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Fragmentos de una novela inédita
Luciana De Mello*

I. En Fuga

Yo fui la primera en irme de la casa. Esa casa que se fue construyendo en todos los lugares en los que vivimos. En todos los lugares que abandonamos. Juntos. La familia. Ahora ya no me quedan dudas. Voy a tener que encontrar la casa muy lejos. Y este viaje es la mejor excusa.
Tengo veintiocho años y un nombre. Todos tenemos un nombre. Pero en la historia no importan. Lo que importa es qué se hizo. Lo que se dijo y lo que se calló. Lo que se calló es lo que cuenta. Siempre va a ser así.
Estoy sentada en un bar de ruta. Es la ruta que va al Brasil. El calor ya ha empezado a anunciarse unos cuantos kilómetros antes. No es el mismo calor de la ciudad. El calor del Brasil viene cargado. Se va haciendo más y más denso a medida que se sube. El calor se va pegando en los pulmones hasta hacerse uno con la respiración. Inhalás y exhalás. Eso te convierte en parte de la misma masa hirviente que todo lo envuelve. Ahora es de noche. Por los ventanales del bar veo a los choferes. Uno va al baño. El otro se queda charlando con un hombre que baja a fumar. La mayoría duerme dentro del micro aunque hayan apagado el aire. Los que duermen son turistas. Son los que viajan al Brasil de los sueños. Los que no sienten el peligro. Los que bajan son pocos. Buscan el pretexto del cigarrillo. Como yo. Pero bajan por otra cosa. Son los que van mirando por la ventanilla el paisaje y el reflejo. Los que llevamos una carga mucho más pesada que esa valija que va ahí abajo. Me siento en este bar lleno de fórmica y cuadros con caballos. La luz es de tubos. Un cartel sobre la puerta de entrada anuncia una peña folklórica este fin de semana. El cigarrillo se termina. Aplasto con el pie lo que queda de su llama. Ahora es ceniza que mancha el suelo.

