Las cosas del mundo que salieron mal (fragmento)
Ángeles Salvador


Gabriel, el hijo ciego de José, tuvo una novia, una chica rara a la que le decían Connie, por Constanza, que lo ayudaba con la computadora. Gabriel se bajaba películas y las ponía en carpetas armadas por género y por autor y por vistas y no vistas y en algunas otras subcarpetas acotadas como “Beatles”, que significaba que eran películas con canciones de los Beatles, u otras más rudimentarias como “Internacional”, pero se le complicaba respetar su propia estructura de orden y se le acumulaban. O le pasaba que dejaba archivos repetidos en distintas ubicaciones y no le quedaba lugar en el disco, como a cualquiera, y entonces, Connie, que veía bien, le leía las carpetas por dentro, en voz alta, y le iba borrando lo que él pedía para hacer espacio, con cuidado y con paciencia. Connie era muy parecida a la hija del de Aerosmith pero con ojos marrones. La relación de los dos era esporádica en el sentido de que no era mullida. Más que nada hablaban por teléfono, otras veces ella venía para llevarlo al médico porque, encima de todo, Gabriel tenía una salud desastrosa, o al ANSES, a hacer los trámites por la pila de pensiones que tenían Gabriel y Sandra, que eran discapacitados múltiples y huérfanos múltiples, o a veces lo llevaba a comprar ropa, o cuerdas para el bajo en una casa de Yamaha en la calle Talcahuano. En verano yo los mandaba a comprar helado para todos. Ella lo había animado a reconciliarse con el bastón blanco y, de a poco, Gabriel, del brazo de Connie, fue ganando la calle. Ganar la calle hasta ahí, porque ganar la calle es otra cosa, le habría dicho José, su padre.


Cuando Connie lo dejó a Gabriel nos dimos cuenta de muchas cosas traicioneras que le había hecho: que le pedía una parte de las pensiones, una especie de sueldo, que lo mataba de celos tipeando horas y horas y haciendo risitas en el chat cuando se encerraban en el cuarto, y que Connie tenía sexo virtual con mejicanos y chilenos, con españoles, de un foro hispanoamericano sobre Radiohead, al lado de él. En el historial le quedaron cosas guardadas, que yo vi mucho después, gracias a un técnico de la Avenida Rawson que sabía mucho de software de reconocimiento de voz porque había trabajado en una biblioteca braille o ex braille del barrio de Once y a quien le daba lástima la historia y que a medida que iba encontrando cosas me las pasaba a un pendrive que dejábamos en el estante de las fotos de la tía. Vimos, por ejemplo, cómo ella ponía la cámara apuntándose al pecho, se levantaba la remera de la banda con la tapa de Pablo Honey, se masajeaba un poco, como en una parodia fresca de algo sexualmente profundo que nunca le pasaba, a pedido de un boricua de nick Roy, y decía sí, sí, o no, no, con la cabeza, o si no escribía (recuperamos conversaciones guardadas), escribía como una loca y sin variación preguntas de aprobación, alguna que otra mala palabra sin espesor para el escándalo --no sabía muchas--, y después se paraba, mostraba el culito entero y desnudo con unos bailecitos groseros, un repertorio de visiones pornográficas frágiles, como ella y sus amigas y su primaria y su secundaria y su barrio de Devoto. Una secuencia de muestras que era fruto del pedido de sus partenaires virtuales, de los foristas de Radiohead, gente formada con estímulo visual concreto y genital, archiduplicado, plagado de unos y ceros. Y Connie, para disimular, o para excitar perversamente, desafiante, a sus amigos del chat, hablaba con Gabriel en simultáneo, para que sus espectadores escucharan al ciego. Le decía: “Gaby, ¿tenés hambre? Gaby, ¿te hago mate? Gaby, ¿te doy un besito?” Y quedaba grabado cómo el pobre Gabriel le decía todo el tiempo ¿qué hacés, qué hacés, estás bailando?. También pudimos deducir que le hacían transferencias bancarias --la chica les daba el CBU de la madre-- por incluir a Gabriel en el videochat sexual, pero que Gabriel no sabía.

Gabriel era raro para el sexo, es raro, pobrecito. Medio que se desespera, medio que se ríe mirando al cielo, a su capota, en realidad. Como que disfruta demasiado para lo que puede soportar una mujer. Era egoísta, pero no era su culpa. Piensen que el tipo vive así: solo. Entonces coger con Gaby se sentía como coger con un agujero negro autoplacentero, lleno de poros, hiperestimulado por (ella, una) un cuerpo oscuro, informe, sin norte y sin sur, que emana aromas aumentados: así te devolvía el cuerpo Gabriel para tu conciencia. Había que frenarlo, que guiarlo. Siempre llegaba un momento en que la veías a Connie desencantada, paranoica, tratando de hacerlo acabar cuanto antes, y al chico le costaba acabar porque no tenía una noción del afuera muy consolidada, y no era que no gozara, al menos por cómo gemía constantemente en los videos ni yo ni nadie podría afirmar eso, más bien era que se iba por las ramas porque le faltaba el límite que te dan los ojos, el paisaje sexual necesario, reflejado en miniatura en las córneas para espejar al otro, la hermosura que se mira: Liv Tyler, en este caso, en el video en el que hace pole dance para la compañerita. Al final de estos trabajos, siempre se la veía a Connie sacándole el forro a Gabriel con desdén, como si aparte fuera paralítico, mostrándolo a cámara y yendo a tirarlo al baño. Daban ganas de matarla.


