del Atlántico Sur y las hipótesis relativas al valor estratégico del mar austral, inducen a pensar que lo que está en juego es algo mucho más trascendente, complejo e importante de lo que podría deducirse de los comentarios y apreciaciones más generalizados de esta guerra no declarada.

En primer lugar, está la cuestión de los recursos petroleros de la plataforma submarina del Atlántico Sur. Las prospecciones sismográficas realizadas señalan un elevado potencial de hidrocarburos. No obstante, para confirmar la existencia y el volumen de esa riqueza hay que iniciar las perforaciones, que solo pueden concretarse si se determina antes la jurisdicción política, requisito ineludible para poder realizar contratos firmes con las compañías especializadas. La Argentina ya inició con buen éxito dichas perforaciones en la plataforma continental que le pertenece, la cuenca de Magallanes; pero las prospecciones señalan posibilidades todavía más interesantes en la cuenca de las Malvinas, sobre la que tendrá jurisdicción el país que pueda afirmar su soberanía en el archipiélago.

Las perspectivas de alza de los precios del petróleo señalan que se puede acometer las exploraciones en yacimientos marítimos aún cuando éstas supongan costos más altos; a la vez el reemplazo del petróleo por otras fuerzas energéticas avanza a paso muy lento, debido tanto a la recesión económica internacional como al alto costo del petróleo sustitutivo, que es más elevado que el precio de los hidrocarburos en el mercado mundial. (Hace una semana, por ejemplo, la compañía petrolera más poderosa del mundo EXXON, abandonó abruptamente la construcción del Colory Shale Oil Project, en Colorado, por su enorme costo, que había pasado de 3.1 billones de dólares a 6 billones de dólares). En lo que respecta a la Argentina, antes de iniciarse el conflicto, la dictadura militar había otorgado especial importancia a la explotación del petróleo de la plataforma submarina para obtener nuevas fuentes de divisas en un futuro más o menos próximo y acrecentar así sus vínculos con Estados Unidos, atrayendo inversiones privadas de ese país y contribuyendo estratégicamente a proporcionar suministros de diferente origen al de la OPEP.

Con todo, el petróleo no es lo único en juego. En la plataforma submarina existen grandes cantidades de “krill”, una de las principales fuentes proteicas del futuro y, colindando, una fabulosa riqueza en nódulos minerales, sustitutivos de los yacimientos terrestres cuando éstos empiecen a agotarse y a volverse poco atractivos desde el punto de vista de los costos. La apropiación y el control de las cuencas submarinas amenaza desatar una violenta ola de disputas por la posesión de los lechos marinos, reiterando lo que ya sucedió con el reparto colonial de la tierra en pasadas guerras mundiales.


Los intereses estratégicos

Desde el punto de vista estratégico, existen problemas pendientes que involucran a las grandes potencias, a los paises industrializados de Europa y a las naciones con litorales en la región, de una manera tan compleja que puede producir asociaciones impensadas o súbitos cambios de posición den las políticas de los actores involucrados. En primer lugar está el intento, por parte de Estados Unidos, de conformar un Pacto del Atlántico Sur u OTAS, contrapartida meridional de la OTAN, en la política de formulación de una estrategia global contra la URSS. La OTAS se terminaría de complementar con la OTAN en la medida que cerrara un círculo de aislamiento de la URSS que incluye al Océano Indico. Para ello debería contar con una base militar equipada con armas atómicas, con un archipiélago estratégicamente ubicado como podría ser el de las Malvinas, de la misma manera que ya lo es la isla Diego García. Solo así se podría asegurar, según la OTAN, el aprovisionamiento de petróleo proveniente del Golfo Pérsico a Estados Unidos y a Europa Occidental. En la actualidad, no menos de 10.000 buques tanques realizan con ese propósito la travesía anual alrededor del Cabo de Buena Esperanza. También por esa ruta transitan gran parte de las materias primas (caucho, madera, estaño) provenientes del sudeste asiatico con destino a los mismos mercados. El Atlántico Sur es igualmente imprescindible para controlar el paso hacia el Pacífico por el Estrecho de Magallanes, necesario para la VII flota yanqui cuyo calado no le permite navegar por el Canal de Panamá.

