La vastedad del mundo.
Marcelo D. Díaz


Rosa, de Li-Young Lee - Traducción Tom Maver.

(Barba de abejas, 2015)



a veces
no tienes ni idea
de qué debes hacer
ni de quién
se supone
que eres
ni
de dónde estás


Shaun Tan



Rosa es un libro de poemas que durante la lectura adquiere la dimensión de un relato. Una narración que ayuda a reconstruir la memoria familiar y la materialidad de la voz del poeta Li-Young Lee. O una micronovela familiar que articula pequeñas tramas cuyo fin es resolver la pregunta acerca de cómo se narra la identidad personal, no de manera ordenada sino en forma discontinua y menos que aleatoria. En el poema El regalo, por ejemplo, la acción de narrar adquiere entidad: “Para sacar el pedacito de metal de mi palma/ mi padre me recitó en voz baja un cuento./Miré su hermosa cara y no el cuchillo./Antes de que la historia terminara,/ había sacado/ la esquirla de metal de la que pensé que moriría./ No me puedo acordar del cuento/pero todavía oigo su voz, un pozo/de agua oscura, una oración./Y recuerdo sus manos,/dos medidas de ternura/que ponía sobre mi cara,/las llamas de la disciplina/que levantaba sobre mi cabeza./Si hubieras entrado esa tarde/hubieras pensado que veías a un/ hombre/plantando algo en la mano de un chico,/una lágrima de plata, una llama diminuta./ Si hubieras seguido a ese chico/hubieras llegado hasta acá/donde me inclino sobre la mano/ derecha de mi esposa./Mirá cómo limo la uña de su pulgar,/con tanto cuidado que no siente/ dolor./Mirá cómo levanto la astilla y la saco./Yo tenía siete cuando mi padre/tomó así mi mano,/y yo no sostuve ese fragmento metálico/entre mis manos pensando:/Al metal que va a/ enterrarme/lo bautizo Pequeño Asesino,/Metal Que Se Hunde Buscando Mi Corazón./ Y no levanté mi herida para gritar:/ ¡La Muerte pasó por acá!/ Hice lo que un chico hace/ cuando le dan algo para que lo guarde./ Besé a mi padre”. Es la narración lírica la que describe y contiene el proceso mediante el cual se adquiere una experiencia y expone una realidad y la hace legible en un tono casi autobiográfico como si la fábula narrada encerrara una secreta llave familiar, una verdad tácita que nos da un nombre y nos inscribe en un relato mayor.


Cuando se cuenta una historia familiar esos relatos configuran una red, una poética de iniciación dónde el aprendizaje, el legado o herencia de la familia, se aprehende, por extraño que suene, desde el olvido mismo y las palabras, los discursos, que orbitan y nacen desde el corazón de la familia funcionan como talismanes en tanto que recubren como una caricia las fisuras de nuestras historias singulares. Li- Young Lee es un autor, y esto lo explica claramente Tom Maver en el prólogo, que ha recorrido varios países, desde su lugar natal Djakarta, Indonesia, hasta USA. La migración, el desarraigo, no sólo implica un desplazamiento físico sino lingüístico y simbólico, es una realidad y una lengua en movimiento la que el poeta lleva consigo de un continente a otro. Y es la poesía otra realidad y otra lengua desde la cual decide edificar su morada. En la escritura la memoria familiar, y colectiva, aparece en forma fragmentada y como una especie de necesidad ética para ordenar los acontecimientos personales. La familia es una organización de personas que actúan y hablan juntos sin importar cuáles sean sus coordenadas espaciales o temporales, se acompañan como tejiendo una misma pieza, o entonando una misma canción, de manera sincronizada. Y a la vez es un texto que se abre y germina en direcciones diferentes y atraviesa el libro buscando llenar espacios en blanco y completar vacíos de significación. De ahí que en poemas como Comiendo juntosaparezca esa mitología familiar compuesta de rituales que se repiten en el tiempo durante años: “En la olla está la trucha/ sasonada con rodajas de jengibre,/ dos ramitas de cebolla de verdeo y aceite de sésamo./ Vamos a comerla con arroz para el almuerzo/ mis hermanos, mi hermana y mi madre, que va/ a probar la carne más dulce de la cabeza,/ tomándola entre sus dedos/ con destreza, como lo hacía mi padre/ semanas atrás. Después él se fue a recostar/ para dormir como una ruta tapada por la nieve,/ que pasa por el medio de pinos más viejos que él,/ sin viajeros, y sin extrañar a nadie.” Son rituales que la familia ha aceptado y ha mantenido más allá de los desplazamientos de un lugar a otro, un conjunto de hechos que se repiten y expresan las voces, de manera polifónica, predominantes en el entramado familiar como una brújula desde la cual cada miembro decide narrarse. No sólo se trata de poner en relieve las acciones que se solidifican década tras década sino también los versos buscan demostrar la imposibilidad de regular, o controlar, la fuerza del destino que siempre es impredecible.


