El Huracán
Pablo Ottonello


El Huracán no era un buen lugar para sugerirle a René que dejara la cocaína. Tampoco quería ser yo, que venía de lejos y cada tanto, el responsable de tener ese rol casi de preceptor escolar, al que le toca sopesar virtudes y defectos, y que termina por concluir que no hay ningún beneficio en la adicción, que es sólo una euforia pasajera que al otro le costará caro. Pero no era cierto. Había cosas de la droga que yo no podía conocer, que me eran ajenas, y que eran la razón por la cual cuando charlaba conmigo, casi con culpa, René me contaba sus planes de empezar una rehabilitación con médicos de Sanabria, que eran buenos y que habían armado un centro a la salida de la ciudad, cerca de los transformadores de EPEC –por la vieja Ruta 9- y que cuando yo me volvía a Buenos Aires él se olvidaba, o postergaba esa cadena racional de conclusiones que lo llevarían a dejar de tomar, pero que no funcionaban. Ese era el problema con la droga del que René no se podía soltar. La droga era buena, no fallaba nunca, y su euforia local, inmediata, era suficiente argumento para venir al Huracán, que le quedaba cerca, a comprar si se había quedado sin, o a vender si había comprado una cantidad extra, porque ahí, entre las canchas de bochas y las mesas niveladas por cuñas de madera, con sus sillas todas de juegos diferentes, que habían ido quedando de otras épocas, había otros amigos de la noche, de entre cuarenta y setenta años, que, como le pasaba a René, tenían planes y estrategias y habían hecho consultas con psiquiatras, pero nunca, jamás, en toda la vida, habían dejado del todo la cocaína, que parecía ser su momento luminoso, un fulgor confiable que no decepcionaba, como una buena amistad.


Así y todo, íbamos al Huracán. A los dos nos gustaba que fuera una especie de club de expatriados de Sanabria a los que se les permitía seguir viviendo en la ciudad, aunque participaran de una periferia que los mantenía al borde de todo, de la vida laboral, de la que entraban y salían, de la salud, que siempre tenía sus cuestiones y sus alertas, y de sus mujeres, que algunos habían dejado, o tenido que dejar, o que les aguantaban la tradición de emborracharse en el bar con los amigos. Había aliento estomacal a vino, que se servía con soda y con hielo. Había picadas con salame comprado en la ruta, de muy buena calidad y dados de grasa de un tamaño insalubre, pero que mejoraban el gusto del embutido. Había maníes de la zona, que era experta en maní, grandes, con cáscara, que Tuno, el encargado, se ocupaba de renovar en cada mesa, sin preguntar, como un beneficio adquirido por ser parte de esa comunidad de marginales. Se llamaba Club Social y Deportivo Huracán, y tenía el dibujo del equipo de Parque Patricios. El único deporte que se practicaba eran las bochas; muchos jugadores con un fernet en la mano. Si cumplía una función, era la función social exactamente opuesta al auxilio, porque del Huracán nunca se salía bien, y los que empezaban a ir se terminaban volviendo amigos de la casa. Estaba siempre abierto, desde las siete de la tarde, cuando aparecían los primeros municipales que habían salido de trabajar a las tres y habían dormido dos horas largas de siesta, se habían bañado y habían hecho las cuadras caminando, en moto o en alguno de los autos que había en la puerta. René había empezado a ir con su papá, cuando tenía quince años, y había aprendido el oficio de mirar y hacer silencio, sin preguntar. Había tomado vino y cerveza, había jugado a las bochas y había visto los partidos de todos los clubes de fútbol, porque no importaban las camisetas, sino estar ahí, entre los demás hombres de camisas a cuadros y zapatos remendados por algún zapatero de oficio que Sanabria todavía podía emplear, algunos de ellos con el peine que asomaba en el bolsillo de la camisa, donde también había lentes para ver de cerca, cigarrillos y cajitas de fósforos.


Nos llevó media hora eliminar la hostilidad la primera vez que me llevó. Me presentó a todos, con nombre y apodo, y de a uno se levantaron de la mesa en la que jugaban a las cartas y me estrecharon las manos fuertes, de ex trabajadores de la construcción o industriales, y me dieron una bienvenida casi solemne, porque era regla que los amigos de amigos eran amigos del Huracán. Arqueológico, de otra época, el bar tenía sus reglas íntimas y René las sabía respetar y me enseñó a hacerlo, y una forma fue que los viejos me vieran lo más seguido posible, o que por lo menos supieran que cada vez que yo andaba por Sanabria visitando a la familia de mi mujer, nunca dejaba de hacerme un momento para visitar el bar. Nunca fui solo, y su gente nunca se aprendió mi nombre, pero sabían que era el amigo del René, de Buenos Aires, y que tenía derecho a los beneficios de la comunidad.


