Tecnología e imaginación
Leticia Martin


Las redes invisibles, de Sebastián Robles

(Momofuku, 2014)



Conocí a Sebastián Robles mucho antes de conocerlo. Lo seguía en twitter, leía su blog, incluso lo había escuchado en CiclopRadio, durante los años que duró La hora de la bruja, pero toda esa cercanía en las redes no tenía su correlato en lo “real”. Jamás lo había cruzado en persona, siquiera, para saber si era un ser humano y no una máquina.

“¿Qué es el lenguaje sino una red social?”. Una tarde calurosa de 2012 subí al ascensor jaula del Centro de Estudios Contemporáneos, que en aquel entonces funcionaba en el barrio de Once, y detrás de mí, un poco a las apuradas, entró también un chico alto, grandote, que traía varios libros en la mano. Dejé que él cerrara la puerta y puse la mirada en el piso. El ascensor comenzó a subir. Pero apenas pude, rectifiqué el foco y me concentré en esos cuatro o cinco libros que él también miraba como embelesado: cubierta celeste -todos la misma- y el dibujo de una chica en la tapa, agarrándose la cara. Forcé la mirada y llegué al título. Los años felices. En ese momento me di cuenta de que ese era el pibe que se auto-declaraba #depresivo en twitter. -¿Vos escribiste ese libro, no? -le pregunté. Robles se rió y supo enseguida que yo también iba a bajar en el segundo piso, donde a los pocos minutos alguien nos presentaría formalmente.


Voy a 2012 para hablar de 2014 porque entiendo que Las redes invisibles, el primer libro de cuentos de Sebastián Robles, es de alguna manera la continuidad de aquella novela, tan igual y tan distinta a este libro.

Es verdad que estoy poniendo en tela de juicio dos textos que a nivel formal nada tienen que ver: Los años felices es una novela y Las redes invisibles, una serie de cuentos. Pero permítanme leer este último libro como una novela deshilachada y deforme, que de algún modo narra muchas figuras sobre un mismo fondo que reúne y da vida a un universo “futuro” y fantástico. ¿Pero qué tan futuro es el futuro que narra Robles?


Que se hable de redes sociales que uno pueda desconocer no quiere decir que esas redes no existan. ¿No está todo en internet, acaso? La duda sobrevuela el texto de punta a punta. Sin embargo el nivel de delirio que por momentos alcanzan los relatos, confirma que estamos frente a un verdadero gran chiste.


Robles delira con redes sociales donde los animales pueden interactuar, o donde se detectan escritores realistas, parejas de amantes escépticos, personas huérfanas que recuperan el amor que no le suministraron sus padres, o redes sociales de consuelo para que los moribundos sobrevivan mejor. En la reedición de la pelea Florida-Boedo, (ver la red Crítica), Robles monta una falacia inmensa con un total sentido del verosímil, y apoyándose en una cantidad de datos “reales”, que probablemente desconozcamos. ¿Existirán esos espacios invisibles y no lo sabemos? Tal vez algunos sí. La pregunta es dónde y si en el fondo no se trata de saber bucear mejor las ciudades digitales que Ítalo Calvino no imaginó. El absurdo está construido en un tono realista y eso hace que la cuestión de la técnica y el futurismo cedan su espacio a la duda y muevan la tensión fuera de los márgenes del género.


Las redes invisibles, se constituye así en una larga lista de fotos de época. Fotos propias y fotos de extraños donde el que encuadra y dispara sobre la imagen lo hace consciente de que ha observado en los demás algo que también le es propio. Insights, dicen los publicitarios. Identificaciones, los psicólogos. Prácticas comunes, los cientistas sociales. Sobre ese terreno fértil de la propia vida, en la propia época, es donde se retrata paródicamente, se mueve y se alimenta la inventiva sin límites de Sebastián Robles. Los personajes han dejado de ser las personas y en su lugar aparecen las distintas redes que conforman el aparato social. Como si el mundo ya no fuera de individuos sino de grupos que conversan, unos con otros.


En ese sentido -y vuelvo a la anécdota del comienzo- es que leo Las redes invisibles de Robles haciendo sistema con su antecedente inmediato, Los años felices. Una vez más, y aunque valiéndose de otros elementos, tramas, y personajes, Robles elige una época para narrarla, se inmiscuye en sus vericuetos, y enlista sucesos que, contados a partir de cada una de las redes que imagina, permiten reconstruir una generación que comparte escenario y códigos de convivencia. Si bien ambas novelas, entonces, no se apropian de los mismos géneros narrativos, sí podemos afirmar que cumplen -en el plano más amplio de “la obra de un autor”- con retratar dos momentos políticos bien diferenciados y de características propias. Maximiliano Tomas decía a propósito del lanzamiento de Sumisión, la última novela de Houellebecq, que él “escribe novelas de una actualidad radical, aunque a veces sitúe sus ficciones en el futuro”. La asociación con el trabajo de Robles es inmediata. ¿Se puede decir entonces que Las redes invisibles es la novela kirchnerista? ¿Ubica Robles en el futuro inmediato de la imaginación un presente que no acaba de suceder?


Si Los años felices pintaron los noventas y sus contradicciones, con gran habilidad, mostrando con añoranza los buenos momentos de un período de rupturas y desfragmentación, Las redes invisibles -podríamos pensar- está haciendo el movimiento inverso. Parado en los albores del nuevo siglo, Robles observa la plataforma digital que se instala como gran máquina de relacionar personas, para -desde ese lugar- narrar la contracara de un momento histórico de crecimiento y sus contradicciones. Las multitudes que aclaman ciertos derechos en forma masiva, desconociéndose, habitan al mismo tiempo espacios insólitos de relacionamiento sumamente estratificados y específicos. La literatura de Robles trata con seriedad temas aberrantes y disparatados, a la vez que deja atrás su viejo rol de retratar historias en registro realista y da rienda suelta a la inventiva sobre lo que vendrá, para narrar lo que está siendo.



*Reseñadora

Leticia Martin nació en Capital, en marzo de 1975. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y docente de la Universidad de Palermo y del Centro de Estudios Contemporáneos. Publicó los libros: Breviario o el oficio religioso (Funesiana, 2012); El gusto (Pánico el Pánico, 2012) y La coronación del peón (Milena-8vo loco, 2014). Su diario "Topadoras oxidadas" forma parte de la antología digital La frontera durante, recientemente publicada por la editorial Outsider. Colabora en Ni a Palos, Tiempo Argentino, Revista Paco y Revista Ñ.