Subrayar libros
Fabio Morábito


Los libros están hechos de frases, obvio, que son como los ladrillos de la construcción, y del mismo modo que es difícil reparar en la hermosura de un ladrillo, las frases, cuando leemos, pasan relativamente inadvertidas, arrastradas por el flujo del discurso, como debe ser. El detenerse demasiado en una frase es signo de inmadurez; lo que importa en un libro es el conjunto, el edificio verbal, no sus componentes. Y sin embargo es costumbre bastante difusa subrayar libros. El subrayado desmiente el edificio y realza el ladrillo, el humilde tabique comprimido entre mil tabiques idénticos; es una suerte de operación de rescate, como si cada subrayado dijera: salven esta frase de las garras del libro, liberen esta joya del pantano que la rodea. Es bien sabido que, quien empieza a subrayar, no puede detenerse; los subrayados se multiplican, una plaga se apodera del libro, surge otro libro en su interior, una república autónoma. El subrayador piensa: si subrayé aquella frase, ¿cómo no voy a subrayar ésta, y esta otra, y también aquélla? El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en franca controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables. Un día tuve que pedir un libro mío en una biblioteca universitaria para verificar un dato. Descubrí que el ejemplar estaba profusamente subrayado. La cosa me halagó, por supuesto, pues los subrayados son la evidencia de una lectura acuciosa y apasionada. Muy pronto, sin embargo, me invadió una sensación ambigua que se tornó francamente fastidiosa. No estaba de acuerdo con los subrayados. Mi anónimo lector había pasado por alto pasajes que me parecían muy remarcables y resaltado en cambio líneas meramente operativas, inertes. Me hallé en pugna con mi propio libro, trazando mentalmente mis propios subrayados, sacándole a mi libro otro libro, aquel que hubiera querido escribir y que, sólo ahora me daba cuenta, había escrito a medias.



Columna publicada el 3 de julio de 2010 en la Revista Ñ .



*Autor

Fabio Morábito (1955) nació en Alejandría de padres italianos y a los tres años su familia regresó a Italia. Transcurrió su infancia en Milán y a los 15 años se trasladó a México, donde vive desde entonces. A pesar de ser su lengua materna el italiano, ha escrito toda su obra en español. Es autor de cuatro libros de poesía: Lotes baldíos (FCE, 1985), que ganó el premio Carlos Pellicer en ese mismo año, De lunes todo el año (Joaquín Mortiz, 1992), que ganó el premio Aguascalientes en 1991, Alguien de lava (Era, 2002), estos tres reunidos en el volumen La ola que regresa (FCE, 2006), y Delante de un prado una vaca (Era 2011, Visor 2014). Ha escrito tres libros de cuentos, La lenta furia (Vuelta,1989; Tusquets, 2002; Eterna Cadencia, 2009), La vida ordenada (Tusquets, 2000, Eterna Cadencia, 2012) y Grieta de fatiga (Tusquets, 2006; Eterna Cadencia, 2010), este último ganador del premio de narrativa “Antonin Artaud” 2006. Ha escrito dos libros de prosas, Caja de herramientas (FCE, 1989; Pre-Textos, 2009) y También Berlín se olvida (Tusquets, 2004). Ha publicado una novela, Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama, 2009), y una breve novela para niños, Cuando las panteras no eran negras (Siruela, 1996; FCE 2012). Es autor de un libro de ensayos, Los pastores sin ovejas (El Equilibrista, 1995). Es investigador en el Instituto de Filología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde trabaja actualmente sobre narrativa oral de México.