Todos éramos hijos
Marcos Urdapilleta


Todos éramos hijos, de María Rosa Lojo

(Sudamericana, 2014)



Rosa empieza su primer día de clases en el Sagrado Corazón de Castelar con un pequeño incidente: formada durante el saludo de la mañana, mientras se canta el himno, prefiere no llamar la atención general y, ante la urgencia, termina haciéndose pis encima. El relato de este momento incómodo, lleno de pudor y de vergüenza, da principio a Todos éramos hijos y pinta de cuerpo entero a su protagonista. Rosa, que más tarde va a ser Frik, es hija argentina de un matrimonio de españoles, pero ante todo es distinta: es extranjera, es freak, es una outsider que busca ser invisible: “Ni aquí, ni allí, descolocada, desajustada, incómoda, Frik se entendería siempre a medias con los habitantes de un planeta ruidoso.”


Esta extranjería que marca al personaje, que posibilita su mirada exterior de las cosas, le da también una doble filiación. Rosa es hija de dos territorios, de dos épocas, y sobre todo de dos mitologías muy distintas, pero que tienen su punto de contacto en la convulsión política. Si, por una parte, e igual que el resto de los personajes, es hija de los años que anteceden al golpe del 76, también lo es de la guerra civil española, de la que su padre Antonio formó parte activa.


Todos éramos hijos, la última novela de María Rosa Lojo, retoma el tono autobiográfico de la anterior, Árbol de familia, y cuenta la historia de Frik, alter ego ficcional de la autora. La trama es simple y terrible al mismo tiempo: sigue la vida de un grupo de jóvenes durante los años previos a la dictadura militar y muestra los distintos modos en que se involucran con la agitación política de esos años.


Las dos historias, la de la novela y la del país, encuentran a los personajes durante su adolescencia. Es una época crítica: a la militancia armada y el secuestro de Aramburu le siguen la masacre de Ezeiza y las primeras desapariciones. Y si por un lado aparecen siempre presentes o siempre latentes el conflicto y la tensión política, por el otro está el cambio de paradigma de la Iglesia católica después del Concilio Vaticano II y de la conferencia episcopal de Medellín, que decide la opción por los pobres. Estos debates troncales, el político y el religioso, no son para nada casuales: a través de la figura de Dios, en un caso, y de Perón en el otro, los dos ponen en juego el conflicto generacional que, cada uno a su modo, atraviesan los personajes. Pero además tienen una parte activa en la novela y en el destino de los personajes, hablan en nombre de la Historia, “esa intrusa que arruinaba planes y segaba vidas, sin consideración alguna por la felicidad de los individuos.” El libro está lleno de discusiones, de debates, de posiciones; la mayoría apela a la época, otros, por universales, son de una vigencia total. Así, se discute sobre el peronismo y la militancia armada, sobre religión, sobre sexualidad, sobre el rol de la mujer en los sectores más conservadores de la sociedad.


Los personajes van definiendo vocaciones. Esteban, Silvia, Francisco y Andrea eligen la militancia, Lulú la medicina, Daniel la música, Frik la literatura. Pero lo que importa es la posición, y en ese sentido Frik está en total sintonía con su extranjería: ve todo desde afuera, se juega por una visión estética del mundo que es, al mismo tiempo, un refugio ante el desastre (“Y sin embargo, aun en ese cosmos herido, dislocado por la ferocidad, había belleza”). La prosa de Lojo asume esta posición: el tono poético es marcado y oportuno, la sensibilidad de Frik, sus reflexiones, parecen llegadas de primera mano y siempre de la mano de un leguaje trabajado por la metáfora, la imagen, la comparación.


Pero la poesía no es el único género incluido en la novela: el teatro ocupa un lugar fundamental en el libro, que está dividido en tres actos. Una clave dentro de la historia es la interpretación que los alumnos del Sagrado Corazón y del Inmaculada, el colegio que está enfrente, hacen de Todos eran mis hijos, obra de Arthur Miller en la que Lojo se inspira para el título de su novela.


En la novela de Lojo, el título es igualmente universal, pero la apelación se invierte: el foco está, no en la figura del padre, sino en la del hijo que narra, rol siempre problemático que se asume para identificar a la generación de jóvenes que vivió durante los 70.


Pero además, y me parece que acá está lo más interesante de la novela, la apelación al lector es directa. Hace unos meses hubo una presentación de Todos éramos hijos en la librería Gandhi. En esa oportunidad Elsa Drucaroff hablaba de su relación con los libros durante los 70; los interpretaba, decía, como “manuales para la vida”, como objetos que mueven a la acción. Creo que algo parecido pasa con la novela de Lojo. En ese sentido, me parece que el libro tiene un carácter político no ya por el tema que trata sino por sus implicancias pragmáticas o extraliterarias, si se quiere: leer Todos éramos hijos es comprometerse no solo a revisar el pasado, sino además a tomar una postura, a decidir acerca de esa apelación directa que interpela con tanta fuerza incluso desde el momento cero, desde el título del libro. Pensado así, cuando Elena Santos, profesora modelo del Sagrado Corazón, reflexiona con sus alumnos acerca de la obra de Millery de la importancia de la identificación en el juego de personajes, actores y espectadores, da una clave de lectura, que funciona a la hora de leer la novela de Lojo pero, sobre todo, a la hora de cerrar el libro: “Sí, dice, una vez que se hizo la introspección y el reconocimiento, hay que afrontar la vida de afuera. Todos, nosotros y ellos. Personajes, actores y espectadores. Tenemos que vivir, no solo sobrevivir, como los vampiros, en el lado oscuro.”



*Reseñador

Marcos Urdapilleta. Nació en 1993 en la capital de Neuquén, vivo en Buenos Aires desde 2001. Estudia Letras en la UBA y asiste al taller literario Heterónimos. En 2014 participó del Comité de Organización del I Congreso Internacional Witold Gombrowicz como community manager y en tareas de producción.