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Sobre héroes y tumbas
Sol Echevarría

Tengo que volver a Malvinas. Tengo que volver a la guerra con todo su horror, a las balas que zumban, a un país que agita banderines, a Galtieri que habla desde un balcón, a los desaparecidos en el mar, al Belgrano que se hunde, a los fantasmas, a las tumbas vacías, a los mutilados. A todo eso. La estampa de Malvinas se percibe todavía hoy en la cartografía de nuestro país, no sólo como la huella de una derrota sino como condensación de un conflicto social que permanece sin resolverse. En el momento que camino por al lado de un ex-combatiente y doy vuelta la cara para no ver sus heridas de guerra me doy cuenta: tengo que volver porque nunca estuve, porque nunca me fui.

Alta en el cielo, un águila guerrera, se me hizo la canchera y la bajé con la gomera. Esa era la canción que susurrábamos por lo bajo cada vez que formábamos fila en el patio de la escuela mientras dos compañeros, guiados por una maestra, izaban la bandera. Me acuerdo de verla ondear en el aire, superponiendo su celeste patrio al celeste del cielo. Me acuerdo también de las rodillas congeladas por el frío, porque las chicas teníamos que usar jumper gris, camisa blanca y corbata verde oscuro, verde militar. Así nos disciplinaban y nos enseñaban a honrar el símbolo de nuestro país, contenido en esa tela que no podía tocar el piso y que subía, todas las mañanas, por encima de nuestras cabezas. Yo nací en el ´83 y cuando empecé la primaria hacía ya varios años que nuestro país había perdido la soberanía de las islas. Aquellas que, para mí, no existieron hasta que en tercer o cuarto grado una maestra señaló el extremo sur de un mapa que colgaba sobre el pizarrón. Con su dedo puesto sobre dos manchas amorfas dijo por primera vez ese nombre, “Malvinas”, y remató: “Las Malvinas son argentinas”. Dio una larga explicación que mucho no recuerdo sobre por qué nos pertenecían geográficamente pero nunca habló de la guerra y, mucho menos, de la derrota. Ese episodio no formaba parte de la historia argentina que debíamos aprender porque nuestra historia, la que nos enseñaban en el aula, era una historia triunfal. Siguiendo esa línea, nos hablaron de los héroes de la patria ¿De qué color es el caballo blanco de San Martín? Chiste boludo, si los hay, pero que no permite equívocos: el caballo blanco de San Martín es blanco. Doblemente blanco, inmaculado. Un héroe no podría haber atravesado la cordillera en un caballo manchado, menos aún en un burro de carga. Un héroe no podría haber pasado hambre ni haber salido a robar ovejas esquivando las balas. No podría haberse escondido en un pozo, tiritando por el frío. No podría llorar, ni tener pesadillas, ni volverse loco. No podría suicidarse. Al menos no un héroe que estuviera a la altura de la patria, lo que queda tan alto como aquella bandera que izábamos todas las mañanas.

En el dibujo que recortamos de la revista Billiken para armar un collage, San Martín posaba con la espada en alto, con la frente en alto. Su caballo estaba apoyado sobre sus dos patas traseras y mantenía las de adelante en el aire, a punto de saltar siempre. Esos eran los héroes que nos enseñaban a admirar. Entonces, claro, se nos hace difícil sentir simpatía por ese hombre con muletas que recorre los andenes del subte pidiendo monedas. Ese, cuyo monumento hoy, paradójicamente, está situado en la Plaza San Martín, con la Torre de los Ingleses de fondo. Ese, vestido de soldado, que deja al descubierto su mutilación. No, los héroes inmaculados no pueden llevar en su cuerpo el estigma sanguinolento de la derrota. Y sin embargo él fue a la guerra y luchó por la patria, o al menos eso le hizo creer un gobierno que cambió la pelota de fútbol por la guerra porque quería mantener la tribuna caliente. Un gobierno que intentaba prolongar el juego de una ceguera patriótica capaz de movilizar el sentimiento de un país, en la búsqueda de inmovilizarlo en otros aspectos. Y no fue el único que creyó: la Plaza de Mayo se colmó de gente con banderines azules y blancos. Hacía tiempo que algo así no ocurría con un gobierno militar (desde los tiempos de Perón), menos con uno que, después de haber convertido al país en un campo de concentración clandestino, pretendía ganarle la pulseada a la dama de hierro, del ferrocarril, de la revolución industrial ¿Realmente había alguna posibilidad? Poco le importaba, bastaba simplemente superponerle al fracaso real una victoria ideal. La mentira fue cayendo de a poco, como las hojas de un almanaque, reduciendo su tamaño.

