Planicie de variación1
ná-Khar Elliff-ce


INTRODUCTOR


V¯¯¯¹ Sucede que: ciertas escrituras intentan darse un neorama, una visión incrementada respecto a las posibilidades de su ingresión. A veces un teatro abstracto o una novelística filosófica, un cuaderno de notas o una biofísica de la creación, un protocolo de actividades con el que se propone encarnar la invitación presentida pero que ahora invoca una mirada extra, un extra-ser que incremente la afección a cada embestida por venir, que done más estesias dimensionales a quien se envía. Se encuentran raras precisiones para trabajar en el corazón de lo anexacto (una precisión de mosca o de araña en el seno de qué caos), se proponen causalidades nuevas o combinatorias azarosas, se deja correr de cierta manera la letra (el pulso), se promueve un tour de vacancia, se eligen ámbitos o noches, se fundan hábitats. Toda una literatura virtual y un hervidero de actividades al lado o en el envés del envase literario, que de acceder a la anotación irrumpe como el cuaderno de bitácora del naviger que escribe, los apuntes de unos tanteos y recorridos iterantes que van enhebrando el cedazo de otra lucidez o aventura, la de la concentración en el sin-destino literario como práctica que distrae de lo literario. Práctico que calibra los precipitados de su escandallar para abrir la inflorescencia que le habrá tocado seguir.


V¯¯¯² La ingesta de drogas inventa su capítulo fraccional, su propio sanedrín murmurador en esa literatura virtual o hervidero. Genera ciertos protocolos y una bioquímica del pensamiento que en composición con una disposición subjetiva, producen esa práctica que hacen al informante. Entre estas fuerzas se inventa una maquinaria poética (una consistencia por inestabilidades –una máquina a evaporación o a explosiones–) de difícil transmisión pero de tanto influjo como el generado a partir de cualquier articulación analítica. Aún más que en otras subjetividades producidas, en aquel que opera por ingestas está presente la certidumbre de que la percepción es algo que hay que hacer, inventar de nuevo cada vez. Habrá entonces que atraer la ocasión de experiencia que invite a esa orfebrería, que incremente las afecciones por obra de una actuación a veces impositiva y otras involuntaria, que de esa manera re-facete el espectro sensible hasta la más mínima dendrita. Actividad levemente ritual que puede no anclar en ingesta alguna, pero que sin embargo se dispondrá en zonas de tensión y resonancia asimilables. Si la ingesta no siempre determina de forma exclusiva el acceso al medio, o la producción del mismo (siendo el medio un conjunto crítico de agitaciones afectivas y físicas), habrá que considerar el tipo de aparatologías experimentales, especulativas o rituales, donde podrá colocarse la psicodelia, aunque no como en un receptáculo preexistente, sino en una planicie a producir y producida por aquello que la motoriza (sea una especulación, una dietética o un crawl), para incluso contraefectuar o desviar los efectos de la droga, extraer sólo la tangente tratable (por indomeñable). Acaso el pensamiento imaginal pueda tantear ese medio de vastas aparatologías, pensamiento que no se limita a los avatares de una imaginativa privada o personal, a la expresividad de una conciencia ampliada o de un inconciente liberado, sino configurado por obra de una pensamiento experiencial abierto hacia una ocasión de experiencia particular, que abre el avecinamiento molecular en las cosas: el proceso (las contracciones sensibles ante un mundo: la ocasión de acción sensitiva). Pensamiento adherido a una experiencia cuya coherencia y lógica propias a su deriva, invita a las adivinaciones como di-versión multiplicadora antes que a las interpretaciones como discursividad proliferante, ya que la adivinación, por propia lógica médico-astrológica ("si tal hecho es, tal otro es", dicen los arúspices estoicos), tiende a posibilitar no sólo una práctica de las conexiones entre cuerpos diversos sino ante todo un proceso de concreción = avecinamiento, invitación: "He sido llamada", fue la nota dejada por la liliputiense de Walter de la Mare en su novela Memorias de una enana.


V¯¯¯³ No recordamos con exactitud (ná-Khar Elliff-ce y yo) ... pero la filosofía especulativa parecía hacer referencia a un sistema de ideas generales coherente, lógico y necesario. No tenemos problema alguno con la coherencia y la lógica (aunque sí con las ideas generales), en tanto hay una lógica y coherencia propias de las investigaciones poéticas (y de cualquier sistema inestable). Por el contrario, en donde suele apreciarse un déficit de coherencia, es en los grandes tomos del racionalismo (y entre los más irracionales tomos apenas si recordamos el de la ratio del determinismo mecanicista). En Descartes entendimos que nada tan incoherente como la desconexión de los primeros principios: el corpóreo y el espiritual, que comporta una ininteligibilidad básica difícilmente rastreable en el Dr. John Dee, filósofo hermético isabelino sospechado de irracionalismo, con resoluciones menos desdichadas a este respecto que las de su par continental. Por lo tanto no nos preocuparán las numerosas incoherencias del mecanicismo racionalista (asimilable a cada una de las poéticas naturalistas hasta el presente) ya que cualquier maquinaria poética podrá dotarnos de sus inspiradas coherencias, de su ratio funambular, que a mayor adquisición de consistencia más prelógica parecerá –la consistencia se logra en situaciones alejadas del equilibrio, dirá Ilya Prigogine–. Para nuestra suerte Deleuze ya indicaba que ni los sistemas ni las poéticas se refutan: se abandonan. La ocasión de experiencia antes mencionada (la instalación del proceso) será un acontecimiento que va a propiciar ese abandono, ya que en ella opera una continua autocreación por incorporaciones o prehensiones físicas / espirituales, un acto individual de auto-experiencia inmediata, en tanto ella abre un principio de indeterminación de cualquier sistema y aún del mismo experimentar (por lo cual pasa lejos de la noción de experiencia como dato sensible a transcribir o dato previo). De ahondarse a lo ancho abre a una virtualidad que ya no es ella misma, que no devuelve a la experiencia primera, porque le abre una boca o pasaje en donde trashuma el auténtico hervidero: la interzona.


Así la psicodelia: ésta remite a un medio que no devuelve a la psicodelia, que envía a un tejido de causalidades que bien pueden olvidarla y desde allí desmentirla o liberarla de nuevo (re-singularizarla) para expandir o acotar su trama. Para esta variación habrá tan sólo (y ya es mucho) vectores de psicodelia, trazas lisérgicas. Tendrá que haber una serie de flexiones poéticas a lo ancho de ciertos cortes a procesar, que preparen o alienten esas dimensiones en las que en su momento la experiencia psicodélica se coloca e inventa. Diríamos genealogía poética si no fuera que se cuela la falacia de la verdad retrospectiva. Y es que no se trata de rastrear alteraciones perceptuales del pasado o de buscar unas coincidencias que se retraduzcan en causalidades folk, sino despertar las conectividades históricas / trans-históricas entre el sonido, la luz y el cuerpo (cuando cuerpo pueda ser lo mismo que decir percepción). Ubicarse en el plano de inmanencia de esa relación triple, ya de por sí múltiple (en tanto cada cuerpo o sonido es multitud de cuerpos o sonidos prehendidos). A su vez la relación con la escritura decanta sola: las palabras irradian un alcance plástico y melódico, en el nivel de los cromatismos y sonoridades. Precipitar esa interfase triádica nos salva de pensar en la ingesta como el único método según el cual se da esa planicie perceptiva (a la que sin embargo la ingesta se engancha)2. Planicie que tendrá sus declinaciones o viajes particulares en relación a la lisergia, pero sobre la que podrán montarse variadas metodologías, imaginarios y subjetividades que pueden o no atravesar el consumo. Habrá en esa interzona ideas-fuerza o experiencias-límite (menos dramáticas que umbralicias), que rondarán las figuras del transporte, la metamorfosis, el humor –sin chiste–, las velocidades y lentitudes extremas, el trance, la risa y la fiesta: todas ellas modalidades del affetti, dirían los manieristas italianos, o acaso del joi, acotaría un poeta provenzal. Y ya que "es indudable que las cosas no comienzan; o no comienzan cuando se las inventa" (Macedonio Fernández), la psicodelia implica el desarrollo de un circuito que nada tendrá que ver con causalidades triviales, del tipo antecedente / consecuente, sino con cuasi-causas o denticiones a sintonizar, por obra de un método adivinatorio-conjetural, que sin embargo genere conectividades con ocasiones de experiencia actuales. Cuasi-causalidades polívocas no pertenecientes a la psicodelia periodizada y que sin embargo se envuelven o tensan recíprocamente: espira de repercusiones, planetarium adivino3.