El propósito de lograr una OTAS ha ido encontrando numerosos escollos, a pesar de que hubo operaciones navales conjuntas de Estados Unidos con los países del sur (del tipo de la operación UNITAS) y de que el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) constituye una primera vinculación entre el principal país integrante de la OTAN y América Latina. Sin embargo, el enlace con Sudáfrica y la integración del conglomerado defensivo ha sido hasta ahora imposible de instrumentar.

Brasil tiene especiales relaciones económicas con el África Negra, de las que depende una parte importante de sus exportaciones industriales. El desarrollo de este mercado, al que se le asigna especial significación, hace que las autoridades brasileñas se hayan empeñado en construir una poderosa y moderna base militar frente a la Isla Ascensión, isla que está sirviendo de abastecimiento a la flota británica. Por cierto, las relaciones económicas brasileñas con el África Negra son incompatibles con una alianza con Sudáfrica. Argentina, por su parte, coloca cerca del 80% de sus exportaciones cerealeras en la Unión Soviética. La integración de un pacto tipo OTAS debilitaría considerablemente este nexo.

Además está el problema de la Antártida, cuyo futuro reparto será algún día tan ineludible como el de las plataformas submarinas que parece haberse iniciado con este conflicto. Brasil y Argentina tienen posiciones rivales con respecto a la Antártida y con relación a sus aspiraciones a convertirse en potencias nacionales de alcance continental en el Atlántico Sur. Al mismo tiempo, ambos países no poseen en el Atlántico Sur los mismos intereses que los países de la OTAN, con quienes tendrían controversias en la discusión sobre la Antártida y las plataformas submarinas. Gran Bretaña, mediante el laudo sobre el Beagle, convirtió a Chile en país atlántico, debilitando así la posición argentina en lo que hace a sus aspiraciones sobre la plataforma submarina y sobre la Antártida. A la vez, y dadas las circunstancias, la Gran Bretaña podría tener muchas menos dificultades que Argentina para ofrecer las Malvinas como base operativa de una eventual OTAS. Por consiguiente, no es extraño que Estados Unidos se haya inclinado abiertamente a su favor aún a riesgo de poner en peligro sus relaciones diplomáticas y militares con América Latina y de colocar al mundo al borde de la guerra. Y que también se haya sumado a esta empresa la Comunidad Económica Europea, imponiendo sanciones a Argentina.

Todo esto nos demuestra que el de las Malvinas no es un conflicto absurdo o susceptible de ser exclusivamente atribuido a dificultades internas de los países involucrados. Este convencimiento hace más notorio el peligro de que la confrontación de las dos superpotencias se llegue a plantear abiertamente en el Atlántico Sur y por eso mismo coloca en primer plano la necesidad de impedir la extensión de la guerra.


La postura imperialista anglo-norteamericana

Como se ha visto, las Malvinas son mucho más que ese “rincón de tierra helada” a que se refirió Reagan, sobreactuando otra vez su viejo papel de yanqui bueno e inocente. La pregunta es obvia: si así no fuese, ¿por qué habría enviado Inglaterra dos tercios de su flota y arriesgado Estados Unidos la virtual liquidación de la OEA y del TIAR?

Sucede que, por las razones militares y económicas que se han explicado, una y otra potencia imperialista colocaron el problema de las Malvinas en el punto preciso en que se interceptan los conflictos Norte-Sur / Este-Oeste; es decir, a la vez como cuestión de utilidades y como cuestión estratégica. Para una y para otra, para explotar las riquezas petrolíferas e ictiológicas y para instalar bases, era necesario resolver antes el asunto de la soberanía, determinar en forma definitiva quién podía firmar las concesiones sin riesgos futuros para los beneficiarios.

Esto es lo que no comprendió suficientemente el “gobierno” argentino. No es que no estuviese dispuesto a cualquier entrega; solo que al recuperar la soberanía de las Malvinas, de hecho no “la recuperaba” jurídicamente para sí sino para el pueblo argentino en su conjunto. Y Haig tiene una conciencia mucho más lúcida de la fragilidad de la dictadura militar que el propio Galtieri. Aún dando éste las concesiones que le pidiesen, ¿quién garantizaba, quién garantiza, que un próximo gobierno popular no las anularía?

