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Relatos Breves
Rodolfo Cifarelli*

En un tren

El fuselaje temblaba como chapa vieja cuando nos chupaban los pozos de aire. En tierra nos metieron en galpones de cemento. Mientras había claridad patrullábamos la zona y cuando oscurecía volvíamos a los galpones. Las raciones de comida eran una lata de atún y otra de carne con soja. Al tercer día salimos a buscar posiciones cerca del aeropuerto para cavar pozos de zorro. Si se hundía mucho la pala aparecía el agua. Caminamos hasta encontrar una posición a unos de trescientos metros de la pista de despegue y aterrizaje. Una madrugada de niebla despertamos con un repiqueteo de metralla. Enseguida empezaron a caer las bombas. Después del ataque el capitán ordenó una recorrida por los lugares bombardeados. Adentro de las bolsas de dormir ensangrentadas encontramos veinte cuerpos. Volvimos a los pozos. Al rato comenzaron los disparos desde el otro lado de la niebla. El ataque acabó cuando un helicóptero nuestro pasó con una bandera blanca. Los superiores nos ordenaron entregar el armamento. Enterré la bayoneta y los cargadores y entregué el FAL. Caminamos con las manos en la nuca. El olor de los cuerpos protegidos por lienzos quemados entraba en las fosas nasales como una marejada de cangrejos. Nos sacaron los elementos metálicos que teníamos encima más los cordones de los borceguíes y nos embarcaron en un buque. Llegamos de noche y nos transportaron a un campo cerrado en las afueras de la ciudad apenas iluminada. Fuimos interrogados por separado. Nos interrogaron para saber si nos habían interrogado. Tal vez, dijeron, nos volverían a interrogar otra vez para recordarnos que nos habían interrogado para saber si nos habían interrogado. Al otro día me dejaron en libertad. Antes me dijeron que no contara a nadie todo lo que había visto en las islas. Ni a mí mismo.
Subí a un tren, me senté junto a la ventanilla. Tenía hambre y frío y la sensación extraña de ser un hombre, por lo tanto la de ser mortal, algo que nunca terminamos de comprender, como nuestro rostro, como los espejos y los sueños que reproducen nuestro rostro.
Me despertaron en una estación colmada de gente. Había tenido una pesadilla. Hacía años que no soñaba o que no recordaba lo que soñaba. Me bajaron dos o tres hombres, me palmeaban, sonrientes, afectuosos. En el andén otros me abrazaron, todos juntos gritaron algo sobre la patria.
– Vaya con los que están esperando frente a los camiones –dijo un cabo que se me vino encima, con una cicatriz con forma de C sobre el labio superior-. En pocos minutos salimos hacia los aviones que nos llevan a las islas.


Graceland

Hubo una época feliz en que todas las familias de este pueblo tenían un loco. En el caso de mi familia el loco fue mi padre. Cuando yo nací (en el ’83) él ya estaba medio loco y con el correr de los años la cosa se fue poniendo espesa. Mi padre estuvo en la primera línea de fuego en la batalla de Pradera de Ganso y se salvó, según él, por milagro. Los compañeros que venían a recordar aquellos momentos decían otra cosa: que se salvó por su valentía. La cosa fue que valiente o no mi padre no conseguía trabajo y así se fue recluyendo en casa hasta el punto de no querer salir de su pieza. Nunca se creyó Napoleón sino Elvis, y la verdad que desafinaba Teddy Bear bastante bien. En el 90 lo internaron en el manicomio municipal a unos diez kilómetros de casa. Todos los sábados a la mañana íbamos con mi madre a visitarlo. Ella, en vano, intentaba disuadirlo: Vos sos vos, vos no sos Elvis, carajo. Cuando mi madre le decía que el verdadero rey había muerto en 1977, mi padre, menos parco que despreocupado, respondía que recordaba esa noticia extraña. La había leído en su momento y nunca había entendido por qué le daban tanta importancia a un hombre que se hacía pasar por él. Al fin de cuentas, aunque le gustaba que lo llamasen The King, él, mi padre, era sólo un cantante más, y reconocía que los Beatles, Chuck Berry y Bob Dylan hicieron obras maestras que él jamás hubiera podido siquiera imaginar. Ellos realmente eran importantes, y si él había sido de algún modo inspiración para esa clase de artistas, su paso por este mundo estaba justificado ante Dios. ¿Por qué darle tanta importancia al imitador de un artista como él? Una pulmonía mandó a mi padre al otro mundo en 1997. Al poco tiempo empezaron a llegar las cartas a nombre de mi madre. Venían escritas con una letra prolija, en un inglés escolar y sin remitente. Las cartas hablaban de un campo de algodón bajo un cielo tormentoso, de una negra cantando el Hallelujah en una capilla perdida en ese campo, de los vuelos nocturnos sobre una gran ciudad de neón. El tono, según mi madre, era melancólico, respetuoso, también distante. Las firmaba Elvis. Elvis from Graceland.


