Los Casquivanos
Pablo Milani


Los Casquivanos, de Nicolás Hochman

(La Letra Eme, 2014)


El libro comienza con dos epígrafes, uno es la voz de Bertolt Brecht, un dramaturgo y poeta alemán al que el nazismo lo persiguió y le quemó toda su obra:

“Estoy sentado al borde de la carretera. El conductor cambia la rueda. No me gusta el lugar adónde voy. ¿Por qué miro el cambio de rueda con impaciencia?”


Impaciencia, sin sentido, insensatez sin remordimientos, es el camino que recorre esta novela de Nicolás Hochman (Buenos Aires, 1982).


“El amor no existe, teniendo la certeza de que las emociones mutan sin una estructura que las contenga. Hoy sentimos esto, mañana ese sentimiento se transformó en cualquier cosa, que nos parece tan cotidiana que nos ponemos a pensar por qué sentimos eso otro, ahora tan lejano y extraño a nosotros mismos. El problema, seguramente, estuviera ahí, en ese nosotros mismos que nunca era tal.”


Los Casquivanos cuenta la historia de seres incomprendidos, perdidos, en una sociedad sin contención. Personajes encandilados que luchan en la imperiosa necesidad de encontrarse a sí mismos, del amor a cualquier precio, de soledades amorfas y veredas vacías. Cada fatiga que deja entrever Nicolás Hochman es también un signo de violencia íntima que aspira a convertirse en el deslizamiento casi invisible de un mundo sin ídolos ni fantasmas.

Sin embargo, ese camino es un canal que bordea cuerpo a cuerpo la persecución y encierro anclado en el presente. Como consecuencia, esta representación entre soledad y olvido, frente a la indiferencia de un todo, es en verdad la esencia de una descripción que necesita ser acompañada por ese alguien más que el lector.

No hay, por lo tanto, el deseo de romper ese tabú de una casa amurallada en busca de la felicidad, sino más bien, transitar las acciones de personajes que se muestran en desorden frente a los márgenes fugaces que esperan con ansiedad un desconcierto ininterrumpido.

Del mismo modo, la descripción a la que apunta Hochman no puede construirse en ninguna otra parte. Un mensaje que nada comunica entre habitantes y visitantes. Humanos inestables, de solidaridad afectiva, imbricados en la máquina fabril del amor. La vida se deshace cuando, por alguna circunstancia, esa máquina los expulsa. Entonces la palabra es como un niño que llora. No puede entender otra mecánica de la vida cotidiana que aquella a la que se había incorporado porque no hay cotidianeidad en esa búsqueda, hay desparpajo.

Otros gestos se repiten: un tren de la alegría que se monta sobre un escenario hostil y poseído en el abandono y la violencia de un discurso digresivo, agudo e impasible, aunque atravesado por la culpa de seres infieles, fantasiosos incluso cuando aspiran al realismo.


“Quizás sea eso lo que espero hace tantos años, que te acerques, por ahí para no tener que soportarte más, no sé. Sospecho que eso no va a suceder nunca, y que vos necesitás estar solo, además de estarlo. Por eso la gente te odia, porque se enamora de vos, un energúmeno hermético. Pero tu hermetismo es otro, y ¡Qué bien me hace el mal que me hacés!”


“Nadie se cuestiona que el amor llegue, pero todos le recriminamos cuando se va.”


“Creemos que por más que la historia diga una cosa, nosotros somos diferentes y vamos a poder luchar contra el fantasma de la rutina.”


Los Casquivanos es una novela de amor y desolación. De humor y la imposibilidad de cualquier celebración ética. Aún cuando la pluma de Nicolás Hochman persiste en el propósito de asediar la crisis entre ficción y realidad alegando su capacidad de entramar cualquier desventura. Así y todo, su función cumple esa permanencia a través del destino y la inocencia imperturbable demostrando la misma intensidad en toda la historia.

El tiempo luce ambicioso y benevolente, ocultándolo como si se quisiera escapar de él.

Hay otros pasados, y sobre todo, otras distracciones que, para el narrador y para el lector, son futuros pasados.


“¿Alguna vez quisiste explicarle a un extranjero qué es el peronismo? ¿Cómo le decís que Perón no era uno sino varios, de acuerdo al contexto, y que los peronismos son tan múltiples como los fragmentos de la posmodernidad?”


Y ese futuro ya pasado irrumpe en la novela desafiándola, cortando el tiempo en rodajas finas e introduciendo otra temporalidad de calidad diferente a lo que parece ocurrir en realidad. Como si sus personajes se cambiaran de cara y de nombre y sus destinos marcados ya se hubiesen jugado.

Trasluce un fondo contra el cual se mueve sin ser detectado en una construcción sumergida en la subjetividad. Muñecos repartiendo sueños en el tren de la alegría. Niños que lo rodean, despilfarrando puñetazos sin moral, enfrentando un mundo lleno de rarezas y la cortesía mezclada con firmeza frente a la originalidad de una infancia desenfrenada de quienes no cuentan.


Los Casquivanos acentúa el carácter aventurero de esta caravana. En efecto, cada uno de sus personajes tiene un manuscrito que practica la tolerancia como deber moral y, que sin embargo, se tropieza con el mundo real. Una sociedad andrajosa e inmóvil que acepta las dificultades atravesando un océano. Además, el territorio que atraviesa no está del todo firme, sino que más bien, se traduce como un puente invisible. La ausencia sustentada por el relato reivindica la buena disposición para contar sin exageración y sin atenuantes.



*Reseñador

Pablo Milani nació en 1972 en Lomas de Zamora. Realizó sus estudios en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (U.N.L.Z.) Culminó la carrera de Periodismo en ETER y actualmente vive en Buenos Aires. Tiene publicado un poemario, Labios Libres (Ediciones de La Iguana, 2011) Colaboró en Revista Ñ y escribió en Revista Damasco durante el año 2013. Es fundador, junto a Ana Paolini, de Revista Aglaura. En Twitter es @pablomilani.