La mentira tiene patas cortas, dicen. A lo largo de los años me di cuenta que para aprender muchas cosas debía desandar ciertas enseñanzas, romper el manual. Porque en la escuela se aprende, pero no se aprende cualquier cosa. Te enseñan el versito de memoria y uno termina repitiendo la bajada de línea de una ficción estatal casi sin darse cuenta. Si la historia la escriben los que ganan, debe haber otra historia. Y la había. Y era triste, hasta sucia. A medida que fui creciendo, las mentiras me quedaron más enanas, rengueaban al lado de una historia que, si no me excedo con el término, llamaría experiencial. Entre otros episodios, un encuentro hace ya varios años, cuando estaba en el secundario, con un ex-combatiente de Malvinas me llevó a interesarme por la construcción de la guerra que se había situado en mi propia cabeza. Mi imaginario sobre ella empezó a superpoblarse por datos que luchaban entre sí como si formaran bandos opuestos que se disputaban el sentido de la historia, de mi memoria archivada, anecdótica, imaginaria. Ahora, una vez más, pretendo volver de lleno a ella, caer como paracaidista en el centro de la batalla.

La primera línea, la vanguardia bélica, está formada con documentos y pruebas, no por eso libre de criterios de selección. ¿Cuántas fotos, por ejemplo, vi sobre la guerra? Pienso hacia afuera y respondo: la Plaza de Mayo colmada, el Belgrano hundiéndose, Tatcher jugando a disparar un cañón, soldados armados, el cementerio Darwin. Debe haber más que hayan circulado de manera masiva, pero no recuerdo haber visto en archivos del momento registro de los pozos de zorro, de los mutilados, de rostros en primer plano, de los habitantes de las islas. Aunque sea cuestionable el dicho que dice que una imagen vale más de mil palabras, de todas formas ¿cuántas palabras hacen falta para competir con esa circulación sesgada de fotografías? ¿Cuántas imágenes, incluso las rescatadas o sacadas posteriormente, llegan a competir con aquellas? ¿Qué posibilidades hay de plantear una vuelta de tuerca del conflicto que no implique una posición meramente dicotómica con la originaria sino que la incluya y la cuestione? No pretendo que una foto me muestre la realidad de Malvinas para verla como quien mira una postal de la playa imaginando las olas. Es otro el paisaje que me interesa, tiene que ver con vivir la guerra, transitarla no sólo entonces, sino desde acá y ahora, como historia viva. De alguna forma, tenemos que tratar de asumir la herencia de la derrota, aprender de ella, aprovecharla, dado que no es posible volver atrás el tiempo. Porque yo, mi generación, entramos en esa pelea ya habiéndola perdido, pero no por eso estamos en falta ni somos perdedores. Porque si nacimos cuando la guerra ya había ocurrido tenemos que poder verla desde ahí y, con las posibilidades y limitaciones que eso implica, deberíamos aceptarla, en primera instancia, para tratar después de entenderla. Creo que hay que dejar atrás las dicotomías y ponernos a analizar la zona de cruce, que no es de ningún modo supresión, sino yuxtaposición. La Plaza de Mayo sí estuvo colmada y el Belgrano sí se hundió, pero también existieron pozos de zorro y combatientes que se cagaron de hambre.

