El juego de las lágrimas
Mauro Libertella


El domingo a las cinco de la tarde, cuando River Plate quedó definitivamente descendido y un grupo de agentes con camperas amarillas rodearon a los jugadores para protegerlos en el juego televisado de las lágrimas, para muchos de nosotros se terminó el siglo XX. Ya se sabe: el historiador británico Eric Hobsbawm dijo que el XX fue un siglo corto, que va de la Primera Guerra Mundial a la caída del Muro de Berlín. Pero Eric no es hincha de River, y para todos nosotros, espectadores atónitos de una pesadilla difícil de decodificar, el batacazo del domingo fue la clausura perfecta e inapelable de un linaje, el fin de una tradición fuertemente imbricada a la estructura del siglo XX.


Como el Real Madrid en España, en el esqueleto riverplatense se condensan algunos de los nudos centrales de cien años de nuestra historia. En los años cuarenta, cuando Europa era un puro escombro, Argentina se industrializaba frenéticamente, y River arrasaba en todas las canchas con una delantera de cinco jugadores a la que habían apodado, justamente, la máquina . Unas décadas después, los militares argentinos ayudaron con algunos billetes para que el Monumental terminara de construir su tribuna faltante, y mientras a metros de ahí los aviones tiraban cadáveres al río, Videla pisaba el pasto de River sonriéndole a las cámaras del mundo. Y años después, cuando la década menemista ya era un declive imparable y escandaloso, River volvía a ganar todos los títulos como un corolario que rubricaba de gloria y opulencia deportiva la década de los excesos. En 2001, con el país en llamas, River cayó en este lento crepúsculo que llega hasta el domingo helado de junio en el que, para mí, se terminó, ahora sí, el siglo XX.


El partido contra Belgrano de Córdoba en nuestro estadio tuvo todos los tics de lo simbólico. Pavone errando el penal a 25 minutos del final me recordó a Zinedine Zidane, ese francés que siempre se supo argelino, haciéndose echar en la final del mundo de 2006 y dilapidando así la posibilidad de retirarse como mejor jugador del mundo y con su equipo campeón. Es lo que en psicoanálisis llaman “neurosis de destino”. En ese sentido, Pavone no podía meter ese penal, y pegarle al medio y despacio fue una ofrenda implacable a una historia que ya estaba jugada. Borges decía que en toda vida hay un momento terrible y hermoso en el que el hombre sabe para siempre quién es. El penal fue eso: la cifra, el momento en el que todos entendimos para siempre que ahí había algo del orden del destino. Después del caos, los jugadores de Belgrano volvieron a salir a la cancha para saludar a su público. Parecían los aliados entrando a una Berlín destruida para rescatar a los sobrevivientes de la batalla. Los hinchas cordobeses aguardaban ahí arriba, en una zona insular de la tribuna, todos juntos, que alguien los rescatara. Cuando los jugadores salen a saludar, a dos horas de terminado el partido, el estadio es una tierra yerma, un elogio de la destrucción. Y si los jugadores de Belgrano salieron a la cancha para rescatar a su público de la cautividad, los jugadores de River se fueron del estadio sin decir nada. No podían hablar, porque como nos explicó Benjamin, después de una batalla el hombre pierde la posibilidad de verbalizar la experiencia. Ya no hay palabras, es el fin del lenguaje.


El pasado es un país extraño, a partir de ahora. Fatalmente, se modifica nuestra memoria emotiva y los vínculos con la historia deberán reinterpretarse. Quizá se abra una brecha generacional, y los últimos destellos que tuvimos en la cancha, se recubran con una levísima película de épica y melancolía. Quién sabe. Mi primera vez en el Monumental, cuando mi viejo me llevó a la Belgrano alta y le ganamos 5 a 2 a San Lorenzo, ya se empieza a revestir para mí de un halo ficcional, al modo proustiano. Voy a volver a la cancha, y voy a ser de River toda la vida, pero esas primeras veces que escapamos con mi viejo de las piedras del superclásico ya son parte de un pasado remoto, que ahora es patrimonio del anecdotario privado del siglo XX.



Columna publicada el 1 de julio de 2013 en la Revista Ñ .



*Autor

Mauro Libertella (Buenos Aires, 1983). Publicó notas y artículos en medios como Inrockuptibles, Página/12, Brando y Revista Ñ. Publicó los libros Mi libro enterrado y El estilo de los otros.