Variación primera


V¯¯¯¹ 1725 y el padre Castel, geminado de su limbo, concreta ante los curiosos un esperadísimo matrimonio sensual-espiritual: el clavessin pour les yeux. El matrimonio, entre tantas otras alianzas impersonales de aquellos años de participaciones, es entre el sonido y el color: un mecanismo conectado al teclado de un clavicordio hace aparecer y desaparecer un conjunto de luces coloreadas. Y si bien habrá que esperar dos siglos y medio para que otros colores se enlacen a las cinco vocales del alfabeto, el soneto de Rimbaud será un apéndice de una serie fonocromática cuya titilación, por si interesara inventarla, se proyecta desde una galaxia aborigen o presocrática antes que moderna (pero fue la modernidad la que de a poco se re-envió por la vía pre-socrática). Y es que nada surge de la nada (dirá Lucrecio) ni existe la primeridad ni la ruptura en el micromar de las exploraciones afines. El invento del padre Castel es una inflexión más dentro de una serie de especulaciones e invenciones muy previas de otros operadores del mismo plano. Se sabe que las relaciones de proporción entre sonido y color son bastante antiguas, y no sólo por exagerar diríamos que son previas al hombre, si pensamos en el pájaro Scenopoïetes de Deleuze-Guattari o en el insecto Sphex de Bergson, incluso en la mantis de Roger Caillois, haciendo corresponder a cada sonido o a cada movimiento un despliegue de danzas y colores ("el arte no espera al hombre para comenzar", dirá el dúo maquínico en Mil Mesetas, y anticipará Caillois: "el inútil y lujoso mimetismo de los insectos no tiene otra finalidad que la puramente estética").


Es allí entonces donde aparece la planicie como el medio de las contigüidades operacionales, sin importar si se trata de un performer-hombre, de medios-seres mutantes, de pájaros, insectos o máquinas. Hay toda una franja impersonal de interfases y entre ellas, la del color-sonido-percepción, a la que se engancharán diversos motivos, diversas experiencias que a su vez procesarán el eje psicodélico. Esa meseta, en un sentido tan whiteheadiano como deleuziano, será en tal caso un objeto eterno (un potencial puro). De allí que no interese la invención de un origen o de una filiación para el padre Castel, sino hallar la dimensión a la que conecta a través de su puesta. Meseta sobre la que se puede extender un determinado contrapunto especulativo o exploratorio en diferentes edades, según enlaces o resonancias que por sí mismas producen su diferencia, sin necesidad de recurrir a la paternidad de la sociohistoria o de creencia cualquierotra. Porque a su vez habrá que tener la precaución de diferenciarlo del intérprete mítico que busca lo uno detrás de lo múltiple, un espíritu siempre preocupado por percibir lo mismo bajo lo diferente (Caillois dixit), bien propio de ciertas perspectivas mitologizantes. Pero el sustain que nos cimbra se asimila a las operaciones de la memoria bergsoniana según el método intuitivo, y podría rozar asimismo el alcance conectivo de la noción de eras imaginarias de Lezama Lima, si se entiende por ella el escamoteo del causalismo sucesivo y el encuentro súbito con los retrocesos o acaracolamientos (involuciones creadoras), atajos (iluminaciones) y desarrollos circulares (eternos retornos) de la búsqueda artística o de la ratio poética. En lugar de lo sucesivo que explica, el campo magnético que desimplifica: su bioquímica operando en las mezclas de los cuerpos, sus evaporaciones de sensibilidad como efectos de qué ingestas o estilopatías. Ni comienzo ni fin (ni filiaciones ni rupturas): distensiones y coalescencias, refuerzos y disipaciones: la cultura deshecha en naturaleza, en contrapuntos de biología amazónica.



V¯¯¯² La planicie de interfases. ----- El posible que ingresa el padre Castel prolonga el de cualquier experiencia instalada en lo intercalar: generación de interdimensiones o intermundia. Es entre el sonido y el color, en el sonido coloreado o en el color sonorizado, en donde se abre el primer intervalo que atraviesa la anécdota de cualquier sinestesia para concretar una dimensión de pases, de pasajes; membrana en donde incluso resulta trivial que se pase del color al sonido porque lo mismo puede pasarse de la escritura al gesto, del dibujo a la caligrafía, del pensar a la adivinación, de la poesía a la novela, de la contemplación al espionaje o del trottoir al crawl. Interesa la meseta más que el malabar sinestésico, porque allí irá a colocarse la psicodelia, en la interfase misma, mucho más allá (o mucho más a los costados) de una dialéctica primaria sonido-color / color-sonido. Hay un pasar continuo de ristras de interconexiones diversas, series de elementos que conectan por el intervalo o por la laguna, una ópera de contrapuntos lagares. "Las lagunas son mi punto de partida", escribió un hidrópico francés, pero para nuestra suerte lo lagar no llega a marcar origen porque borra la huella, no hace más que perseverar en la improvisación de la fluencia que sobrenada. Enganchar a la meseta de las interdimensiones, a la intermundia, es precipitar un mundo en las metamorfosis (en las series). Pero estará en cada disposición quedarse en la eficacia de la prueba fonocromática o atravesarla hasta el avecinamiento de la dimensión concreta que expresa. Ese intervalo lagar requiere algo más que unas imágenes maravilladas o una sintaxis nueva. Exige, más acá de cualquier voluntad, una gravitación de sus pases en el cuerpo (affetti) y en el ámbito que lo dispone: una cierta crudeza, la aceptación de la embestida antes que la firma de la poesía. Porque esta meseta es un objeto eterno que retornará siempre, objetil absorto en su variación que sin embargo genera sus propias insistencias o invitaciones, la tentación de un árido experimentarse. Bastará para su enganche una disposición subjetiva en la que haya, como en Kepler, algo de elipse (o bien algo de laguna –un hombre de la laguna–, o acaso algo de hongo, de hongo sapiens si engancha a una espora –así como el pirata, arriesgamos, engancha la Luna por el garfio–).


V¯¯¯³ Las escuelas orientales de las teofanías luminosas mantienen un correlato tan inmediato con la psicodelia que nos basta con el apéndice de una narración etnográfica que sopla a menudo sobre la planicie:


Sea el amidismo: escuela que como los yoguis hindúes, los endriagos chinos y la secta irania de los Magi, siguen los avatares de una luz ilimitada: estimulan toda clase de experiencias con las luces diferentemente coloreadas, tanto para contemplarlas como para absorberlas aceptándolas para sí. Porque la relación de la luz con el cuerpo será el despliegue propio (y también el síntoma) de la escalada extática. Los más físicos hallarán el primer balizamiento de la pista en un insecto fosforescente, luego en una lámpara, en un círculo de fuego o incluso en un punto. Los más terapeutas lo hallarán en los orificios del cuerpo en cuyos hollares diversos sulfura un vapor fosforescente; los terapeutas taoístas preferirán la absorción de toda clase de hálitos coloreados, preparando así las absorciones emolientes del hálito del sol. Los más hiperbólicos dirán que la linterna azul cobalto del entrecejo de Buda bastará para iluminar el universo, así como los aliados de los enterradores y chacales de los cementerios dirán que el esqueleto de un fulminado por el rayo servirá de lampadario para todo un pueblo. Aunque para los santos tantricas que meditan entre los cadáveres de las incineraciones, no habrá nada como la luz roja de las piras agonizantes en donde crepitan los huesos de los muertos, brasa ósea avecinadora de la iniciación. Algunos de ellos se estrecharán en la cápsula de los cuerpos putrescentes, verán el fulgor verde de la carroña, comerán de ella con el frenesí de una eucaristía lunática, luego lucirán la piel luminiscente del cadáver. Y la secta tibetana del Sombrero Rojo, fundada por uno de los grandes y triunfantes santos tántricos (Padmasambhava), en la que sus miembros eran realizadores de innumerables ritos, poseedores de una energía inmensa en sus cuerpos dermálgicos, expertos en las danzas que conducen al trance y en la serie de meditaciones de los ocho terrenos de incineración, capaces de la visualización del negro primordial o de la luz negra. En el extremo complementario se regocija la pareja ritual del maithuna, la unión sexual sin emisión de semen, gota que se mantiene en circulación por el cuerpo al modo de un grano de la quíntuple luz, gota lumínica con un poder de penetración equiparable al relámpago. Y serán también de influjo célico las epifanías de la luz de los magos persas, ante todo la de la estrella indicial como portento que anuncia el nacimiento del cosmocrator, epifanía sideral o columna de luz que brillará por encima de la gruta de ignición.


