De la posibilidad del silencio
María Eugenia Olazarri


Iceberg,de Daniel Martínez.

(Colectivo Semilla, 2015)



Estaba sentada en un micro, rumbo a la costa, cuando leía Icebergde Daniel Martínez. Una vez terminado el libro, miraba por la ventanilla el paisaje uniforme, y pensaba que su poesía era también un viaje. Un viaje hacia la semilla -recordando a Alejo Carpentier- pero no de nosotros mismos sino de la palabra, una palabra tan uniforme y llana como ese paisaje. Pensé, también, que cada una de las partes en que se compone este poemario me iba arrastrando hacia una pregunta última sobre la posibilidad del lenguaje y los límites del silencio.

Existe en el autor una necesidad, que se va potenciando a lo largo de los poemas, de aprehender la realidad a través de la palabra lírica, pero también una conciencia aguda de la imposibilidad de hacerlo. Recurre en ese viaje, como parte de su búsqueda, a nombres de otros poetas como Borges, Baudelaire o Rimbaud. Martínez cree que el poema sirve a manera de huella que resplandece y que se acerca a la verdad sin poseerla del todo: “Ese ruido extraño/ sigue bailando en mi cabeza/ aunque quiera dormir/ aunque quiera descansar/ de este insólito oficio/ que se empeña en buscar/ torpes palabras azules/ para nombrar el cielo”. Es decir, el poeta se empeña en nombrar el mundo, pero sabe que nunca la palabra “azul” va a significar del todo la realidad que ese término evoca.

Esta idea de la incapacidad del lenguaje se refleja, asimismo, en la composición del libro. Dividido en cuatro partes, Música en levedad, Palimpsesto, Rotas plegarias y Iceberg, plantea una suerte de disgregación de la palabra hasta culminar en la metáfora final que da nombre al poemario y que sintetiza la postura del autor frente a la poesía. Esa disgregación se manifiesta, en parte, en la forma en que Martínez se va despojando de la palabra.

Veamos:

En Música en levedad, los poemas son más extensos y remiten a la realidad cotidiana del poeta y a una visión transformada o sublimada de esa realidad. Sin embargo, desde el comienzo, ya plantea su búsqueda: “El mar de los símbolos/ es un mar profundo inabarcable/ peces que nos habitan desde las profundidades/ de una memoria compartida/ y se desbordan en los sueños/ el poeta espera con la red en la mano/ sabe que va a haber días horas meses/ sin cardumen que dé señales de vida.”

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“Hace poco me enteré que en el Instituto Braille/ hay un curso de fotografías para ciegos/ no sé cuál es el procedimiento/ pero intuyo que lo mío es eso:/ dejar una postal a la luz del lenguaje/ de algo que nunca sabré/ en qué medida me acerco a la verdad.”

Es interesante lo que propone en Palimpsesto, esa reescritura de las cosas que nos rodean y que cada poeta ha intentado captar y hacer perdurar a través del lenguaje. Dice: “lo que ha perdurado/ se lo debemos a la palabra/ pero también al silencio/ de lo que no podemos nombrar”. Y esa idea del silencio que esconde, de esa realidad que se oculta y a la que no podemos acceder, es la columna vertebral de su poesía. Su esencia.

En Rotas plegarias, la palabra se condensa aún más. La brevedad es la característica principal de esta parte, en la que el autor se concentra en la palabra como plegaria, tal como lo señala el subtítulo, y en la que se profundiza la idea de la inaccesibilidad al mundo a través del lenguaje:

“Deja en paz a este que soy me digo/ esquizo/ abandona la filosofía del tartamudeo/ palabras te sobran para no decir/ pero no callas/ e insistes con las huellas en la arena/ cuando más se empecina el viento.”

Finalmente, en Iceberg, Martínez recurre a un único y extenso poema -no ya la diáspora de la palabra sino la condensación plena- para confirmar su visión de la poesía y su relación con el mundo: lo que se nos muestra es, apenas, el comienzo de algo que desconocemos. El lenguaje puede abarcar muchos menos que el silencio, pero la poesía es un intento desesperado y, a la vez, iluminado de apresar esa realidad que no vemos pero intuimos; que desconocemos pero sentimos. La función del poeta es revelar aquello que se mantiene por debajo de la superficie y lograr que perdure; dibujar una plegaria oscura frente a la luminosidad enceguecedora que es la verdad.

“el iceberg nos muestra un camino/ donde ir es un no ir/ donde ser es una novedad del absurdo/ más allá de lo que muere y nace/ hay un sentido que no tiene sentido/ las palabras mueren/ la razón muere/ el iceberg solo precisa/ de su ser/ su absurdo/ su gran ciclo/ su vacío/ su pureza/ su nada.”

El micro se detuvo en la terminal y yo bajé con mi bolsa al hombro y el libro de Martínez en la mano. Mi viaje a la costa había llegado a su fin, pero las palabras de este autor habían emprendido, en mí, otro viaje que todavía no termina.



*Reseñadora

María Eugenia Olazarri (Buenos Aires, 1974) es Licenciada en Letras. Es profesora y escritora. Participó en revistas digitales y en papel como Piso 13 y Comiqueando. Escribió un Prólogo para el Facundo de D.F. Sarmiento. Hace un tiempo, trabaja en un libro de cuentos para chicos junto con el ilustrador cordobés Martín Eschoyez.