Mamá y papá llegaron en el año setenta y tres. Vinieron por esta misma ruta por la que yo estoy yendo ahora. Vinieron del mismo lugar al que yo voy. Una frontera. Vinieron escapando de algo. Quizás la pobreza. Quizás la marina. Él estaba en la marina cuando se casaron. El golpe lo sorprendió adentro. Una vez adentro, ya no sabía bien de qué bando formaba parte. Por eso se fue. Porque dice que no lo aguantó. Las pesadillas se le repetían cada noche. Una vez se despertó con el cuello de mamá entre las manos. Él lloraba. Y ella le exigió que pidiera la baja. Tuvo que hacerlo. Que iba a volverse loco, le dijo un día ella. A ella le gustaba contar su parte de la historia. Decir lo que él no podía. Lo poco que a ella le había contado.
No cualquiera puede torturar. Decía mamá. Ellos saben muy bien a quienes se lo piden. A tu padre nunca lo llamaron para eso. Aunque él veía. Veía muchas cosas. El no servía para eso. ¿Sabés cuántos de sus compañeros se fueron a los cursos? Y hacer eso significaba el ascenso. Mamá levantaba apenas la mirada. Sólo apenas. Después me hablaba de las casas que sus compañeros tenían en Panamá. Otro hubiera sido el cantar, se le escapaba.
El año en el que decidieron irse ya no estaban en la frontera. Vivían en Montevideo. Papá en la marina y ella estudiando medicina. Al principio le habrá gustado ese hombre que patrullaba la playa. Ese hombre con gorro y uniforme beige. Ese hombre que caminaba por la arena como si marchara sobre el asfalto. El caminaba con la mirada en alto, casi ignorando a la gente que se tiraba al sol o pescaba en la rambla. Pero poco tiempo después todo se transformó en otra cosa. Papa era el que patrullaba de noche, vestido de civil, las calles de la ciudad. Ahora pertenecía a la inteligencia, papá. Lo pasaron poco antes del golpe. Ahora a la playa solo iba para entrenar. Entrenaba para que no lo vieran cuando le tocaba perseguir a un punto. Para pasar desapercibido un día entero tras los pasos de alguien. En eso se había convertido él. Era una sombra que perseguía a otra sombra.
Hasta que pidió la baja y se vinieron. No querían dársela. Era un desertor, papá. Pero al fin la consiguió. A cambio tuvo que pasar un mes en el calabozo. Ella viajó sola y lloró hasta que el capitán anunció que estaban en puerto argentino. Papá cruzó después. De sus días en el calabozo nunca dijo nada. Se encontraron en la pensión donde ella paró desde el primer día que llegó a Buenos Aires. Un amigo uruguayo le había dado el dato. Otro uruguayo que se había venido en aquella época a buscar trabajo. Ella se lo había anotado en un papel que le transpiraba entre las manos. Cuenta que estuvo caminando toda la tarde alrededor de Plaza Miserere buscando la Plaza Once. Hasta que se animó y le preguntó a un hombre que pasaba. Ese día supo que en la ciudad todo podía tener dos nombres. El hotel estaba frente a la plaza y ella se mareó entre la multitud de gente. No pudo ver el cartel con el nombre de la calle. Pasaban los autos y los colectivos. Esa ciudad la perdía. Ella buscaba la fachada que se había imaginado. La que estaba en su mente no coincidía con esa puerta de hierro pesado y pasillos oscuros. Ella venía a un hotel de Buenos Aires. Tal vez pensara que acá todo era brillo. La pieza era chica. Y la gallega le advirtió de entrada. Nada de meter hombres a la pieza. Ella sintió impotencia de no poder contestarle nada. Y un llanto que se lo aguantó de puro orgullo en la garganta. Lo soltó ni bien cerró la puerta. Así pasó los días hasta que llegó papá.
Ella dice que cuando él llegó todo se hizo más fácil. Ella no tenía tanto miedo de salir sola a dar una vuelta o a buscar trabajo. Muchas veces cambiaron de pensión. Siempre había algún compañero de trabajo que se mudaba y les dejaba una pieza mejor que la que ellos tenían. Eran jóvenes, los dos. Y se acostumbraron pronto. Les gustó la ciudad. Más de lo que pensaban. La frontera había quedado muy atrás. Pronto se encandilaron con las luces. Tomaron muchas taxis. Por las noches se internaron en las cantinas de La Boca. Trabajaron en fábricas. Renunciaron varias veces. Los echaron otras tantas. No se aguantaban una, ellos. Siempre estuvieron muy orgullosos de eso. Eso también era dignidad. Uruguayos muertos de hambre, le decían los encargados. Y papá pegaba la primera piña. Después, bolso y a la calle. Otra vez a buscar trabajo. Pero había. Enseguida otro. Ella abandonó rápido el sueño de la doctora. Operaria de fábrica, cocinera en el boating club de San Isidro. Papá ya lo sabía. El golpe se venía. Acá también. Y ahí empezaron a tener miedo. A papá lo vigilaron. Un tiempo. Sólo hasta saber en qué andaba. Él sabía. Lo habían entrenado para eso. Reconoció a uno de sus compañeros. Una tarde mientras volvía del trabajo el tipo lo seguía.

Toda esta historia él la fue contando de a poco. Papá nunca habló demasiado. Sólo cuando sin darse cuenta alguna imagen lo sobrepasaba. Ahí empezaba a hablar. Sin interlocutores. No importaba quién estuviera enfrente. Papá hablaba hasta que volvía en sí. Y entonces callaba. Otra vez. Papá volvía de otro lado. Con una voz que se apagaba de repente. Sus ojos de pronto se abrían más. Otra vez a mirar el presente. Volvían y se quedaban anclados en nosotras, sus hijas. Ahora las tres adolescentes. Sus ojos volvían para mirar sin ver. Ahora pienso que él se quedó para siempre en aquellos años. Envejeció de joven, papá. Después no pudo más que viajar mirando el camino hacia atrás. La vez que más nos contó fue una noche frente a un noticiero.
Estábamos los cinco sentados frente a la tele. Para ese entonces ya vivíamos en la casa cerca de la estación. Un pasillo angosto saliendo de la cocina daba a las únicas dos habitaciones de la casa. Al final de ese pasillo estaba la tele. Dos sillones contra la pared que enfrentaba las puertas de los dormitorios. Para mirar la tele papá ponía uno de los sillones en el otro extremo del pasillo. Al fondo. Nosotras nos sentábamos delante de él, en almohadones en el piso, en el sillón que sobraba. Esa noche en el noticiero hablaba el primer arrepentido. Había decidido contar cómo funcionaban los vuelos de la muerte. De repente se empezó a escuchar la otra voz, la que venía del fondo. Sus ojos en otro lugar, su voz tranquila. Las pausas justas. Y una mueca de sonrisa en cada pausa. Era papá el que hablaba. Todas nos dimos vuelta para escuchar.