No se pasa por alto que el efecto de la mescalina, el peyote, el LSD y los hongos alucinógenos, incluso de ciertas marihuanas y derivados, es entre otras cosas el efecto de las luces diferentemente coloreadas. Y que lejos de favorecer una mera apología de la imagen alucinógena (ya que estamos en los umbrales elementales de la imagen, no en su determinación subjetiva), favorecen la exploración de una nueva distribución de la sensibilidad. Y que esto constituye toda una licnosofía o conocimiento por las luces (el otro iluminismo). Conocimiento que para vergüenza de una escolaridad sin piantes pertenece al influjo de eso nativo que siempre urticarizó el silogismo universitario. Porque una licnosofía apunta a un tipo de sofisticación sanguínea que no hace migas con la panificadora discursiva. Implica una sensibilidad para las variaciones ínfimas pero a su vez el uso de una razón excéntrica, infinitesimal, que haga que esas variaciones sean puestas en relación con muchas otras y aún con las unidades variables de tiempo que les corresponden. Y si tampoco se trata de la imaginación (aunque se vea modificada, incrementada en cierto aspecto), es porque ella quedó atrás o ni siquiera se insinúa en relación a las velocidades y virtualidades superlativas en las que entra el licnómata lisérgico, maniobrando entre contracciones y distensiones indivisas, siendo la imagen, por el contrario, un primer corte instantáneo. Se necesita de un ramillete de fibras de racionalidad óptica para alcanzar los puntos sensibles de la luz, el vértigo de su multitud de pequeñas variaciones, acechar su instancia crítica en donde una fuerza se encuentra con otra y produce una ignición nueva, seguir su punto singular o clinámen: el momento mismo en que pueden hacer variar o delirar todo un sistema, sea el de la propia percepción o el del mundo en ese haz. Pero además habrá que saltar entre cada uno de esos haces de duraciones que se relevan uno tras otro, montar la cadencia de sus anticipaciones y elipses, volverse el ritmomante del tempo para mejor cabalgar la disolución del tiempo lineal. Inmersión tras inmersión estos trampolines flexivos tienden a un saber de modo diferente aunque sigan siendo las maneras que estarán por venir: por no pertenecer a la inercia del acabamiento –logrando sin embargo un influjo sostenido a lo largo del siglo XX: desde El reino de las nebulosas de Hubble pasando por El infinito turbulento de Michaux hasta la teoría de las turbulencias de biofísicos y matemáticos –Mandelbrot o René Thom– el conocimiento nebular/molecular insiste. Saber que abarca desde lo infinitesimal hasta lo metagaláctico y que obedece a un proceso de fulguraciones continuas (el rayo cósmico o la luz como trazo genético), de modo tal que al mismo tiempo que la galaxia se constituye en la unidad de estudio cosmológico, los poetas licnósofos constituyen la suya por galaxemas de signos ...


Y sin embargo estas fulguraciones responderán, simultáneamente a su génesis, al fatum de las disoluciones y licuefacciones: se pone en marcha una paradójica voluntad de inconciencia, que al mismo tiempo que sostiene una vivacidad conectiva a cada atravesamiento (de manera de incorporar la multiplicidad percibida ante cualquier riesgo de simplificación), también ansía disolverse en su propio devenir. Lo extenuante reside en que la multiplicidad se incorpora a condición de volverse cada vez sobre esa voluntad de inconciencia disolvente (no muy distinta a la voluntad de poder nietzscheana en lo que tiene de relación con una subjetividad que determina la relación de las fuerzas –la voluntad– sin embargo desmarcada por un proceso caosmico de des-subjetivación –el poder o el grado de fuerza que es la que ahora indetermina la voluntad: el principio de desequilibrio, dirá Pierre Klossowski al detallar esta dinámica–). Surge así el problema físico de cómo agregarse a la polvareda iluminante con la cual se intercambian cromo-somas: cómo no fracasar ante el intento de adherir a ese movimiento que la inventa y nos inventa, cómo incorporar eso que el hábito descarta perdiéndose así el contacto con su fuerza, pero manteniendo sin embargo esa lucidez que no se confunde con el torbellino pero coincide, de algún modo, con él ...


Para eso habrá que consultar a los mismos operadores, al mismísimo oro de las hadas de Francisco Madariaga, uno de los brillantes licnómatas enganchado a la planicie por fuera de cualquier consumo lisérgico, así como Marosa Di Giorgio o Viel Temperley también lo están. ¿Habrá allí una suerte de confianza, de lúcido abandono al blanco de la luz? Porque adherir a ese conocimiento implica mantener una familiaridad extraña con el intervalo, con el blanco (estar en la Luna), que no se asimila a la noción clásica de instante, sino a una perpetua zona de transición, sin detenciones aisladas, un principio de temblor en los bordes del encadenamiento de los signos, en el que el tiempo-creación es el operador o variable. Se trata del tiempo real que nos enseña Bergson desde hace un siglo: "Puedo imaginar una conciencia cuya vida consistiera tan sólo en un color violeta", dice C.S.Peirce citado por Haroldo de Campos en La educación de los cinco sentidos. Cromatismo que opera al modo de ese lago tintorial de la conciencia, en las rarefacciones de un blanco o violeta perpetuos, y en donde la vertical de otra conciencia (carente de moleculaciones o pulverizaciones), es diluida siempre. Lo cual, en términos de una licnosofía (en términos de unas iluminaciones en su sentido más literal), equivaldrá a una inmersión en los circuitos de interacciones nebulares, avecinadores ellos mismos de un pensamiento ligado a esas dimensiones críticas, morfogenéticas, descubiertas como una zona de invención y organización de la materia (cuando materia no es igual a pasividad ni receptáculo sino a creación: implícito de toda suerte de cosmólogos desde Bachelard a Prigogine). Por eso no se trata en principio del inconciente ni del inconciente colectivo ni de las pulsiones, sino de la objetividad misma aunque en trance de las estructuras disipativas, descubiertas allí mismo donde se accede a los intercambios elementales (en esto Canguilhem o Ruyer –entre otros– abrieron toda una extra-vía de nuevos valores naturantes, en tanto que adheridos a una biofísica de los procesos y de las transformaciones).


Este naturalismo, en las afueras de su homónimo literario o de los avatares del naturismo, es el pensamiento impasible (por sanguíneo o bioquímico) invocado ahora por las potencias licnómatas de la percepción. Potencia que participa de una inflamación o fiebre transmutativa ( = de una lisergia) que repercute, a modo de eco ante-predicativo, con los fenómenos energéticos de las estrellas. Las emisiones radioeléctricas que navegan en el plasma, el helio-flash que propicia nuevos ciclos de transformaciones nucleares, las bandas de bioluminiscencias de la ionósfera, en fin: las relaciones de determinación recíproca entre los estados del cosmos y las propiedades de la luz, hacen de cualquier licnósofo la más brillante encarnación de la imaginación dinámica, del galaxema sígnico, de las experiencias radiales (antenas del rayo fósil, y su eco). Y como en estos trances la luz aparece bajo los auspicios del tejido, de la trama o el tricot, no es extraño que tenga una alta capacidad de intercambios e influjos con los tejidos de la piel y sus evaporaciones. Se establece entre ambos un nexo textural que sin embargo no los unifica, texturología que multiplica los niveles de intercambio (es decir las distinciones), y aunque siempre coincidan en una interzona que las asocia en un hojaldre conjuntivo, nunca pierden las singularidades de su crítica: las difunde en la mezcla. No se tratará aquí de avecinar la unidad de los contrarios sino de propiciar sus difusiones: la urdimbre. Que la disolución pueda entenderse como un retorno a una atemporal unidad indiferenciada, es una especulación o una experiencia que compete a otras planicies que no nos tocan. Ya los estoicos con su dogma de la mezcla total, entendían que los cuerpos pueden mezclarse extendiéndose uno a través del otro sin perder sus singularidades, como el incienso a través del aire (negación formal de la impenetrabilidad y celebración del poro florido: shower power). Se trata así de una conjuntidad inmersa en la corriente, que no por pertencer a esa fundición se mantiene menos en la existencia: su ser está constituído por el cómo deviene (citamos a Whitehead). Pero nada peor que las imágenes de la droga para acceder a sus creaciones, nada más distractor que el celuloide de colores saturados; nada mejor entonces que acceder a ese saber de modo diferente para conectar sus interfases (movimiento muy disímil al de la contracción de su imaginario). De allí que un consumidor sin contraefectuaciones de procedimientos o vividez cualquierotra, no logre instalarse en una planicie de variación. Lograr el sistema nervioso descentralizado es obra de una creación en la que puede participar como stimuli la inclinación de una sustancia lisérgica, pero que encuentra su morfogénesis en las nuevas precisiones y receptividades extraídas de cada salida, conectada a una serialidad intersticial en la lengua y en la percepción (babeleos y des-subjetivaciones: autopoiesis), que reconciliarán en un punto no-inmediatista con las producciones de lo inmediato, envolviendo y articulando cada dentición de ese saber diferencial. Punto que salta sobre el mero efecto psicológico y sus relatos de experiencia, para colocarse de lleno en el plano de la conmoción. O mejor: en el medio de una cosmo-conmosión ya sin psicologismo ni objeto, que participa de diversos reinos. Emoción genética y no representativa que se podrá parecer al amor como principio pre-socrático detonante de movimientos cada vez más amplios (como en el éxtasis del joi cortesano), pero "sin embargo no es el amor de nadie" (Bergson). Será esta cosmo-conmoción la que permita revelar cada vez más aberturas y movimientos, envolviendo cada coalescencia aural o visiva y englobándose a sí misma hasta el infinito sin dejar de multiplicar las atenciones (los atractores), sobrenadadas por una infinidad de vibraciones que se agitan para ser contraídas en una superficie receptiva (operación de la sensación). Habrá que entender que estas vibraciones se proponen como la contextura misma de cualquier medio, no como el plusvalor del delirio subjetivo de un viajero psicodélico. O en todo caso: el viaje tiende ahora hacia su objetividad plena: desde hace años el punto de vista sobre la materia se expresa en términos de un conjunto de agitaciones: energía, actividad y diferencias vibratorias. En esto los estudios literarios con su fondo perpetuo de sinfonía semioculturalista se deben décadas de lecturas biofísicas y creacionistas, licnómatas y phonúrgicas.


