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Cuando te vi caer
Sebastián Basualdo*

Contemplando desde afuera el transcurso de mi vida, me doy cuenta de que no tiene un aspecto muy feliz. Sin embargo, me asiste menos razón todavía para considerarla desdichada, a pesar de todos los errores cometidos. Pensándolo bien, es realmente cosa necia indagar así la felicidad o la adversidad, pues me parece más dificil renunciar a los días más penosos de mi vida que a todos los alegres unidos. Si la vida humana estriba en aceptar conscientemente lo ineludible, saborear a fondo lo bueno y lo malo, y conquistarse además de la suerte exterior un destino íntimo, más esencial y no del todo fortuito, se puede decir que mi vida no ha sido ni mezquina ni mala. Si el hado pasó por encima de mí como de todos, inevitable y decretado por los dioses, mi destino interior ha sido, sin embargo, obra mía, cuya dulzura o acritud me corresponde a mí mismo y cuya responsabilidad estoy decidido a asumir yo solo.

H. Hesse

1


Tenía quince años cuando descubrí que engañaba al hombre que yo más admiraba en el mundo, y no sólo por tratarse del padre que me había elegido, o acaso fuera justamente por eso, porque me había inculcado un respeto feroz hacia ese hombre que, sin ser mi padre, afrontó como un héroe la obligación de criar a un niño poco después de regresar de la guerra de las Malvinas.

Aquel sábado a la mañana, cuando la reconocí, ella estaba parada en la esquina de la plaza, frente al hospital Zubizarreta. No sólo tenía una mezcla de cansancio e inquietud en su manera de esperar, había algo más: todo su cuerpo parecía denunciar la tardanza de una persona. Sólo le prestaba atención a los automóviles. Y ahora yo estoy ahí, mirándola como un guardabosque sorprendido, incapaz de evitar la propagación del fuego, o hasta algo peor, ya que estoy seguro de que hubiera bastado con levantar una mano para que me viera, y, sin embargo, me oculté en un kiosco, mejor dicho: detrás de una máquina rellena de ositos de peluche.

No creo que pueda acercarme otra vez a ninguna de esas máquinas traga monedas sin que su imagen regrese a mí tal cual como la vi vestida aquella mañana de sábado. Recuerdo que llevaba una pollera oscura, apenas por encima de las rodillas, y las botas de cuero, que Francisco le había regalado para Navidad; tenía también una blusa de color rosa que nunca le había visto antes y una cartera pequeña y liviana como una insinuación asomándose desde su cintura. Vulgar; esa es la palabra que me impide decir que todo en ella me resultó a su vez familiar y ajeno. No sólo me molestó verla vestida de esa manera, era el lugar pero también la hora, y el hecho de que yo la había visto, no hacía mucho, amanecida de bata y molesta, enjuagando una taza con leche que tuve que rechazar porque llegaba tarde a un partido de fútbol. No es fácil de explicar. Acompañada de Francisco no me hubiera molestado que se vistiera de ese modo, pero al estar sola todo en ella cobraba un nuevo sentido. Había una provocación innecesaria en sus gestos, en la impunidad de sus gestos que tal vez...

Hace años que tengo un sueño recurrente: quiero hablar de ella, siento la necesidad imperiosa de contarle a alguien lo que vi aquella mañana pero apenas comienzo a hablar me encuentro en un vagón en penumbras. Miro a mi alrededor: hay un solo asiento. Yo no estoy sentado, por el contrario, camino cada vez más de prisa, nervioso, y, por cada vagón que recorro, me alcanzan un montón de sensaciones: soy aquello que ella no quería mirar, la impaciencia en sus ojos, soy un pensamiento que reverbera filoso, la hoja de plátano que corrió a un lado con la punta de su bota izquierda, el cuero inexpresivo de su bota ignorando la mirada de un automovilista que sonreirá lo inconfesable, soy la hora suicida arrojándose desde su muñeca, el sonido estridente de un disparo de revólver sobre mi vergüenza, soy la canilla que quedó goteando en casa, soy la obligada taza con leche y el partido de fútbol que no jugué, lo último que pensé antes de cruzar la calle, soy todo eso y acaso más en el momento exacto en que ella sonríe y levanta una mano y acomoda la cartera delante de su vientre para acercarse a un automóvil que estacionó en doble fila.

