Sué Mon Mont
Juan José Méndez
Lo que suena

Sué Mon Mont

Sué Mon Mont
(Murmullo Discos, 2014)

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Montando un collage con palabras provenientes de su residuo diurno, Rosario Bléfari inventa la frase Sué Mon Mont en medio de un sueño. Esas tres palabras, que al despertar no habían cobrado sentido, hoy bautizan a esta suerte de “supergrupo” del indie porteño y a su álbum debut, volviéndolo sinónimo de un nuevo comienzo: una expresión fundante, un nombre que no tiene significado por fuera de la unión de los cuatro músicos que lo componen.


Bléfari, indiscutida reina del rock alternativo local durante los ’90 a la cabeza de Suárez, es -me atrevo a deducir- lo más cercano a un ídolo para los demás integrantes de Sué Mon Mont: Gustavo Monsalvo (alias Niño Elefante), guitarrista de Él Mató A Un Policía Motorizado, Tomás Corley (alias Tifa Rex), baterista de Los Reyes del Falsete, y Marcos Díaz de Bosques en plan bajista. Eran muy chicos cuando se editó Horrible (1995), el cardinal segundo disco de Suarez, pero evidentemente es una referencia clave para los tres, a juzgar por el sonido de sus respectivas agrupaciones. ¿Es posible una correspondencia superadora al trabajar codo a codo con un ídolo?


La relación entre los miembros de la banda no posee jerarquías, algo difícil de lograr pero que en Sué Mon Mont parece fluir perfectamente; sin embargo, el aura guía, cuasi-maternal de Bléfari se percibe en las presentaciones en vivo (que antecedieron y precedieron a la salida del disco) y, a juzgar por las declaraciones de cada uno de los integrantes, también en el estudio. La distancia es generacional pero existe una comunicación digna de las nuevas amistades, de respeto y calidez, y es evidente mutua admiración entre los cuatro.


No es extraño entonces que muchas de las letras que Bléfari escribe para Sué Mon Mont (algunas incluso recicladas de viejos demos) remitan a la infancia, a la inocencia, a la ingenuidad y al primer amor. En “Besos” hay una fresca pintura que bien podría describirse con algunas de esas palabras: “Fueron lindos esos tiempos, esperando en la parada que viniera el 299… y dejarlo que pasara, para seguir con los besos hasta que otro llegara (…) Pero el beso de los siglos me lo diste en un aula, sujetándome las manos para que no te pegara”. Incluso en la más rockera “Parque Cerrado” Bléfari se vuelve espectadora de una pícara secuencia romántica pre-adolescente: “Qué desperdicio de lugar romántico. En los cambios de estación, cómo se besan los chicos de la escuela. No los puedo mirar tanto como debiera para lograr fundirme en esa visión”.


Sin embargo, también hay lugar para rastrear la pérdida de esa inocencia original en canciones como “La Misma Miel” (una de las mejores del disco, por cierto), donde Bléfari pivota entre el ensueño y la desilusión al grito de “Nos parecimos tanto… que no quisimos vernos más”, y la maravillosa “El Día, donde la cantante describe desde la experiencia la abrumadora sensación de advertir que“la salida siempre estuvo en el mismo lugar”.


El sonido adiestrado por las guitarras de Monsalvo gobierna con frescura la mayoría de las canciones del disco. El alfil de El Mató experimenta con bases y virtuosos fraseos dignos de las “guitarra de autor” noventosas (Jonny Greenwood, Graham Coxon) y a su vez recrea la estrepitosa saturación del rock alternativo heredero del tándem R.E.M. - Sonic Youth - Pixies, patente tanto en el fabuloso tema que abre sin reservas el disco (“A Tu Ritmo”) como en las intensas “¡Qué Fácil!” y “Copiloto”.


Sobre las seis cuerdas, las pinceladas vocales de Bléfari -que fluctúan desde un tango fanfarrón (“Entre La Multitud”) hacia un pop delicado (“Entrega”) e incluso una hermosa combinación de ambos (“Lejos”)- dibujan sensaciones movilizantes mientras cantan a la amistad y dialogan con amores pasados y presentes.


“Diferencias” cierra el disco con un último movimiento que acaricia al punk barrial, desprolijo y travieso, pero seguro de sí mismo. Lo que deja entrever esta última canción es gran parte de la identidad que homogeniza a este nuevo grupo; la celebración del recreo y el compañerismo, las simples ganas de tocar y cantar, el regocijo de la juventud eterna.


Nunca sabremos si los cuatro músicos suenan a lo que el inconsciente de Bléfari quiso bautizar en aquel sueño fundacional, pero sí podemos aplaudir la emergencia de una expresión familiar aunque fresca, una composición de generaciones que tensiona semejanzas y diferencias dentro de un juego nuevo. Así nace Sué Mon Mont.



*Reseñador

Juan José Méndez nació en Entre Ríos en 1988. Es tesista de la Licenciatura de Comunicación Social (UBA), donde también forma parte de grupos de investigación académica. Escribe y reseña para indieHearts y Revista Dínamo.