La madre, la abuela, como en un ritornelo dibujan sus voces en Le pido a mi madre que cante: “Ella empieza, y mi abuela se le une./ Madre e hija cantan como chicas jóvenes./ Si mi padre estuviera vivo, tocaría/ su acordeón y se hamacaría como un bote./ Nunca estuve en Pekín, o en el Palacio de Verano,/ ni me paré en el gran Barco de Mármol para observar/ la lluvia en el Lago Kuen Ming, y a los que hacen picnic/ irse a las corridas en el pasto./ Pero me encanta oír que la canten;/ cómo los nenúfares se llenan con lluvia hasta/ que se dan vuelta, volcando agua sobre agua/ y luego vuelven a su lugar y se llenan con más./ Las dos mujeres empezaron a llorar./ pero ninguna para su canción”. Representar la ausencia implica un acto de creación, una invención que llene y cubra de sentidos la experiencia a partir de imágenes reconocidas y reconocibles. Lo que recordamos, aquello que regresa recursivamente a nuestra memoria, es muy significativo para nosotros porque por alguna razón establece una relación más allá del simple recuerdo y se instala en el territorio de lo incierto, de lo desconocido, casi en los límites de lo inenarrable, ahí es donde la poesía extrae acontecimientos de lo más hondo de la experiencia y le otorga significación.


¿Cómo se puede reproducir un efecto idéntico (un significado exacto) al miedo, a la pérdida y al dolor? Tal vez únicamente por medio del miedo mismo, de la misma pérdida y del mismo dolor por más que parezca una tautología son detalles concretos, imágenes y palabras puntuales, las que hacen real nuestra experiencia en la tierra y, como decía antes, articulan nuestra identidad como si fuéramos el resultado de una cosmogonía familiar: “El sonido de 36 pinos uno al lado del otro rodeando/ el patio y moviéndose toda la noche como himnos individuales es el sonido/ del agua, que es el sonido más antiguo,/ el primer sonido que olvidamos /(…)El agua es el signo de vida de mi padre./ Hijo del agua, va a morir a causa del agua,/ el elemento que gobierna su vida va a sacársela./ Después de que se lo dijera un hombre sabio en Shantung,/ después de casi morirse ahogado dos veces,/ evitó el agua. Pero el signo del agua/ es un signo que fluye y va a donde vayan sus hijos./ El agua invadió el corazón/ de mi padre, hinchado, pesado,/el doble de grande. El hígado/ hinchado. Las piernas hinchadas./ Los pies se convirtieron en globos./ Una máscara de oxígeno lo hace parecer/ un buzo. Cuando apoyo mi cara/ sobre la suya – el sonido del agua/que regresa.” El agua es una materia que circula a través de la totalidad de la naturaleza en múltiples formas. Su asimilación no sólo significa vitalidad sino que en determinadas escenas puede asociarse con la extinción y la desaparición, es su ambivalencia el núcleo, el plano, desde el cual cada miembro del árbol familiar habla y es escuchado. El agua es un habitáculo, es una zona de frontera, una bendición y es un diario flotando a la deriva en un dique profundo con los nombres de todos los antepasados de Li- Young Lee grabados en sus hojas.



*Reseñador

Marcelo D. Díaz 1981. Licenciado en letras. Premio Bienal Arte Joven Universidad Nacional del Litoral. Publicó en el año 2007 el libro de poemas “La sombrilla de Wittgenstein” (Reeditado en el año 2013). En el año 2011 publicó el libro “Newton y yo” (editorial Nudista). En el 2014 “El fin del realismo” (Viajero insomne). Y en 2012 publicó el ensayo “La máquina de enunciación K” (EDUVIM). Participó en la antología de jóvenes narradores “Es lo que hay” llevada a cabo por Lilia Lardone en el año 2009 y de las antologías de poesía “Penúltimos: 33 poetas de Argentina (1965-1985)” selección a cargo de Ezequiel Zaidenwerg (UNAM.2014) y “20 años agarrándose los dedos con la puerta” por Llanto de mudo ediciones (2015). Y en el año 2015 editó en coautoría el libro “Los fuegos de Orc: antología de poesía y ciencia ficción argentina”