Conectores temporales
Marcelo Daniel Díaz


Cuadernos de Lengua y Literatura: Volumen VIII, de Mario Ortiz.

(Eterna Cadencia. 2014)


El volumen VIII de los Cuadernos de Lengua y Literatura quizá complete la serie de inquietudes, y de experimentos lingüísticos presentes en los textos anteriores, puntualmente en el cuaderno V. En una primera instancia se narra otra vez el encuentro que tiene el autor, ya como adulto, con su profesora de primario. Entre diálogo y diálogo se borran los límites generacionales y es la escritura el único sostén de ese encuentro como si fuese un puente que sostiene la relación entre el ex estudiante y su profesora.


En la narración lírica de Ortiz se trata de comprender la vivencia personal y variable a través del tiempo, desde la infancia pasando por la adolescencia hasta llegar a la adultez. Una galería de personajes conforma la biografía de esta construcción tan singular del yo lírico (o narrador), como la figura del amigo Adrian, con quién construían juguetes de niños, o los personajes Douglas Phillips y Tony Newman de la serie norteamericana El túnel del tiempo (1966) flotando en la cuarta dimensión, o el personaje Roberto, suspendido en medio de una paradoja temporal, o el padre de Mario Ortiz que regresa como un fantasma durante la escritura del árbol familiar.


En este cuaderno de lengua y literatura en particular sobresale también un trabajo minucioso de observación sobre los elementos constitutivos de la lengua y la relación que mantienen en la conformación de nuestra identidad. Las operaciones de la memoria, a la hora de seleccionar y organizar los acontecimientos de la experiencia, son significativas cuando hay que definir qué hechos narrar y cómo narrarlos: “Escribo, por lo tanto existo, al menos sentado frente al papel, con la birome en la mano, en esta mañana soleada del 28 de diciembre de 2012, día del aniversario de mi nacimiento. De este modo, puede afirmarse que al menos dos cosas han nacido: yo hace exactamente 47 años, y este texto hace apenas un rato. Entre los dos extremos de esta línea temporal pasaron muchas cosas; entre ellas, tomé un puñado de tierra húmeda recién removida y lo eché a la fosa donde resonó con un estrépito de madera hueca y meses más tarde bajamos por última vez la persiana del gran ventanal del living.” Al conocido enunciado cartesiano se lo reformula y en esa reformulación la relación entre escritura y vida quedan integradas en un mismo espacio. Del mismo modo se produce un sincretismo entre imaginación y memoria personal. En la observación introspectiva hacia el pasado individual resuena un eco nostálgico y casi bucólico que plantea la fugacidad de la existencia y anuncia la desaparición del yo.


Justificar una fracción de nuestra memoria implica recuperar, reconstruir, revisar y ordenar el recuerdo personal que parece estar signado por la acción de la imaginación, como decía antes, y por el imperativo de una necesidad: atribuirle significación al propio presente. Es la vivencia escolar (sumado la relectura de los textos Pierre Menard, autor del Quijote y La memoria de Shakespeare de Jorge Luis Borges) la que enciende la escritura poético-autobiográfica. En los versos: “Hamlet es el pretexto para recuperar el destello de una luz perdida en el ángulo de la ventana./ Ser o no ser: esa no es la pregunta./ La pregunta es si se puede volver a lo que fue, aunque sea por un solo momento.” la identidad se torna borrosa porque se construye en su propia historicidad y desde los límites del lenguaje, así al enunciar que: “La palabra en busca de la palabra./ Yo fui un yo que ya no soy yo./ Un eco rebota de habitación en habitación buscando la boca donde tuvo su origen. / la palabra que no expresa nada más que la palabra, imagen que se deshace en ondas apenas la rozo con el extremo de la birome./ Lenguaje en-sí-mismado./ Encerrarse en el silencio de una palabra imposible.”se problematiza la relación entre lenguaje y mundo, en un tono wittgensteiniano si se quiere, que bordea y tensiona la frontera misma de la lengua.


En sintonía con lo anterior, la atención puesta en la palabra articula una reflexión lingüística sobre las tipologías y el modo en que funcionan los conectores temporales como si hubiese sido extraído de un texto de Ciencias del Lenguaje o de Didáctica de la Lengua: “En lingüística, se denomina “conector” a una palabra o un conjunto de palabras que une partes de un mensaje y establece una relación lógica entre ellas. Entre las diversas clases de conectores encontramos los “temporales” que indican un momento en el tiempo o establecen relaciones temporales. Hay tres tipos:/a) De anterioridad (…)b) De simultaneidad(…)c) De posterioridad(…)Excelentísimos señores de la Academia: ahora les presento un aparato lingüístico.” No es la primera vez que se realiza una reflexión semejante, recordemos el caso de Los Cuadernos VI (Crítica de la imaginación pura.2011) donde hay referencias a Jackobson y a Hjelmslev para pensar, y complejizar, las relaciones entre las palabras y las cosas. El lenguaje así entendido es una maquinaria, o una máquina, verbal desde la que organizamos las dimensiones de la realidad y nos desplazamos en el eje temporal desde un punto hacia otro.


En este nuevo libro, Ortiz una vez más detiene su mirada en objetos abandonados, se encuentra con la carcasa de un televisor arrojada en una esquina con la leyenda “Zenith”. Ese artefacto, al igual que las personas, ha modificado su identidad con el transcurrir de los años. Son los restos de un dispositivo que originalmente cumplía otra función y que en el patio de la casa de Ortiz se encarga de televisar literalmente lo real. Televisar no quiere decir que haya una correspondencia entre lo percibido y las formas de la imaginación. Los programas que transmite capturan los movimientos de los insectos, la quietud de las flores, la temperatura del entorno y todo queda quieto, como congelado, en esa pantalla inmóvil y transparente. Del mismo modo que el binomio literatura/vida atraviesa estos textos podríamos aventurarnos a pensar en otro binomio del tipo ficción/realidad donde los límites entre un término y otro también están difusos.


Este volumen de los cuadernos interpela los límites del lenguaje y sus formas de decir y la posibilidad de que la palabra logre contener el mundo y lo real. Pienso en los Cuadernos de Lengua y Literatura de Mario Ortiz como en textos que alteran contratos de lecto-escritura convencionales, de manera que el autor se transforma también en personaje como en una propuesta mallarmeana en la que el mismo Ortiz intenta reconstruir la totalidad de la experiencia, uniendo los fragmentos heterogéneos y aleatorios de su memoria desde un lugar donde resuenan las escrituras del pasado y del presente en simultáneo, como si la literatura fuese, a modo de paráfrasis, un faro en un lugar hostil, que continúa emitiendo su luz para aquellos que necesitan de ella.



*Reseñador

Marcelo Daniel Díaz 1981. Licenciado en letras. Publicó el libro de poemas “La sombrilla de Wittgenstein” (Cartografías. 2007. Reeditado en el año 2013 por Colectivo Semilla. Bahía Blanca). En el año 2011 publicó el libro “Newton y yo” con editorial Nudista (Prólogo María Teresa Andruetto). En el 2014 “El fin del realismo” (Viajero insomne). Y en 2012 publicó el texto de lingüística “La máquina de enunciación K” con EDUVIM. Participó en la antología “Es lo que hay” llevada a cabo por Lilia Lardone en el año 2009 y de la antología “Penúltimos: 33 poetas de Argentina (1965-1985)” edición a cargo de Ezequiel Zaidenwerg (UNAM.2014).