¡Rayos y centellas!
Dominique Kahanoff y Marcos Perearnau


1. De niño prodigio a enfant terrible


Durante la primavera de 1943, Albert Hoffman tuvo que interrumpir su trabajo en el laboratorio de investigación químico-farmacéutica de la empresa Sandoz de Basilea y marcharse deprisa a su casa. Como explica en el informe enviado al profesor Stoll, lo asaltó una extraña intranquilidad acompañada de una ligera sensación de mareo. En su casa debió recostarse, porque cayó en un estado de embriaguez no desagradable que se caracterizó por una fantasía sumamente animada. Lo penetraban sin cesar imágenes fantásticas de una plasticidad extraordinaria. En el laboratorio, un poco de la solución había tocado la punta de sus dedos al cristalizarla y un mínimo de sustancia había sido reabsorbida por la piel. Había descubierto el LSD.


Todavía no había comenzado la Primera Guerra mundial, cuando el pequeño Albert paseando por los caminos del bosque tuvo una sensación de encantamiento. Era una mañana de mayo y el sol se filtraba por entre la copa de los árboles. De repente todo se apareció con una luz desacostumbradamente clara. Recuerda Hoffman en el prólogo de su libro La Historia del LSD que el paisaje resplandecía con una belleza que llegaba al alma de un modo tan particular y elocuente que parecía como si quisiera incluirlo en su hermosura. Durante lo que duró el hechizo, sintió una indescriptible sensación de felicidad, pertenencia y seguridad dichosa. Al cabo de unos instantes ese estado de transfiguración fue cediendo a los pensamientos habituales y al paseo matutino. Pero será recién en la mitad de su vida cuando esta observación visionaria de su niñez –así la califica él mismo- logrará conectarse con su actividad profesional.


Estudió química porque quería obtener una comprensión de la estructura y la naturaleza de la materia. Su estrecho vínculo con el mundo de las plantas lo decidieron a elegir como campo de actividad la investigación de las sustancias contenidas en las plantas medicinales. Con una tesis doctoral calificada con un sobresaliente, el niño prodigio Albert no tuvo inconvenientes para ingresar en la sección químico-farmacéutica de la empresa Sandoz. Allí tuvo la posibilidad de sumarse a las investigaciones del Dr Stoll y comenzar a trabajar con sustancias psicoactivas generadoras de alucinaciones.


El cornezuelo es una seta inferior, es decir un hongo, que prolifera sobre todo en el centeno. Su ingreso en la historia de la humanidad no es de lo más auspicioso. Se hace conocido en la Alta Edad Media como causa de envenenamientos masivos que se presentan a modo de epidemia y durante los cuales mueren miles de personas. Quien causaba ergotismo, ¡era el pan que contenía cornezuelo! Entonces, las famosas pestes tenían su santo patrono. San Antonio era el encargado de cuidar a los enfermos de las terribles gangrenas y convulsiones producto del cornezuelo, conocido como ignis sacer o fuego sacro. La última vez que el santo fue llamado en auxilio fue en 1926 durante una epidemia que afectó determinadas regiones del sur de Rusia. Con el transcurso del tiempo, el portador de veneno se transformó en un almacén de valiosos medicamentos.


Investigaciones realizadas por laboratorios ingleses y norteamericanos lograron averiguar la estructura química de alcaloides del cornezuelo. Llamaron ácido lisérgico al componente fundamental común a todos ellos. Ante el avance de estos estudios extranjeros durante la década del 30, Albert Hoffman pidió al profesor Stoll autorización para continuar con las investigaciones en ese campo. La carrera armamentista se desarrollaba en todos los niveles. Tras purificar la ergotoxina, el material de partida para el ácido lisérgico, Hoffman sospechó que debía ser una mezcla de diversas sustancias. Luego de arduos estudios, logró descomponerla en tres sustancias que derivaron en un valioso medicamento que sirve para la lucha contra trastornos de la vejez y ocupa hoy el primer puesto de ventas de los productos farmacéuticos de Sandoz.


El 16 de abril de 1943, una semana después de la reunión de Hitler y Mussolini en el palacio Klessheim ante las recientes derrotas en la Segunda Guerra mundial, Hoffman intenta producir la síntesis de LSD-25. Se trataba de algo inusual, puesto que las sustancias de ensayo se excluían del programa de investigaciones si no se evaluaban como interesantes a la sección farmacológica. En la fase final de la síntesis, al purificar y cristalizar la diamida del ácido lisérgico, se produce el incidente fatal.



