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Pensar Malvinas
Alejandro Boverio*

Una generación nace con violencia, con la del estímulo de su voluntad que se expande por un medio muchas veces inhóspito, hasta finalmente hacer pie en el mundo, o ahogarse. Desde hace tiempo sabemos que el veredicto lo da la historia, que no hay para ello una respuesta a priori. En el caso de nuestra generación, la generación del bicentenario, nacida a comienzos de la década del ochenta, el origen es paradójico: es la violencia la que inicia nuestra vida, pero una violencia externa y extraña. La guerra de Malvinas es el hecho que nos lanza al mundo, como la farsa que concluye uno de los períodos más negros de nuestra historia reciente, que nos impulsa hacia ningún lugar desde el momento en que no sabemos cómo terminar de apresar su sentido, ni si ese sentido puede finalmente estabilizarse. Es necesario pensar ese origen, aún cuando pueda creerse que a primera vista no es determinante en ningún sentido. En efecto, para nuestra generación, el hecho histórico se detiene ante nosotros, nos contempla desde su nada de sentido y hoy nos aventura a decir algo, a conjugarlo, a interpretarlo. Pensar Malvinas es entonces, pensar esa nada: el vacío que abre y que, a un tiempo, cierra. Abre un período democrático que, lejos de pensarse en aquel momento como algo estrictamente formal -con la democracia se come, se cura, se educa-, demostró en su devenir ser un espacio lo bastante neutral como para dejar que el neoliberalismo entronizado durante la dictadura avanzara sin tregua. Y cierra un vacío justamente porque sabemos que es el final de un proceso complejo y mucho más basto que deberemos finalmente acometer en algún momento si queremos comprender la brecha que nos separa con la generación anterior, la generación de nuestros maestros.

Esa generación de aquellos a los que leímos, leemos y seguiremos leyendo, con quienes estudiamos en la universidad, pero con quienes también conversamos fuera de ella, perseguida y diezmada por una dictadura asesina, tuvo posicionamientos claros en torno a la única guerra que emprendió nuestro país en todo el siglo veinte. Esos ajustes escriturarios, que vieron la luz desde la premura de los acontecimientos, escritos al calor de la guerra, van desde escritos ficcionales radicalmente críticos como Pichiciegos de Fogwill, pasando por textos eminentemente políticos como aquél con ribetes de manifiesto que hizo circular el Grupo de Discusión Socialista desde su exilio en México, que apoyaba la guerra en función de los intereses antiimperialistas en juego, hasta textos como “Todo el poder a Lady Di” de Néstor Perlongher publicado en la revista Persona, en donde se pone de manifiesto que, ante tanta insensatez, la única salida no puede ser otra que el humor.

Sin embargo, a pesar de algunas excepciones, casi la totalidad de la intelectualidad de izquierda apoyó la guerra, y no sólo la izquierda nacionalista, con Jorge Abelardo Ramos a la cabeza, que la concibió como una gesta histórica antiimperialista, o el propio Spilimbergo, de quien ponemos a disposición una conferencia inédita de 1984, sino también, como señalábamos, los intelectuales del Grupo de Discusión Socialista, entre los que se encontraban José Aricó, Juan Carlos Portantiero, Emilio De Ípola y José Nun, entre otros, e inclusive gran parte de la izquierda trostkista, de tradición clasista e internacionalista. El hecho de que fuera una guerra emprendida por la propia dictadura torturadora y asesina parecía en ese momento no ser un argumento fuerte para rechazarla: la estrategia política nacida con la Tercera Internacional pareció empujar a estos intelectuales a apoyarla con la seguridad de que la misma movilización de masas iría finalmente contra la propia dictadura en la búsqueda de la verdadera soberanía nacional.