Post: si en 1725 Castel concretaba un matrimonio sensual-espiritual a través de su clavessin pour les yeux, en 1660 Huyghens ya había insinuado desde la ciencia un horizonte sinestésico al tratar la luz como un fenómeno ondulatorio: la investía así de la misma naturaleza física que los fenómenos sonoros. Y no sólo eso sino que establecía la onda y la oscilación como los dibujos propios de los fenómenos acústicos y lumínicos. El rizado de esas líneas de fuerza insistirá cada vez que la percepción entre en una planicie de fluctuaciones (habiendo insistido desde hace mucho tiempo en las planicies aborígenes).



Variación segunda


V¯¯¯¹ Robert Fludd y comienzos del 1600, y la astrolatría ambiente de la corte isabelina resonando con la corte de Rodolfo II en Praga. Tycho Brahe, desde Uraniborg (su flamante observatorio en la isla de Hveen), apunta su telescopio, junto al ayudante Kepler, hacia el firmamento pitagórico. En la otra isla Robert Fludd edita tratados que equivalen a una phonurgia experimental, a un sistema musical del Universo. Y una dentición láctea, xilofónica, que insiste según tres notas escalares: Dionisios, Pitágoras, Orfeo. Claro que Athanasius Kircher, en Leiden, también sale a dar la vuelta por el neorama sincrético del cosmos y lo asiente, lo admite para sí. Escribe tratados cuya ratio musical sobrepasa en mucho la capacidad de refracción de cualquier otra ratio de época (habiendo sido maestro, por si poco embrionara, de Leibniz y Gaspar Schott). Baste la tríada de títulos: Musurgia Universalis, Magnes sive de Arte Magnetica e Iter extaticum. Y el diapasónico Fludd, sin ahorrarse la hipérbole animista, denominará Sobre el simio de la naturaleza a uno de sus textos. Y para no completar (ya que estos procesados sufren de inacabamiento ante la profusión mirífica), elabora el alegórico compendio histórico y matemático llamado El Templo de la Música. Este grabado (o habría que decir montaje, en su sentido de agenciamiento) que muestra la fachada de ese templo, llama a un detallado ejercicio de lectura y contemplación, aunque sobre todo es una invitación al recorrido, a los viajes del alma. Y por si importara la psicodelia, aquí se prepara algo: una potencia de transformación por el sonido o la armonía bajo el dibujo por demás elocuente –aplicado al frente de una de las torres del Templo– de una espira acaracolada: espiral sonora ascendo-descendente que pone a la deriva a toda la naturaleza con ella, la transporta. Será también el pabellón del oído desplegado en un laberinto continuo, como los acaracolados tubos cónicos de Kircher para propagar la música a lugares remotos, que al atravesar todos los reinos y enganchar un fragmento de cada uno para maquinizarlo, es de esperar que produzca los más raros grotescos matéricos (caprichos de sonidos polifónicos enganchados a raros cuerpos-instrumentos). Ese dibujo helicoidal, inscripto cual estandarte en una de las torres del templo flu(i)ddico, con su efecto de transportación musical a través de la espira y el cosmos, es el diagrama característico del manierismo acusmático y también del éxtasis místico (del movimiento interfásico cielo-tierra), diagrama que bajo otras modalidades de uso y producción, insistirá como medio de transporte en la espiral psicodélica, como el diagrama de su arrastre hacia un arco cada vez mayor de despliegue sensorial e itineración hipnótica.


Esta manía helicoidal no dejará de constatarse en ese interlocutor de la lisergia que es la cosmología, en la cual desde comienzos del siglo xx, se descubren las espirales de la Vía Láctea y de otras galaxias como el trazo propio de una dinámica singular de rotaciones y torsiones, según velocidades de gravitación y fuerzas de atracción-repulsión que constituyen las diversas morfologías de sus hélices. El biomatemático D'arcy Thompson, unos cien años después de las espirales del invencionismo phonúrgico de los siglos xv-xvi, investigando las ecuaciones de crecimiento en caracoles y otros bivalvos marinos, emparentará este desarrollo a una ecuación matemática precisa que se potencia a cada vuelta de espira. Este circuito hiper-desplegado del pabellón del sonido, danzará en un vaivén cada vez más abismal entre un polo y otro de desarrollo: a cada milímetro recorrido un desequilibrio mayor por compensar, el cual traerá a su vez un mayor desequilibrio que se sobremontará a un equilibrio inestable y a punto de despeñar de nuevo en una suerte de oleada o incrementum perpetuos: discordia concors, llamaron a esta estética marina y crustácea: un primer paso hacia los sobrepujamientos de la estética de lo sublime.


Pero aquí todo es más material, menos idealista y subjetivo: estos sobrepujamientos son un problema de transporte físico antes que de facultades del intelecto en tensión. Y esa concretud extática viene dada por el tipo de soporte elegido: la música antes que la filosofía. Es el impacto inmediato en el cuerpo, allí por donde entra lo dionisíaco en el arte, pero a su vez relación fundamental de la música con la lisergia, en donde una auténtica magia phonurgica se desata, al estilo de los prodigios sonoros de Kircher. En sus escritos hay toda una preocupación alrededor de los afectos musicales, de lo que el sonido es capaz de producir en los diferentes reinos de la naturaleza (y entrevemos a esos egiptanos que Kircher rememoraba, harto conocedores de la fisiología heterodoxa, quienes sabían que la audición de sonidos coloreados generaba el calentamiento del cuerpo: terapéutica + levitación). Y es que la música se vuelve el acceso más completo y comprehensivo a las potencias del alma, a su vez abierta a las determinaciones recíprocas con el cuerpo y el cosmorama sónico. Estos affetti pueden ser incluso afectaciones emotivas (actuación de un énfasis que exorciza la solemnidad platónica), que no por adornados indican menos su procedencia estelar (acrecen la estola del cometa): he allí el canto, lo cantabile de los afectos insiderados.