Para ver la historia a veces hay que salirse del discurso histórico, y con esto no digo que estoy en contra de los trabajos de archivo historicistas, que me parecen fundamentales, sino que ahora quiero sostener la importancia de otro discurso, el referido a través de la literatura. Porque la historia, debe hacerlo, abstrae para poder contar y, en ese gesto, también recorta. A menudo calla aspectos sin decir siquiera que los calla, por lo que transmite la sensación de abarcar por completo al conflicto con el que trabaja. La ficción también calla, pero la práctica de lectura jamás cae en el engaño en el que es capaz de recaer con el discurso histórico. En el fondo, ningún discurso puede dar cuenta del mundo sin ficcionalizarlo, el mundo no está dado en forma de relato, es más, el tiempo discursivo habita en otro universo que el tiempo de las cosas y en el momento en que hay un comienzo y un fin se produce un recorte, lo que implica una selección y una construcción. Barthes percibió que en el discurso de la historia se confunde el significado con el referente, creando un “efecto de realidad”. A veces los discursos con pretensiones científicas tienden a ocultar el hecho de que detrás de ellos hay un narrador: los hechos parecen hablar por sí mismos ya que no hay nadie que asuma el enunciado. Algo similar ocurre en el discurso periodístico. Dado que lo real se escurre, es inasible, sólo queda el simulacro: una nueva vasija que reemplaza los pedazos rotos. Mientras ciertos discursos intentan repararla, la ficción suele perderse en los fragmentos, exponiendo la falla originaria de todo relato.

Ante la ficción “oficial”, otras ficciones se apropiaron de lo que ésta dejaba afuera, contemplando excepciones, anécdotas, sentimientos, caos y paradojas. Se libraron de la gran gesta nacional y eso trajo otras líneas de análisis subterráneas. Al prescindir, o relativizar los conceptos estructurantes, a menudo pudo dar cuenta de la complejidad, de las infinitas variables e identidades, asumiendo de manera explícita la imposibilidad de dar un carácter total. Ellas, sin proponerse un relato objetivo, dieron cuenta de ciertos aspectos de la guerra de manera mucho más “real” incluso que los medios, documentos y discursos oficiales. Las ficciones fueron fuertes ahí donde resulta más peligrosa la memoria, donde promete una historia y narra la tragedia como farsa. Me resulta interesante leer cómo en estas otras ficciones las fronteras entre lo privado y lo público se vuelven más difusas y complejas. Personalmente, esa es una impresión que tengo constantemente en mi día a día, cuando me detengo a analizarlo. Y si a veces las relaciones son más sutiles, no lo son en un caso de conflicto armado, donde las decisiones del ejército designado por el Estado, golpista en el caso de Malvinas, llegan al extremo de decidir sobre la vida y la muerte de centenares de personas. Las ficciones invierten la relación al centrar su narración, muchas de ellas, si no todas, en lo privado, permitiendo la expansión desde allí hacia lo público a través de proyecciones de sentido. Varias de las novelas y relatos expusieron, a través de las vivencias de los personajes, la violencia y la arbitrariedad con la que se manejó la guerra, no sólo dentro del campo de batalla sino, y me tienta decir “sobre todo”, fuera de éste. La corrupción y el engaño atravesaron por completo lo que hoy en día no estaría mal designar también como guerra sucia. Desde el discurso inflado que Galtieri pronunció desde el balcón hasta los titulares de “Estamos ganando” y las colectas que nunca llegaron a destino, son una prueba de esto, a la que podría sumarse el modo de reclutamiento y otras prácticas aún más aberrantes. Repensar la guerra de Malvinas es repensar todas las operaciones que la hicieron posible e incluir en la volteada a todos los que creyeron en ellas, los que fueron cooptados por ellas, forzados por ellas.

Para entender la guerra en su sentido estratégico, político y económico, la figura del soldado no es útil. Tampoco para comprender las decisiones bélicas tomadas en el campo de batalla, ya que éstos apenas las comprendían, por no tener acceso a la información, o por recibirla desvirtuada. No son dueños de un saber bélico (al decir esto no quiero implicar que todos eran chicos o inexpertos, sino que la guerra convierte a los soldados en piezas de un tablero cuyo juego los excede, y el cual no dominan ya que sus movimientos se les imponen como órdenes). Por más que hayan elegido ir a la guerra, y se sabe que los voluntarios no fueron mayoría, ellos no eligieron que haya guerra (no tenían el poder suficiente). Ellos eran y son, los sobrevivientes, dueños de su experiencia, no desprovista de interpretaciones. La ficción a menudo fue la única, aunque hay crónicas y testimonios, en hacerse cargo de reponer las experiencias de sus singularidades y puntos de vista. Se ha encargado entonces de desvestir a aquellos soldados para mostrarlos más allá de su traje, de su formación, del proyecto político del que formaron parte. Exhibieron así el aislamiento, la intimidad del conflicto, las luchas individuales por la supervivencia en la guerra y también en la ciudad que los recogió al finalizar aquella. Al penetrar en su vida privada y “cotidiana” del campo de batalla, esa experiencia se torna más apropiable porque escapa a la mutilación perpetrada por la fantasía romántica del heroísmo. Hablé varias veces de “héroes” no porque piense que los que pelearon en Malvinas lo son, sino porque me parece que hay que cuestionar esa categoría aplicada a personas de carne y huesos, hasta deshacerla por completo. Ella exhibe la idea de perfección, volviéndose inhumana, incuestionable en su divinidad. El heroísmo ahueca la historia personal, la resume en unas cuantas líneas, la parafrasea para hacerla encajar en un molde imposible que sigue operando como medida de todas las personas, aún hoy en día. Hablar de héroes es a menudo hablar de próceres, es como volver a cantar el himno nacional.