Frente a esta situación de apoyo generalizado, una de las pocas voces que se situó críticamente frente a la guerra, en la soledad del exilio en Caracas, fue la de León Rozitchner con su Malvinas. De la guerra “sucia” a la guerra “limpia”, también escrito en el año ´82, concomitantemente a los acontecimientos, en donde tensaba críticamente las posiciones del Grupo de Discusión Socialista, y a quien por eso mismo le hicimos, junto con Luciano Carniglia, la entrevista que ofrecemos en este dossier.

El exceso que los acontecimientos históricos comportan en su sentido más inmediato, esto es, en tanto están sucediendo para sus contemporáneos, es un exceso que es interesante relevar, no sin demora, con las lecturas que se hacen luego, desde otros contextos, con otras tonalidades, esto es, fuera de la inmediatez histórica. No diremos ninguna novedad si aseguramos que los acontecimientos históricos no se descubren como algo que han ocurrido de una vez para siempre, era Benjamin quien señalaba que articular el pasado históricamente no significaba conocerlo “tal y como verdaderamente ha sido”, sino de adueñarse de un recuerdo como refulge en el instante de un peligro. Ese peligro no es otro que responder a los intereses de la dominación, y la historia, en todo caso, creemos que debe ser pensada como uno de los instrumentos frente al sometimiento. Ésa es la verdadera tarea del historiador, del filósofo de la historia, y es en ese sentido que aquel marxista heterodoxo recuperaba en sus Tesis sobre filosofía de la historia al Nietzsche más lúcido de Sobre las ventajas e inconvenientes de la historia: “Necesitamos de la historia, pero la necesitamos de otra manera a como la necesita el holgazán mimado en los jardines del saber”. La necesidad de poner en juego teorías y saberes en relación con una de nuestras realidades históricas más punzantes de nuestro pasado reciente es, precisamente, una manifestación de la voluntad de transfigurar los abordajes habituales en filosofía, historiografía y crítica de arte, y de romper, entonces, con la autonomía del campo académico.

Se han producido en este tiempo una serie de estudios que abordan en términos historiográficos la cuestión Malvinas, entre ellos, los más significativos: ¿Por qué Malvinas? y De chicos a veteranos de Rosana Guber, Las guerras por Malvinas de Federico Lorenz y Sal en las heridas de Vicente Palermo. En el primer artículo que presentamos en este dossier, Malvinas: Relato, ritual y agonía histórica de Nicolás Lavagnino, queda patente la urgencia de problematizar esos estudios y los modos que articulan sus narrativas sobre el objeto Malvinas, para centrarse en las figuras narrativas y las funciones rituales del relato, y mostrar, entonces, cómo el discurso historiográfico oscila, sin salida, entre un Romanticismo de la Voluntad y la ironía trágica. Esas articulaciones narrativas de la historia, puestas en cuestión, tienen sin dudas finos lazos con el problema de la memoria, que es también necesario interrogar, fundamentalmente porque sabemos que la mayoría del pueblo pasó de un febril apoyo incondicional, seguramente empujados por las pedagogías estatales que desde siempre no dejaron de repetir que “las Malvinas son argentinas”, a un silencio absoluto, con las percusiones que ello tuvo para las vidas de los involucrados, que, en el caso de los combatientes, pasaron de ser héroes a veteranos olvidados. Lo “otro” de la memoria. Olvidos, historias y testimonios de las Malvinas de posguerra de Verónica Tozzi, constituye un aporte fundamental en este sentido, ya que la memoria, el olvido y el valor epistémico del testimonio son tematizados a partir del problema identitario de quienes sufrieron en carne propia la experiencia traumática de la guerra. Por su parte, Las pruebas de vida: cartas que quedaron de la guerra de Malvinas de Mateo Niro apuesta a pensar el problema del testimonio en relación con un soporte específico, el epistolar, a partir de un exquisito trabajo textual sobre las cartas escritas por Guillermo, un combatiente de Malvinas, y las enviadas a él, pensando desde allí las particularidades específicas que el formato de la misiva despliega en el caso de la guerra, para tematizar luego qué relación tienen esas discursividades amistosas o familiares, con aquellas otras más estandarizadas de las llamadas cartas al soldado argentino que eran dirigidas desde el continente, por desconocidos, hacia los anónimos soldados que combatían en las islas.

