La palabra inolvidable
Agustina Zelalic


La palabra inolvidable, de Gastón Córdova

(Qué diría Víctor Hugo?, 2015)



La boca, omnipresente en La palabra inolvidable. La boca que está loca, la boca gigante que dice “quiero devorar el mundo/ pero a la vez no quiero lastimarlo”, la boca del lugar común –el pez por la boca muere- operando en sordina–“cuando hablo quiero callar// cuando callo/ como el pez/ me muero por hablar”- en este libro de trenes y pescadores, que de la ley de la pesca del prólogo –“cuando no hay luna se da el mejor pique”- pasa a los pobres pescadores de Joyce del epígrafe y, al fin, al poema:



son las tres de la tarde
pero el albañil desocupado
tiene que pescar para la cena
le pregunto si es feliz cuando saca algo
me dice que es feliz
cuando el pez es grande
y se resiste
y él lo va trabajando



La precisión despojada de esos versos cortos, opacos, que hacen lugar a la vida, a la anécdota sin otra autoridad que la de haber acontecido, y basta. Porque “la palabra es la carnada” y “la plomada es el dolor”, la palabra pica y el autor tira para hacer salir la vida a la superficie. En estos versos, el peso de su falta de gravedad hunde el tono que se hace a veces seco, casi otoñal, y otras, ligero, casi alegre. Dialéctica sin síntesis como el tendido que atraviesa todo el poemario: “amor y soledad:/ dos tetas a medio tapar por una toalla rota”.


Por un lado, San Pedro, el río, vacaciones. Por otro, San Telmo, los trenes, el trabajo. De un lado, el baile; del otro, la convulsión. La palabra inolvidable superpone, desestabiliza lugares y tiempos, y para eso el método es trocar las desventajas –del niño que al jugar no puede ser adulto, y del adulto que no puede ser niño- y entonces la táctica es el desacomodo y así “los sonidos brillan de miedo” y, como si el miedo eclipsase toda la luz, las estrellas se vuelven “estrellas de ciego” y el ciego es un “ciego de boca”. Entonces hay uno que es ciego de boca y esa boca está loca además y el mundo enloquecido - y la escritura es más bien la boca abierta de la sorpresa, de la incredulidad. Algunos versos claros, clarísimos:


parten trenes hacia todos lados
pero Macarena no está en ninguno


Es la sorpresa. Constatar la evidencia e igual, en todo, el azoro. Como Kafka, que no podía creer que hubiese tantas habitaciones en Praga aunque a Milena le bastaba sólo con una. Todo un libro sorprendido por todo y en eso es muy niño, y tiene –como los niños- el decoro de reconocerlo. Y de los niños también el mirar con la curiosidad del ojo fijo y animalmente extático que encontraba en ellos Baudelaire. Es un libro del tiempo enloquecido: “rayos y truenos/ por nueve días” –pero, en un segundo, concretizado, asido, un tiempo con presencia y espesor, no redundante, presente que se fija de golpe –es un rayo y es el raye de la escritura- pero, ¿el sonido? Muy lento, otra vez – “el tímpano… el anzuelo”. ¿Con la boca ciega se podrá ver? ¿Se podrá divertirse en lo oscuro? Si el sonido brilla de miedo tal vez lo ciego sea ese fulgor estrellado, quemarse los ojos de ver, “mis pestañas son chispas”. Y entonces ver –de otra manera, no creer que el río es una densidad inmóvil porque “EL RÍO parece inmóvil/ pero baila yéndose”, como los horneros bailan break-dance.


Al mundo enloquecido y su ir frenético de tren en carrera a ningún lado se le opone un pájaro:


El zorzal rompió
la jaula de la llovizna
dando saltitos sobre el tejado.
Eso ocurrió a espaldas de mis ídolos


O el fulgor consistente de un nosotros:


mientras el temporal
hacía estragos en la televisión
nosotros jugábamos a dibujar
gotas de lluvia
con bikini


Porque son dos temporalidades las que se oponen:


los que corren al tren
me dan ternura


el amor no corre
es lento
demasiado lento
como un ÁRBOL que intenta darse a la fuga
y sólo agrieta la vereda



Y así avanza La palabra inolvidable, derrocando ciertas prepotencias con saltos bruscos que mezclan iridiscencias y simplicidad –“bajo los halos iridiscentes de las luces de la calle/ vuelvo caminando”- en un paisaje donde todo está dado vuelta –“La cancha de Arsenal está iluminada/ sin que haya partido/ La estación de Avellaneda explota de oscuridad”. También dado vuelta –tentación: como una media- el lugar común, por esa boca omnipresente. Así, las cosas no se consiguen con el sudor de la frente sino “con el dolor de mi boca”. Y de golpe, sin transición, en ese vagón helado, con el sueldo escondido en la media y la SUBE en números negativos, leemos:



Cierro los ojos.
Dormirme sería un mal menor.
Pero qué pasará conmigo
cuando mi madre aguante con los ojos cerrados
más de ocho horas.