Sean eternos los laureles que supimos conseguir. Coronados de gloria vivamos. O juremos con gloria morir. Esos versos concentran parte del conflicto con la figura del ex-combatiente, cuya muerte en batalla no es tan inquietante como su supervivencia, como si el mayor problema no es que hayan ido a la guerra sino que hayan vuelto y, en su regreso, habernos traído la guerra a la ciudad. Volvieron sin laureles, sin gloria y, lo que es peor, vivos. ¿Qué fueron esos hombres que estuvieron ahí? ¿Qué son hoy? ¿Héroes, víctimas, locos, idiotas o qué? ¿Qué? La dictadura dejó grabada la sospecha ante aquellos que no vistieran de civil. Los trajes verdes o azules quedaron vinculados a un poder ciego, desmesurado, violento. Aquel que los usa es, por ende, alguien capaz de hacer daño. Dicho pensamiento no es errado, al fin y al cabo la mayoría de quienes los visten portan armas y, además de intimidar, éstas tienen una función concreta: causar heridas en el cuerpo o, incluso, aniquilarlo. Ellos son los encargados de reprimir, mantener el orden de la sociedad en que vivimos (capitalista, clasista, etc.), defender el país, atacar. En su figura se torna más evidente el enfrentamiento, ya sea interior (para asegurar la reproducción del sistema) o exterior (ofensa-defensa contra otros países), es decir, ellos tornan explícita la violencia necesaria para que exista una Nación. Eso es sabido, así funcionan esas instituciones cuya tarea es clara y, hasta si se quiere, en el mejor de los casos, legal. Pero un aparato de dichas características, que además está viciado, permite que sus integrantes giren como piezas sueltas de un rompecabezas, enloquecidas, proyectando violencia hacia todos lados. De ahí, por ejemplo, el gatillo fácil, también el estaqueamiento. El temor entonces se multiplica ya que no se teme sólo al desquicio institucional, sino al de todos y cada uno de los que forman parte de dicha institución. En Malvinas, los soldados vestían ropa del cuerpo militar al que pertenecían, estaban armados, podían matar y probablemente lo hayan hecho, o al menos dispararon, o al menos pensaron en hacerlo. En el imaginario, un ex-combatiente carga siempre con la muerte inscripta a modo de letra escarlata. Para algunos, eso es un honor, o una desdicha, y la exhiben con sus disfraces (terminada la guerra lo son) para mostrarse como héroes o víctimas, o ambas cosas a la vez. Otros volvieron a su ropa civil, ya sea para borrar la evidencia o para reincorporarse a un mundo en el que los que matan son asesinos, según el Estado, y van presos, o deberían por ley. ¿Quienes son entonces? No existe una categoría única que pueda englobarlos, así como la de “desaparecidos” fracasa nominalmente al englobar a obreros, guerrilleros, estudiantes, intelectuales y gente vinculada con otra gente o que simplemente estuvo en el lugar y momento equivocado. Y hablo de fracaso del término cuando en verdad estoy hablando de determinado uso ambicioso que pretende borrar la diferencia en pos de hipótesis falaces que confunden causas con consecuencias.

