El lector derretido
Luciano Lamberti


1. 35 grados de calor en Córdoba. Salgo sólo para lo indispensable, con lentes negros y una toalla mojada en la cabeza. Las bibliotecarias miran la fecha de vencimiento de la biografía de Balzac y niegan con la cabeza. La tendría que haber devuelto hace un mes. Después me invitan a la presentación del libro de mi (casi) tocayo Hernán Lanvers. Es el 29, voy a ir. Los escritores populares están llenos de vida, no como los otros, y más éste que escaló montañas en África. Al cabo de un rato de búsqueda me llevo tres libros: Los detectives salvajes de Bolaño (leído como doscientas veces), la Trilogía en Nueva York de Paul Auster (leí la última parte en un librito que vino con el Página) y La mujer en la luna de una tal Milena Agus que me gustó por la tapa, pero luego de leer dos páginas me percato de que es un bodrio descomunal (106 páginas).

2. Media hora antes del taller paso por Macondo y veo que sacaron un par de bateas llenas de libros a la peatonal. Salen diez pesos cada uno y después de revolver un rato encuentro cuatro que están más o menos: un James Purdy, un Martín Walser, un Bellatin, un Stephen Crane. Al último ya lo tenía, pero me lo compré porque me gustó el formato. De los otros no tengo idea, a Walser lo oí nombrado por gente inteligente, de Purdy me gustó la tapa. El de Bellatin está infladazo. Ahora que lo escribo me doy cuenta de mis capacidades superiores para revolver libros, producto de años de práctica en las contadas librerías de saldo de Córdoba. Hay cinco o seis. Una por La Rioja al 100, en medio de los vendedores ambulantes y las ventas de panchos y hamburguesas. Tiene una sección dedicada al science fiction donde a veces podés encontrar un Pilliph K. Dick o un Robert Silverbeg, cuando no algún Stephen King del año del moño traducido por Aira. Hay una por la General Paz, al lado de los videojuegos, con clásicos ordenados alfabéticamente donde puede tocarte alguno bueno si lo que querés leer son clásicos ordenados alfabéticamente. Un sábado a la tarde se las quise mostrar a Walter Lezcano y su novia y estaban todas cerradas. Vergüenza.


3. Tengo que dejar de fumar. Lo lograron, todas esas fotos espantosas que vienen en las cajitas de los Camel 20. Mis amigos siquiatras (quizás imaginarios) me recomiendan unas simpáticas pastillas para la Ansiedad, pero antes tengo que ir a un grupo de ayuda en el hospital Tránsito. Lo bueno es que puedo tomarlo como tarea literaria. Mis sueños de ser detective privado amateur (tarea literaria importante) se ven frustrados entre otras cosas porque no sé manejar.


4. Leo Bolaño de parado en la cola del banco. Justo el monólogo de Auxilio Laucuture, que antes (o después) se convirtió en una novela independiente,Amuleto. Bolaño: último escritor del boom. El único que leyó El Quijote como se debe y le copió hasta cansarse y escribió novelas totales cuando escribir novelas totales era imposible.


5. Por la tarde, bebo jugo en lata, temo invasión zombie.


6. Minutos más tarde. Noto que mi casa es bastante segura en caso de invasión zombie. En primer lugar porque tiene una puerta de acceso que cuando los habitantes de los otros dos departamentos se acuerdan cierran con llave (yo casi nunca me acuerdo). En segundo porque tiene escalera, y como todo el mundo sabe los zombies suben las escaleras con mucha dificultad y lentitud. En tercero la presencia de una amplia terraza desde donde observar con tranquilidad a los últimos humanos perseguidos por zombies. Incluso podría invitar a algunos (no a todos, por supuesto) a ver el espectáculo, siempre que puedan subir la escalera.


7. Leo un par de cuentos por día, uno de Pritchard, que salió en la Bestia Equilátera, y otro del tercer miembro del power trío norteamericano del realismo: Tobías Woolf. A ese me lo prestó un alumno y lo leo rápido. Woolf es quizás más gracioso y efectivo que Carver y Ford. Planeo tesis: cómo escribir un cuento realista. Empieza con familia disfuncional mirando malos programas de televisión. Continúa con los problemas de alcohol y/o drogas en alguno de sus miembros. Hay un perro que ladra insistentemente en la noche, hay un confuso acto de violencia gratuita. Termina al amanecer, al lado de la ruta: el protagonista contempla a lo lejos una estación de servicio abandonada y tiene una revelación (casi) religiosa incapaz de traducir en palabras. Una perdiz sale volando desde los yuyos.



21-11-2012, Blog de Eterna Cadencia



*Autor

Luciano Lamberti es escritor y licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó el libro de poemas San Francisco Córdoba (Funesiana, 2008) y los libros de relatos Sueños de siesta, El asesino de chanchos y El loro que podía adivinar el futuro (Nudista, elegido como uno de los mejores del año 2012 por la encuesta de la revista Ñ), así como la nouvelle Los campos magnéticos (Sofía Cartonera, 2012). Actualmente vive en Buenos Aires donde dicta talleres de escritura creativa.