Traqueteo del tren. Impasible. El tren, la cabeza, la boca, todo maquinando, desbocado. Está “el corazón en la boca” y, a la vez, “el dolor de mi boca/ retumba en mi pecho”. Por qué, en el cumpleaños número 29, se piden tres deseos: “no tener más boca/ no tener más boca/ no tener más boca”. Las palabras son desobedientes, todas fueron dichas (“hablar con los oídos llenos/ es mala educación// no debo hablar!”) y también son infinitas, mientras que “sus aleaciones sagradas son tres o cuatro”. Cómo decir, entonces, si las palabras hacen doler –“astillas de palabras cortan mis comisuras/ una cuelga o cuelga/ la sangre de baba”- y si



mis pensamientos son celestes
pero endemoniados
agarran caminos en mal estado
y mi boca al perseguirlos tropieza
derrapa se arrastra y vuelve a levantarse
quiere saltar pero se resbala
y otra vez boca



Pero el libro tiene también a Paula, su heroína, con un arma particular que hace juego con aquella otra que descansa en el departamento “mitad parquet sin encerar mitad cielo”: el arma contra el Lavado de dinero:



al final del mito de la boca gigante
una morocha la domó
dándole latigazos
con una ramita de uva



Pero no hay resolución ni final feliz, porque la angustia insiste:



SOS UN VENDIDO
me grita la angustia
amotinada en mis entrañas
porque una mujer es mía



y está desnuda y brilla



En La palabra inolvidable los lugares están, están los nombres, pero su consistencia es endeble. San Telmo parece estar a medio hacer “entre la basura rota de Defensa”, en las salas hay “bolsas de cal/ y un balde de cemento arriba del piano” y “esta hoja seca de tres puntas/ al pie de una escalera en construcción/ podría ser un vampiro”. En todo el asombro, como el Parque Lezama, donde “los árboles –son tipas- se yerguen y se encorvan” y el paisaje se atora de imágenes:



desde mi depto
la fronda de las tipas se ve como brócoli
más allá la cancha de Boca
y la fuerza primigenia del cántico
y dale Bo y dale Bo



Pero también “el Parque Lezama es el mejor psicoanalista” y entonces el paisaje es maleza, concierto de temporalidades



hace un calor que hace ruido
diciembre abrasa mi alma de cuerpo
el neoliberalismo es el enemigo de un albino
que no es albino: es muy rubio
los niños persiguen la pelota levantan polvo
y chillan como las cotorras en las palmeras
yo gritaba fuerte los goles
yo era un niño melancólico
yo quería morirme en la siesta de mis padres
yo hacía reír riéndome
yo camino transpirado por el túnel de tipas



Y si el espacio es inestable, entonces tal vez por eso se publicite:



compre:
alfajores Capitán del tiempo



La palabra inolvidable es un poema largo que se va hilvanando y deshilvanando, tensionado entre espacios inestables, direcciones precisas –Alvear 245- de casas fantasmas que ahora están pero son otra cosa y entonces no están aunque insistan. Y también tiempos superpuestos, la persistencia de la adolescencia –“los teléfonos públicos mueren de pie// la adolescencia no”, los recuerdos de infancia y otros más recientes. Contra la certeza indecisa de que “el pasado es lo único que se gana”, el libro apuesta por trocar, invertir, cambiar posiciones para poder decir, para hacer lugar a que haya tiempo ahora y no sólo ese estrépito incesante, los chillidos del riel. Para que así pueda ocurrir que “el río y el tren se unen/ en la calma del sol”.



*Reseñadora

Agustina Zelalic nació en Buenos Aires en 1991. Tradujo Agence Générale du Suicide, de Jacques Rigaut (1959) únicamente para regalárselo a Manuel Schifani, autor de Astiz (Ediciones Lamas Médula, 2014). En el 2014 publicó Nala por la editorial venezolana Las Injurias. Actualmente escribe un libro sobre niños, adultos y arena.