La droga como lugar común
Matías Laje


Generación


Diría que desde fines de los años 60 hasta principios de los 80 la política fue una forma privilegiada de estructurar un modo de ser joven en nuestro país, acaso en otras latitudes también. El paso que dieron los jóvenes fue el de hacer política. Eso los volvía contemporáneos de su propio tiempo y los diferenciaba de sus padres. La política como una forma de hacer cotidiana, consistente, identitaria y grupal. De ahí que lo que entendemos por represión en un nivel social en esos años fuera represión política, en los cuerpos y en las palabras. El Gobierno militar, legitimado en su momento por una gran parte de la población civil, quemaba libros.



29 de abril de 1976. Quema de libros en el Comando del III Cuerpo de Ejército, que comandaba el condenado Luciano B. Menéndez.



Los que ejercieron la expresión en la segunda mitad del siglo fueron importantes, pero fueron pocos. El consumo de drogas tuvo un papel protagónico en algunos de estos movimientos. En nuestro país somos la primera generación que hizo del arte y del consumo de sustancias algo cotidiano, sea marihuana, éxtasis, ácido o cocaína, esto marcó una diferencia con la generación anterior: nuestros padres no se drogaban y la represión fue, a grandes rasgos, una represión expresiva. El ritual de fumarse un porro fue entonces una forma de estructurar nuestra juventud. Quizás el coqueteo con nuevas formas del ejercicio de la sexualidad sea el paso que dan los que ahora son jóvenes, ciertamente no es lo que caracterizó nuestra forma de ser contemporáneos. Para nuestra generación salir del clóset significaba que nuestros padres nos preguntaran si consumíamos. Hoy el Gobierno democrático quema droga.



15 de junio de 2011. Quema de droga en Misiones por el Ministerio de Seguridad de la Nación.



La significación del DJ


No sé si fue Victoria, Susan Sontag o yo quien dijo que el DJ es la figura aurática de nuestra época. ¿Cómo es posible? Sin duda que una época es la época de un acontecimiento, o de varios. Las herramientas digitales de audio y video democratizaron los modos de producción artísticos y esto fue posible porque en Argentina hay una socialización de hecho del capital digital, o software. Esta accesibilidad facilitada permitió que el arte pudiera volverse una realidad más o menos cotidiana. Hoy es posible alcanzar un estándar industrial aceptable en cualquier estudio casero.


Volvamos al DJ. De alguna manera, el poner en duda el carácter artístico de una persona que pasa música en una fiesta parece una discusión saldada. Un obstáculo está en la mímesis: el DJ vale en sí, no es el como sí de un músico: es un performer de la música, a music performer en el sentido más profundo del término: pasa música y hace bailar. Dintún me decía el otro día, mientras el sol golpeaba los postigos, Laxe ahora en la música es todo más libre, pero lo que tiene que pasar es que la gente baile. Lo que me gusta de Dintún es que tiene una visión de lo que hace, y cree que el laburo del DJ es más la investigación que la perfo, aunque no es sin la perfo y él lo sabe. Tener una lectura propia de las situaciones es muy importante, más si es la propia situación, y esto me lo enseñó Choi, otro DJ, paladín de la elegancia, Choi, alias George, alias Sunset Choi George. Una lectura propia no surge sin los otros y no todos piensan lo que hacen.


En Buenos Aires, la música disco electrónica, también conocida como house music, es la preferida por nuestros DJs y por la pista de baile, y a decir verdad los intentos de introducir otros géneros musicales con mayores variaciones rítmicas no han tenido lamentablemente una inscripción significativa. Esta escena es inseparable del consumo de éxtasis o sus variantes. Hay DJs hombres y DJs mujeres. La electrónica permite una liberación de las formas en la música, es una música sonora y decididamente pertenece al siglo XXI. El DJ mezcla la música con los cuerpos y en la máxima reproductibilidad técnica fulgura el aura en el corazón mismo de nuestra época.