No era un buen lugar, decía, para hablar de un cambio de vida, de sanación, de proyecciones personales, pero tampoco había sido yo el que empezó a contar cómo estaba en sus planes hacer todo eso. René se sentía en deuda conmigo, no sé por qué, y si me contaba sobre cómo pensaba salir de todo esto era porque también le gustaba contarme la plata que se había gastado el mes anterior en salir de joda cuando estaba en Córdoba, haciendo su trabajo de vendedor, y cómo andar de acá para allá, de local en local, lo hacía conocer demasiada gente que no siempre tenía ganas de comprar insumos de peluquería. Miré la mesa. Había dos canastitas con cáscaras de maní y dos botellas de cerveza vacías, adentro de esos recipientes de telgopor que le copian la forma al envase y lo mantienen frío. Ahora tomábamos fernet, que Tuno preparaba fuerte, al límite del sabor, como un luthier de la combinación del alcohol con la gaseosa y el hielo. René quería hablar, yo quería que hablara, y así se nos pasó la noche.


Pagué con la plata que mis suegros me habían dejado para gastos, y que yo había metido en un sobre. En el camino de vuelta, aunque eran pocas cuadras, René encendió un porro de Crazy Tomillo que azuló y perfumó la cabina. Sólo yo pensé en controles policiales. René estaba tranquilo, había bajado la ventana, y tocaba la temperatura del aire con una palma, con la que jugaba a abrir y cerrar. Tomó el Boulevard solamente para poder ir un poco más rápido, se pasó quince cuadras de donde tenía que doblar, retomó el Boulevard del otro lado e hizo lo mismo. Paseábamos. Nos fumamos el Crazy Tomillo, del que todavía le quedaban cuatro frascos de flores, sin vender, que tenía en el baúl, y que se escuchaban a cada frenada. Había sido su planta más rendidora, y en relación calidad-precio, también la mejor. Influido por su trabajo anterior, cuando vendía perfumes, dijo que el Crazy Tomillo tenía un sabor a hierbas, donde él personalmente olía albahaca, menta y cedrón, que alimonaba todo, y que producía un amargor plácido en la boca, en esa saliva gruesa, difícil de tragar, donde a veces incluso se interponían pedazos de hojitas que escapaban al filtro y que los dientes trituraban, como un toque extra de pimienta que se aplica a una comida terminada. Dije a todo que sí. Su cata me pareció acertada.


Cuando llegamos a la casa de mis suegros le pedí ver las latas. Lo había escuchado negociar en el Huracán, donde había vendido dos. Costaban cuatrocientos pesos, y rendían aproximadamente diez o quince porros, grandes, cada una, quizás más. Las desenvolví de las frazadas con motivos de princesa y tomé una en cada mano. Para evitar que me las regalara, saqué el sobre del bolsillo, conté rápido ocho billetes de cien, los tiré en el baúl y cerré de golpe. Después le palmeé el hombro, le agradecí haberme llevado a pasear, y me metí en la casa de mis suegros. René empezó a putear y a golpear la puerta. No quería mi plata. Cuando se dio cuenta de que yo no retrocedía en mi decisión, fue hasta el auto, buscó una bolsita plástica con cierre y me la tiró por el buzón. Me acerqué –del lado interno de la puerta- la levanté del piso y miré. Abrí de nuevo la puerta. René estaba ahí, camino al asiento del conductor.


-Es un regalo.


-Gracias.


-El mejor porro de la Provincia de Córdoba. Lo cultivó Titín Díaz, un maestro de Traslasierra. Probá y contame.


Guardé la bolsa. El René se subió al auto y bajó la vetanilla.


-Es la planta triple campeona de Córdoba. Se llama Néstor Carlos Kirchner. ¡Te deja bizco, hermano!



Aclaración

“El Huracán” es un fragmento de la nouvelle Don Darío.



*Autor

Pablo Ottonello es Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad Torcuato Di Tella y Director Cinematográfico de la Universidad del Cine. Trabajó en largometrajes como asistente de dirección, guionista y como director de videos musicales. Colabora en BastiónDigital y en otros medios. En 2013 obtuvo Mención de Honor en el III Premio de Novela Eugenio Cambaceres de la Biblioteca Nacional por la novela “Hotel Kokoschka” (el jurado fue Luis Chitarroni, Luis Gusmán, y Hernán Ronsino). Participó de la antología de nuevos narradores argentinos “Felices Juntos”, de la editorial Tenemos las Máquinas, y de la antología “Cómo Ganarle el Mundial a Brasil”, de la Editorial Garrincha Club, que prepara la publicación de “Quiero ser Artista”, su primer libro.