Ya no es un sueño; la puerta del acompañante se abrirá en cualquier momento, pero antes, levemente, ella se asomará a la ventanilla, golpeará el vidrio y saludará: su mano ensombrecerá la fresca expresión de su cara. Ahora es cuando definitivamente se abre la puerta, entonces ocurre algo: vacila, sí, y entre los segundos que tarda una puerta en abrirse o una sonrisa en apagarse, ella miró hacia una esquina y luego hacia la otra, nunca hacia donde yo estaba escondido; y fue tan torpe, tan asqueante su manera de mirar hacia un lado y al otro, que yo también quise con todos mis quince años que de una buena vez se metiera dentro del automóvil y se fueran. Cuando el automóvil arrancó, luego de que ella lo besara en la boca, sentí tanta vergüenza que me puse a llorar: el estómago se me hizo un nudo al ver que la ventanilla del conductor comenzaba a bajar maquinalmente mientras se detenían... Fue el silbato lo que me desconcertó. No podía creer lo que estaba por suceder: la presencia del policía me aterrorizó salvajemente. Temblé. Recuerdo que temblaba agazapado en mi sufrimiento mientras los dos bajaban del automóvil. Un taxista curioso aminoró su marcha, luego esquivó confiado y se perdió abandonando una estela de personas desesperadas por saber lo que estaba sucediendo. Un espectáculo lamentable, terriblemente patético. Y ya veo que algunos chicos con sus bicicletas señalan al policía y también a ella. Siento un escalofrío. O acaso es lo que experimento ahora al recordar un puñado de curiosos; porque lo que realmente sentí en aquel momento fue vergüenza, una vergüenza profunda, parecida al sufrimiento. Muy distinta a la que pueden sentir los adultos. Ella había mirado hacia las esquinas porque le hubiera causado vergüenza que la vieran, no lo que hacía. Y ahora gritaba y hurgaba dentro de su cartera. No podía abrirla; se encontraba tan nerviosa y tan sola frente al policía que yo no pude hacer otra cosa que pensar algo terriblemente absurdo: respirando hondo, me dije que el policía se daría cuenta de que era uruguaya. La van a llevar detenida por uruguaya, pensé, recordando las palabras del tío Migliano. Porque sabía lo que le hacían a los extranjeros, especialmente a los peruanos y a los bolivianos, una vez que les pedían los documentos. Mi tío Migliano lo había contado en casa, durante la sobremesa de un domingo. Apenas mi tío y yo nos quedamos solos le pregunté horrorizado si a los chilenos les hacían lo mismo, y no me contestó. Le pregunté por los paraguayos y tampoco me contestó nada. Entonces le pregunté si había olvidado que mamá era uruguaya. Recuerdo lo que dijo y su carcajada grosera, su carcajada manchada de olor a vino:
- Los uruguayos no existen–dijo. Y luego agregó–: Ser uruguayo es un estado de ánimo.

Relacioné la presencia del policía con los documentos de mi madre. Al respirar hondo, de alguna manera manifesté el alivio de haber encontrado una causa, un motivo, una verdad. La necesitaba por absurda que fuera. Hablar de ingenuidad o desesperación no tiene mucho sentido, no importa ya. Sé que fue aquel sábado a la mañana cuando perdí definitivamente la ingenuidad. Nadie podrá imaginar nunca de qué manera las palabras estallaron sobre mis quince años. Escucho las risas de aquellos dos hombres y de repente lo comprendo todo, absolutamente todo: el policía había confundido a mi madre con otra clase de mujer. Entonces lo dije yo también; con la mirada del mundo grité furioso lo mismo que uno de los hombres le había dicho al otro tan despreocupadamente segundos antes de entrar en el kiosco. Y salí corriendo.