Pero hubo algo peor: y es que fue Connie la que le metió la droga. Connie y las amigas paraban con unos pibes del maxiquiosco de Rawson y Zuviría, que a su vez era un quiosco de drogas clandestinas, ilegales, como dice la canción. Gabriel se compraba en el quiosco los Marlboro Box y las Tic Tac y a veces le compraba Batones a la hermana, por eso se conocieron. Creemos que fue todo premeditado, o tal vez no, tal vez Connie se enamoró desde ese lugar vanidoso que escondemos las mujeres, tal vez Connie infló su samaritanismo para equilibrar, frente al sordo cielo, las cosas del mundo que salieron mal. O probablemente tenía miedo de los chicos del quiosco, más violentos, ingobernables, como todo hombre de negocios, que eran mucho más suicidas y graciosos que Gabriel cruzando Rawson para comprar tabaco, como para animarse a meterse en serio con alguno de ellos. Tal vez Connie no sabía qué hacer. La cuestión es que a alguno se le ocurrió la veta: convertir al ciego en mula, o en mera pantalla, o en señuelo, una idea idiota, porque de todas maneras había que esforzarse mucho en engañarlo, y luego en convencerlo, adiestrarlo pero a su vez no quitarle la ternura, no lo decían así, pero lo intuían, gracias a la clarividencia ajena que te da la droga, no solamente tomarla: si la vendés también. Ese fue el papel que cumplió Connie; sólo una chica con la cara de Liv Tyler puede hacer algo semejante. Para cuando Connie lo dejó, luego de dos años de noviazgo, de sociedad ilícita, Gabriel era dealer de cocaína y de éxtasis y lo respetaban narcos y clientes porque no les veía las caras, y Sandra y yo empezamos a ayudarlo para que no lo mataran y para que se olvidara de ella.


(...)


La primera noche la pasé en el mismo pasillo porque no me podía levantar. Me atendió Sandra con lo que tenía a mano. Me trajo agua, almohadas, y un acolchado, me hizo nebulizaciones, me drogó con analgésicos comunes de los que tenía yo en la cartera: un ibuprofeno forte, es decir 600 miligramos, que trae un shot de cafeína como componente extra, y a las horas me dio para que tomara una dosis muy muy baja de ácido, para que no me entristeciera por los golpes que me habían dado. Lo conversamos, lo discutimos, y yo acepté. Hubiera aceptado que me pegaran un tiro de gracia también. Sandra sabía muchas cosas que hasta ese momento yo no sabía que las sabía. Todo el departamento estaba a oscuras. Sandra, que era una persona llena de dobleces, por momentos lloraba al lado mío, sentada en el piso, luego se iba y tardaba años en volver conmigo. Oí que le abrieron la puerta a algunas personas con las que conversaban, escuché una voz ronca que decía: Dark, tenés que bañarte, man. Y la voz de una chica, tengo el taxi abajo, pero te hago un pete rápido, Dark. Y sentí los gemidos de Gabriel que venían desde el pasillo que distribuye la cocina, el comedor diario y la parte de servicio, y cuando parecía que ya no estaban, se volvía a escuchar la voz de la chica pidíendole que terminara, que el taxi estaba abajo, y a Gabriel diciéndole: no sabés petear. Por lo menos tres veces más los escuché. Y después pusieron la música italiana a todo lo que da.


A pesar del dolor, que era colosalmente eléctrico, no tuve miedo de agravarme. O tal vez sí, pero no era algo que me preocupara porque tuve una fuerte convicción de que Sandra no me iba a dejar morir aunque estuviese ciega y confundida. Y me metí en su cabeza, telepáticamente o ficcionalmente, nunca lo voy a saber, y vi que ella me cuidaba con su mente y que tampoco le tenía miedo a nada. Ví cómo pensaba en médicos y eso me dio esperanzas, supe que de última, tarde o temprano, ella me iba a buscar un médico. En la cabeza de Sandra había color rojo, y algunos tonos de violeta, es decir que tenía el azul también y por eso pudo formar el violeta, pero pobre, por separado el azul no estaba distinguible. Lo rojo era, dentro de lo brillante que es el rojo, bastante oscuro, era un rojo antiguo, marciano. Monótono, eso era por el defecto físico que no le permitía ver y por tanto, estimular con los rojos de afuera, de las frutillas, de la sangre, del que viene en los pomos de témpera, del de los ojos de las fotos, a su propio rojo cerebral. Vi a José y a Bibiana, rojos y negros Stendhal, convocados a ser primos eternamente en un dormitorio rojo que era un genoma Ramiro en realidad. Quise interpretar eso, como trauma o como origen del trauma, o como origen de Sandra, tal vez nuestro origen vive adentro nuestro, pero no terminaba de tomar partido porque inmediatamente veía una maleza roja y vegetal que plumereaba la cabeza de Sandra por dentro. Era confortable. Había subniveles de plástico rojo que en realidad no eran tal cosa, pero el pensamiento de Sandra tenía un piso que era así. En esos subniveles, como piletones, estaban las sopas elementales, lo que hace que Sandra piense como piensa. Y en un lugar más alto corría una brisa violeta que se corresponde con la sensualidad del pensar, o al menos eso yo experimenté. Sandra pensaba sensualmente pero no lo decía. El nudo del espanto era, lo pude ver, el corte que ella le hacía a los nervios de las córneas, era incesante, se veía a cada rato cómo las córneas golpeaban a la puerta, por decir algo, cómo hacían su trabajo e invariablemente fracasaban, era como querer estornudar y no poder o como querer acabar y no poder, pero toda esa energía generaba mínimas supernovas de dolor, las vi, eran blancas y luego rojas, que, a Sandra, le hacía preguntarse dos cosas: ¿Cuando va a terminar todo esto? y ¿Soy yo misma?



Aclaración

Este texto es un fragmento de la novela Las cosas del mundo que salieron mal que saldrá publicada en Garrincha Club.



*Autora

Ángeles Salvador nació en Buenos Aires en 1972.