Elegía de la decepción
Leticia Martín


Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno

(Editorial Galerna, 2015)



“Un cuerpo alcohólico funciona como una central, como un conjunto de compartimentos diferentes vinculados entre sí por la persona entera. El primer afectado es el cerebro. Es el pensamiento. [..] A partir de cierto tiempo se tiene la elección. Beber hasta la insensibilidad y la pérdida de la identidad, o permanecer en las primicias de la felicidad. Morir de algún modo cada día, o bien seguir huyendo”. La cita es de La vida Material, de Marguerite Duras. El objetivo de quien bebe es dejar de sentir, perderse, morir o seguir huyendo. Algo que, a su modo, también podría pasarle a Germán Baraja, personaje que construye Gonzalo Unamuno en su segunda novela: Que todo se detenga. La salvedad es que la sustancia elegida para dejar de sentir, perderse, morir o seguir huyendo, no es el alcohol sino la cocaína. Sí. Otra novela en 2015 sobre los efectos de la cocaína, sus formas de consumo, las sensaciones que produce y los hábitos que genera. Podríamos quedarnos con eso y tildar el lugar común, pero avancemos un poco en el análisis. ¿Qué otras líneas se trazan en la novela?


Baraja es un pibe que creció en la aparente apatía y despolitización de los 90´s. Algo de eso pregona el autor en sus intervenciones mediáticas. Algo de eso, también, enturbia y obtura otras posibles interpretaciones que harían de la novela un libro más provocador, más irritante. Porque uno no puede leer los avatares de este personaje, narrados en primera persona, sin hacer equilibrio en la frontera que divide: de un lado la evocación de lo real y del otro el maravilloso mundo de la inventiva. La elección de la persona del narrador nunca es ingenua, se sabe, y Unamuno, decidido a poner fuera un intenso monólogo interior, no deja de mostrar cierta intención autobiográfica, que también es posible leer, pero que se niega radicalmente en los discursos que circundan esta publicación.


¿No resultaría más eficiente y visceral que estos relatos se asuman como parte de la propia biografía y nos cuestionen desde ese lugar todavía más intolerable y revulsivo? No digo que sean parte de la propia biografía sino que se ficcionalicen como tales. La imagen del autor y del narrador, por un efecto de lectura, suelen asimilarse a la voz del narrador y, en este caso, ese recurso hubiera sido una excelente forma de crear contradicciones. La mayoría de los lectores sabe de la posición política de Gonzalo Unamuno y de su herencia familiar. Desconocerlo sería, por otra parte, ignorar la imagen de autor que de él construyeron los medios masivos y digitales. Partiendo de esta premisa, que las tragedias y discursos de Baraja puedan ser confundidos con el discurso y los avatares de la vida de Unamuno recrudecería el relato de un modo brutal. Un militante despotricando contra la política es una escena muchas veces más fuerte, que el retrato de un joven abúlico despolitizado de los 90´s, despotricando contra todo y, sobre todo, contra la acción política. Pero dejando de lado esta cuestión hay una serie de aciertos a nivel de la trama y de la prosa que podemos observar.


Que todo se detenga está estructurado en tres capítulos que se titulan en forma contraria a la cronología, yendo del domingo al viernes en un movimiento regresivo. ¿Es aleatorio este recurso? Tal vez no. Tal vez, por el contrario, la depresión del domingo -que no resulta en suicidio- se vuelve “el reviente” del sábado, para terminar en la liberación del viernes, donde todo sucede, todo aflora y se dice. Un viernes de verborragia y revulsión donde el lenguaje se expone guarro y hostil. Como decía Henri Meschonnic, “en el lenguaje es la guerra”, y ese es un punto de partida que Unamuno no evade. “Un día que hoy maldigo llegué a la Unidad Básica Felipe Vallese, me afilié al Partido Justicialista y no salí por años”. Quizá ese encierro del personaje en un círculo social y político, ese corsé ideológico y discursivo que lo oprime, esa circularidad a que lo condena el consumo, lo hayan llevado a un punto de saturación que termina estallando en ese fluir de la conciencia que es su voz. Germán Baraja quiere trascender en la escritura. Sin embargo se entrega a la debacle. El propio pensamiento y la certeza de que todo se degrada lo condenan al pesimismo. Germán piensa. Piensa mucho. Y eso parece molestarle porque es un pensar neurótico obsesivo que no se detiene nunca. “Fumar mata”, lee. “Fumar mata”, piensa. Sin embargo enciende un cigarrillo. Saber algo no implica creer en eso o poder con eso. La frase está sembrada a lo largo de varias escenas una cantidad de veces. Entonces uno puede interpretar que la frase es un signo que ocupa el lugar de otra cosa. ¿A quién mata fumar? ¿Quién es ese muerto que pesa en los pensamientos? ¿Está realmente refiriéndose a fumar? ¿Sólo fumar? ¿Qué fumar? Una lectura posible, entonces, es que cada vez que aparece la frase “fumar mata”, lo que se quiere decir es que vamos a morir. Que nada tiene sentido porque vamos a morir. “Fumar, vivir, todo desemboca en la fatalidad”.


¿Qué se busca en esa pintura del perfil degradado del varón militante? Unamuno dibuja su propio personaje pero a la vez esboza otros estereotipos; y desde un pensamiento que se coloca por fuera de todo, “pienso, pienso mucho”, Baraja anticipa movimientos y adivina a los demás, de los que al mismo tiempo huye y se esconde.


Hay que señalar que el ritmo de la novela va siempre in crescendo. No voy a redundar en ese elogio, pero hay que marcarlo, la prosa de Unamuno, trabajada y versada como buena poesía, se deja leer con gracia y vertiginosidad.


No resulta efectivo que de una descripción objetivista y material la narración salte a reflexiones de tono más general y emotivo, al estilo: “Son tres pisos con cuatro departamentos cada uno. No hay ascensor, la luz es mala, la esperanza nula”. Esos remates parecen querer explicar o anticipar algo, que siempre sería mejor leer. También es llamativo que sobren algunas acciones, quiero decir, que no se haya elegido elipsar determinados movimientos, por ejemplo, que luego de un diálogo con el vecino se cierre esa puerta y el protagonista deba volver a entrar a su casa. ”Cualquier cosa que necesites, avisá. Muchas gracias le digo, y perdón por la molestia. No es nada, dice, y cierra. Vuelvo a entrar”. Este abuso de la acción, sin embargo, no le impide a Unamuno dar un salto elíptico maratónico entre el primer y el segundo capítulo, pasando del anuncio de la muerte del padre a la posterior mudanza y decepción de todo. Otro acierto a señalar.


Que todo se detenga, podríamos concluir, es un libro hostil, ágil, que busca provocar rechazo y cuya narración es clara, asertiva y sólida. Sobre la base de estos cimientos bien fundados uno puede imaginar una larga pila de libros por venir.



*Reseñadora

Leticia Martin, 1975, es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) docente de la Universidad de Palermo y del Centro de Estudios Contemporáneos. Publicó los libros: Breviario o el oficio religioso (Funesiana, 2012); El gusto (Pánico el Pánico, 2012) y La coronación del peón (Milena-8vo loco, 2014). Su diario Topadoras oxidadas forma parte de la antología digital La frontera durante, recientemente publicada por la editorial Outsider. Colabora en Ni a Palos, Tiempo Argentino, Revista Paco y Revista Ñ.