#1
Leandro Ávalos Blacha


Caí, como se dice, rendida. Los alumnos y las maestras habían dejado la escuela. Solo quedaban las porteras y quise aprovechar esos minutos de tranquilidad para adelantar y ordenar el trabajo. Carpetas de todas las formas y colores posibles se acumulaban en pilas sobre el escritorio. Lo único que no faltaba en la escuela eran problemas. Después llovían las denuncias y las acusaciones: de chicos a maestros, de maestros contra chicos, de padres contra docentes, y viceversa. Por no hablar de las peleas entre los propios maestros. Para mantener de pie este colegio había que pensar como militar más que como docente. Y si había alguien que podía ordenar la peor escuela del distrito era yo. Se trataba de un desafío. Las directoras que me tenían bronca por conservar mi trayectoria impoluta me miraban como a una loca al saber que la había elegido.


A pesar del esfuerzo, aquella tarde no llegué a ocuparme de los pedidos de reparaciones de los baños y me quedé dormida. Desperté de noche. La luz de la dirección era la única prendida en la institución. Tenía llamadas perdidas de mi marido y de mi hija. Les avisé que estaba bien y que me iba a casa de inmediato. Guardé las llaves en el bolso, tomé las cosas y salí a dar una vuelta por los pasillos para asegurarme de que todo estuviera en orden. Mis pasos retumbaron por el edificio vacío.


Lo mejor de esa escuela, lejos, eran las porteras. No sé cómo se las arreglaban para limpiar tan rápido, pero el piso relucía. Se notaba que también ellas apreciaban mi trabajo y los cambios que prometía mi llegada al colegio. Contenta por el orden del establecimiento, me disponía a salir cuando una luz apareció en el patio. Asomada a la ventana, tuve que cubrirme los ojos para soportar su intensidad. Era un círculo luminoso junto al mástil. “¿Quién anda ahí?” grité, mientras buscaba el celular para llamar a Ernesto o al 911. Pero entonces las luces decrecían y reconocí la silueta de una mujer, en el piso, que comenzaba a incorporarse apoyada al mástil. Antes de acercarme medí sus fuerzas, su tamaño, para asegurarme de que podía defenderme si era una ladrona. No se trataba de una jovencita. Más bien tendría mi edad. Pero no podía deducirla con claridad. La intrusa se me hacía visible por partes: unos pies muy pequeños, casi de niña, piernas chuecas y peludas como su entrepierna, un estómago prominente de embarazada, pechos ínfimos, una piel amarillenta, la larga cabellera blanca, la fealdad de unos ojos enormes demasiado separados, una nariz fina y casi ausente. Imaginaba que cada uno de sus rasgos la hacía una criatura horrenda y sin armonía, pero no podía apreciar el conjunto en su totalidad. “¿Está bien? ¿Cómo entró acá?” pregunté. Hablé seria y firme, para que no me creyera asustada. La mujer se volvió y empezó a caminar en mi dirección. Lo hacía con dificultad, arrastrando la pierna izquierda. Me acerqué para ayudarla. Mientras llegaba a ella, hizo el gesto de tomar algo que cargaba encima y lo arrojó hacia mí. Por instinto me cubrí para protegerme la cara, pero no hubo ningún objeto que volara. “Se va ya mismo de esta escuela…” le advertí. Mis amenazas se quedaron sin palabras. Cuando quise moverme noté mi pierna izquierda pesada y torpe. Me había pasado su renguera. Ella avanzaba ahora con total normalidad. Creo que hasta adoptó una expresión sobradora. No me salió un solo grito. Me congeló el miedo.


La extraña, ya cerca, repitió un gesto similar, esta vez más suave, como si se sacudiera el polvo de su hombro y se alejó. Fue apenas un parpadeo. Caí de rodillas ante la aparición en mi cuerpo de la pesada panza y la cabellera que ella llevaba hasta entonces. Grité y la insulté, mientras se iba con mi peinado, con mi andar y con toda la normalidad que le había dado sentido a mi vida.


*

Ernesto acudió a la escuela preocupado por mi demora. Recuerdo la distancia desde la que me miraba intentando reconocerme en ese cuerpo tendido, apuntándome con el arma. “Sí, soy yo” le aseguré y, quizás, lo más fiel que me quedaba era la voz, pues al oírme se convenció. “¿Qué pasó?” quería saber mientras me ayudaba a incorporarme. Entre todo lo extraño, elegí que supiera lo más difícil de explicar: “estoy embarazada”.