La dctadura militar argentina se siente tan occidental y cristiana, tan devota de la economía de mercado y tan confiada en el poder de la represión, que ni advirtió plenamente la debilidad que proyecta su imagen, ni pensó por un momento que se la podía situar en el campo antiimperialista, ni se dio cuenta que para Estados Unidos la única opción lógica era Inglaterra.

Como en la fábula de Moratín, “es flaca sobremanera toda humana previsión pues en más de una ocasión sale lo que no se espera”. Lo que no esperaban ni Galtieri ni sus acólitos era que la reivindicación de las Malvinas iba a ser ubicada en un contexto que le confiere un nuevo sentido, por completo ajeno a sus intenciones.

Por eso el apoyo de los países no alineados; por eso el apoyo de Cuba o de Nicaragua o del Frente Farabundo Martí. No porque los militares argentinos hayan pasado a ser buenos; sino porque produjeron un hecho cuyas consecuencias ya no le perteneces plenamente (aunque sin duda van esforzarse por controlarlas en toda la medida de sus posibilidades).

La postura anglo-norteamericana es de una nitidez que no admite confusiones: resulta absolutamente coherente con la política exterior de Reagan y de Thatcher y se llama colonialismo. Un colonialismo que, enceguecido por su presunta fuerza, no vacila en poner en su contra a la opinión pública de toda América Latina. (Recuérdese que Reagan y Haig son de los que hoy lamentan la retirada yanqui de Vietnam; y no la repetirían, costase lo que costase. Recuérdese, también, que ambos son los paladines no ya de la paridad, sino de la superioridad bélica de Estados Unidos frente a la Unión Soviética.

Esto es lo que hay que tener muy en claro: la soberanía argentina sobre las Malvinas abre la posibilidad de una lucha popular en el interior del país para impedir que los gobernantes de turno la desbaraten en los hechos mediante la entrega en cambio, la pérdida de esa soberanía implica la consolidación a largo plazo del dominio imperialista sobre un área cuya importancia Inglaterra y Estados Unidos vienen a confirmar con sus acciones. En el primer caso, se trataría de un triunfo parcial que las fuerzas progresistas de Argentina se encargarían de completar; en el segundo caso, se trataría lisa y llanamente de una gravísima derrota no ya para el gobierno que se lanzó a esa aventura sino para la nación en su conjunto.


Los derechos históricos argentinos en su conjunto

También es cierto que la aventura de la Junta Militar se corresponde con una posición inglesa anterior, no por más disimulada menos violenta. Nos referimos a la prolongada e irritante renuncia de Gran Bretaña a cumplir un resolución de las Naciones Unidas que tendía a dar una solución pacífica al conflicto en torno a la soberanía de las Malvinas. Esta disputa había tenido a su vez un comienzo violento que los británicos gustan olvidar o justificar con datos históricos muy poco convincentes.

En 1833, una corbeta inglesa despojó por la fuerza a los argentinos de las islas que habían heredado como resultado de su independencia del dominio español. Los pobladores argentinos de las Malvinas, con su gobernador y comandante militar, fueron forzados a abandonarlas y sólo quedó en ellas, por algunos años, la resistencia armada de un puñado de gauchos. Desde entonces, y pese al inmediato reclamo argentino en Londres –renovado anualmente sin excepción hasta el presente-, la ocupación inglesa se mantuvo. Ella se tradujo en el desarrollo de una exigua población, que alcanzaba a cerca de 1.800 habitantes en vísperas del actual conflicto, cuyo derecho a la autodeterminación es esgrimido como argumento en contra del reclamo argentino. Pero es sabido que la usurpación no puede ser fuente de derecho.

En este punto, es lógica la respuesta argentina en el sentido de que, para un territorio cuya población original fue desalojada por la fuerza y en el que el ocupante posterior prohibió –como lo hizo Inglaterra-, la adquisición de propiedad a quien no fuera británico, no puede invocarse la doctrina de la autodeterminación. Es también cierto que la súbita preocupación británica por la opinión de los isleños contrasta con el secular abandono al que los tuvo relegados, política, cultural y materialmente. Las islas carecían de asistencia hospitalaria, de enseñanza media, de comunicaciones telefónicas y comerciales con el continente cercano, al punto de que su avituallamiento dependía de cuatro viajes anuales de un navío británico. El único interés de los ingleses por los isleños tenía nombre: la Falkland Island Company, que los contrata como mano de obra para la producción de lana, en condiciones que estudios británicos han considerado deplorables.