2


Escribir sobre lo que vemos o escuchamos, lejos de desnudar una verdad, puede crear una realidad paralela hecha solamente de palabras. Hoy lo sé; pero ya es tarde. Recuerdo que aquella Navidad cenamos al aire libre. Era una noche calurosa. Nadie hablaba. A veces se oía el sonido de los cubiertos al rozarse y de los cubitos de hielo precipitándose dentro de los vasos como quien arroja dados ya sin suerte; alguna que otra risa, también, proveniente de la calle, rápidamente cegada por el estruendo de un petardo junto a un grito, o la alarma de un automóvil. A veces ni siquiera eso lograba meterse por las grietas del silencio.

Cuando el reloj de la cocina dio las doce de la noche, Francisco buscó mi complicidad bajo un cielo electrizante de luces multicolores, brindis y gritos de júbilo. Tenía el revólver en la mano cuando me dijo tan fríamente: –Vamos a hacer un poco de ruido.

No recuerdo quién arriesgó un comentario sobre lo trágico que resultaban las balas perdidas –mi abuela Paula, mi madre quizá–, pero Francisco no contestó nada; se limitó a estirar la mano como si fuera a salvarme de un inminente naufragio y enseguida los miró a todos con una mezcla de desafío y malhumor. Parecía querer decir: “Estoy en mi casa, y al que no le guste, ahí tiene la puerta”.
Se irían, sí, unas horas más tarde, por algo que hice y no debí hacer nunca.

Pero antes, Francisco y yo caminaremos lentamente hasta llegar a una claraboya de vidrio que había en el centro de lo que nosotros llamábamos la terraza. En rigor no lo era; todo parecía indicar que el proyecto original del propietario de la casa, el señor Botbol, fue construir un edificio de no más de tres o cuatro pisos. Malogrado el proyecto, lo que debió ser el garage se convirtió en un depósito para su mercadería (fabricaba tapitas de plástico de todos los tamaños y colores) y así fue como en el techo de ese galpón, al fondo, se terminó edificando una casa cuya particularidad estribaba en poseer un patio delantero enorme y cómodo si no fuera porque en el centro había una claraboya de techo de vidrio a dos aguas, extremadamente peligrosa hasta el día que Francisco soldó unos fierros de protección.

Muchas veces debía esperar toda una semana para que los obreros me devolvieran la pelota que yo deliberadamente arrojaba con el solo fin de observar el interior de ese galpón lúgubre donde reinaba la oscuridad con sus cientos de bolsas apiladas. El galpón me fascinaba, como toda cosa prohibida. Los obreros eran bastante indulgentes conmigo; me permitían acceder hasta donde agonizaba la luz, ni un paso más, es decir dos o tres metros después de la persiana metálica que daba a la calle.

El señor Botbol, que los sábados por la mañana solía tomar un café con mi madre mientras se descargaban los camiones, complaciente con mi pedido, se asomaba por la claraboya y gritaba:
–¡Ernesto!
Y desde las entrañas húmedas del galpón retumbaba:
–¡Al hijo del inquilino se le cayó la pelota!
Y entonces, Ernesto, el capataz, me abría la puerta del galpón, sonriendo. Pero eso fue al principio, cuando no hacía mucho que vivíamos en Villa del Parque. Si lo menciono es porque recién ahora comprendo cuán íntimamente enlazados estuvimos por medio de la violencia, lo que hicimos sin saber que lo estábamos haciendo juntos, lo que fue para mí ese galpón y lo que significaba para Francisco.

