La rabia que sentimos es el amor que nos quitan
Bárbara Pavan
Lo que suena

La rabia que sentimos es el amor que nos quitan

Los Rusos Hijos De Puta
(Independiente, 2015)

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Por algún motivo que en este momento me escapa -o quizás nunca tuve en primer lugar- siempre pensé que al rock argentino actual le estaba faltando algo. Tanto en la escena independiente como en la más comercial, que quizás siempre pecó de más “barrial” u otro adjetivo ingenioso que podemos pensar desde la prensa, había un cierto aire revoltoso que se extrañaba. Parecía que preferíamos las guitarras sensibles y anglosajonas, o un electropop apto para la pista de baile, antes que un mensaje claro y al punto, una patada en los dientes. Quizás es porque siempre nos gustaron los eufemismos.


Los Rusos Hijos De Puta cambian esto. Su nombre es mágico. Su primer trabajo discográfico, editado allá por febrero de 2013, se llama Hola. Lo grabaron en una quinta en el Tigre, y desde el arte de tapa se puede apreciar esa soledad salvaje del Delta, esa energía cruda que caracteriza las canciones de la banda. En este disco se empieza a notar que estamos frente a los nuevos heraldos del punk en Argentina, un género que siempre está bastante distorsionado.


Una de las cosas más interesantes de Los Rusos Hijos De Puta es su carencia de pretensiones, otra de las cosas que más tenemos. Esa crudeza y ferocidad del debut se traduce en su nuevo trabajo, recién salido del horno y editado a principios de marzo, La Rabia Que Sentimos Es El Amor Que Nos Quitan, que de nuevo repite productora -Lucy Patané- y que muestra a la banda de Luludot Viento, Flor Mazzone, Santi Mazzanti y Julian Desbats un poco más aprendidos, pero tan originales y desbocados como siempre.


Amamos lo que hacemos porque vamos a morir”, es un simple mensaje que aparece en su Bandcamp y que resume el ethos de la banda. Y en esta realización de la propia contingencia nos encontramos además con un trabajo de producción mucho más elaborado, en el que Patané no solamente colabora desde la consola sino también con algunas guitarras que le dan al sonido una vuelta de tuerca, aunque no hacen que pierda su identidad. Esta energía de siempre ahora está canalizada hacia un mensaje sencillo pero que no pierde su carácter subversivo.


Así es, por ejemplo, la simpleza virulenta de “Snowball”, tema con el que arranca el disco, y en el que Luludot aúlla que ya no quiere ir a trabajar, que ya nunca quiere ir a trabajar “para gordos en camioneta”, porque está cansada de “morirme de lunes a viernes”, y nunca nada tuvo más sentido o razón y no necesitó de abalorios o de florituras para entregar el mensaje. Lo mismo sucede con la frenética “Los Pibe” -en mi opinión uno de los puntos altos del disco, un tema que muero por escuchar en vivo- en donde todo “la llena de mierda”, y parece reflejar el zeitgeist de una cultura juvenil que muestra sus signos de agotamiento: “los pibes de ahora no dicen nada, se peinan, se visten y no dicen nada, se casan, tienen hijos y no hacen más nada, los pibes de hoy, los viejos de mañana”.


Estas letras, quizás, sirven para demostrar que el álbum no ejerce una violencia gratuita, y que la ferocidad no es la única preocupación artística de la banda. Por ejemplo, en su reversión de la Plastic Ono Band, “Bien Bien Bien”, que va creciendo y ondulando, hay como un cierto conformismo que no es estoico, reflejado en la interpretación de Luludot en el estribillo. Los Rusos también repiten temáticas en las que las persecuciones un tanto más filosóficas se abandonan en favor de algo más corporal, perceptivo: “llevé a mi piba a cenar, así podíamos comer, y aunque estábamos flacos, ella estaba tan linda la quise comer”. Y en “Hambre”, encargado de cerrar el disco: “es tu pelo que es tan suave, y no tiene colorante, me lo quería comer”.


Quizás lo más importante de todo es que a este indie del que tanto nos gusta a hablar le faltaba algo de rabia, algo de mugre, la misma mugre espesa que se encuentra en la foto del arte de tapa del disco -de lo mejor del año-. Los Rusos Hijos De Puta traen un poco del sonido que olvidamos o con el que preferimos no ensuciarnos. Estamos frente a un sonido furioso, que transita entre el hard rock y el punk, que es pura energía sin procesar. La misma promesa que la banda mostraba en Hola se cumple, con creces, en un disco que va a terminar siendo de lo mejor del año. Sin dudas.



*Reseñadora

Bárbara Pavan nació en Buenos Aires en 1987. Es periodista (TEA) y se encuentra finalizando la Licenciatura en Comunicación Social (UBA). Es la co-fundadora y editora de la web indieHearts, dedicada a la música independiente nacional e internacional.