Las droguerías


Recordábamos, dejábamos rodar el tiempo
en un declive dulce, prolongado;
como ciertas drogas que tallan
en los huesos la cifra de un record.

Garamona


Mi querido amigo Guillotain sólo habla de drogas o de comida, y a veces habla de política. Él es la diferencia entre un buen conversador y un charlatán, y me enseñó a ver que la ciudad está llena de droguerías. Para empezar el alcohol, la droga recreativa oficial, la legitimada. Cuántos centros de distribución de alcohol decorados, animados, musicalizados, climatizados hasta hacer de ellos un genuino paraíso artificial. Y para las drogas no legitimadas, droguerías ocultas, antros, algo que es a la vez una tumba, un templo, un laberinto y un calabozo: las nuevas y siempre viejas pirámides.


Un verdadero gimnasio de resistencia corporal, donde se pone a prueba lo que puede soportar un cuerpo. El DJ en la cima, y en la pista una distribución de luces que permiten ver sólo a muy corta distancia y prolifera en rasgos, el detalle de una camisa tropical, una mirada anhelante, furtiva o celosa, una frase suelta buscando perseguir al indeciso, el borde de un vaso, una mano arrogante, una sonrisa que, entre su admiración burlona, no puede disimular su complicidad. El baño, que hace las veces de vestuario y enfermería, y los pequeños privilegios con su efecto de pertenencia.


No me voy a extender en las drogas de los grandes laboratorios, las recetables, las poblacionales, esas quedan para otra vez. Solamente quiero decir que para los que se preguntan qué pasaría si el estado distribuyera droga, bueno, son unos necios, eso ya está pasando, para bien o para mal de cada quien y creo que es algo que en nuestro país se realiza con muchísimo cuidado y rigor. Además, si eso posibilita el encuentro con un analista y acompañado por un especialista en drogas, como sucede, bueno, ahí hay una apuesta.


La fisura


Pero ¡el día siguiente! ¡El terrible día siguiente! Todos los órganos relajados, fatigados, los nervios distendidos, las cosquilleantes ganas de llorar, la imposibilidad de dedicarse a un trabajo continuado, les enseñan cruelmente que han jugado un juego prohibido. La repugnante naturaleza, despojada de su iluminación de la víspera, se parece a los melancólicos restos de una fiesta. La voluntad fue la más atacada, de las facultades la más preciosa. Decimos, y es casi verdadero, que esta sustancia no causa ningún mal físico, ningún mal grave, al menos. Pero, ¿podemos afirmar que un hombre incapaz de acción, salvo exclusivamente en los sueños, se encontraría verdaderamente bien aun si todos sus miembros estuviesen en buen estado? Ahora bien, conocemos bastante la naturaleza humana para saber que un hombre que puede, con una cucharadita de amargo dulzor procurarse instantáneamente todos los bienes del cielo y de la tierra, no obtendrá jamás una milésima parte de ellos con el trabajo. ¿Se imaginan un Estado donde todos los ciudadanos se emborrachasen con hachís? ¡Qué ciudadanos! ¡Qué guerreros! ¡Qué legisladores!


Charles Baudelaire, Les Paradis artificiels.

El Capitán todavía no tiene fiebre, pero sabe que se viene la noche.

Se arrodilla, se persigna y sale a caminar
Con pocas ganas de todo aplacado ante todo
Se toma una cerveza y ahí empieza todo

Aparece el carnaval con todas las mascaritas
No falta nada, no falta nadie
La fiesta te convida un poco
Y no hace falta esperar

Llega la sorpresa
La noche con su manto
Se vuelve oscura y oscura la fantasía
Al revoleo se ven las luces
Deshilachadas de la fiesta

Serpentina y piñata revoloteando, rompen la bolsa y se desparraman los regalos. El baile trae consigo puesta la misma ropa. Las estrellas brillan hasta la madrugada. Todos contentos miran salir el sol en la reserva.