La máscara

Un día recordé dónde estaba mi casa y volví a ver a mi padre. No hablamos de las islas. Me dio un café con leche, un pan, le puse manteca al pan y en pocos minutos le terminé el atado de cigarrillos. Hablamos de sus puntos de vista sobre algunas cosas. Casi ni hablé de mis puntos de vista sobre algunas otras cosas. Cuando me dio los billetes le prometí que ni bien pudiera se los devolvería. Puedo esperarte, contestó, me quedan ahorros. Bastaba verlo para darme cuenta que no era más que un jeroglífico contemplándose la nicotina amotinada en los dedos.
Dos meses después yo había conseguido unos pocos pesos estacionando autos en una playa del centro. Lo llamé pero me atendió un contestador. Le dejé el número de teléfono de donde podía encontrarme. Quería devolverle el dinero. A los pocos días recibí el llamado en la oficina de la encargada de la pensión. El dinero, dijo mi padre, quedateló. Luego me dictaba un número telefónico donde según él podía encontrar a mi madre. Me llamó, seguro que necesita algo, pero yo no pienso llamarla. Llamé a ese teléfono, me atendió un tipo que al principio no entendía nada, luego pareció entender algo y me dio otro teléfono. En ese teléfono, otro tipo, que parecía entender más que el tipo anterior, me dio otro número. No llamé. Ella podía estar en cualquier parte. Mi padre dijo una vez: De joven anduvo por Salto, por Colonia. Duele, pero se la bajaron todos. Hasta la legión extranjera. Quién sabe. Quizá acá es la legión extranjera y nosotros los últimos legionarios.
No habían pasado dos semanas del llamado de mi padre cuando golpearon la puerta de la pieza. Eran las dos de la mañana y la encargada estaba ojerosa, apretada por un camisón negro. Me dijo que me llamaban de un hospital y que tratara en el futuro de evitar que me llamasen porque no iba a cambiar el número telefónico por mí.
Estaba en la guardia, sobre una camilla, cubierta hasta el cuello por una sábana manchada. Le dijo al médico que la había atropellado un auto. No tenía fracturas ni cortes profundos pero el médico dijo que tendría que esperar un día para dejarla salir. Ella quería irse, el médico se oponía. Al final la dejó salir después de hacerla firmar un papel.
Amanecía y ella caminaba agarrada de mi brazo como una muñeca ciega. Nos sentamos en la vereda de un bar recién abierto y sólo fumó y tomó un vaso de agua. No quería comer, quería arder de una vez por todas en los días que no podía olvidar, dijo.
Dijo también:
– Alguien salió de detrás de un árbol. Me apuntó. Era ya de noche y no podía verle la cara. Me puso un pañuelo en la cara. Debe haber sido cloroformo. Me desperté sobre el piso del lugar. Me hablaba a través de la ranura de una puerta de hierro. Me había seguido durante semanas. Cuál es tu sueño, me preguntaba con la cara pegada a la ranura. A veces metía la lengua en la ranura después de cantarme una canción de cuna. Ella fumaba y miraba su cara reflejada en un vidrio sucio. No estaba más vieja. Estaba más flaca.