In-siderar: esa es la cuestión: inocular la galaxia en los cuerpos por obra del afecto musical y el canto: allí opera en clave hermética la combinatoria que indaga y extrae el armónico del universo en cada partícipe: su signatura, que será también la de un arconte. Se infiltra así el alius o aliquid (el algo=x estoico-deleuziano), que es el depósito de indeterminación instilado en el cuerpo (¿el hongo de la psicodelia?). Esto desborda el zodíaco astrológico y dibuja una experiencia universalizable, casi imperial, de una lenta invasión de phonosofisiderismo. Leibniz, acaso inspirado por su maestro sideral y extático, propondrá mónadas orbitales que a la vez de emitir conos de luz sobre las cosas (perspectivismo o anamorfosis), poseen una melodía singular que caracteriza su tendencia, su appetitus o ritmo de duración (siendo esta apetición un principio interno de alcanzar siempre percepciones nuevas). Se trata de una acción musical que realiza el paso de una percepción a otra, que atrae las interfases en serie fonal. Por cada salón, una acción-Castel de sonido-luz-cuerpo. Por cada gabinete, otra acción-Kircher de tubos-sonidos-espiras. Por cada instrumento musical, una acción-Fludd de diapasón-escalada-viaje (y en una relación trans-temporal acaso asimilable, una vibratoria cabina de orgón –Wilhelm Reich– re-utilizada por cierto Burroughs cosmóvago, en la crudeza máxima del frío). Y es que una inusual zona de agitaciones se anuncia: el cuerpo, la percepción, por fin atendida a la par del alma, en la medida en que ya se avecinan entre sí, vuelven a presentirse: ahora el problema (y el misterio) es tener un cuerpo (pero aún más complejo: tener la interconexión alma-cuerpo –si lo sabrá Descartes, que la ignoró–): de allí la espira (no más la escalera o el círculo). Hay un movimiento continuo, no uniforme ni cerrado sobre sí ni únicamente arriba-abajo; hay un movimiento que se da al ubicar el cuerpo-alma en la modulación, en las oscilaciones de una tonalidad melódica que pone en variación la materia y las fuerzas, y que recorre los reinos, de lo más físico a lo más incorporal, de lo más oriental a lo más occidental (algunos beatniks practicaron esta deriva –y Sarduy con ellos–), de lo más tropical a lo más hiperbóreo, que se expande y se infinitiza al ritmo de la nueva cosmología.


En la psicodelia anárquica ese ritmo pierde las jerarquías, desarrolla una inervación con lo nativo-freak (lo nomádico de un terreno por descubrir), y así se desea tanto el vuelo como la topología averiada del reviente (reviente siempre contraefectuado por las sucesivas muertes pero incorporado cada vez como intensidad). Por eso llama la atención que psicodelia mediante se vaya sin escalas (sin espiras) a lo extático o lo mirífico sin pasar por lo crudo, lo patológico incluso (lo primero que un aspirante a chamán experimenta: la disociación, la catatonia, la parálisis). Pretender el vuelo sin el arrastre, desear la delicia sin la catástrofe: esa idealidad va contra el proceso mismo del éxtasis y de cualquier plano intercalar, hacer marchar en su lugar la esfera de las sustancias o de las reducciones. Y es que el chamanismo o incluso cierta psicodelia desatada, más acá de cualquier voluntad, es un rechazo instintivo de esas esferas. Porque en tanto práctica nunca llega a conformar religión, y se permite entonces las más variadas alianzas con lo ctónico que paraliza y produce la repulsa, exorcizando cada posible advenimiento de institución como fijación teologal de la experiencia y sobrecodificación del trance. Ya Caillois, en El mito y el hombre, diferenciaba lo chamánico de lo religioso, el hechicero del místico, el dominio de las fuerzas de la renuncia a ellas, la voluptuosidad del ascetismo. Luego, por sí misma, la planicie, de experimentarse a fondo interzona tras zona, permitirá los enganches que salven del mamarracho clínico que a veces se instala en la ingesta.



V¯¯¯² El Theodidacto Athanasius Kircher, como tantos otros del período asterista, volaba. La portada de su libro Iter Extaticum (1660) nos lo muestra junto a su guía, el ángel Cosmiel, contemplando la cenefa de las estrellas y la máquina orbital de nuestro sistema según el modelo de Tycho Brahe. Otra vez la música es el stimuli de la espira volante: tras un concierto privado en Roma, embriagado por la pulsación de las escalas que conspiraban con todo el Universo para levitarlo, el jesuita comienza a elevarse: para su propia consternación inicia su primer viaje sideral en éxtasis. Sabemos que no es el único: en la planicie de variación abundan las contraefectuaciones de ingravidez (y entre los primeros: los antiguos levitadores tracios, también llamados aeróbatas, más toda la raza de los psicopompos y entre los más recientes: Aleister Crowley, quien bajo el heterónimo de Frater Perdurabo se elevó en su silla ante el temblor taquigráfico de Soror Virakam, su ayudante travestido durante el trabajo de Marruecos4).


Es notable este plano que enganchamos: en él las flotaciones ya no apelan a la creencia ni a la dialéctica de lo posible / imposible ni a la parodia o ironía. Apelan al acontecimiento mismo que se da en esa interfase entre la frase y el acto, sin pertenecer a ninguno de los dos lados (perteneciendo al humor). Si Crisipo proponía que al decir "carro" un carro pasaba por su boca, la narración de un vuelo humano hace pasar el vuelo por la mano. Como en relación a los OVNIS, tratados en toda la psicodelia clase B, ya no importan las polémicas sobre su existencia (núcleo de un debate sin humores) sino aquello a lo que semejante hipérbole invita: una transportación sensible, una dermis con capacidad de irisación ante cualquier acontecimiento interfásico. El misterio de la transportación de los objetos en el espacio, que lezamianamente pueden desplegarse desde el botón que reaparece en otro saco hasta el regreso del hijo pródigo o el zigzagueo de un OVNI en Coronda, tienta ciertas afecciones sensoriales e incluso a ciertos itinerarios físicos (desde la busca del botón hasta una errancia prostibularia o una adscripción a la Orden de la Aurora Dorada). Pero lo genético mismo de un misterio de transportación no es tanto el hecho de su traslado local (por muy asombroso que éste fuera), sino el de su transportación en el tiempo, que implica no sólo un movimiento físico sino una alteración, un salto, un cambio de nivel (un vuelo) o instalación interdimensional (el OVNI no sólo zigzaguea localmente, no sólo aumenta o disminuye de tamaño, sino que también se altera: desaparece de golpe –y difiere de sí, no sólo de las demás cosas–).


Recordamos un artículo sobre Santa Teresa de Ávila (tsé~tsé nº1) en donde se menciona a un aeróbata maestro: "La Iglesia Católica santificó por su parte al fraile volante José de Cupertino, en cuyo proceso de canonización se registran más de setenta casos de vuelo. Volaba bajo las bóvedas de la iglesia, planeaba sobre el altar, se posaba como un pájaro en las ramas de los árboles. Fue necesario incluso suspender su participación en el coro, pues interrumpía con sus vuelos las ceremonias de la comunidad".


Suspender su participación en el coro ... es notable que fuera por el canto que el fraile volante se volviera directamente incontenible, o mejor: peligroso, ya que interrumpía: era ni más ni menos La Irrupción (así llamaban al Espíritu Santo los primeros fervientes cristianos, casi más espiritistas que espirituales). Pero si el canto no es peligroso en todos (y lo es en Cupertino) no es sólo porque el canto en él se abroche a una afectividad musical exacerbada que logra la in-sideración (un grado mayor o menor de afectividad phonúrgica), sino porque logra actuar como membrana (umbral) entre el canto como afecto musical y el canto como producción de la más concreta intervención en el mundo (alteración, avecinamiento): irrupción física, función dimensional, creación de una dimensionalidad a la "n", talla de un depósito de indeterminación en las cosas (¿tokonoma?): actualización de un sector de meseta.


Tanto la música como el canto protienden a una acción mirífica sobre lo que existe, mas no aumentando el datum que abunda sino infiltrando el algo que altera (sea la contraefectuación de ingravidez o el alius del OVNI). Esta teurgia coral y musical que profesaba Kircher (además de profesar el vuelo), la asimilaba también a las seis jornadas de la creación según los seis registros de un órgano tocado por Dios, el óptimo y máximo organista. Más pitagóricamente Robert Fludd proponía su Monocordio Divino (un diapasón virtual y gigante que iba de la tierra al empíreo), en el que resonaban todas las proporciones y relaciones armónicas, métricas y rítmicas del Universo. Recorrer ese monocordio cosmológico es tan asimilable a un viaje del alma a través de los diversos elementos y cielos (intermundia y mesotes), como a una escala musical a ser recorrida por la digitación de unos dedos iniciados en los misterios del diapasón numérico.