2. Del viaje interior al horror trip


A pesar de la minuciosa pulcritud con la que acostumbraba a trabajar Hoffman, un poco de la solución entra en contacto con su piel. Tras ese fallido, propio de un superhéroe de comic –Spiderman y la picadura de la araña-, se iniciará en la vida del científico un larguísimo viaje a través del cual conocerá los alcances de su súperpoder. Comenzando por el famoso viaje en bicicleta, que sintió inmóvil hasta que el asistente le confirmó lo contrario. Aquella tarde aterrorizado por la proliferación de imágenes y el temor de estar perdiendo la razón, le pidió al asistente pronto auxilio de un médico y el suministro de leche como desintoxicante no específico. A pesar de los controles de rutina, el médico no encontró nada fuera de lo normal en el cuerpo de Albert. A la mañana siguiente, lo esperaba una sensación de bienestar y un desayuno con sabor buenísimo pasado el efecto de la dietilamida del ácido lisérgico.


Para poner a prueba los efectos del nuevo descubrimiento, Hoffman comienza a realizar una serie de autoensayos junto a otros químicos, médicos pero también poetas y artistas en general, donde experimentan tanto con las cantidades de las dosis como con las situaciones. Éstas últimas eran de lo más variadas, desde análisis en oscuridad, hasta ensayos en bata porque consideraban que lo cotidiano debía quedar de lado también en las exterioridades. Siempre contaban con alguien que formaba parte de la escena pero sin ingerir ninguna sustancia. De modo que, desde ese lugar al mismo tiempo externo e interno, podía registrar lo que sucedía y lógicamente ante alguna eventualidad que implicara peligro intervenir activamente. Sentir frío o querer recostarse un rato, también justificaban su participación. El especial cuidado en el armado del set y setting de la situación, muestra que era tan importante con quién se compartía el momento como el escenario donde sucedía. En general tenían lugar en la casa del propio Hoffman cuando su mujer se iba con sus hijos a visitar a los padres.


El viaje que al principio tenía como escenario las propias percepciones fue llevando a Hoffman a nuevos horizontes. Abandona de a poco el terreno seguro de la interioridad y los fundamentos de la razón occidental, conociendo a familiares del LSD, principalmente los parientes mexicanos. Llaman su atención no sólo por la similitud de los efectos físicos, sino también por la afinidad en sus estructuras químicas. Reconoce que los hongos hallaron el camino a su laboratorio sin su intervención. Sin embargo, ante ese azar que se juega en sus manos, Hoffman se hace una y otra vez responsable: responde con su entusiasmo. Así descubre que en todos los lugares donde crece vegetación, hay rituales en relación a las plantas y que éstos, sean festivos, religiosos o buscando curaciones que denomina mágicas, producen visiones que muerden el cuerpo. Se bailó y lloró. Encontrará también que el set de sus autoensayos tiene varios puntos en común con los rituales de sociedades bien alejadas de la europea. Por ejemplo, la fundamental presencia del curandero, en lengua mazateca co-ta-ci-ne “el que sabe”, comparte algunos rasgos con el lugar del observador que adquirió el asistente en el primer set improvisado, modelo para los autoanálisis que siguieron.


En su viaje a México lo reciben de manera muy hospitalaria, tanto la gente como la belleza del paisaje y la vegetación tropical. Llama su atención una enredadera, la ipomea violácea, que crecía allí de manera salvaje. En su jardín la conocía sólo como planta de adorno. Los colores, pájaros, flores se le presentaban con una belleza fuera de lo común. Pese a que la participación de extraños en ceremonias sagradas no era habitual, luego de una ardua búsqueda, los recibe una curandera llamada Consuela García. En su choza Consuela alternó cantos y momentos de silencio, mientras el reducido grupo conformado por él, su mujer y el colega Gordon, alternaban visiones y momentos de descanso.


Al día siguiente ofrecen sus respetos a la popular chamán María Sabina en Huautla de Jiménez. La vieja curandera tenía un rostro inteligente y con expresiones sumamente cambiantes. En la choza reinaba un desorden inimaginable. Allí Hoffman le suministró las pastillas en las que había logrado retener el espíritu de los hongos. María Sabina guiará a él y al reducido grupo en una ceremonia a oscuras en la que canta y recita oraciones que le despiertan una embriaguez conectada con sensaciones sexo-sensuales. Se encuentra en un estado de verdadera hipersensibilidad. Como regalo de despedida, Hoffman le ofrendó a la vieja curandera un frasquito de pastillas de psilocybina. Su propia vida irradiaba un brillo nuevo.


Sin embargo, lejos estaba de poder predecir el alcance de su descubrimiento. El efecto del LSD en los Estados Unidos fue claramente otro. El renombrado psiquiatra Leary también quiso estudiar la sustancia pidiendo muestras al Laboratorio Sandoz. Leary fundó la IFIF llegando a pedir 2,5 millones de dosis a Sandoz. La desorbitada cantidad solicitada y el nombre de la asociación, International Federation for Internal Freedom, despertaron sospechas en el laboratorio suizo. No tardaron en confirmar que los test dentro del marco científico habían mutado en parties de LSD, y decidieron rechazar los pedidos. No había aún en Estados Unidos una legislación que reglamentara el uso de estas sustancias. Que muchos jóvenes perdían la razón en un mundo que la había perdido antes, sirvió a los medios para atribuirle al propio Hoffman la responsabilidad de la nueva peste mundial. Con una enorme popularidad entre la juventud universitaria y artistas de todo el mundo, Albert había comenzado a inaugurar nuevas sociedades junto a escritores y conocidos chamanes.