La especificidad del género epistolar, como un modo del testimonio, nos lleva a preguntarnos por el tópico de los géneros, de su traducibilidad, y por la relación de dos géneros específicos, la historiografía y la ficción histórica, todo en correspondencia con el acontecimiento que aquí nos convoca: la guerra de Malvinas. Es el caso del texto de Historia y memoria. El relato oral en la historiografía y la ficción histórica de María Rosa Lojo, pero también de Escribir Malvinas de Horacio Banega, en donde a partir de la novela capital de la década del noventa, Las Islas de Carlos Gamerro, se ponen en juego los pliegues entre la escritura literaria y la escritura histórica. Se trata de pensar, entonces, cómo la operación escrituraria implica entonces una rearticulación particular de la memoria y del imaginario simbólico y qué rol juegan la literatura y la historiografía en ese teatro de operaciones que no es otro que el de las islas.

¿Es posible reescribir la historia? ¿Es posible invertirla? El goce irónico en el núcleo del tercer capítulo del texto de Gamerro, en donde las tecnologías del videogame son puestas por el protagonista de la novela al servicio de crear una realidad virtual en donde la Argentina gane la guerra, es también la posibilidad renovada de pensar cómo pueden leerse y escribirse, totalmente de nuevo, los acontecimientos históricos, tal como señala Alejandro Soifer en Una guerra inventada: lectura, relectura, escritura y reescritura en el Capítulo III de Las Islas de Carlos Gamerro.

Las tecnologías de la imagen del videojuego son probablemente la última escala de un desarrollo técnico al que todavía no podemos aprehender en toda su dimensión. Sin embargo, estamos desde hace tiempo acostumbrados a la imagen fotográfica y cinematográfica que tuvieron y tienen una dimensión relevante en torno a la guerra de Malvinas. Basta con hojear las revistas y diarios nacionales de la época, atestados de fotografías, para constatar que el fin de la mass-mediatización visual del conflicto armado no era otro que el de generar un relato que terminó cayendo por su propio peso. En ese sentido, Fotografías para producir memorias de María Laura Guembe intenta pensar, desde la materialidad de las fotografías que analiza, la dimensión de esa construcción simbólica y avanzar en la comprensión del fenómeno fotográfico en la elaboración de la memoria. El documento fotográfico y su análisis, da paso, luego, al ensayo Retratos en dos tiempos de Graciela Speranza, sobre la serie fotográfica de Juan Travnik que incluye unos setenta retratos de excombatientes de Malvinas y que ocupa, sin dudas, un lugar único en la figuración visual que dio el arte argentino en torno a la guerra de Malvinas.

Como el género cinematográfico no podía ser obviado, ofrecemos, finalmente, el artículo de Pablo Debussy, La imposición sentimental, que emprende una lectura crítica del film Iluminados por el fuego de Tristán Bauer, basada en el libro de los excombatientes Edgardo Esteban y Gustavo Romero Borri.

La apuesta en este dossier es, entonces, poner en diálogo discursos diversos y críticos en torno a los diferentes géneros con los que se puede abordar un problema que creemos que es esencial para empezar a trazar una cartografía de nuestra realidad histórica más inmediata. Sabemos que la guerra de Malvinas no puede leerse por sí misma, como una isla, sino como el fin de un período oscuro que será necesario releer en lo próximo, por eso también creemos que este dossier es un comienzo.

*Autor
Alejandro Boverio (1982) es escritor, periodista, sociólogo y filósofo. Se desempeña dando clases en “Teoría Estética y Teoría Política” en la Facultad de Ciencias Sociales y en “Fundamentos de Filosofía” en la Facultad de Filosofía y Letras, ambas de la Universidad de Buenos Aires. Es colaborador en diferentes revistas culturales, entre ellas El Ojo Mocho, y actualmente se encarga de dirigir la sección de ensayos de No-retornable.