Editorial
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En el número anterior posicionábamos a la escucha como elemento transformador y al debate sobre el acceso y el poder en el arte como las aristas desde donde encarar la crítica de la música popular de nuestra época, en contraste con las cuestionables búsquedas de autenticidad y legitimidad, que parecen seguir arraigadas al mundo del rock.


Hoy los amantes de la música tenemos al alcance de un click nuevas melodías de todo el país y de todo el mundo y los artistas un abanico de posibilidades de autogestión y promoción impensadas hace menos diez años atrás. Este es un cambio radical sin precedentes, por lo que necesitamos como mínimo cuestionar las bases desde donde partimos para criticar un sonido.


Sin embargo, a pesar de la abundante cantidad de canales de distribución digitales y del gran número de bandas emergentes que pugnan por ser escuchadas, es claro que hay un límite a esa pluralidad y que ese límite no es ya espacial sino temporal; radica por un lado en la imposibilidad humana de la escucha total de un catálogo inagotable y por el otro en nuestra valoración subjetiva del uso de los instrumentos, la producción y el mensaje global de cada artista en un momento determinado.


Entre estas contingencias y sus limitaciones se gesta un renovado espíritu de época, donde es posible crear un camino propio, recuperar las herramientas que nos dejaron nuestros ídolos y recombinarlas con las nuestras para derribarlos. “Despedazar todo y empezar de nuevo”, como decían los Orange Juice y luego pregonaba Simon Reynolds.


Creo que, liberados de las imposiciones de qué es lo auténtico y lo legítimo, debemos permitirnos dudar también de la idea de que la música es el lenguaje universal, por más que todos revuelvan a los Beatles y le sigan cantando al amor, a la amistad, a la nostalgia y al miedo a la finitud de las cosas.


No digo esto como una máxima grandilocuente, sino a conciencia de que la pretensión de universalidad en el arte -como una promesa de político en campaña- nos quiere decir algo para la eternidad y por lo tanto no nos puede decir nada para el ahora.


Hay música nueva, urgente, que nos habla a nosotros acá y ahora, y de nosotros depende apoderarnos de su potencial y exprimir hoy las virtudes de la resultante experiencia.


Juan José Méndez