Hablaba lentamente.
– Antes de mí hubo otras, me dijo, ahí. Pero se fueron y después se hicieron pedazos al estrellarse contra las puertas y partes de ellas quedaron adentro y otras pudieron llegar afuera. ¿Cuáles partes valían más? me preguntaba. Su voz era a veces muy dulce. Necesitaba hablar. En poco tiempo vas a salir, decía. En otra época yo salía. Pero vas a ver que no vale la pena. El alambrado del terraplén, decía, está oxidado y podés meter los dedos y los dedos te quedan marrones y brillantes. Tardan mucho en volver a ser blancos. Tenés que usar jabón neutro y un buen cepillo para que vuelvan a ser blancos. Si el cepillo es con pelos de acero, mejor. Todas las que estuvieron ahí como vos lo vieron. Tiene una cara que no alcanzamos a ver. Siempre anda entre los árboles. ¿Un día va a estar acá adentro? ¿Un día vamos a poder hablar con él? Antes pasarán siglos. Él es lo que vos y yo tenemos de común.
Calló. Me pareció que no tenía nada más para decir, y que si lo tenía no pensaba decirlo.
– Adónde te llevo –le pregunté.
Ella fumaba.
Después de un rato dijo:
– Se escuchaba el viento afuera. Cuando entraba lo hacía con la cara tapada con una máscara de cuero gris, vestido siempre con un mameluco negro. Una tarde le pregunté por qué me hacía lo que me hacía. ¿Por qué no debería hacerlo? Llorás, siguió diciendo, pero todavía no te rompiste. ¿Cuánto falta? Confiá en mí así como yo confío en vos. No hay nadie en ningún lado que pueda ayudarte, excepto yo. No te olvides nunca de eso. Yo. Yo. Yo. Otra tarde me abrió la puerta y me tiró la ropa. Estuve horas desnuda. Sentada contra la pared. ¿No querés irte? me preguntó cuando volvió. Le dije que no. Él no dijo nada y desapareció. Después de un rato me vestí y salí.
En un kiosco compré galletitas y yerba. La ayudé a subir la escalera que terminaba en mi pieza. Por suerte la encargada no me oyó entrar.
Cuando se quedó completamente desnuda frente al espejo rajado del placard le apoyé un dedo en el centro de la espalda y lo fui bajando despacito. Le dije que toda la cama era para ella.
Podíamos acostarnos juntos, dijo.
A la mañana siguiente, se levantó, se vistió y salió sin decirme nada. Yo tampoco le dije nada. Esperé a que se fuera para volcarme sobre la tibieza que había dejado en la cama.
Unos días después, un sábado al mediodía, la encargada me despertó a los gritos.
– Descubrí que estamos muertos –la voz excitada de mi padre llegaba nítida a través de la línea–. Tu madre se fue porque siempre estuvo muerta. Tu madre no vuelve por eso mismo.
Cortó.
Pedí disculpas a la encargada, que esta vez no abrió la boca, y volví a la pieza.
Me acosté pero no pude pegar un ojo.
Si estoy muerto no soy nada, pensaba. Y todo y todos somos una señal de nieve en el puño de un muerto.
Al otro día me echaron de la pensión.
No volví a verlos nunca más.


Una costa lejana

Pasamos el muelle caminando por la calle que corre bajo la avenida costanera. Abajo en la playa los pescadores se reunían alrededor de las caletas iluminados por la luna.
– Ahí es un buen lugar –dijo Gloria.
