No es floriografía
Ever Román


El hombre que hablaba en flores, de Christian Broemmel

(Décima Editora, 2015)



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Tal vez sólo sea por una suerte de azar sostenido por la comodidad que nos limitamos a hablar con sonidos. Pudimos haberlo hecho solamente y para siempre por señas; o con herramientas especialmente preparadas para hacerlo, no sé, digamos por cierta disposición de ramas y hojas y piedras, por ejemplo, o por cosas que señalamos, o moldeando estas cosas, dibujando, etc.; o bien pudimos hablar en tlöniano; o haciendo círculos de humo con nuestros cigarrillos, de noche y en la intemperie, como ocurre en una hermosa novela de Fernand Combet; o aún mejor limitarnos a los besos y caricias...

En la novela de Broemmel, Marcelo, el personaje principal, habla en flores. No a través de, sino en: la voz le fue sustituida por flores. La situación de Marcelo es, en última instancia, una condición lingüística particular, insólita, pero que, por códigos compartidos de belleza y fealdad, nos permite una aproximación a lo que dice: es un lenguaje que nos resulta relativamente legible.


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Lo que está fuera del lenguaje, bien lo sabemos, es incomunicable; pero es precisamente lo ajeno a él lo que permite el funcionamiento de la maquinaria. Elegimos hablar en sonidos: nuestro elemento es la música. La música nos envuelve y devuelve; lo que está fuera de la música, entonces, solo puede ser arte, es decir lo otro. Marcelo, el hombre que habla en flores, es, por lo mismo, un artista. Un pequeño Dios, que hace florecer el lenguaje.


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El narrador es un hombre soltero -“una máquina soltera”-, que oye la historia de Marcelo de boca de una amante, y nos la cuenta. He ahí un origen del relato. Pero este origen se abre: la amante narra algo que el soltero ya había escuchado antes; incluso sugiere que nosotros, los lectores de la novela, quizá ya estamos enterados de la existencia del hombre que hablaba en flores, pues es una historia conocida. En el célebre aparato de Duchamp, Le grand verre, hay una novia que segrega automoviline, la gasolina del amor, para activar en los solteros un acto masturbatorio; la automovilina que recibe el narrador-soltero de Broemmel es un cuento, una fábula; su acto onanista es el narrar: aquí puede pensarse una particularidad de la literatura como un onanismo con proyecciones sociales, o que al menos está destinada a otros exteriores al masturbador, a nosotros, los lectores. Las emanaciones de su deseo, sus fluidos, se vierten, por decirlo así, en la escritura. Pero, como queda dicho más arriba, este combustible del amor es anterior a la novia-narradora, ya lo tenía (sabía un poco) el narrador-soltero, e incluso nosotros los lectores: el deseo de la literatura, su origen, por tanto, no es del escritor, ni de las musas ni de los lectores, sino de todos y de nadie.


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El narrador nos habla también del origen de Marcelo, el protagonista, que es, por supuesto, doble: por un lado, es hijo de un mecánico y una catequista; por otro, cabe la posibilidad de que Marcelo sea hijo de una infidelidad de la madre con una especie de “demonio” o “ángel”. Marcelo, en todo caso, es hijo del catequismo, la mecánica y la deidad, o sea, de la literatura. Pero también es hijo de la vida: sometido a la censura, el silencio y la incomprensión; luego a la evasión de los sueños; después al amor, la traición y la venganza. Marcelo, decíamos, es un artista.


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Todo libro, es sabido, propone su dispositivo de lectura. El tema de los orígenes se extiende por fuera de la novela. Dos apartados, a riesgo y acierto de la editorial, se agregan a la composición general del libro. Con el título de “Material extra”, se suman fragmentos de la Libreta de notas, en que se recogen proyecciones de personajes y argumentos, del Manuscrito, facsímiles de páginas de la pre-novela, y de las Correcciones, que es ya la novela, con los borrones y cambios que le darán su forma final. El otro apartado se denomina “El laberinto del autor”, conformado por dos textos: uno sobre el nacimiento de la novela, Anochecer de una germinación agitada¸ y el otro sobre cómo el autor entró al mundo de la literatura, Bibliocronía. Estos apartados son el lugar de la experiencia originaria de la literatura, su aparición en cuanto acontecimiento. La novela es el brote de esta experiencia, no su producto, sino su ser. Christian Broemmel en cuanto autor, con sus apuntes manuscritos, sus borrones y su experiencia alucinatoria y de lector, logra diluirse y desaparecer en El hombre que hablaba en flores. Pero todo libro es autobiográfico. El hombre que hablaba en flores es Christian Broemmel.



*Reseñador

Ever Roman (1981). Publicó Osobuco (Ed. Pánico el Pánico) y cuentos en antologías de Argentina, Alemania, Italia, España y Paraguay. Organiza el ciclo LITERAPUNK y dicta talleres literarios. Mail: barcoborracho@gmail.com