Es llamativo, decíamos, el actual fervor británico por el cumplimiento de una resolución de Naciones Unidas –la 502 del Consejo de Seguridad- cuando se lo compara con su tibieza y morosidad para ajustarse a otras disposiciones del mismo cuerpo. Nos referimos a la resolución 2065 de la Asamblea General que reconoció, en 1965, la existencia de una cuestión de soberanía sobre las Islas Malvinas y recomendó a los gobiernos de los dos países la búsqueda de una solución pacífica. Desde entonces, la postura inglesa consistió en eludir el cumplimiento de esa resolución pese a la paciente insistencia argentina, que fue apoyada en 1966, en 1967m 1969 y en 1971 por nuevas recomendaciones de la Asamblea General que urgían que se acatase la resolución 2065. Es ese menosprecio británico al espíritu y a la letra de otras disposiciones de las Naciones Unidas lo que hace particularmente sospechoso su actual entusiasmo por la Resolución 502. No sólo los argentinos, que viven ahora las consecuencias dramáticas de lo que, en buena medida, es responsabilidad de ese soberbio menosprecio inglés ante sus reclamaciones; no sólo los isleños, cuya cuota en los prejuicios del conflicto no pueden menos que atribuir en parte a la ligereza de su lejano gobierno; sino hasta los propios aliados de la Gran Bretaña en el litigio actual, han advertido la responsabilidad que le incumbe en su estallido: “…mi gobierno comprende el profundo sentimiento nacional de Argentina por recuperar las islas, así como su frustración luego de largos años de infructuosas negociaciones”, declaraba el 4 de mayo el propio Reagan a su colega panameño. (Excelsior, 5 de mayo de 1982). Palabras de tono extrañamente contrastante con la posición norteamericana de apoyo a los británicos, quizás atribuibles a la preocupación que ha causado en Estados Unidos el repudio latinoamericano a su conducta.


La responsabilidad de la Junta Militar

Reivindicar en la actual situación la indiscutible soberanía argentina sobre las Malvinas no implica, como lo quieren algunos y en primer lugar el propio gobierno echar un manto de olvido sobre su política desde 1976 hasta el presente. Por el contrario, para dar su sentido cabal a esa justa reivindicación se requiere como condición indispensable, asumir una posición resuelta y clara de repudio a dicha política.

La dictadura militar no es menos dictadura por el mero hecho de haber ocupado las Malvinas e izado en ellas la bandera argentina. En este sentido, la represión brutal y la opresión económica contra el pueblo llevada al paroxismo a partir de marzo de 1976; los crímenes políticos de Videla, de Viola y de Galtieri tanto como los crímenes económicos de Martínez de Hoz, de Sigaut y de Alemann; la inexistencia de libertades y derechos políticos y la avergonzante, y a veces desvergonzada, intervención en Bolivia, el El Salvador, en Guatemala y en Honduras; la censura y la persecución culturales y el desempleo y el hambre: todos esos hechos y muchos otros, marcan íntimamente la coyuntura actual y, por tanto, definen también su significación objetiva. Decidir olvidarnos bajo la figura generalizante de la “unidad nacional” supondría no sólo renunciar a la necesaria labor de esclarecimiento que el momento exige, sino también suscribir la “versión política de los hechos” que la propia Junta Militar pretende imponer y los objetivos que persigue con ella.

Si los nuevos “paladines de la soberanía nacional” aspiran a recuperar el prestigio perdido y hacer olvidar los daños causados al pueblo y al país porque han ocupado las salidas es tarea nuestra y de todos impedir que esa maniobra cuaje, separando por una parte aquello que la Junta pretende confundir (la cuestión de las Malvinas y su política) y uniendo por la otra aquello que la Junta pretende separar y dividir (las fuerzas populares). No caben dudas –los hechos de todos los días lo muestran- de que el pueblo argentino, espontáneamente y a través de las organizaciones, sindicales y de derechos humanos, ha sabido y sabe separar y diferenciar. Está en las manos de todos impedir que una justa reivindicación popular sea explotada en beneficio de la política entreguista y antinacional.