No pasa nada.
No pasa nada.
No pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada.

Pedro Amodio, DIOS - Capitán Fiebre


Quise cerrar con dos traducciones: la primera es del francés, de mi amado Charles Baudelaire, de quien tomamos su método, su pasión por su propio tiempo, por sus contemporáneos y por su pasaje: Baudelaire, el primer moderno, el primero en cantar cómo nacer en un mundo y morir en otro fue parte de la condición de existir: del soneto a la frase rota, breve y punzante, el poeta de la vida moderna, mi amigo Charles. Me dirán, pero Laje, ¿Ud. habla de la droga y la expresión estructurando un modo de ser joven en su generación y me cita a Baudelarie? Sí, porque lo que en Baudelaire era el privilegio de la bohemia, con un pie en el mercado y otro en el arte por el arte, fue en nuestra generación un modo estandarizado y a la vez particular de articularse con la propia época. Droguistas han existido desde tiempo inmemorial, y lo que hacían los reyes era lo mismo que hacían las brujas, pero sólo a las mujeres pobres se las perseguía y torturaba. La diferencia que aparece en nuestra época es que asistimos a una democratización estandarizada de la droga.


La segunda traducción es de la música. DIOS ya da cuenta de una apertura, del comienzo de una apertura, y sin ir rápidamente a pensar en el estilo menemista, creo que podemos ofrecer una lectura menos obvia y más potente: la fiesta, el consumo y la expresión como lugar común, en el sentido más profundo del término, como espacio común, nuestro espacio. La cumbia tuvo mucho de esto también, pero bueno, otra cosa. Según el peliculón documental de Báez, Carmona y otros, los chicos de DIOS empezaron tocando con instrumentos de otras personas: al final de un recital se subían al escenario en reposo y hacían un par de temas antes de que los bajaran.


Desde luego que no es todo color de rosa en la vida del droguista y creo que la resaca da cuenta de un retorno en el cuerpo de un resto, pero este retorno no siempre deja marcas y conforma un circuito que se repite a sí mismo sin escritura. No me interesa tanto pensar el consumo de drogas en términos de adormecimiento o liberación en sí. Una visión tan simplificada nos devuelve a la esencia en la sustancia y perdemos de vista el uso, la relación que efectivamente hizo una generación para poder habitar su tiempo. Los romanos establecían en su derecho que no se juzga la sustancia sino la intención, porque la misma sustancia puede ser veneno, elixir o remedio. Ahora, ¿por qué la droga y la expresión antes que otra cosa? Ahí hay una buena pregunta. Fuimos la generación bisagra hacia el paradigma del cuerpo y creo que el uso de sustancias junto con otras prácticas como los tatuajes o las modificaciones corporales implicó un modo de hacer con los imperativos de ese nuevo paradigma, una forma bastante paradójica de apropiarse del cuerpo enajenándolo. Elegir una droga u otra está asociado a un perfil: un modo de ser es un modo de expresarse y de consumir. Hoy más que nunca el ser se nos presenta como sustancia.

*Autor

Matías Laje (Buenos Aires, 1984) es psicoanalista y poeta. Miembro del Foro Analítico del Río de la Plata, es docente e investigador de la UBA y del Clinical College of Colorado (EEUU). Ha publicado ensayos sobre la obra de sus contemporáneos en Página/12 y en diversos medios.


En 2007 expuso sus fanogramas en el "8º Encuentro Internacional de Poesía Visual Sonora y Experimental" junto con artistas como León Ferrari, y estos poemas visuales fueron luego publicados en forma de libro bajo el nombre de LIKE A POSTER por la editorial Spyral Jetty. Con la editorial EL MAL PASO publicó los poemarios Plegaria sobre el río Uruguay y Larvas, y la editorial OUTSIDER publicó su poema largo La legión operativa, con una reedición digital prevista en el corto plazo.


Actualmente forma parte del proyecto musical LABORATORIOSDELFIN.