El playón de la estación de servicio abandonada al costado de la iglesia para ella sería un buen lugar, pero para mí estaba demasiado oscuro. A Gloria, pienso, le debe gustar la oscuridad, pero a mí me da miedo. Todas las noches espero que mi papá se duerma para encender el velador. Muchas veces él pasa por mi pieza antes de irse a la ferretería y lo apaga. Cuando me dice que no gaste electricidad inútilmente le digo que me quedé dormido leyendo. Hace dos años que leo El Príncipe Valiente y la princesa dorada. Nunca lo terminé de leer porque los dibujos son muy buenos. El mejor es el que muestra a la princesa arrodillada pidiéndole vaya a uno a saber qué cosa al príncipe valiente. El corte de pelo del príncipe se parece al de Gloria. La princesa dorada, que yo sepa, no se parece a nadie. El príncipe mira para otro lado. No sé cómo mira para otro lado teniendo a la princesa dorada a sus pies. Debe haber alguna razón. La verdad es que el príncipe se parece a mi tío, no así el pelo, que mi tío tiene (o tenía) más corto. Quien sabe cómo lo tiene ahora. Todos los que están con el príncipe parecen maricones. Gloria vive con su papá a dos cuadras del muelle de pescadores. Ayer a la noche, antes de que pasara lo que pasó, el tipo tenía ganas de hablar. Tiene más o menos la edad de mi papá pero parece mucho más viejo. Mi papá nunca fue amigo de él. Dice que es un pobre tipo que apenas puede mantener a su hija con la pensión que le pagamos todos. Parece que más bien eran enemigos.
Estaba en la silla de ruedas, con un pantalón corto y sin remera.
– Gloria se está dando una ducha –dijo él cuando me vio entrar al patio–. Calor de mierda, ciudad de mierda, vida de mierda. ¿Qué preferís el calor o el frío?
– El frío, señor.
– El señor está en el cielo.
– Sí, señor.
– No me digás más señor –me apuntó con el dedo–. No me lo digás más.
Me quedé duro contra la pared. Después de un momento dijo:
– Cuando era chico oía los cascarudos haciendo la plancha en la llanura. ¿Vos los oíste alguna vez?
– No –le iba a decir señor pero me frené de milagro.
– Es por el río de mierda. Si se pudiera, te juro que lo quemo. En una guerra se puede quemar un río. Se puede quemar cualquier cosa –calló, se miró las uñas sucias, sonrió como si estuviese frente a alguien que no era yo y luego dijo, entusiasmado–: Vos sos amigo de Gloria.
– Sí.
– A tu edad yo no tenía amigas. ¿Te gustan las mujeres, no?
– Sí.
– ¿Te gusta Gloria?
– Eh... No...
– ¿No?
– Un poco, sí.
Encendió un cigarrillo y empezó a escupir aros de humo. Eran perfectos los aros.
– Ella es parecida a la madre –dijo–. Betina murió hace diez años. Diez años –miró la punta del cigarrillo con los ojos secos–. El tiempo es una maldición o una bendición, según como se vea. ¿Por qué tener tanto miedo a esto o a lo otro? Las cosas pasan, y un día nadie se va a acordar de nada. Un día no va a haber una sola partícula en el universo relacionada con nosotros y todo lo viejo va a querer seguir quemando al sol. Pero nadie puede quemar al sol.
Gloria entró al patio. Venía con el pelo mojado, la blusa blanca y la pollera violeta.
– La reina –dijo él. Encendió otro cigarrillo, sopló el humo echando la nuca hacia atrás y luego me miró–: Cuidamelá. Gloria rió y salimos.
