Elegir el fuego
Juan Villoro


En enero de 1994 me instalé en New Haven para dar clases en la Universidad de Yale. Hacía tanto frío que las cerraduras de los coches se convertían en bloques de hielo y había que rociarlas con un spray para meter la llave. Sólo se hablaba de tormentas de nieve y el New York Times publicó en su portada una foto de Manhattan con la leyenda: “La ciudad que nunca duerme está congelada”.


Mi departamento había sido ocupado antes por la escritora Margo Glantz, que olvidó unos zapatos, el único toque de calidez en ese espacio inerte.


Los vecinos habitaban el edificio con la discreción de los espectros. La única seña de vida era el olor a curry que salía del departamento de una familia india. Ese aire condimentado nos provocó una intensa nostalgia de México y decidimos combatirla con uno de esos guisos que sólo se logran en el exilio, donde falta algo decisivo y sobran ingredientes que se encontraron por azar. El principal resultado del platillo fue acústico: al cabo de unos minutos, se activó la alarma contra humos.


Descendimos por la escalera para encontrar a los demás inquilinos, temblando de frío y buscando con los ojos a los responsables del desaguisado. Fingimos inocencia y nos preguntamos cómo harían los indios para cocinar sin que sonara la sirena (semanas después sabríamos que habían tapado la alarma con el viejo sari de la abuela).


En muchas otras ocasiones tuvimos que bajar escaleras a deshoras porque los hipersensibles detectoes confundían un cigarrillo con un incendio. Como es de suponerse, algunos permanecían en sus departamentos, arriesgándose a morir por exceso de confianza.


A mediados del semestre había tanta nieve en derredor que quise convertirla en algo grandioso. Sin otra preparación que el entusiasmo, traté de esquiar y logré un récord perfectamente negativo: un descenso y una fractura. Durante las siguientes seis semanas usé muletas.


De pronto, a las cuatro de la mañana sonaba la sirena y yo tenía que escapar con un pie enyesado. Para colmo, estaba escribiendo una novela que temía perder en el incendio, así es que bajaba con trescientas cuartillas.


Los fracturados de New Haven acaban por conocerse en los caminos con rampas, en el handicap bus o en la farmacia donde venden deliciosas pastillas de codeína. Mi dificultad para socializar en otros ámbitos no existía ante ellos. Bastaba saludarlos y llevar una escayola para que comenzaran halando de su caída y terminaran quejándose de su pareja.


La más intensa relación de ese tipo ocurrió en mi propio edificio. Un hombre enyesado bajaba la escalara con un bolso lleno de papeles. Se había roto el peroné derecho y yo el izquierdo. Esto nos convertía en lisiados complementarios, pero nuestra mayor similitud es que también él trataba de salvar una novela en proceso. Era un autor de Chicago que enseñaba Literatura Creativa. La única diferencia era que él había resbalado en el porche congelado de unos amigos a los que estaba demandando por no haber despejado el hielo. Le pregunté cómo podía acusar de un accidente a gente cercana y respondió con puritano sentido del deber: “El porche es su responsabilidad”.


No supe de qué trataba su novela ni él supo de qué trataba la mía. Ambos nos aferrábamos a nuestros borradores como si esa protección los corrigiera. Tanto trajinar de madrugada con los pies enyesados nos hacía suponer que merecíamos escribir obras maestras.


Pero la literatura es un deporte extremo que no depende del esfuerzo físico. La novela que escribí entonces acabaría en el limbo de las librerías de viejo, donde pocas veces hay una resurrección.


Durante años me pregunté qué habría sido del otro manuscrito. Hace poco coincidí con el autor en un encuentro literario. Los años lo han tratado tan mal que se veía mejor con el yeso. Quizá pensó lo mismo de mí porque bajó la mirada a mi pie izquierdo.


Le pregunté qué había sido de su novela. Guardó silencio, como si repasara las noches de zozobra en que creía salvar su manuscrito, bajando la escalera con el pie enyesado. Sus ojos cobraron un brillo peculiar y creí descubrir en ellos el fragor de la batalla, la angustia y el denuedo para mejorar los borradores, el deseo de que nada malo le pasara, hasta que poco a poco advertí que no era el entusiamo ni el esfuerzo cumplido lo que animaba su mirada, sino una extraña entereza, la convicción de quien sabe que no consiguió lo que deseaba, pero tiene la valentía de admitirlo.


Con la sonrisa de quien decide su derrota para convertirla en un triunfo de la voluntad, respondió:

—La quemé.


Columna publicada el 13 de febrero de 2015 en el diario Reforma.



*Autor

Juan Villoro nació en la Ciudad de México, estudió Sociología y asistió al taller de cuento de Augusto Monterroso. Escribió los guiones del programa radiofónico “El lado oscuro de la luna” en Radio Educación entre 1977 y 1981. Fue profesor de literatura en la UNAM y ha sido profesor invitado en las universidades de Yale, Boston, Pompeu i Fabra de Barcelona y Princeton. Colabora regularmente en la revista literaria Letras Libres, en los periódico Reforma (México) y El País (España), El Mercurio (Chile) y El Periódico de Catalunya (España). Fue director de La Jornada Semanal, suplemento cultural del diario La Jornada, de 1995 a 1998.

En 1991 publicó su primera novela El disparo de argón, a la que siguieron Materia dispuesta (1997); El testigo (2004), con la que obtuvo el “Premio Herralde” otorgado por la Editorial Anagrama; Llamadas de Ámsterdam (2007) y Arrecife (2012).

Premiado en sus múltiples facetas de narrador, dramaturgo, ensayista y autor de libros infantiles, Juan Villoro es reconocido como uno de los principales escritores latinoamericanos contemporáneos. Tradujo Egmont, de Goethe, para la Compañía Nacional de Teatro y Aforismos, de Lichtenberg, para el Fondo de Cultura Económica. Algunas de las últimas distinciones que le han sido otorgadas son: Premio Internacional de Periodismo “Vázquez Montalbán” por Dios es redondo; Premio “Antonin Artaud en México” por el libro de cuentos Los culpables; Premio ACE, en Argentina, por su obra de teatro Filosofía de vida; Premio Iberoamericano de Letras “José Donoso”, otorgado en Chile, por el conjunto de su obra, y el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural “Fernando Benítez” de la XXVII Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara (2013), por la riqueza y variedad de su obra como escritor y periodista; Premio José María Arguedas, otorgado en Cuba, por su novela Arrecife. Ingresó a El Colegio Nacional en 2014.