En esa época yo estaba cuidando a un tupa. A cara descubierta. Y hablábamos de todo. El tipo me decía, claro, trataba de convencerme, tenían mucha gente adentro ellos. El tipo me decía que yo estaba más de su lado. Que yo era un obrero también. Yo lo escuchaba pero no le decía nada. Sólo a veces, le contestaba yo al tipo. Me acuerdo su nombre. Pero claro, yo era un chiquilín. Y el tipo me hablaba mucho. Y vas a ver que cuando todo esto termine, hermano, me decía así, vas a ver hermano que cuando esto termine, vos y yo vamos a sentarnos un día y tomar un café juntos. No. Yo le dije que no. Que yo estaba del otro lado. Que en ese momento yo estaba del otro lado, le dije. Que cuando él saliera, si es que salía, que él iba a ser otra persona. Que no se podía salir de ahí adentro. Que yo, yo siempre iba a estar del otro lado. Le dije que no. Le dije que estaba loco. El tipo igual sonreía. Y pasó nomás. Un día me lo encontré al tipo. La democracia había vuelto. Yo había ido a trabajar a Montevideo en esa época. Ustedes eran chicas y me extrañaban. Yo estaba en el colectivo, sentado al fondo. Me quedó de la marina, la costumbre. Sentarse al fondo. Tener el panorama de toda la gente que viaja. Verlos. Yo. Yo estaba en ese asiento del fondo. Y el hombre me empieza a mirar. Estaba sentado a mi lado, al lado de la puerta. Y yo también lo miraba. No sabía quién era. Pero lo conocía. Tanta gente quedó allá. Tanto tiempo que yo no volvía a Montevideo. Podía ser cualquiera. Cualquier amigo podía ser, y que yo no me acordara. Casi le pregunto. Y en ese momento me habló. Yo a vos te conozco, me dijo. Ahí escuché su voz. Escuche su voz y me acordé de su cara. No era la misma. Pero tenía todavía unos gestos. Una forma de levantar el labio superior cuando hablaba. Yo no, le dije. Me levanté y me bajé en la parada siguiente. Caminé. Me metí en galerías que salían a otras calles. Caminé como si me estuviera siguiendo. Pero no. El tipo no se había bajado. Muchas cosas vi. Muchas cosas.

Silencio. Las cuatro calladas con los ojos sobre él. Papá de repente había vuelto a mirarnos. Después volvió los ojos a la pantalla. Nosotras no. Ya no nos importaba el arrepentido. Por qué no te bajaste con él. Por qué no fuiste a tomar ese café. Le pregunté yo. Papá no me contestó. Pero giró su cara hacia mí. Me miró fijo. Como si no entendiera mis palabras. Yo le devolví una mirada de desconfianza. Un día me vas a tener que contar, me lo vas a contar todo, le dije.
Déjenlo en paz. No quiere seguir hablando, dijo mamá. Y nos acercó la bandeja llena de empanadas de carne. Mamá hablaba como si fuera su cómplice. Pero ella tampoco sabía lo que él había contando. Yo espié de reojo su cara de asombro mientras él hablaba. Mamá estaba dura apoyada contra el marco de la puerta que daba a la cocina. Ella no quería que nos diéramos cuenta. Ella, su mujer, tampoco sabía quién era ese hombre.