Al comienzo de este documento hicimos hincapié en la falacia: que consiste en confundir los orígenes de un hecho político con su desarrollo y con sus resultados. Cabe ahora añadir que evitar esa confusión e imposibilitar que las consecuencias de este hecho político sean aquellas esperadas por quienes lo originaron, no es algo que va de suyo sino que depende también de una tarea colectiva de esclarecimiento y de las iniciativas políticas que se impulsen.

La Madre de Plaza de Mayo que, agitando una bandera argentina defiende nuestra soberanía sobre las Malvinas al tiempo que sigue reclamando por su hijo desaparecido; el obrero cesanteado por Mercedes Benz que denuncia a la vez la agresión inglesa y la política económica del gobierno militar; las multitudes que en sus estribillos atacan al imperialismo anglonorteamericano sin dejar por ello de pedir el fin de la dictadura de Galtieri; he ahí hechos y acciones concretas que son mucho más que simbólicos. Hechos y acciones que señalan el camino, que expresan concretamente la madurez y la lucidez política que las fuerza populares y los intelectuales progresistas necesitan, hoy más que nunca, para comprender el proceso actual e incidir eficazmente sobre él.


Detener de inmediato la agresión imperialista

Decíamos al principio que no se trataba meramente de optar ente “los malos”. Esperamos que haya quedado claro por qué. Después de 149 años de reclamos continuados y de 17 años de negociaciones infructuosas, la dictadura militar argentinas tomó imprevista e inconsultamente entre sus manos una reivindicación nacional que no por eso ha dejado de ser justa. Luego de un simulacro de mediación, Estados Unidos ha cerrado filas con Inglaterra para impedir por todos los medios que Argentina recupere los territorios que le fueron arrebatados por un acto de rapiña colonial. En un gesto que solo puede ser calificado de demencial, esos medios incluyen el envío al Atlántico Sur de armas nucleares, que el almirante de la flota inglesa puede utilizar si lo considera necesario. (El mismo almirante que no vaciló en hundir el crucero General Belgrano, cuando navegaba a varia milla de distancia de la zona de guerra; y que ordenó el ataque al aviso Sobral, un buque que estaba dedicado a tareas de salvataje). Por otra parte, la propia presencia en la zona de submarinos de propulsión nuclear entraña riesgos ecológicos gravísimos: si ellos fueran hundidos, la riqueza ictiológica del Atlántico Sur se malograría por décadas.

Ya se han perdido vidas jóvenes de uno y otro lado en este enfrentamiento. Ya se han perdido también cuantiosos recursos cuya reposición supondrá enormes sacrificios, especialmente para un país en crisis como la Argentina. No hay que dejar que esta situación se prolongue ni un segundo más. Hay que marchar, peticionar, denunciar para poner fin al conflicto.

LLAMAMOS a todas las fuerzas progresistas del mundo para que se movilicen por el inmediato cese de la agresión imperialista en Malvinas: debe negociarse de inmediato la paz, con el retiro de las fuerzas colonialistas inglesas y el mantenimiento de la recuperada soberanía argentina sobre las islas.

ADHERIMOS a todos los sectores populares de Argentina que luchan para que no sea entregada una soberanía que se está reconquistando con la sangre y el esfuerzo del pueblo, mientras el gobierno sigue haciéndoles pagos a los ingleses para preservar su “buen nombre” y ni siquiera ha roto sus relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Continuemos sin claudicaciones la lucha por la plena autodeterminación. Hay que exigir la inmediata nacionalización de las empresas inglesas y norteamericanas que sigue medrando en Argentina. Debe irse el gobierno militar que nadie eligió y, con él, un ministro de economía que esta al servicio de los mismos intereses que ahora agreden militarmente al país. Debe cesar la represión en todas sus formas y deben aparecer los desaparecidos. Debe restablecerse la democracia en Argentina.

México. D. F., 10 de mayo de 1982

*Autor
José Aricó, Sergio Bufano, Agustina Fernández, Gregorio Kaminsky, Ana María Kaufman, Ricardo Nudelman, Marcelo Pasternak, Rafael Pérez, Olga Pisani, Gloria Rojas, Norma Sinay, Jorge Tula, Haydée Birgin, Emilio de Ipola, Néstor García Canclini, Mirta Kaminsky, Pedro Levin, José Nun, Ana María Pérez, Osvaldo Pedroso, Juan Carlos Portantiero, Nora Rosenfeld, Enrico Stefani, Carlos Tur, Sergio Sinay.