Muchos meses después de aquella última Navidad, la mañana misma en que descubrí que mi madre lo engañaba, tenía yo que recordar nada más que lo brutal de ese momento: un hombre desencajado disparándole a un espectro que fuera a su vez su propia sombra, el negro metal del revólver reverberando sobre las gotas de sudor que le arrancaban todo vestigio de inocencia a su sonrisa. Para sorpresa de todos, Francisco no disparó hacia el cielo sino al galpón: dos disparos breves, secos, al corazón mismo de la oscuridad. Luego, mientras el silencio sangraba, puso el revólver entre mis manos, corrigió la postura y me dijo al oído:
–Pensá en alguien que odies.
Disparé y regresamos a la mesa junto al abuelo y el tío Migliano, que aplaudía diciendo:
–¡Bravo, bravo!
Seguramente con el propósito de aflojar la tensión del ambiente.
–Valiente el pibe, valiente.
Y comentando la grata sorpresa que se llevaría el señor Botbol al encontrar las bolsas desechas, nos sirvió sidra a los dos. Como nadie dijo nada, levantó su copa y agregó que las mujeres se habían ofendido.
–Mucho–dijo Francisco.
El tío Migliano dijo que sí, efectivamente, era mucho; y estirando el cuello, bebió de un trago la mitad de lo que me había servido. Brindamos.
Fue en ese momento cuando mi madre dijo:
–Lautaro, vení a abrir tus regalos.

No recuerdo lo que me regalaron ese año. Paula, mi abuela, no hacía obsequios fuera de los cumpleaños. La Navidad para ella era una obligación irrisoria; creía menos en Dios que en las familias congregadas para celebrar el nacimiento de su hijo y no tenía ningún prurito en manifestarlo cada vez que se le brindaba la oportunidad. Eso sí: se encargaba una buena cantidad de whiskys paganos y por dos o tres horas podías verla bailar tan enérgica como una bacante en una celebración dionisíaca. Cuando se cansaba, saludaba a quienes pudieran verla y se acostaba a dormir. Al otro día era la primera en levantarse: se preparaba el mate amargo, se sentaba en una reposera junto a los jazmines del cabo y fumaba, fresca y silenciosa, sus prohibidos cigarrillos.

En cuanto a mi abuela Luisa, tengo que decir que sus regalos siempre resultaban anacrónicos. Puedo asegurar que jamás supo mi edad ni creo que le importara en lo más mínimo. Necesito aclarar algo: nunca valoré un regalo por lo que costara, pero un niño intuye si se pensó en él o, si por el contrario, se priorizó la urgencia de tener que llevar algo, el no llegar a la casa con las manos vacías; un niño intuye con una lucidez aplastante si el dinero siempre escaso, huraño, difícil, se evaporó en las manos de un vendedor cuyo color de ojos no se recuerda nunca debido al apuro. Nadie debería regalarle nada a un niño que no esté envuelto en un grueso papel de colores maravillosos. Recuerdo muy pocos regalos; pero aún dura en mí la aspereza de todos aquellos papeles y lo mucho que siempre me costó romperlos en pedazos, lo que quise y a todo lo que renuncié en el momento exacto de levantar un paquete. Lo demás es accesorio. Poco importa la cantidad de dinero que se gaste, lo importante, lo que verdaderamente importa, es demostrarle a la persona que se ha pensado en ella, y eso exige tiempo, no dinero, un tiempo que a veces no estamos dispuestos a sacrificar porque olvidamos que momentos como ésos son los que colman cualquier infancia.

