Corporal Ciudad
Juan Alberto Crasci


Corporal Ciudad, de Andrés Alvarado

(Qué diría Víctor Hugo?, 2015)



Conocí a Andrés Alvarado por medio del poeta Javier Galarza. Andrés aún no había publicado El día de la lluvia (Ruinas Circulares, 2012), su primer libro, mientras yo transitaba el camino de poner en marcha un nuevo proyecto editorial (añosluz editora). Nos vimos en ciclos, lecturas, presentaciones, eventos… En ese momento yo mantenía una columna de literatura –centrada en la difusión de poesía argentina contemporánea– en una radio FM, y ni bien supe de la publicación del libro de Andrés, lo invité a presentarlo allí. Así es como El día de la lluvia llegó a mis manos. Y así leí con sorpresa una serie de poemas con una sintaxis quebrada, con un lenguaje partido al medio. En ese libro los sustantivos, adjetivos y verbos, quirúrgicamente ubicados, se sucedían, poema tras poema, casi sin articulación. Por ejemplo, leía: “bajo cama niño implora/ madre oculta/ niño negado habla/ oscuro no puede// NO!”, o “el día de la lluvia/ avisté la patria// grieta en el cielo// incierto/ mundo/ violento/ abrió.”. No puedo más que coincidir con las palabras de Javier Galarza en el prólogo del libro: ese violentar el lenguaje era la única manera posible que tenía el poeta de hacerse cargo de la temática abordada en ese conjunto de poemas. El trabajo poético sobre la muerte del padre debía hacerse de ese modo y no de otro. Y una de las inquietudes que se abrió ante mí fue la de la continuidad del trabajo del poeta. ¿Qué podrá suceder en un próximo libro de Andrés? ¿Podrá llevar al lenguaje un paso más allá? ¿Encontrará la forma de redoblar la apuesta? ¿Hacia dónde dirigiría su búsqueda?


Y ahora, con Corporal Ciudad (Qué diría Víctor Hugo?, 2015) en mis manos, me encuentro ante otra sorpresa. Leo a un Andrés más seguro, asumiendo ciertos riesgos formales –ya presentes en su trabajo anterior–, aunque sin la necesidad de demostrar, de hacer de ese modo utilizado en El día de la lluvia el predominante en esta nueva serie de poemas. Y esto se da no porque varíe el modo en el que la voz del poeta plasma la experiencia –siendo el laconismo y la precisión las principales virtudes de ambos poemarios–, sino porque se adecua a los ritmos y cadencias del concepto abordado en este nuevo trabajo. La ciudad impone sus ritmos y sus formas, y el poeta atento logra capturarlos.


Estamos ante un libro breve, pero en el que se hacen presentes diversos registros. Desde la sintaxis rota y el intimismo hasta la atenta observación del mundo –como lo anticipa el epígrafe de Raúl González Tuñón: “el creador (…)/ suele andar, si es auténtico, contemplando los mundos”– y la incorporación de canciones o diálogos, como por ejemplo el que se da entre un colectivero y una pasajera: “señor chofer/ conduzca con calma/ haga el favor // señora,/ triste señora,/ no tengo calma/ me la robaron/ creo que antes/ de antes de ayer”.


El conjunto de poemas presentado en las treinta y seis páginas de Corporal Ciudad puede leerse como el recorrido que hace el poeta por el centro de la ciudad durante un día. Desde el amanecer de un lunes –en los poemas despertar de insomnio, lunes, arribo– hasta la medianoche del mismo día –noche de arena, sol negro, russian dance–, pasando por la jornada laboral y los viajes en transporte público –la hora del declive, canción de la vuelta a casa, la hora de la melancolía, última estación. En la tapa del libro –la menciono porque la fotografía es de autoría del poeta y será uno de los rasgos distintivos del criterio de esta nueva editorial dirigida por Andrés y por Gastón Córdova– se hacen presentes unos edificios que se erigen oscuros, a contraluz, ante un cielo nublado, furioso, naranja –“la naranjanía del ocaso”, verso inicial del poema jazz del macrocentro– que nos envuelven en un clima opresivo, asfixiante, desesperanzador. La ciudad que toma fuerza y se hace presente en los poemas está trabajada alrededor de lo que la portada anticipa. Esta ciudad monolítica y maquinal, que funciona más allá de los deseos de las personas, no hace más que oprimir, enajenar y aniquilar a los humanos que la habitan. El día a día, el regreso de lo mismo luego de las horas de descanso, es el martirio de los seres: “fractura expuesta de lo cotidiano// hemos perdido la siesta/ ¿el gorjeo de los pájaros?/” o “no duele lo perdido/ duele lo cotidiano”. Bondis, trenes, edificios, bullicio, quejas, cuerpos rotos, lamentos y crímenes se pasean por entre los versos a modo de catálogo triste, de monumento de lo que puede una ciudad: “chillan las madres del crimen pendejo/ enviuda esposas lo desintegrado// caen a mansalva bajo sol furioso/ condenados hijos de quiebra profana/ cantan balean cantan/ balean cantan/ con cara de adiós”. El amanecer, desarrollo y ocaso de ese lunes puede ser leído como el desarrollo de un día cualquiera en la vida de cualquier persona que se movilice por una ciudad grande siempre y cuando esté atento y pueda ver, y que no sea un cuerpo que –parafraseando al poeta– baje, camine, mire sin pensar la tristeza del mundo. Es más que atinada la elección del otro epígrafe del poemario: “El zorzal llama a los montes”, de Juan L. Ortiz, con su invitación a dejar la urbe deshumanizadora.


El poemario de Andrés Alvarado viene a mostrarnos cómo “arden las cosas en el culo del mundo”, pero sin dejar de sentir –de manera esperanzadora– que “cambiará todo! en todas partes!”, como dijo Friedrich Hölderlin, porque ¿no es alumbrar el cambio la finalidad de la poesía?



*Reseñador

Juan Alberto Crasci (Buenos Aires, 12 de noviembre de 1982). Cofundó Editorial CILC, con la que trabajó entre los años 2006 y 2010. Manejó el espacio cultural Casa (sic) entre 2010 y 2014. Desde 2012 lleva adelante el proyecto editorial añosluz editora, junto a Sebastián Realini y Florencia Piluso. Ideó y coordina el Mundial de Poesía. Produce, junto a Augusto Coronel Díaz, el Ciclo Despierta!, orientado a la difusión de bandas de rock independiente. Con Sebastián Realini y Walter Godoy produce el ciclo literario Libro Completo. Ideó, compiló y editó para añosluz editora la antología poética mundialista Himnos Nacionales, en la que 25 poetas escriben sobre los jugadores de la selección argentina participantes en Brasil 2014. Publicó las plaquetas de poesía Hendidura (2008), El achique de Dios (2008), Siesta, (2009), todos por Editorial CILC.