La suya es una historia trágica, sin héroes y sin ironías, es trágica todavía hoy que nos cuesta tanto percibir la escala de grises por nuestra costumbre tendiente al claroscuro. No propongo dar cuenta de ella, me resulta imposible, sino que busco un cambio de análisis que se mueva de la Causa Malvinas a la Consecuencia Malvinas. Hay algo de egoísmo en ese gesto, al fin y al cabo lo que estoy intentando comprender es “mi” historia, la cual sé que no me pertenece, que es ajena: otros hablan por mí, en mí. Analizar la guerra en tiempos de democracia es como hablar del 1 a 1 en tiempos de devaluación. El presente nos muestra el pasado como farsa, nos señala la ingenuidad de los que vivieron en ese momento, que no supieron ver el desenlace, tan evidente ahora. El presente siempre es un condicionante de la lectura del pasado. Tenemos que reconocer eso como punto de partida pero no de llegada para no abolir el debate ni anular la capacidad de ser espectadores por el hecho de ser también actores. Esa posibilidad permite entender la figura del ex-combatiente sin desvalorizarla. Para no caer en el distanciamiento del dedo acusador, es interesante enfocar también en el conflicto interno que atravesaron y atravesamos, intentando de esa forma entender desde cierta pérdida de fe, la noción de fe, sin olvidar que también estamos condenados a realizar análisis situados que quizás, quien sabe, más tarde parezcan ingenuos, farsantes. Es necesario entonces volver a la guerra porque estamos en guerra, porque no existe la paz, al menos no completamente.

Tengo que volver a ese territorio distante, ya de entrada casi ficcional porque, a pesar del señalamiento de mi maestra de primaria, me pregunto ¿dónde queda Malvinas? ¿Cuántos, de los que no combatieron, estuvieron ahí alguna vez? Los que pueden levantar la mano son pocos, poquísimos. La sensación de pertenencia territorial, con la de subsiguiente pérdida, es más bien un concepto antes que un registro de memorias vinculadas a la experiencia. La idea de despojo viene entonces de otra parte, como una geografía política que se aplicó de arriba hacia abajo, de afuera hacia adentro. No es de extrañarnos que haya ocurrido una guerra de esas características en una dictadura militar que privilegió la tierra y el concepto de Nación (apostada más bien hacia el futuro o a la idea abstracta) por sobre los derechos humanos. El cuerpo de los argentinos fue entendido, por el gobierno de facto sobre todo pero no únicamente, como carne de cañón en una guerra contra un país que amenazaba con desviarse y fragmentarse, que requería ser enderezado a fuerza de tortura y plomo (sic). Si bien la Guerra de Malvinas es un episodio aparte de la novela de aquella época, sólo puede ser comprendida dentro de la trama general, en su articulación con ésta. Cada vez que nos adentramos en sus páginas percibimos vínculos innegables y descubrimos siempre un desenlace incierto hasta una actualidad en puntos suspensivos.

Tengo que volver a Malvinas pero no a esa guerra en sí, sino a otra distinta: una guerra por la memoria. Lamentablemente, en este país, las guerras casi siempre fueron sucias, y esta no es la excepción. Eso se me torna evidente cuando me entero que estalla una bomba en la puerta de la casa de un periodista que está investigando sobre el tema, o cuando escucho de las amenazas que recibió tal o cual historiador antes de viajar a Londres en busca de un archivo. En honor a los que murieron en combate y a los que sobrevivieron hay que hacer justicia pero, para eso, hay que poder decirlo todo. Sino volvemos al versito de manual y a la bajada de línea, volvemos a dar vuelta la cara cada vez que nos cruzamos con un ex-combatiente; porque lo que no se dice queda reprimido, latente, y nos aterroriza. Es hora de que perdamos el miedo a pensar temas que nos duelen, que hacen ruido. Porque no es todo lo mismo, y eso también va para los que tildan a cualquier uniforme de genocida. Es hora de poder decir que hubo milicos hijos de puta pero también hubo otros que no lo fueron, porque los soldados vestían trajes de militar pero algunos de ellos también fueron víctimas de la dictadura: reclutados a la fuerza siendo cuasi adolescentes, sufriendo todo tipo de torturas. Algunos, dije. Hay que recuperar la memoria para poder afrontar no sólo las muertes sino también las vidas de los que volvieron, las promesas incumplidas, los reconocimientos, el amparo. No, no son desaparecidos, están, y es de eso que hay que hacerse cargo porque, desde nuestro imaginario social, pareciera que los ex-combatientes son muertos vivos que recorren la ciudad, representando un espectáculo siniestro: el retorno del más allá.