Luisa debía creerse obligada a traerme algo, todas cosas inútiles por otra parte, difíciles incluso de justificar ante la mirada despectiva de un jovencito que ya tenía novia. Lo que ella debió ignorar siempre era que a mí me importaba muy poco su regalo; si me fascinaba verla en casa, aunque sólo fuera para Navidad, era porque a tres o cuatro metros de distancia se encontraba mi Caballero Rojo. Se llamaba Juan Francisco Martoy. Era robusto, de enigmáticos ojos verdes y nariz golpeada y gruesa como la de un púgil que renunció a parecerse a sí mismo y con los años se acostumbró a que la prominente calvicie le diera un vago e injustificado aspecto monacal. Tenía manos pesadas y anchas. Prefería sonreír a las palabras breves y luminosas. En las contadas ocasiones en las que nos dejaron solos, lo que menos hacíamos era hablar con palabras. Utilizábamos el lenguaje de los cuerpos:
–¿Un poco de boxeo, pibe?–me preguntaba con una sonrisa socarrona.
Diez minutos eran suficientes para que los dos saliéramos igualmente reconfortados. Al rato, absoluta y naturalmente, yo dejaba de existir para él. Admiré a mi abuelo profundamente y lo quise en el más absoluto de los silencios. Lo respetaba de una manera exagerada en relación a estos tiempos que corren donde la exageración y el respeto no dejan de ser otro grave síntoma de frivolidad. De su vida conocí muy poco, casi nada, pero lo que supe, lo que todavía sé hasta hoy y no ha cambiado, es que mi abuelo fue El Caballero Rojo: un hábil luchador de Titanes en el Ring.

Falleció unos días después de Navidad. No me permitieron ir al velorio; dijeron que me causaría un dolor innecesario. Lloré y rogué pero no sirvió de nada. Quizá tuvieran razón. Lo que ellos no sabían ni podían imaginar era que yo no deseaba otra cosa que pedir perdón por lo que había hecho. Tenía la sensación de que se había cometido un asesinato, y había un solo culpable.
Recuerdo lo que mi abuela Luisa le dijo a mi madre cuando llegaron del cementerio.
–Juan estaba terriblemente angustiado. Yo no le dije a mi hijo que su padre lloró. Él no quiso defender a Julián, todo lo contrario, pero era Navidad, Cora, una fiesta de familia... No entiendo, te juro que no entiendo lo que le pasó por la mente a Francisco. Yo le dije a Juan que tenía que hablar con su hijo, que no podía ser que siguieran disgustados. Discutimos muy fuerte. Al rato me fui a la cocina y preparé el almuerzo. No quiso comer nada. Volvimos a discutir. Juan se fue a acostar y yo me fui a la casa de Pochi a jugar a las cartas. Cuando regresé y lo vi ahí...
Muerto. Esa es la palabra que nadie se atrevió a pronunciar nunca. La imposibilidad de Luisa las ligó a un silencio difícil y oscuro, luego sobrevino un llanto profundo y yo no fui capaz de quedarme detrás de la puerta del dormitorio.

Nunca lloramos lo suficiente a las personas que nos han dado todo. Esa es la última deuda que los muertos saldan por nosotros. Pasaron varios días hasta que comprendí lo que Luisa le había querido confesar a Francisco por medio de mi madre: aquel hombre grandote, de manos sólidas y sonrisa afable, murió sin entender por qué razón su hijo, del que nadie ignoraba tenía una predilección especial, un orgullo firme, fresco y perdurable como el mármol debido a su participación en la guerra de las Malvinas, en el que exaltaba el valor por asumir un destino, su hijo, la luz de sus ojos como dijo Luisa aquella tarde desconsolada de silencios y explicaciones vanas, su propia sangre, lo había echado de su casa la noche de Navidad...
¿Cómo llegué a esto? ¿Qué deuda creo estar saldando?

Sucedió mientras saludaban a los vecinos. Para entonces la música ya se había enredado entre las piernas de las mujeres, y el ambiente renovado y festivo era una demostración de lo que son capaces de hacer cuando lo creen necesario. Nadie era ya el que había sido durante la cena. Supongo que los regalos fueron una fuerte influencia, por no decir un interés común: las botas para mi madre (“Son de cuero bueno, Cora”, recuerdo que le dijo Francisco apenas la vio sonreír), soleros de colores claros y ambiguos para mis abuelas, el par de aros enchapados en oro para mi tía Mirta... Así fueron siempre las fiestas; el árbol de Navidad era apenas la sombra desganada de un ícono de plástico y había rutinas: saludar a los vecinos después de las doce de la noche. Bajaríamos todos, excepto mi abuelo.
–Yo me quedo, vayan ustedes tranquilos– fue lo que le dijo a Luisa, que motivada por la curiosidad más que por necesidades afectivas no insistió demasiado.
El recorrido podía abarcar toda la vereda o apenas unas casas. Dependía de si la gente se quedaba o no en el barrio.
–Doña Blanca se ha ido a pasar las fiestas a la casa de su hija– fue lo que le dijo finalmente mi madre a Paula cuando ya éramos los últimos entrando en la casa de los Enríquez.