Nos corrimos de una franja de luz que bajaba desde la avenida. Ella se apoyó contra la pared y se desabotonó dos botones de la blusa. La besé dos, tres veces. Ella me apretaba más la cintura, me decía Querido, querido. Desde la costa llegaron los gritos de los pescadores. Seguro que habían atrapado una pieza rara, como suele ocurrir de vez en cuando. Antes veníamos seguido a pescar con mi tío y mi papá, pero desde que mi madre y mi tío se fueron de casa no vamos a ningún lado. Se fueron juntos, aunque mi papá ande diciendo por ahí que mi tío se fue a trabajar a Australia y mi madre a cuidar una tía enferma en Buenos Aires. La tía ésa, me parece, no se va a morir nunca. A mí me dijo que si llego a decir que se fueron juntos se va a enojar conmigo como nunca se enojó. ¿Por qué no dijo que se fueron juntos a cuidar a esa tía? Mi papá está convencido de que están en Hawaii. Todo su comentario se basa en que mi tío una vez dijo que le gustaba Hawaii. ¿Qué sabía mi tío de Hawaii? Lo que yo sé, nada. Mi tío no leía ni los carteles de los negocios, no veía televisión ni escuchaba la radio. Se la pasaba en el bar de enfrente de la estación jugando a las cartas y mirando mujeres. Al cine fue una sola vez, y lo llevó mi papá, que es cuatro años mayor que él. Mi madre, que yo recuerde, tampoco había salido a ninguna parte. Ella leía novelas románticas. Eso le decía a mi padre cuando él le preguntaba Qué mierda estás leyendo. Igualmente a mi madre, que yo sepa, no le escuché decir en su vida nada de Hawaii. Las novelas románticas deben transcurrir en cualquier parte menos en Hawaii. Supongo que ella sigue leyendo esas novelas esté donde éste, supongo que me extraña, esté donde éste, y la verdad que no entiendo por qué todavía no levantó el teléfono ahí en Hawaii o donde sea y marcó el número de esta casa. Por las dudas nunca le diría estas cosas a mi papá. A veces pone una cara. Por ejemplo: La cuestión del pescado. Hace mucho, o no tanto, digamos cinco o cuatro años, fuimos a pescar mi papá, mi tío y yo. La última que fuimos a pescar. Mi papá estuvo horas con la caña en una punta del bote, fumando callado y mirando el agua como quien espera un milagro. Mi tío, hablando hasta por los codos, sacaba y sacaba. Una cosa increíble. Yo saqué dos bagres más bien chicos, mi tío una tararira, cuatro bogas, seis o siete bagres y mi papá nada. La cosa no habría sido tan terrible si mi tío no hubiese querido quedarse un rato más. Mi papá, enojado aunque no lo dijera, empezó a guardar sus cosas. Mi tío le dijo que la tarde estaba fabulosa para seguir en el bote. Mi papá siguió fumando, inmóvil, con los ojos cada vez más vacíos. Estuvo así hasta que mi tío sacó ese pescado increíble. Era más gordo y largo que una boga, con cabeza de bagre pero sin bigotes y rojo. Rojo, muy rojo. Mi tío lo cocinó con papas y cebolla pero mi papá no quiso que nadie comiera. Mi mamá dijo que ella quería probarlo y mi tío le sirvió un plato bien lleno. Mi papá dijo que si se morían envenenados no iba a sentir culpa alguna porque ya les había avisado. Cada vez que digo que ese pescado era el más raro que vi en mi vida mi papá se queda mirándome con los ojos inyectados en sangre. Una vez que me miró así me asusté tanto que me enfermé. En serio. Fue una de las últimas veces que hablé del pescado. Mi papá estaba limpiando un 32 corto que tiene una historia. Yo dije que esa mañana había visto unas láminas en la escuela. Fotos de peces exóticos. El color de los ojos de uno de esos peces de la lámina me hizo acordar, le dije, al color del pescado del tío. Mi papá miró el revólver y después me miró. Volvió a mirar el revólver y luego volvió a mirarme diciéndose no con la cabeza mientras los ojos se le iban enrojeciendo. Me fui entonces despacito para mi pieza y cerré la puerta. Agarré El Príncipe pero no podía leer dos palabras juntas. No me da tanto miedo que me mate a mí sino que se mate él. Ésa es la verdad. Hay un antecedente: mi abuelo. Lo contaban mi tío y mi papá. Era un fanático el viejo. Dicen que se puso así cuando se jubiló. Había trabajado de enfermero en el manicomio cerca del pueblo y mi tío siempre decía que el viejo tarde o temprano iba a volver pero de paciente. Un domingo el viejo se levantó y dijo: Si hoy pierde Boca me mato. Nadie le creyó. Boca perdió esa tarde con Rosario Central, uno a cero en la bombonera. Ni bien terminó el partido el viejo fue al dormitorio, agarró el 32 corto y pum. El gol, decía mi tío, fue un golazo. Creo que no voy a nombrar nunca más a ese pobre pescado. Aunque no sé bien por qué ese pescado se me aparece en la cabeza más o menos seis o siete veces por día. Por suerte desde que Gloria vino a mi clase se me aparece en la cabeza casi tanto o más que el pescado. Ella repitió dos veces quinto y una sexto. Ahora, por suerte, pasamos a séptimo. Si seguía así, decía el padre, la iban a confundir con la maestra.