V¯¯¯³ Esta serie que acopla lo musical con el vuelo, que nos dió el pabellón espiralado como el dibujo de su fuerza sobrepujante, nos da también el dibujo de una errancia entre espiras: el viaje del alma por la materia –y en sus viceversas fusibles–. Si se siguen las líneas de influencia de los diversos chamanismos pasando luego por los órficos, pitagóricos, gnósticos, la mística judeo-cristiana y el esoterismo hermético, se podría arriesgar que, si hay algo por excelencia intercalar, es el alma –en cuanto hecha de corporalidades, de ganglios intersticiales–. Para cada una de estas corrientes es el entredeux por antonomasia y es por ello la entrada en viaje, la cápsula semoviente. Y no se trata de medir hasta qué punto el alma del gnosticismo no es emparentable al alma chamánica, pitagórica o cristiana; por ahora importa que el alma intersticial / ganglionar es la entidad que como ninguna otra va a presentir las potencias de una errancia entre mesetas (el mesotes de los gnósticos) como su naturaleza e historia singular, y que esas potencias llamarán a una exploración de esta naturaleza y a un descubrimiento de esa historia.


Nos interesa esa entrada en la corriente, esa entrada en itinerancia por fuera del juicio histórico ( = el juicio de Dios) que predeterminará la deriva al entenderla como mero efecto de la necesidad y su dialéctica. Por el contrario, el aspecto del recorrido en sí mismo ya era tenido en gran estima por los peratas y ofitas del gnosticismo pagano, cuyo libro predilecto se titulaba Los habitantes de los suburbios del éter: un extravagar por las periferias e interzonas del aire (que es también su yo-atmosférico). Título que habrá fascinado a más de un manierista italiano o metafísico inglés, y que a la vez implica toda una física y una terapéutica: la entrada en la corriente pertenecerá a una físico-medicina del derramamiento del elemento húmedo, de la conversión de los sólidos a los estados fluídicos. Thálassa Thálassa, se titula uno de los primeros poemas de Haroldo de Campos, haciendo referencia a esa diosa como potencia de la marisma, potencia en la que creían los peratas en tanto hija del caos = del pulso que viaja en el chorro (desde El chorro de sangre de Artaud al Chorreo de las iluminaciones de Perlongher). Claro: cursor que incluso imbibe el semen –y la razón seminal–, que los viejos médicos verán ir del encéfalo al cerebelo y de allí hacia la médula espinal y finalmente al falo.


De este modo, entre los suburbios del éter y los barrios de la interzona, habrá sólo un asunto de chorreos y atravesamientos (ya no de jerarquías angélicas, ni de categorías). Nunca dejará de ser una fisioterapéutica en donde el cerebelo es la interconexión serpentina, de donde los ofitas adherirán a la morfodinamia de la serpiente y se harán adeptos a la ciencia caldea, de sesgo ofidiano. Aceptarán para sí el aventurerismo ondulatorio que para nuestra planicie será el modular de su terapéutica y farmacopea foráneas. Gracias a sus ritos y dietéticas, los peratas serán los únicos en poder atravesar o franquear (perasai) el lodo, las potencias del desorden venidas del elemento húmedo, siempre en movimiento y convulsión. Por eso conocen a Chorzar, la hija andrógina del mar, y de allí sus aptitudes para mantenerse en un trasvasamiento continuo de hombre a mujer, paseándose de un lado al otro de los suburbios del éter y de sus cuerpos (Simón el Mago llamó al espíritu primordial arsénothélys: varón-hembra). Ellos también creen, como los ofitas, que el cerebelo es una interfase y que es una sierpe espiralada (drakontoeides), y no un círculo. Fundamental elegir la espira a cambio del círculo: la serpiente re-instala o prepara la polisemia metamórfica de la hélice, su devenir sin cierre, razón por la cual los avatares de la serpiente astral aparecen mezclados a los helicoidales: psicodelia y cosmología, hermetismo astrolátrico y música, conformando un rebis matérico, una ambigua materinesis en La Irrupción, aliados del tiempo-creación que los desata o espira.


V¯¯¯¹² La serpiente: sus diversos relieves sobre el plano, circuirán el despliegue de la espira psicodélica, a partir de un acontecimiento tan concreto como la lisergia-Costa-Oeste (y Jim Morrison y Roky Erikson adheridos a las cabezas del reptil). Ofitismo lisérgico del desierto americano, duna tras duna hacia la fundición propiciada más que nunca por una física de las evaporaciones. Embriaguez que ahora pondrá en juego al cuerpo como actor principal, sin relación deficitaria con el alma ni con la esfera trascendente, en tanto que el efecto de su química será ahora un alma evaporada: el extra-ser de las sensaciones. El alma ya no tendrá sede ni centro, recorrerá como un vapor o polvillo la periferia dermálgica del cuerpo, en determinación con sus voluptuosidades o frotages (su equiparación a una cárcel o mero soporte sólido quedará como un mal metafórico heredado no detectado). Los cuerpos liberan un campo inmanente-trascendente a ellos mismos siendo ese el modo de acceso al alma (a la interzona cuerpo-alma), campo que por magnético o aureolante no estará menos determinado por los influjos del medio. Así es que los desiertos aparecerán en relación a la lisergia con todo su poder vaporizador, reverberante, multiplicando los accesos al alma por sus los extra-seres, por obra de sus principios de temblor y turbulencia, con toda su niebla solar que vendrá a señalar los estados larvarios, germinales de la percepción (lo adivina Deleuze en relación a T.E.Lawrence): "Ver neblinoso, ver turbio: un esbozo de percepción alucinatoria, un gris cósmico".


Para un yogui hindú este gris será una modalidad de teofanía luminosa, en tanto vimos que la cercanía de la revelación se anuncia según la experiencia de las luces coloreadas, entre cuyas series se cuentan las nebulares: nieblas, humos, vapores (los que andan sobre el humo, eran llamados los levitadores tracios; "Smoke on the water / and fire in the sky", cantaba el Ian Gillan del Deep Purple psicodélico). Por aquí es que la lisergia, en su ampliada espira, atrae las visiones de Oriente al desierto americano, para mezclarlas con la epifanía luminosa del coyote: la luna cánida. Estos vapores suscitan el lirismo de las fusiones en el medio, de las solicitaciones del espacio o de lo que Baudelaire llamaba la fuerza nativa: la región de las virtualidades instintivas, transformistas. Allí abundan las flotaciones, los sobrevuelos, las solicitaciones del hábitat, los delirios miméticos, en las inmediaciones de un espejismo lunar en el que las cosas suben y bajan por una cuerda. Para los fakires de la India esa cuerda será una serpiente, el oscilador conectivo por donde ascienden y descienden toda especie de seres, objetos y substancias (cerebelo serpentino de los ofitas). Y muy pronto el pixel pop del trazo psicodélico se encabalgará a la sierpe pneumática y así la serpiente pasará de un salto al repertorio de las plumas y el vestuario: irrupción del tatuaje, del ornato ofítico, de las pieles y cueros (Ave Roc, de Echavarren, atravesará ese géiser glam y mimético). Perspectiva que por adherirse a las di-versiones y fiestas más que a una ritualística soldadora (o en todo caso adherido a un ritual performático como el de los motoqueros de Sarduy, en Cobra, con su ritualidad iniciática al ketchup), llevará a un tipo de viaje desmarcado de la noción cristalizada del mito, cuyas metáforas empiezan a ser modificadas o desplazadas. Recorremos la planicie nativa antes que la cultura de la interpretancia europea –con su tamiz provinciano–, así es que su plano recibe todo tipo de adherencias aborígenes-lisérgicas, pero de una clase que desenfoca el filtro folklórico y filológico sobre el viaje. Si hay un proceso singular del período del trazado lisérgico del Oeste, es el del proceso de concreción (siempre facilitado cuando la música es el soporte afectivo): cómo logró arrancársele a la meseta una actualización lo más fiel posible a sus potencias. O bien: hasta qué punto muchas disposiciones subjetivas lograron agregarse a lo encontrado (y no sólo encontrar un imaginario poético, o un objeto de investigación terciaria); hasta qué punto lograron trazar con sus cuerpos troceados un nuevo mapa del Oeste (Thomas Pynchon recorrió algún sector residual de ese mapa en Vineland). Así es como esta serpiente lleva a Rocky Erikson al manicomio y a Morrison a la celebración alucinatoria. Psicodelias de Texas, de Las Vegas o de cualquier ciudad caosmética, por donde la visión se engancha a una licnosofía urbana (glamodelia), de astros de la lisergia encabalgados a una ola de gases fluo ("Life is a gas", cantará Marc Bolan, de T-Rex).


