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Paisajes
Mariela Ghenadenik*

Memorizo el trayecto mientras busco un teléfono. Buenos Aires no es como Nueva York, donde las calles son numeradas y los teléfonos no se tragan las monedas como me acaba de suceder.
Sé que está en su casa.
Vuelvo por la avenida Santa Fé, las calles están vacías y hace más frío del que esperaba. Miro vidrieras como si estuviera con ella en el Greenwich Village, aquel otoño en que el sol agobiaba y entrábamos en todos los negocios para aprovechar la sombra. Ella me mostraba todo lo que se compraría en cada lugar, imaginaba que vivía en casas donde había bañeras con una colección ordenada de menor a mayor y por colores de sales perfumadas, una mesa de ping pong, pantuflas de cuero, marcadores indelebles, telas violetas en el techo, una radio portátil, un disfraz de princesa. Cuando nada le gustaba, trataba de imaginar que se compraría si fuera otra persona y entonces inventaba nombres, profesiones, rutinas. Una vez dijo que tenía veinticinco risas distintas y cuando intentó demostrarlo se perdió en la versión tres; los ojos celestes húmedos de la risa, la bufanda verde que le daba calor.
Ahora, frente a una vidriera con relojes trato de adivinar cuál elegiría ella y pienso en mi primer viaje a Buenos Aires, en el reloj que olvidé en su mesa de luz luego de varias copas y unos pasos de tango en el bar donde la ví aquella noche. Ella estaba de pie junto a la barra con las manos muy juntas y me pareció que se sentiría como en una reunión donde no conocía a los invitados. Más tarde, ella con el pelo revuelto entre sábanas revueltas en la niebla de la madrugada, horas antes de tomarme el avión de regreso.
Ella y el recuerdo de la ciudad era todo lo que pensaba retener de Buenos Aires; un recuerdo vago, tan lejos como recorrer la distancia que separa Buenos Aires de Nueva York. Pero unas semanas después, una extraña noche templada en pleno invierno, ella en Nueva York. Te olvidaste el reloj en mi mesa de luz.
Y una tarde de granizo en primavera, una mañana helada de verano, una madrugada ventosa de cualquier estación. Cuando ella aparecía, Manhattan se inundaba y era Venecia. O el Sahara; a veces el trópico. Otras, Siberia. Yo buscaba en el pronóstico la respuesta de cuándo volveríamos a vernos; anticipar qué paisaje nos tocaría suponer en cada encuentro, qué restaurante elegiríamos –thai, hindú, macrobiótico, italiano- qué tonalidad de verde-azul tendrían sus ojos.
Una noche la llevé a un bar de comida argentina donde colgaban banderas de Uruguay y ofrecían feijoada y mojitos. Ella miraba alrededor con el ceño fruncido; la boca también se arrugaba con cada sorbo de daikiri, después pasaba la lengua por los labios y me miraba de costado. Traía un vestido con estampado de mariposas, hacía mucho calor y yo la refrescaba con hielos en la nuca. Nos besamos y los hielos aparecieron en lugares insólitos; queríamos llegar a mi departamento cuanto antes y tal vez por eso empezamos a correr, aunque luego corríamos porque la tormenta nos sorprendió en plena calle. Yo pensaba en mis zapatos, arruinados por el agua, y ella daba saltos, pisaba los charcos, sacudía el cabello como un cachorro. El vestido se deshizo con el agua y nos escondimos en una calle oscura.

La última vez que nos vimos fue un domingo, antes de una tormenta de nieve que convirtió a la ciudad en un desierto de hielo.
Yo quería almorzar en algún lugar que nos hiciera sentir en Noruega, pero por primera vez ella prefirió quedarse en Nueva York. Con el segundo Bloody Mary habló de recorrer el mundo, juntos. Tomar un avión, tomarnos de la mano, dormir una siesta, hacerme un té, tomar mate, quedarnos en algún lugar donde siempre hubiera sol y árboles con muchas raíces y flores y comer frutas exóticas. Los ojos variaban del turquesa al verde, después eran azules y luego verdes otra vez y cada vez más verdes mientras sus párpados se enrojecían. Miró hacia la ventana, sus pupilas se movían muy rápido y tragaba con dificultad.
Yo me quedé en silencio.
Una vez en la calle, acerqué su cuerpo al mío para cubrirla del viento helado. Podía sentirla incluso a través de nuestros tapados. Ella se apartó y me pidió que nos sacáramos una foto en el Rockefeller Center. Yo no quise y ella posó sola sin sonreír, la mirada gris. La abracé, besé su cuello, quise retener su aroma.
Pronto empezó a nevar, ella atrapó un copo, luego otro y después otro. Los observaba con dedicación: quería saber si la nieve tenía la forma de los adornos de Navidad.
Esa tarde, mientras las calles se convertían en un glaciar descomunal, compartimos el calor y la tristeza de estar juntos por última vez. En la cama del hotel recordamos la noche del gran apagón que dejó Nueva York a oscuras y en el en el Central Park destapamos un vino tirados en el pasto mientras intentábamos encontrar alguna estrella en el cielo contaminado.

Ahora, frente a su casa, veo que algo se mueve en la ventana. El frío me transporta a Nueva York, a la intensidad que avisa cuando se acerca la nieve.
Comienza a lloviznar. De pronto, el agua se vuelve cada vez más sólida.
Nieva en Buenos Aires.
Tomo un copo que se disuelve apenas cae en mi mano. Atrapo otro y trato de ver si tienen la forma de adornos de Navidad. Empieza a nevar cada vez más fuerte y la calle se llena de gente que festeja y mira el cielo, como ella cuando buscaba estrellas. Ríen. Veinticinco risas distintas. Tal vez más.
Me siento sobre un escalón, la nieve moja mis zapatos y en el viento percibo el verano de Nueva York, el invierno de Buenos Aires mezclados de manera extraña, fuera de estación, fuera de eje.

*Autor
Mariela Ghenadenik nació en Buenos Aires. Se graduó de Ciencias de la Comunicación (UBA). Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversas antologías y suplementos culturales, entre los que se destacan: Cuentos Breves (Mondadori), Studio Shenkin (publicaciones Amia), En Celo (Mondadori) De Puntín (Mondadori), Suplemento de Cultura del diario Perfil.
Su cuento "Mi vecina y yo" fue premiado en el Concurso Interamericano de Cuentos de la Fundación Avón y "Las cosas nunca son lo que parecen" fue distinguido en el Concurso de Cuentos breves "Diversidad Cultural en la Argentina" de la Fundación Lebensohn. En la actualidad, trabaja en Comunicación Institucional.