Se levantó la pollera. Tenía los muslos blancos como la princesa. Le pasé la mano por entre las piernas y ella se apretó contra mí y me besó la boca, después me empezó a bajar los pantalones.
– ¿Te parece que acá? –pregunté.
Me miró con esos ojos grandes, negros.
– ¿Es la primera vez que lo hacés?
– No, no...
– No mientas –río.
– No miento, no...
Volvió a reír y cuando me di cuenta estaba adentro de ella y ella adentro mío. Una cosa así.
Caminamos de vuelta en silencio a su casa, de la mano, tranquilos bajo la noche que brillaba en el aire.
El padre seguía en el patio. Gloria le dio un beso y él le dijo que preparara unos mates. Ella entró a la cocina y yo me senté sobre las baldosas todavía tibias.
– Alguna vez fui joven –dijo sacándose una legaña de un ojo–. Hace veinte años fui joven. Ya no. Mirame. ¿Qué significa, después de todo, la vida de un hombre? Una gota en el tiempo. Hay algo que no crece. Algo en uno que es para siempre –encendió un cigarrillo y tosió después de la primera pitada–. ¿Qué querés ser cuando seas grande?
– No sé.
Le dio otra pitada al cigarrillo, volvió a toser y escupió en las baldosas.
– Yo quería ser bombero –dijo después de largar una risa seca–. Después quise ser músico pero soy más sordo que una piedra –alzó los ojos y se quedó unos instantes callado–. Hacía tiempo que no estaba tan brillante el Mar de la Serenidad. La luna alumbra más que el sol –encendió un cigarrillo y me ofreció alargando la mano con el paquete. Le dije que no fumaba. Encogió los hombros y esperó unos segundos para decir–: En los tres últimos patrullajes los enemigos se habían multiplicado y cada salida de las trincheras terminaba en una sangría. En el primero de esos tres maté a dos, en el segundo a tres, en el último le volé la mano a uno. No sé si lo maté. Se puede vivir sin una mano. Sin un brazo es más difícil –calló unos instantes y luego siguió diciendo–: Francisco, mi compañero de pozo, murió mientras apuntaba un antiaérea. Pero lo supe recién cuando lo vi sin el brazo derecho.
Era tarde cuando llegué a casa. Todo estaba en silencio. Me asusta un poco el silencio. No tanto como la oscuridad, pero igual no me gusta.
Pasé por la pieza de mi papá. Estaba dormido, boca arriba, con una revista sobre el pecho. Parecía más muerto que dormido. Hace un tiempo que se le da por leer revistas viejas. Las compra en el almacén que está a dos veredas de la ferretería. Dice que son más baratas que las nuevas y lo ayudan a dormir. Tomé agua de la jarra de la heladera y después fui a mi cama. Aunque estaba la ventana abierta no entraba nada de aire. Me desnudé y encendí uno de los cigarrillos que tengo escondidos en el cajón de la mesita de luz. Pensaba en Gloria. Algún día, seguro, va a tener las piernas de la princesa o mejores todavía. En eso pensaba. Lejos relampagueaba y tronaba. Me acosté y apagué el velador.

*Autor
Rodolfo Cifarelli ganó en el 2001 la primera mención al Premio Clarín de novela por La Jaula de Hielo. Fue finalista del primer concurso de poesía Revista Lea por Coltrane´s Shtudowm. En el 2003 fue ganador del Premio Argentores de teatro semimontado por Cambio de guardia y en el 2006 por Un millón de años luz ahogado en un vaso de agua. En el 2008 fue finalista del concurso de cuentos Manuel Mujica Lainez por Golem II.