3. Vuelta a la naturaleza


No podemos hacerlo sin la rosa, es el título de una de las intervenciones del artista alemán Joseph Beuys en el año 1972. Recibió al público durante cien días en un escritorio dentro del museo para debatir sobre su idea de organización de democracia directa. Además de ser autor de una obra profundamente conmovedora y política, Beuys fue miembro del Partido Verde alemán que llevó al Parlamento muchos de los reclamos que hoy conocemos en defensa del medio ambiente, ecologismo, pacifismo y feminismo. A diferencia del movimiento romántico que proponía un retorno a la naturaleza abandonando el pacto social, el esfuerzo del nuevo Partido estaba en otorgarle derechos a la naturaleza para lograr incluirla en el pacto y salvarla así de la destrucción humana. En un mundo devastado por dos guerras mundiales, resultaba patente que la naturaleza puede acabarse y el humano perderse con ella.


Otros movimientos como el hippismo, también intentaron fundar nuevos modos de mancomunarse en un pacto reformulado con la naturaleza. Tomando elementos de sociedades contemporáneas que a la luz de la cultura occidental eran vistos como primitivos, frecuentaron rituales y ceremonias en la búsqueda de restituir sentido a una experiencia que el capitalismo no lograba significar del todo. Sin embargo, Hoffman intenta diferenciar su búsqueda de ciertas aproximaciones de grupos hippies. Según su opinión, muchos extranjeros se comportaron muy mal e incluso de forma criminal. La invasión de hippies al país de los mazatecas en forma de turismo chamánico destruyeron en gran medida el carácter original de aquellas prácticas.


Frente a la experiencia del mundo que se presenta como mecanizada y desalmada, Hoffman considera que el LSD permite una conexión con la naturaleza diferente a la conducta propia del saqueo de la civilización técnica y la destrucción catastrófica del medio ambiente. La disolución de la realidad cotidiana y el que la experimenta, habilita la capacidad de hacer surgir nuevas imágenes de una realidad que parecía adormecida. Es ésta potencia, que califica como verdaderamente cosmogónica, la que también vuelve comprensible la adoración y el culto de las plantas alucinógenas como drogas sagradas. La luz que resplandece en experiencias de este tipo son más cercanas al resplandor místico que al iluminismo en el cual se había formado el científico.


No fueron pocos los que vieron en el LSD el posible suministro de trascendencia a las masas. El escritor inglés Aldous Huxley, con quien Hoffman mantenía una asidua correspondencia, afirmaba como Meister Eckhart que lo que había sido dado en la contemplación debía ser devuelto en amor. En una de sus cartas, Ernst Jünger, otro de sus amigos, señala sus diferencias al respecto. Para todos ellos, en el tránsito entre la visión que inaugura un mundo y el mundo tal como lo conocemos aparece una pregunta ética y política acerca de la transformación. El cambio en el caso de Hoffman tuvo repercusiones en su propia vida implicando el retorno a la nitidez y curiosidad de la infancia, la diversión en nuevas sociedades con escritores, poetas, artistas y otras culturas. Queda claro ahora que el título del libro, traducido como La historia del LSD –Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo-, refiere más a las ambiciones de venta editoriales que al original en alemán Mein Sorgenkind, es decir, Mis preocupaciones de la infancia.


Más cerca del final de su vida, en una investigación acerca de los principios activos de una famosa enredadera mexicana que los antiguos aztecas denominaban ololiuqui, Hoffman observó sustancias activas muy emparentadas con el LSD. Curiosamente las enredaderas, que tienen un lugar relevante en la cultura japonesa zen, fueron las primeras flores que Albert cultivó en su jardín de niño.


*Autores

Dominique Kahanoff nació en Buenos Aires en 1985, fotógrafa y psicoanalista. Licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires donde se desempeña como docente e investigadora de la Cátedra I de Clínica de Adultos. Becaria CONICET. Doctoranda en Psicología (UBA). Miembro del Foro Analítico del Río de la Plata y docente en el Clinical College of Colorado. Ha realizado traducciones de Alain Badiou y Colette Soler, entre otros. dominique.kahanoff@gmail.com


Marcos Perearnau nació en Buenos Aires en 1985. Estudió la carrera de Filosofía (UBA) y se dedica al teatro. Es autor y docente. Fue seleccionado en 2012 por las Pasantías de Jóvenes Directores en el Teatro San Martín. Su obra En adelante participó de la Bienal de Arte Joven en 2013. Publicó dos novelas. Es uno de los directores del sello editorial Libretto. Y fundador de La Sede, espacio de formación, producción e investigación escénica. Su búsqueda lleva el nombre de Teatro Jurídico | teatro-juridico.blogspot.com.ar