El cambista

Me despierto antes del amanecer. A pesar de la oscuridad del camino puedo reconocer el lugar. El micro está entrando a Rivera. Me reclino y mi espalda transpirada se despega de la cuerina verde del asiento. El ambiente acá adentro se transformó con las horas en un aire espeso y caldeado. Una mezcla rancia de olor a pis y a cuerpos dormidos. Las sombras de los árboles a cada lado de las ventanillas. Una procesión que se repite. Más adelante pasamos el cartel. Las luces del micro iluminan el saludo: Bienvenidos a Rivera. Y enseguida el cementerio con sus cruces en lo alto y las raíces de sus árboles que parecen a punto de caerse por el paredón que da a la ruta. Este es el lugar donde empezó la historia. Una ciudad sin orillas. Una ciudad de frontera. Rivera está al norte de Uruguay y al Sur de Brasil. Hay una calle con intención de avenida que oficia de agua divisoria. De un lado de la calle está Rivera, del otro, Santana do Livramento. Ese pueblo brasilero es el último rincón del único imperio que tuvo el continente. Todo el espacio que rodea a esa calle se llama Línea de Frontera, pero en Rivera sólo le dicen la Línea. Prestando mucha atención se puede ver cada tanto algunos monolitos que de un lado tienen el escudo brasilero y del otro el uruguayo. Están despintados y son petisos. Parecen boyas desteñidas flotando entre la corriente de gente que pasa de un lado al otro sin importarle sobre qué país va pisando. Los monolitos quieren orientar. Y a estas personas eso no les importa. Traen desde su nacimiento la marca de los que no tienen cauce. Tengo las manos agarradas a las tiras de la mochila. Camino por una calle empinada. Con la espalda doblada voy mirando el calor que emana de este asfalto de laja. Tengo hambre y sed. Sin embargo siento que puedo seguir caminando indefinidamente siempre que no levante la vista del piso. Sé que estoy yendo hacia la Línea. Una vez que termine de subir va a aparecer ese tumulto de gente. Apenas sale el sol y ya las calles del centro son un hervidero. Quién puede dormir con este calor húmedo y sin sombra. Pero la madrugada tampoco es buena para caminar por estas calles. Cuando bajé del micro esperé a que terminara de amanecer. Me senté en un banco de la terminal. Abrazada a mis piernas me hice un bollo y me quedé quieta. Quizás algún pariente pasara caminando frente a mí y no me reconociera. Somos muchos acá en Rivera. En este lado de la tierra nos reproducimos por decenas. Primos, tíos, hermanos. Del otro lado del río en cambio, sólo estábamos nosotros. Nosotros tres y quien nos visitara. Pero sólo nosotros nos quedamos por tanto tiempo en ese país. Y ahora yo me fui. Vine. Volví. Ya no importa el punto de partida. ¿Y si hubiera pasado alguien? Solo lo habría mirado seguir calle abajo o calle arriba. De repente yo iba a estar ahí sentada, atenta a su marcha como si fuera cualquier conocido caminando por alguna calle de Buenos Aires. Agazapada en ese banco, yo habría podido observar la expresión verdadera de su rostro ese día. Sin saludos preparados de reencuentro. Sin frases esperadas. Sin esos ojos grandes de sorpresa al reconocerme. Si. Dejaría pasar a quien pasara. Lo dejaría ir, con mis ojos pegados en su espalda.