Fuimos directo al Sanatorio Modelo donde me hicieron un chequeo de rutina. Salí con una larga lista de estudios para los días siguientes. En líneas generales, mi salud estaba bien. “También la de su hijo” agregó el médico. Hasta que me fui del consultorio, no cambió el tono recriminatorio por ser la primera vez que, con mi edad, me hacía controlar un embarazado tan avanzado. Llegó a decirme negligente. No lo insulté, porque lo conocía a Ernesto. ¿De qué me podían servir todos sus títulos para explicar lo que me había ocurrido? Ni siquiera lo intenté. Le rogué a Ernesto que me llevara a casa. “¿Cómo a casa? ¿Y la denuncia?”. Lo dijo por decir. Nadie iba a querer oír la historia de una loca. En mi interior no pasaba un minuto sin pensar a quién tenía que responsabilizar por ese ataque.


*

La primera noche, Ernesto me vio dormir desde una silla en el rincón. “No te preocupes, todo se va a arreglar” me decía. “El pelo se tiñe, la pierna seguro el médico te la cura y lo otro…”. Me miró en silencio. “¿Y lo otro qué?” lo apuré. “Lo vamos a tener”. Ernesto no se detenía a pensar que no sabíamos de qué criatura hablábamos. Después entendí que la perdida era yo. Los dos vivíamos poniendo el pecho a lo que fuera, él en la policía; yo en la escuela. Al día siguiente llamamos a Isabel y la invitamos a comer. La esperé sentada, para que no me viera caminar y con el pelo envuelto en una toalla. Ernesto fue muy directo. Casi no le dio tiempo a sacarse el abrigo que ya le avisó: “hija, vas a tener un hermanito”.


Isabel nos insultó de arriba abajo por la inconsciencia de traer a un chico al mundo a nuestra edad. Me mordí la lengua para no contestarle. A la hora de criarle al hijo, mientras ella andaba con sus novios de aquí para allá, éramos lo suficientemente buenos. Ernesto no aguantó. Quería a su nieto, pero cada vez que lo veía no podía evitar pensar que de todos los policías con los que su hija se pudo acostar, eligió al más inepto. Claudio salió al padre. Isabel fue directo a la puerta. Dijo que no contáramos con ella para nada, que nos íbamos a morir antes de que el chico creciera y que se tendría que hacer cargo, con todos los compromisos que ya tenía en su vida. Le indiqué a Ernesto que la dejara irse tranquila. Isabel no tardaba más de un par de días en aparecer para pedir algún favor.


Me preocupaba más la escuela. Ernesto dijo que eso no se discutía: tenía que tomarme licencia y descansar. “Bienvenida a la vida de enferma” exclamé mirando mi cabellera suelta en el espejo.


*

Ernesto se equivocó con la pierna y con el pelo. Ninguno tuvo arreglo. No había tintura que le diera color al cabello ni forma de cortarlo. Era una fibra resistente y elástica. Ni siquiera la destruía el fuego. Lo más tortuoso era el calor que me producía.


Me enteré de los chismes que corrían en la escuela sobre mí por algunas conocidas con las que hablé por teléfono y por las porteras. Una de ellas pasó a dejarme una tarjeta de parte de todas esperando mi pronta recuperación. La atendió Ernesto. Le dijo que yo descansaba y que me daría sus saludos. Comencé a mensajearme con ellas casi a diario. Era bueno tenerlas como espías.


Ernesto, más allá de atenderme en todo lo que podía, se puso a trabajar horas extras para afrontar la nueva situación. Pasaba bastante tiempo a solas, dedicada a buscar información sobre apariciones, extraterrestres o cualquier fenómeno paranormal que pudiera asociar a mi caso. Claro que había una infinidad de testimonios de personas que se materializaban de la nada en todo el mundo. Encontré casos de mujeres abducidas que eran devueltas al planeta embarazadas, a veces siglos antes o después del momento que fueron raptadas. No me animaba a juzgar cuáles de ellos podían ser mentira, luego de experimentarlo en carne propia. Lo que era seguro es que ninguno de los relatos se acercaba al mío en la inmediatez con la que se produjo. No me llevaron a ningún lado, no me estudiaron. Solo necesitaron un segundo y un mínimo de proximidad para hundirme en esta realidad. Tras las primeras semanas en las que todo lo veía negativo, me entusiasmé con la posibilidad de que también hubiera recibido algún poder, nuevas aptitudes.