Las fiestas y los acid clubs, las rutas con salidas al desierto, la velocidad muscular agarrada al aspecto sintético de la droga, al mix anfetamínico, agrega otra de las variedades sensibles de la ingesta, muchas veces impulsoras de pequeñas sectas con protocolos y prácticas esotéricas de minoría guerrillera, de manada bárbara y eléctrica (los Neonflies de Las Vegas, grupo de garage de segunda división y hacedores de interminables fiestas y tours de vacancia por el desierto y la costa, en donde contactarán con los nucleamientos de la psicodelia surf: se desdoblarán entonces en los Boardflies). Una activación que por más muscular o dermopática que sea, no avecinará menos el vector de las solicitaciones transformistas y celebratorias (aunque a lo mejor disminuya el alcance enteógeno). La aceleración medular, el alza serpentina sin cierre mentalista que lanza sin sosiego, es otro avatar sanguíneo de la lisergia que pasa al nivel de las grandes ciudades psicodelizadas: fibrilados cromatismos de los carteles o rutas, estridencias de las ropas, del maquillaje (cosmoética) y de su humor cuasi-performático. Se correrán sin embargo todos los riesgos del nihilismo, que no habrá sido más que una mala adivinación de lo que el descubrimiento de las pieles instala. No una dicotomía retenida en su discusión edípica con los padres adérmicos (más la piedra tosca de qué rebeldía), sino una ruta que despista y desmiente sobre todo a quien la prueba. La piel dermopática del ofita no vuelve cada vez que vuelve para aniquilar su piel en una paranoica duermevela, agotadora de iridiscencias; vuelve para de una vez montar las alteraciones de su resta y summa. Ciertos dibujos del trazo-Oeste, a diferencia de otros simultáneos, tuvieron procesos de concreción que saltaron por encima de las invitaciones del nihilismo y a la vez del idilio ruralista, de lo cual resultará una curtida fidelidad a lo más ofítico del trance: su Nueva Dermis.



Variación tercera


V¯¯¯¹ Coexisten pequeñas unidades conceptuales en relación a la psicodelia, filosofemas rastreables a lo ancho de sus escritos, que por pertenecer a una instancia posterior en relación a la experiencia acaban ejerciendo una injerencia desmedida al momento de escribir en los alrededores y a través de lo experimentado (al momento de re-inventar esa experiencia o de dejarla derivar en la escritura). Precipitan diversas visiones por las que se entrevé la zona de lo pensable y de lo sensible que tientan. Una de ellas, al surgir la interpretación de la tangente lisérgica, es de influjo romántico-existencial (una parte de la experiencia beatnik prolonga ese contacto, dentro de un romanticismo grosso modo que acaso ni sabía quién era Herder). Habrá otra –entre muchas por conocer– de variado influjo pre-socrático: una alianza horizontal con los principios elementales, con las fuerzas en danza, que no conduce a una operación de reenlace respecto a un sentido primero o elemento primordial, cuando el experimentar remite a lo reminiscente: lo desconocido como un conocido aún no reconocido (apelación a un Inconciente Colectivo o Memoria no-bergsoniana como unidad preformativa a la que se accede por la ingesta). Desde esta esfera atravesar una interzona lisérgica será enlazar a aquella unidad que subyace a la multiplicidad: aquello que puntualmente criticara Caillois de cierta operación mítica extendida. Para Caillois lo ante-predicativo o pre-formal tendrá similar relevancia, pero a cambio de esa Memoria o sentimiento subyacente como condición de la experiencia, insistirá un afecto a la medida de esa experiencia particular, que no le convendrá más que a ella, aunque suponga una totalidad parcial prehendida y soltada al paso. Afecto que es una potencia en variación, difiriendo de sí continuamente –como el OVNI antes citado–. Porque si bien la atención puesta en las variaciones y fuerzas, es entre otras cosas un precioso legado romántico estimulado por sus revisiones de lo nativo (atravesado de las donaciones manieristas y barrocas en sus relaciones con lo exótico), estas fuerzas se recomponen luego según ecuaciones de orden simbólico que sueldan su-Real con abstractos re-unificadores, escapándose una vez más –cuando al fin iba a soltarse– la multiplicidad no interpretable.


En una traza lisérgica como las del período hippie, el estado larvario, si es de preformación antes que de agenciamiento, se topa muy pronto al Gran Ser que por vía de la ingesta se reconoce: " (...) empecé a ver o a presentir el Gran Ser" (le escribe Allen Ginsberg a Burroughs, 1960, quien sin embargo prehenderá de manera contrastante esas ingestas). No es extraño que la concepción visionaria gran-esencialista hayan necesitado, con la decadencia de la crudeza beat, de fuertes reconversiones a ideologías sanitarias de purificación (= new-age, un poco más adelante), y que el finalismo retrospectivo de ligar a esa Memoria al modo de una unidad de sentido, pueda descubrirse un poco tarde –pero ya es hoy– como la inminencia de un mini-Estado punitivo / legislativo, antes que afrontar el sustain de su estado larvario –un viaje paranoico antes que conectivo-sin-fin–. Si a estas correcciones de lo larvario operadas por una teleología retrospectiva o futurible (a las que sólo accederá el más conciente), se le agrega el filosofema existencial de una conciencia desocultadora y dadora de sentido, encontramos la rúbrica del discurso épico sobre la experiencia lisérgica, como síntoma de que la percepción no pudo mantenerse en ella, en su indómito recrudecer.


Sin embargo una planicie de variación no querrá ni podrá oponer a esta experiencia interpretada, un nihilismo a reacción ni una especulativa ironía, ya que su intento será acceder a esas fundiciones de la percepción, a eso pre-individual, sin remitirlo a Memoria ni Olvido alguno, a través de la fluctuación misma y sin cortes (sean cortes del Gran-Ser o de la conciencia), vale decir: sin cortes ideales, y al contrario por obra de una inmersión lúcida en esa voluntad de inconciencia que mencionáramos, que se aleja tanto del inconciente psicológico como de una inconciencia de reventado (el hippie triste, que acaba en nuestro chabón de barrio). En una planicie de variaciones se verá ella misma transformada en una variabilidad sin fin que no desoculta más de lo que con-funde, siendo esta oscuridad su elemento genético aún no determinado por el sentimiento o el sentido: el punto sensible, dirá Deleuze, restaurador continuo de la interfase anomal. Y será recién este punto el que determinará nuevas distribuciones del sentido según otras operaciones que las de la reminiscencia. Lo cual, en términos de prácticas de escritura y aún de sus ritualidades circunvecinas, hará a las diferencias entre cierta concepción del automatismo (que busca instalarse en las indeterminaciones del inconciente como receptáculo previo) y la improvisación (que motoriza inconcientes posibles –de allí la relevancia de la improvisación durante cada dentición psicodélica, conductora de exploraciones distintas a las del automatismo–). La traza lisérgica, liberada o re-singularizada por una nueva crítica ( = una nueva experimentación), todavía tiene muchos trazos por hacer pasar a través de la meseta interfásica que portamos en el soma, aún y sobre todo entre los irrepresentantes de la música o la poesía, no exclusivamente por aborigen sino inclusivamente por nativa.



Variación epilogar


V¯¯¯¹ Nos, los irrepresentantes -1-. Si bien la escritura sigue siendo una zona particularmente rígida respecto al allogen psicotrópico, un territorio sobrecodificado (hiperliteraturizado) al que le cuesta el seguimiento de una línea de desplantes extra-terciarios, de a poco –y desde hace tanto– se descubre un arco de poéticas que des-especifican sus cuidados endogámicos. En el envés del cultivo de las especficidades aparecen zonas de incertidumbre, propiciadas por eventos performáticos que se vuelven a instalar en el ámbito de los poetas, en el cruce de la música, el arte visual, la instalación y la sinergia colectiva de la población (una nueva sociología). Habría que diferenciar sin embargo entre una propuesta en la que no hay más que una mecánica aditiva de sumatoria de elementos sin umbrales de transformación o simbiosis, y aquella que pone en marcha una función dimensional, en donde la planicie interfásica encuentra sus actualizaciones concretas. De allí entonces que este tipo de acciones intercambien fibras con las insistencias psicodélicas: porque la función que proponen estos eventos, la de producir una dimensionalidad a la "n" que invente nuevos puntos sensibles, es una operación afín a la de las alteraciones propias de la planicie de variación del trance lisérgico. La razón de esta insistencia es clara y confusa: hay poetas o músicos que intentan re-avecinar la fiesta (que en nada se relaciona con nuestra cultura del entretenimiento y el fin de semana) a los umbrales de la escritura. Desarraigada de la institución y del análisis institucional, la escritura adquiere movimiento (de) real. El dinamismo divergente de los eventos implica un desplazamiento o una migración de energías, que sin ser nueva sin embargo tiene chances de innovar, de atraer núcleos de actividad adheridos a un impulso, a una fuerza de apoderamiento de la sensibilidad. Las relaciones entre baile, ritmo, trance y palabra, sin ser fácilmente extrapolables a sus resonancias dionisíacas o aborígenes, sí convocan las potencias convertidoras y colectivas de la fuerza nativa. Que existe como tal sólo al variar las disposiciones subjetivas programadas para tornarlas afines a otros traslados y mutaciones, que acaso correrán la suerte de transportarse a una cadencia de escritura, a un ritmo frástico, a un tono que se contagia y cunde: "Los afectos perturban estilísticamente", escribió el poeta peruano Luis Hernández.