Ya se asoma la avenida principal. Necesito cambiar algo de plata. Hay un reloj en la línea que tiene dos caras. De un lado marca las doce y media del mediodía. Hora de Brasil. Del otro, las once y media para los castellanos. Pienso que este lugar es una locura y antes no me había dado cuenta. La infancia naturaliza las cosas. Cualquier cosa. Y así queda en el recuerdo. Pero de pronto esta vez es diferente. Estoy sola y el lugar se transformó en algo nuevo. En algo extraño. La Línea por ejemplo. Todos esos hombres ahí parados. Cambiando reales por pesos y pesos por reales. Están parados y con las piernas un poco separadas. Algunos están debajo de una sombrilla, transpirando el verano, mirando a ambos lados de la calle con esos anteojos verdes de marco fino y dorado. La mayoría de los cambistas están ahí, al rayo del sol. El reflejo cegador que les devuelve el asfalto parece que no los afectara. Tratan de lucir confiables. Esta es una ciudad donde la gente se saluda. Los cambistas hablan a los gritos entre ellos, se pasan un mate. Miran a las mujeres, a los hombres, a los niños. Todos son sus clientes. Siempre en esta ciudad hay que cambiar dinero. Y hay que estar atento. El que te hizo un buen cambio ayer puede darte un billete falso hoy. Algunos tienen una camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho y un pantalón gris de vestir de otra época que se les pega por el sudor en la entrepierna. Esas piernas separadas. Las sacuden como en un tic. El mismo tic que les permite escurrir los billetes falsos por el agujero del bolsillo del pantalón. Así los desechan cuando viene la policía. Cuando no llegaron a un arreglo y entonces los milicos vigilan. Los cambistas meten la mano en el bolsillo del pantalón que está agujereado. Los billetes bajan por la pierna hasta la botamanga. Se acercan a la zanja. Ahí van a parar los falsos. Así se deshacen de la prueba. Si logran zafar a tiempo, los levantan y los secan con secador de pelo. Solos. Sentados al borde de la cama del cuarto de pensión donde vivan. O en la casa mientras esperan la cena. Rodeados de sus hijos que les preguntan cómo estuvo el día en la Línea. Es resistente la tinta. Están bien hechos, me decía el tío. Y yo todavía era muy chica para darme cuenta que el tío sabía porque era él mismo quien los hacía. Debería sentir orgullo el tío de su obra.
Uno de los cambistas que me mira desde que aparecí en la avenida. Las piernas separadas. El tic de la rodilla. La camisa casi abierta. El pecho lampiño. Los ojos como dos manchas negras. Más negras que su cuerpo cubierto de ropa gastada. El hombre está seguro que voy a ir hacia él. Y lo hago. El pasa de una mano a la otra su billetera de cuero marrón que rebalsa de dinero. Yo cruzo la calle que nos separa. Llego frente a él. Me quedo parada sin decir nada. Espero que él hable primero. El hombre se seca la transpiración bajando su mano desde la frente hasta la barbilla. Ahí la deja unos segundos. Se limpia la comisura de los labios con los dedos. Le miro la ropa de feria americana. La camisa está mojada en las axilas. En el índice derecho lleva un anillo con dos iniciales que no llego a distinguir. No deja las manos quietas. El se estira un poco la camisa y se acerca aún más a mí: Quer cambio moza, me pregunta. Le entrego cien pesos. Argentina, me dice y sonríe. Entonces el hombre abre un fajo. Sin dejar de mirarme cuenta los billetes que pasan a toda velocidad entre sus dedos. Yo agacho la cabeza y me concentro en sus manos. Las uñas blancas contrastan con la piel oscura. Ahora la distancia que nos separa es la de ese fajo mínimo que me está entregando a cambio. En la comisura de sus labios vuelven a formarse esos puntos blancos de saliva que se le acumulan cuando habla. El me está hablando. El es brasilero. Yo agarro la plata y siento su piel suave. No vuelvo a contarla. Doblo el dinero en la palma de mi mano y lo meto en el bolsillo trasero del pantalón. Él sigue hablando. Exagera el español cuando pronuncia las eses. Me gusta como mueve la boca cuando habla. No puedo prestar atención a lo que me está diciendo. Todo lo que nos rodea está lleno de gritos y movimiento. Yo no dejo de mirarle esa baba que se reseca. Aparece y desaparece en cada extremo de sus labios. Tengo sed, lo interrumpo de repente. El se agacha de a poco. Se queda en cuclillas y me observa desde abajo. Sus ojos se abren demasiado. Su sonrisa ahora le brilla en los ojos. Y le deja ver el diente que le falta. Yo agacho mi cabeza hasta apoyar mi mentón en el pecho. No alcanzo a escuchar su voz. Voce e bonita. Eso es lo que dice. No puedo escucharlo. Pero lo adivino al leer sus labios. El agarra la botella de cerveza que está junto a su pie y vuelve a erguirse delante de mí. Está más cerca. Tomo un trago que no termina nunca. El liquido baja y se asienta pesado en mi estómago vacío. Los gritos de los puesteros cruzan a mis espaldas. Ofrecen estatuillas de Ogum y velones de Iemanjá. Ahora yo soy la que apoya la botella en el piso. Sabés dónde hay un hotel, le pregunto. Su boca se abre ancha.

*Autor
Luciana De Mello nació el 7 de agosto de 1979 en Villa Lugano. Actualmente estudia Letras en la UBA, es colaboradora del suplemento Radar Libros y asiste al taller de Guillermo Saccomanno. Los anteriores, son fragmentos de su primera novela inédita.