Pasajero en trance
Victoria Béguet Day


Scalabritney, de Martín Zícari.

(Entropía, 2014)


Quizás toda novela lleve una máscara. En la nouvelle Scalabritney, de Martín Zícari, esta máscara cobra especial relevancia. Quizás porque más allá de la despreocupada y voraz exhibición de pensamientos íntimos y triviales de su narrador (en sintonía con la actual hegemonía de las redes sociales), su articulación aparentemente azarosa, y arbitraria de fantasías y escenarios inconexos, de todo su discurso ¨light¨, veloz, expedito, la nouvelle de Zícari es, en última instancia una muy sutil indagación acerca de las máscaras y de la frivolidad.

El narrador, un joven estudiante universitario, lleva una vida que le permite elegir, entre otras cosas, dejar un trabajo de delivery en bicicleta una vez que se aburrió, como un chico que abandona un juego. Antes de su primer encargo pone especial atención en ciertos detalles cruciales: ¨Pero antes de salir, tenía que elegir la música, y busqué al toque en mi morral celeste mi iPod y traté de encontrar algo de cumbia, muy necesaria para completar la transformación, y no, no era la cumbia que escuchan ellos, pero puse una música que me re flasheó y le saqué el candado a la bici y arranqué con toda¨. En otra ocasión, el protagonista se embarca en un viaje de fin de semana al Tigre con amigos, y lo relata como si se tratara de una verdadera aventura, especie de incursión en un territorio hostil, repleta de peripecias banales, narradas con sarcasmo y comicidad, con desvaríos indie incluidos, para luego volver ileso a su ¨vida urbana segura¨. A su vez, en una conversación que mantiene con unas amigas, en el patio de la facultad en la que estudia, en la cual se refieren a Caballito como ¨Little Horse¨ y hablan indistintamente de la ¨mediatización de la desnudez perfecta¨, ¨la despersonalización del cuerpo¨ y de la incomodidad de comprar preservativos en Farmacity, el protagonista afirma lo siguiente: ¨ Porque otra cosa no podemos hacer más que reír, dije. La tristeza es ontológica, la única solución creo yo es usar máscaras todo el tiempo, y se lo dije mis amigas y Aye se rió ahí me di cuenta de que entendemos todo, todo.¨

Como personaje resulta curioso: nunca sabemos hasta qué punto se sabe cliché, hasta qué punto su ¨liviandad¨ lo inquieta. Se trata así de un personaje incómodo en su propia comodidad, pero que no termina de vislumbrar esa contradicción y que es, además, incapaz de renunciar a ella. Tan insatisfecho como indolente. Un personaje que posterga la adultez indefinidamente y coquetea con la idea de ser unoutsider, pero sin una motivación real de desafiar ni provocar. Un outsider sin rastros de rebeldía, sin notas punk, sin virulencia. Con una especie de angustia adolescente apenas perceptible y una melancolía, en apariencia, infundada. Que desea habitar los márgenes, pero sin modificaciones sustanciales, movido por una curiosidad desligada de cualquier consideración moral. Por otra parte, sus fantasías (entre ellas, Scalabritney, una fiesta que sólo ocurre en su mente) revelan un personaje en búsqueda permanente de experiencias que le produzcan goce estético y de un vínculo con el mundo signado por lo estético como fuente inagotable de asombro. Así, sus fantasías-incluida una que trascurre en un castillo sobre una playa donde los invitados, ¨gente linda¨ , toman ¨ vasos de Martini llenos de tragos coloridos¨ mientras se escucha apenas ¨música electrónica suave¨- tienen mucho de teatral, de puesta en escena. En esa dolce vita, que no parece disfrutar del todo, la cuestión no parece ser si se percibe a sí mismo un esteta o no, sino que prima la excitación y el asombro casi infantil de descubrir permanentemente ¨escenas¨, ¨diseños¨ y ¨composiciones¨ presentes en los distintos ámbitos por los que transita o que imagina. Así, parecen arrastrarlo sus propias fantasías que operan como un refugio inadvertido. Y, sobre todo, frágil.


Pero, a pesar de que Zícari le otorga al narrador y protagonista de Scalabritney una voz decididamente frívola, no es deshonesta. Esta operación y apuesta (más riesgosa de lo que se puede suponer) es uno de los aciertos de la nouvelle. Proveniente de un universo y sensibilidades muy alejados de los que propone Scalabritney, Tennessee Williams sugería que no existen conversaciones frívolas. El aparente monólogo febril del narrador de la nouvellede Zícari, que se articula de ensoñación en ensoñación, de devaneo en devaneo, en una especie de trance ininterrumpido, todo voluptuosidad, a la vez excitado y sobrio, se sitúa, con inteligencia, en esa frontera incómoda. La lectura de Scalabritney podría pasar veloz, alegre y despreocupada, al igual que su protagonista y sus paseos en bicicleta. Pero esconde una pregunta, una indagación formulada sin gestos rimbombantes que podrían resultar, en última instancia, torpes, acerca de la frivolidad. Le deja, en cambio, al lector la tarea de absolver o de condenar al personaje y se abstiene de llevar a cabo esta operación simplificadora. Respeta su complejidad, sus contradicciones, acaso también los múltiples matices morales necesarios para otorgarle carnadura y consistencia a un personaje. Al hacerlo, parece descubrir a la frivolidad como realidad compleja que escapa a juicios fáciles, como problema que tiene la facultad de asombrarnos y que quizás merece ser contemplado. Lanouvelle de Zícari está atravesada y parece perderse alegre e impune en lo lúdico. Pero es engañoso, como todas las fachadas. Quizás, al fin y al cabo, de verdad no existan conversaciones frívolas.



*Reseñadora

Victoria Béguet Day nació en 1983, es escritora y periodista cultural. Participó en varias antologías, publicaciones y ciclos literarios. Sus cuentos ¨Bruja¨ y ¨Pecera¨ recibieron menciones en los concursos de Cuento Digital de Itaú Cultural y Ed. Planeta, respectivamente. Actualmente trabaja en un libro de cuentos.