Los aborígenes de todas las eras saben que hay lugares para incubar, para obtener el incrementum pneumático a la medida de sus inclinaciones. Ese lugar aparece por invención espontánea de un acontecimiento y a la vez por influjo colectivo entre los tocados por esa invención (de donde surgiría su natividad o buena estrella). Lugar que puede ser desde el locus amoenus cortesano hasta la wunderkammer manierista o el espacio performativo de los poetas. Entre los irrepresentantes de la poesía vuelven a circular esas dimensiones de nuevas compatibilidades extra-literarias, de prácticas que asumen la tentación del espacio, sus solicitaciones plásticas que confunden las fronteras entre organismo y medio, que propician el yo-colador tanteador del ultraespacio. Toda una franja de ur.poéticas infiltrando sus agitaciones interdimensionales o virtualidades instintivas, que muy probablemente estén haciendo ingresar sus ritmos singulares y microperaciones a escrituras que nos irrepresentan.


V¯¯¯² Nos, los irrepresentantes -2-. Las trazas lisérgicas en la literatura de nuestra región no son tan escasas como como nuestra volkskultur desearía. Para un seguimiento de sus líneas de ingresión-no-programáticas que de tarde en tarde parecen atravesar diversas audiovisiones, bastaría con proponer un puñado de libros-vector: El amhor, los orsins y la muerte, de Néstor Sánchez; Aventura de los miticistas, de Héctor Libertella; El Himalaya o la moral de los pájaros, de Miguel Angel Bustos; Mutaciones bruscas, de Enrique Luis Revol; Cuaderno del peyote,de Carlos Riccardo; Aguas aéreas, de Néstor Perlongher; Ruido incidental / El té, de Reynaldo Jiménez; Alga, de Gabriela Bejerman; Estremezcales, de Romina Freschi; y un haz de materiales inéditos o editados en revistas de Manuel D'Onofrio, Sergio Uzal, etc. Por otro lado, de entre aquellos orientales que hacen de sus cruces fluviales la natividad trasplatina, Roberto Echavarren desplegó chispazos de estas trazas en diversas zonas de su obra, entre ellas Ave Roc y Universal Ilógico. A todos estos títulos habría que agregar aquellos que participan de la planicie sin hacer base en ingesta alguna, ni siquiera agenciándola como chispa, tal como ocurre en Madariaga, Marosa di Giorgio o Viel Temperley, cuyas alteraciones pasan por la criba caleidoscópica de un punto sensible fuera de cuadro, por eso en planicie, que liga a lo que el surrealismo tuvo de su Real. Y sólo para dejar titilando un lucema de cierto curso por dar, transcribimos a modo de epílogo el poema Real, del Universal Ilógico de Echavarren, donde la letra chiquita dice: Real de Catorce es el pueblo mexicano en donde abunda el peyote y adonde suele ir el informante para consumirlo.


En cuanto a la psicodelia argentina (para esto remitimos al artículo de Cippolini incluido en este dossier), cabe arriesgar que sin programa aunque con ramalazos de una sostenida insistencia exploratoria, va permitiendo traslucir, a través de los relevos más o menos deliberados de sus gextos, el pirado mapa de lo Real transplatino, como modular de nuestro inminente continuará.



REAL

Sobre un plegamiento herciniano sube
la luna cabeza de conejo, una tunda verde de palos machacados
y del otro costado un listón naranja.
En las playas bajo los arbustos colonias de caballos
conversan con las hienas.
El sosiego dura en los huecos de tierra.
La piel no es a prueba de balas.
Tras el matojo un aleteo del ave del herrumbre
se posa sobre una palmera enana.
Rapto chuzas vegetales del hocico
del ciervo. Un kakuli abro.
Venus, entre velos, traslúcida, es un tipo cubierto de polvo
amarillo. A poco los ladridos, los pedos
de la Reina, aldabonazos, a medida que aumenta el resplandor
ya no veo sino el ojo malsano
pero no distingo trazos contra el cielo.
Una guiñada llega o se va.
Al sereno, una tijereta sesga bajo.
Común es el muerto, el que tiraba
ahí no más y nos hace en la pose
un reenvío reportado a la miel y cenizas
de los huesos tragados en el ragout que nos reunió por
primera vez desde el ragout anterior.
Las digerimos sin llegar al vómito, aunque varios
devuelven siembra verde a la carrera tras unos madrazos.
Un kakuli susurra tentado hundido
por ramas liliputienses y flor de pajarito:
"Oir no es ver
ramas de lívidas cicatrices."
Oir no es ver. Pero los rincones beben,
hienas resoplan entre las conchas,
resoplan bajo la carpa helada los durmientes.
Las víboras y los jadeos
se detienen a media asta, en silencio
suspensas las garras sobre las cinchas.
No es miedo. Miro la mancha que lavé con alcohol,
el sombrero en claro del capataz entre la siembra,
las fotografías del árbol bajo el cual yacía,
los ñandutís de araña entre la boca abierta
del kakuli gris opaco.







Tapa de la revista tsé=tsé 9/10, año 2000, que incluye el dossier Insistencias Psicodélicas, de 80

páginas y 15 autores. La foto de tapa es de Gabriel Valansi, de la serie de fotos Zeitgeist.



*Notas

1 Este ensayo se publica por primera vez en el número 9/10 de la revista tsé=tsé, año 2000, dentro del dossier Insistencias Psicodélicas. Lo presentamos para esta publicación con algunas correcciones. La tapa de aquél número de la tsé=tsé aparece al final del ensayo.

La obra visual de Mario Bortolini que se incluye, aparecía también en la versión original de la revista.

2 Ya que no será la ingesta la que produzca el acontecimiento; es más bien la ingesta la que es producida en ese medio (en esa fábrica perenne) que la atrae hacia sí.


3 Los alcances elucidadores de la adivinación dentro de un sistema de inusuales silogismos, los estoicos ya lo habían configurado empezando por una primera redefinición de las operaciones racionales, en las afueras del estigma racional platónico-aristotélico con el que la filosofía occidental decidió darse su imagen. Dice Emile Bréhier en su Historia de la filosofía: "Pero este racionalismo [estoico] no debe inducir a error. No es, en modo alguno, el sucesor del racionalismo de la inteligencia o intelectualismo de Sócrates, Platón y Aristóteles; ese intelectualismo basaba su realidad en un método dialéctico que permitía sobrepasar el dato sensible y alcanzar formas o esencias relacionadas con la inteligencia. En el dogmatismo estoico no hay ningún procedimiento metódico de ese tipo; no se trata ya de eliminar el dato inmediato y sensible, sino al revés, de procurar que la razón tome cuerpo en él; no hay progreso que conduzca de lo sensible a lo racional, puesto que no hay diferencias entre uno y otro".

Esta misma particularidad sensual o vitalista, enfatizada por la capacidad de penetración del pneuma (hálito ígneo, potencia) en las cosas, los llevará a considerar que todo está impregnado, en movimiento y mezcla, y que por lo tanto bastará con asimilarse a ese tónos que vibra y timbra, a ese vaivén por lo que el universo existe, para descubrir que "todo conspira", recibiendo y emitiendo diversas clases de influencias y emanaciones (materialismo espiritualista). El silogismo adivinatorio: "si tal hecho es, tal otro es", no es más que una extensión de estas nociones, basada en la gracia –querríamos decir–.


4 Un último vuelo que citaremos es el del Dr.Eugenio de Torralba, surcando el espacio velozmente la noche del 6 de Mayo de 1527 desde Medina de Rioseco hacia Roma, y el testimonio del cortesano Luis de Zapata: "Y en otro abre y cierra ojos solamente: / se halló junto al cielo de la luna (...) y la tierra de allá de suyo escura, / perdió luego de uista en tanta altura".


*Autor

FALTA