Ernesto seguía buscando en la base de datos cualquier rostro que se pareciera en algo al identikit del atacante. Aunque ninguno lo decía abiertamente, creíamos que ya no lo encontraríamos cuando en una de mis peores noches volví a dar con ella. Hojeaba las noticias de educación del diario El Sol y allí estaba en una foto. Me costó creerlo. No reconocí a la mujer por sus facciones en sí, sino por la imposibilidad de verla. En algún acto, el intendente de Quilmes posaba con gente de los gremios docentes y personas de Educación, entre ellas “la inspectora del distrito María Marta Espínola”. Lucía bien arreglada, formal. Pegué el recorte a mis ojos para apreciar su corte de pelo, que no era otro que el mío. Por algunos segundos se me hacían presentes sus rasgos monstruosos en la cara, pero con idéntica rapidez parecía olvidarme de ellos.


Me puse a buscar noticias sobre aquella arribista. La tal Espínola aparecía en cuanto acto político había, siempre en un lugar cercano al intendente. ¿Cómo había escalado posiciones tan rápido? ¿A qué pobre inspectora pudo despojar de su puesto para llegar allí? Me persigné de solo pensar en Sarita Rivas, la esposa del intendente y quizás la inspectora histórica del distrito. Mi contacto con Sarita, últimamente, había sido por Facebook. Claudio iba al jardín con uno de sus nietos. De todas formas, ella tenía el tacto suficiente para no hablar de los chicos y evitar comparar la brillantez del suyo con las falencias del mío. Hacía tiempo que no sabía de ella. Ya no me mandaba vidas en los juegos ni superaba niveles en el Candy Crush. En su perfil, encontré varias fotos de lo que se decía era su fiesta de jubilación. Sara te mandaba al diablo cada vez que le preguntabas si pensaba en su retiro. Tenía una energía endemoniada para su trabajo y posiblemente era esta la que la mantenía tan joven. Toda esa luz que la caracterizaba, en las fotos, había desaparecido. Sarita estaba vieja y tan seria como nunca la vi en mi vida. En el fondo de las fotos aparecía siempre Espínola como una sombra de Sara y con la mirada clavada en ella. Ansiosa llamé a Ernesto y le pedí que no volviera tarde, que tenía novedades importantes.


Como si lo que llevaba en el vientre hubiese intuido que hablábamos de su verdadera madre y que estaba en peligro, comencé a sentir patadas y golpes de la criatura en el interior. Algo parecido a unas uñas o garras se prendían de mis entrañas. Me tiré en la cama retorcida de dolor. Llegué a pensar en tomar el arma y pegarme un tiro para terminar con el sufrimiento, pero la sola idea de moverme hasta la mesa de luz era un esfuerzo sobrehumano. Tragué unas cuantas pastillas de lo que fuera que encontré a mano y esperé a que todo se nublara.


*

Ernesto me llevó a la ducha, me hizo vomitar y desperté bajo el agua fría. El dolor no se había ido, aunque cambió de forma, era de otro tipo. Me extrañó la palidez de Ernesto, a quien pocas cosas lo impresionaban. Siguiendo su mirada vi que esta se posaba en mi vientre. El agua de la bañera, al igual que mi ropa, estaba teñida de sangre. Intenté incorporarme. Ernesto me pidió que me calmara, casi lo ordenó. Me limpió el rostro y el cuerpo con la esponja, ahora con el agua más tibia. Mi tranquilidad era una farsa. Quería levantarme y correr al espejo a estudiarme. Ernesto me envolvió en el toallón y me llevó en brazos a la cama. Había cambiado las sábanas. Las otras estaban tiradas en el rincón. A pesar de sus negativas, me puse de pie. La alfombra era un charco de sangre del que salían dos pequeñas huellas en dirección al living. Mientras las seguía, tiré el toallón y me observé desnuda en el espejo de la pared. “Se fue” dijo Ernesto a unos pasos. Mi cuerpo era el de antes. Conservaba el cabello blanco, pero el vientre abultado había desaparecido. Las huellas continuaban por el pasillo, trepaban a la pared y desaparecían por el hueco de la ventilación. Ernesto repitió “se fue” y me abrazó, como si todo realmente hubiese terminado.



*Autor

Leandro Ávalos Blacha nació en Quilmes, en 1980. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y asistió al taller de Alberto Laiseca. Publicó Serialismo (Eloísa Cartonera, 2005), Berazachussets (Entropía, 2007), ganadora del Premio Indio Rico de nouvelle, elegida por César Aira, Daniel Link y Alan Pauls, y Medianera (Eduvim, 2011). Este relato formará parte del libro “El gol invisible”.