Cuando cerré la puerta alguien me gritó que no, que por favor la dejara abierta. Los gritos comenzaron a fugarse desesperadamente. Éramos muchos. Parecía increíble que pudiera caber tanta euforia en un lugar tan pequeño. Recuerdo una pareja: Alfonso y su novia, el hijo mayor de los Enríquez; bailaban pero no seguían el ritmo de la música. Eran buena gente. Ricardo Enríquez tenía el mismo oficio que Francisco, sin envidias. Los muchachos, como su padre los llamaba, no tenían oficio pero sí novias núbiles que se dedicaban a cebar mate mientras cuatro manos convergían isócronamente durante incansables horas para mejorar lo inmejorable de un Torino.

Me acerqué a la mesa: comida en abundancia y de todas las estaciones del año; botellas vacías y vasos con lápiz labial sobre sus bordes, una vela roja sobre el mantel salpicado y una considerable variedad de corchos exhaustos.
Mi madre estaba sentada junto a Francisco, que a su vez conversaba con Esteban. En realidad Francisco solamente escuchaba, o eso parecía, mientras el menor de los Enríquez gesticulaba y hacía maniobras imposibles con sus brazos. Ni bien me paré junto a mi madre, Esteban detuvo bruscamente su relato, y, mirándome a los ojos, concluyó:
–Al final me di cuenta: era el carburador.
Mi madre me miró. Tenía en la mano un vaso y en la otra, con la palma extendida y hacia arriba, un paquete a medio abrir.
–¿Y eso?–pregunté. Me miró otra vez, sonrió, y dijo que sí con la cabeza–¿Qué es eso?–y señalé con el dedo. Cuando por fin advirtió mi pregunta, acercó su boca a mi oído. No fue el movimiento enfático lo que me alejó de ella, sino su aliento fuerte, agrio. Dijo:
–Un regalo de la señora de Enríquez.
–Ah...
–Sí.
–¿Y qué es?–insistí–: ¿Qué te regaló la señora?
Levantó unos centímetros el paquete, lo miró detenidamente y lo estrujó diciendo:
–Una bombacha rosa.

No supe qué decir. Miré a mi alrededor: las luces se desvanecieron lentamente sobre una canción antigua que conocía por mi madre... Put your head on my shoulder, de Paul Anka; porque ella escuchaba ese tipo de canciones cuando limpiaba. Corrieron la mesa hacia un costado: el living se convirtió en un trilladero de piernas y miradas pecaminosas. El ambiente se tornaría tan pegajoso que lo mejor que podía hacer era irme, escapar. La miré: no podía evitar moverse. La música siempre la atrajo.
–Me voy a casa–le dije.
–¿Qué?
–Que me voy a casa.
–Está bien, andá.
Dejaré a mi madre balanceándose como un péndulo: mal augurio. Siempre detesté que bailara. Sólo busca que la miren, y lo logra, no sé cómo, pero lo logra siempre.

*Autor
Sebastián Basualdo nació en Buenos Aires. Es profesor en Castellano, Literatura y Latín. Publicó un libro de cuentos breves La mujer que me llora por dentro (2001). Ha dictado talleres de cine y literatura, y análisis del discurso político. Colaboró en el suplemento Radar de Página/12, y en la revista literaria PROA (tercera época), dirigida por Roberto Alifano. Actualmente se desempeña como profesor adjunto en la cátedra de Comunicación de F. Gutenberg. Cuando te vi caer, de próxima aparición por la editorial Bajo la luna, es su primera novela.