Tweet and Shout
Martín Zariello


Tuve Twitter un par de veces. Abrí la cuenta y al día siguiente la borré. Las dos veces me sentí en uno de esos cumpleaños en los que no conocés a nadie, en uno de esos partidos en los que no te la pasan porque ni siquiera saben cómo te llamás. La industria de los blog reside en intentar parecer inteligente cada una semana, tal vez todos los días. Twitter es algo peor: el alarde de inteligencia segundo a segundo y en espacio reducido. No todos pueden brillar en una baldosa. Twitter es millones de personas queriendo ser Riquelme y jugando como Funes Mori. Y hasta a Riquelme, a veces, le atajan el penal.


Hay twitteros geniales, tipos que resuelven qué hacer con el lenguaje en muy pocas palabras. Pero esos tipos, generalmente, ya eran geniales antes de Twitter. En todo caso lo único que puede hacer Twitter es arruinar a las personas que creíamos inteligentes, sumergiéndolas en una ola de exposición innecesaria. Alguna vez dijeron que Facebook era el lugar donde estaban tus ex compañeros de la secundaria y Twitter donde estaban los que te gustaría haber tenido. Eso que a muchos les pareció una crítica lapidaria hacia Facebook, a mí me resultó positivo. Por eso mismo Mar del Plata es mejor que Cariló. Facebook es ese lugar donde la piba de barrio juega a ser una femme fatal pero no puede evitar que por detrás se vean las paredes sin revocar y una tanga usada colgada de una silla. Donde el chico cool no puede impedir que su madre lo etiquete en una temible foto de la infancia. Donde una debacle amoroso lleva al enamorado a una ridícula y no menos honesta catarata de fragmentos de canciones de Sabina. En Twitter hasta el dolor es barnizado con una fina capa de ironía y sarcasmo, como si en vez de ser estos boludos que leen a Verbitsky y se creen de la SIDE, fuésemos ejércitos de Oscar's Wilde's a los que la vida les parece más fácil que la tabla del 1. Aunque bajemos las persianas virtuales, en Facebook siempre existirá una grieta que se las arreglará para dejarnos en off side social. Y ésa es la mayor virtud del invento diabólico de Mark Zuckerberg: aunque no nos guste, tarde o temprano, nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.


El principal mérito de Manuel Puig fue inventar una literatura en la que se les daba voz a nuestras tías para que contaran sus amores prohibidos y dirimieran cuál es el mejor punto de costura. Muy bien, ahora nuestras verdaderas tías hacen su propia literatura en Facebook. En cambio, el centro de Twitter es el microclima palermitano. En Facebook ser cool es imposible: la estética, abarrotada de información y fotografías, impide cualquier tipo de elegancia. Como en el cajón de las remeras, está todo junto y desacomodado. En Twitter los usuarios eligen cuidadosamente imágenes sofisticadas de fondo para que combinen con el tono de sus tweets.


Por otro lado, manejar una cuenta de Twitter genera un evidente gatillo fácil de la discursividad: lo que se lee generalmente son personas insultándose, bloqueándose, bardeándose. Como la dinámica de uso hace que la pantalla se coma rápidamente todo lo que escribís, lo que dijiste hace dos minutos no importa ni cuando lo publicás. Por otro lado, la brecha de desigualdad en Twitter es peor que en el Planeta: los twitteros estrellas siempre se cuidan de no seguir a más personas de las que los siguen a ellos. De todos modos, por supuesto, Twitter y Facebook no se diferencian tanto en lo esencial: somos millones de personas intentando no sentirnos solos. Las fanpages y los TT recrean la sensación del hecho colectivo, la idea de que compartir un tema de conversación o el gusto por un artista bastará para que estar solo comiendo una hamburguesa frente al monitor se transforme en una experiencia trascendental.


La supuesta revolución de Twitter es que la horizontalidad nos permite hablar con cualquiera. Por ejemplo Cristina. La idea es: nosotros, sujetos periféricos, sin la llave que abre las habitaciones oscuras en las que se reparte la torta, ¡en un mano a mano con los poderosos del mundo! Esto me provoca varias preguntas: ¿qué tenemos para decirle a Cristina en menos de 140 caracteres?, ¿por qué Cristina nos respondería? y, principalmente: ¿por qué no llamamos a nuestras madres en vez de intentar hablar con Cristina?


<Columna publicada el 3 de marzo de 2013 en www.ilcorvino.blogspot.com y en el libro En realidad quería hablar de otra cosa (Puente Aéreo) .



*Autor

Martín Zariellonació en Mar del Plata el 30 de octubre de 1984. Publicó los libros Sobre el rock (ensayos, 2013), La luna y la muralla china (cuentos, 2013), En realidad quería hablar de otra cosa (ensayos, 2014) y Cuatro (cuentos, 2015). Mantiene el blog www.ilcorvino.blogspot.com