Debajo de un farol paraguayo
Sergio Bizzio


Pasé 1989 trabajando en la televisión paraguaya. El canal me había alojado en un hotel que lo tenía todo, desde casino y discoteca hasta farmacia y librería (una librería de bolsillo con best-séllers exhibidos en vitrinas, como incunables). Aparte del viaje ida y vuelta al canal, donde producía un programa en vivo con juegos y entrevistas, pasaba mucho tiempo en el hotel, escribiendo en la pileta o reunido con productores en el bar. Lo único que tenía que hacer para cambiar de clima era cambiar de piso. Incluso salía a bailar sin salir. El único problema era quedarse de noche sin cigarrillos. Me pasó una vez.


Enfrente del hotel había una plaza. Una plaza enorme, pesada, no recomendable excepto los sábados, y hasta ahí nomás. Era un lunes (lo recuerdo porque la semana había empezado mal, con el gerente de programación furioso por el bajo rating) y lloviznaba. Ahora digo por qué recuerdo la llovizna. Al otro lado de la plaza, cruzando de punta a punta en diagonal, había un kiosco de 24 horas. Yo tenía en mente encontrar “algo” que levantara un poco el rating. Había estado todo el día pensando en “la nota” salvadora. Así que me acoracé en esa preocupación y me lancé a la aventura. Crucé la calle. La plaza era una boca de lobo. Había recorrido unos veinte metros cuando de pronto veo una silueta que viene hacia mí. Me detuve. La silueta también. Nos quedamos quietos, mirándonos de lejos y pensando qué era peor, si dar la vuelta y huir o prolongar unos segundos más ese estereotipo de escena de suspenso en el que habíamos caído los dos. Decidimos avanzar. Avanzamos paso a paso, calculándolo todo. Finalmente nos cruzamos en mitad de la plaza, debajo del único farol encendido. Lo reconocí en el acto: era Augusto Roa Bastos.


Lo detuve llamándolo por su nombre y agregándole enseguida el título de su obra cumbre. (El resultado fue: “¡Augusto Roa Bastos, yo el supremo!”). El se sonrió, me dio la mano y nos pusimos a conversar. Fue una conversación desprolija, porque estábamos los dos interesados más que nada en serenar la respiración. En determinado momento (y por eso recuerdo la llovizna: nos estábamos empapando) me atreví a preguntarle qué hacía ahí. Es decir, en Asunción. ¿No estaba exiliado? Me dijo que acababa de volver. No recuerdo si ya le habían dado el Premio Cervantes o si estaban por dárselo, pero el hecho es que el hombre había pasado cuarenta años en el exilio y apenas de regreso en su patria yo me lo encontraba abajo de un farol. Era un hombre delicado, suave, ahora húmedo, un escritor al que había leído en mi juventud con cierta curiosidad. ¿Sería ésa la nota que tanto había estado buscando? Le conté sobre mi trabajo, le pedí un reportaje para el día siguiente (sería el primer reportaje público desde su regreso al Paraguay) y él dijo que sí con amabilidad. Y me invitó a tomar algo con unos amigos suyos que lo esperaban en el hotel. Fuimos. No sé qué tomó él. Sus amigos y yo nos bebimos una botella de whisky y en determinado momento subí a mi habitación a buscar un libro de poemas que había publicado ese año, para regalárselo.


Al día siguiente, tal como habíamos acordado, apareció en el estudio del canal. Yo había pautado una entrevista larga, mezcla de homenaje y desagravio: dos bloques enteros. Era una barbaridad (una estrella de telenovela no alcanzaba a sostener ni medio bloque), pero la hicimos igual. Política, exilio, literatura. Esos fueron los temas. Después de la entrevista se me acercó, me dijo que había leído mi libro y me preguntó sonriendo: “Bizzio, ¿usted nunca termina nada?”. Los poemas le habían parecido demasiado “fragmentarios”. No sé qué respondí. Nos despedimos con simpatía.


Yo me despedí también del Paraguay: al otro día las autoridades del canal levantaron el programa.



Columna publicada el 19 de marzo de 2013 en la Revista Ñ .



*Autor

Sergio Bizzio nació en 1956 en Villa Ramallo. Es un escritor, cineasta, músico y dramaturgo argentino.