Padre
María Agustina Catalano


Padre, de Daniel Guebel.

(La Bola Editora, 2015)



1. El horror, el horror

El libro de Daniel Guebel publicado por La Bola Editora presenta varios textos que dialogan entre sí pero también admiten su lectura por separado: tres obras de teatro y dos conferencias. Todos son parte de una escritura “imprescindible”, como la define Nancy Fernández en el prólogo, que sacude al lector y consigue extrañarlo en su propio mundo.


En Padre, la obra que inicia y titula el libro, un hombre aguarda la muerte en una cama de hospital y mientras tanto imagina otras vidas, lanza reproches contra su hijo y pretende sacrificarlo para que muera en lugar de él. Entre la historia de Padre e Hijo se filtra la historia de las enfermeras que reflexionan y lloriquean por su insatisfacción sexual y los hijos que no tuvieron.

Los personajes de Guebel están irremediablemente perdidos e insatisfechos; se cuestionan la propia existencia, se lamentan por lo que no hicieron, se alejan de los demás y lastiman. Y al mismo tiempo que se preguntan por la muerte y la vida, por quiénes son y qué quieren, responden con desgano que “ya no importa”.

El mundo que construye Guebel remite, en parte, al mundo feliz de Huxley. El amor, el alivio, los sueños parecen imposibles. Los sujetos no se soportan entre sí y cualquier manifestación de sensibilidad es derrumbada por un “Qué asco” o “Calláte”. Pero en este caso hay ridiculización en la denigración del sujeto y de sus relaciones, algo del teatro del absurdo. No hay búsqueda de felicidad o de utopías; hay cansancio y resentimiento. Hay “horror absoluto de esta carne estragada”.

Lo que persiste en la obra Padre es la confrontación de dos visiones del mundo, tan reales como falsas. Hijo sostiene haber sido fruto del amor: “no se trae hijos al mundo sin amor”, y Padre refuta su argumento, diciendo que “si el amor fuera la ley que rige el instinto de reproducción, la humanidad se habría extinguido hace ya como un millón de años”. ¿Es la muerte inminente de Padre, el evento que los posiciona de esa manera?, ¿la diferencia generacional?, ¿su asimetría? Sin duda, el texto delinea un escenario en el que todo resulta extremo, la pérdida, la muerte, las últimas palabras. Pero en ese aparente final se entromete la queja por la mala atención de las enfermeras, lo inmediato, lo irrelevante y se fractura el suspenso y la espera de la muerte.

2. Pequeñas delicias de la vida conyugal

En escenas breves pero intensas, Ella y Él –la segunda obra– se acusan, se enojan, se vapulean, entre sí, confirmando que todo amor es también odio. Aunque la infidelidad parece el tema que guía la discusión de una pareja, de la que el lector no conoce más que sus discursos –su sofá, su vestimenta elegante y una mucama –, es en realidad la simulación lo que exalta sus broncas más profundas. En pocas páginas, el texto logra señalar los grandes males que padecen las relaciones, sobre todo conyugales, cuando se trata de esconder, fingir y alterar los sentimientos. El diálogo se convierte en un simulacro en el que es casi imposible detectar quién habla, cuándo y por qué. “¿Qué nos pasó?”, pregunta ella. El texto funciona como indagación de esa pregunta familiar, que habilita tanto una mentira como la más absoluta verdad. “¿En qué nos convertimos?”, objeta.

La amenaza de una rutina mezquina, del engaño con el mejor amigo y el divorcio son apenas algunas consecuencias del horror que esconde su relación. Un hombre desconocido que “quizás sea la mujer” se presenta como el tercero en discordia de la pareja. Afirma que Ella es feliz, que están enamorados, que, al fin, tiene lo que con Él no puede tener. Sin embargo, como dije, el problema es la simulación que condena a los personajes a titubear, a hablar con puntos suspensivos, pero al mismo tiempo los consagra como amantes auténticos. Porque a causa de la mentira y la falsedad sufren y hacen sufrir pero también descubren su amor y su odio.

La violencia del lenguaje es una constante en los textos de Guebel. Puteadas, silencios, rechazos, monosílabos, preguntas que nadie contesta. Las palabras que deberían ser de amor y ternura en boca de un padre, un esposo o un hijo, son de horror y agresión constante. La posibilidad de reencontrarse en un nuevo planeta es el mismísimo “horror” para la pareja. Pero también lo es la sola idea de perder a su mujer en manos del mejor amigo. Ese es el punto en el que el texto desnuda la hipocresía de las relaciones (padre-hijo, ella-él) que se empeñan en no nombrar sus miedos y deseos; su esfuerzo por respetar el statu quo alcanzado. Hijos que no replican los agravios de sus padres, parejas que no deciden separarse, sujetos que no llegan a ningún acuerdo. Pero de manera paradójica, no hay status quo posible, es decir, armonía o equilibro, porque en ningún momento los personajes adoptan una identidad y rol definitivo. Se transforman ellos y los otros.

3.Fantasmas

En Uno y Dos, los personajes atestiguan: “carecemos de elementos perceptivos y cognitivos, ya se trate de elementos físicos, propios de nuestra individualidad, como tecnológicos y artificiales, capaces de permitirnos inferencias, deducciones o extrapolaciones”. Aun así, ninguna falta les impide anularse entre sí y evitar ponerse de acuerdo.

A diferencia de las dos obras anteriores, Uno y Dos no tienen nombre ni sexo ni vínculo familiar. Son completos desconocidos, “fantasmas”, como ellos mismos se definen. Se encuentran en un supuesto planeta, con una memoria que sólo registra “el horror”. El rechazo al horror produce la negación de todo lo percibido –Uno y Dos no saben dónde están, quiénes son, qué hacen ahí- y con ello se borran insidiosamente las huellas de la memoria. “Este es el espacio donde transcurre nuestra agonía”, dice Uno. Pero también se dice ser feliz: “Porque no puedo comparar mi felicidad con ninguna otra cosa que conozca, porque no conozco nada. Por eso, soy tan dichoso”. La encrucijada entre la felicidad o la agonía no terminan nunca por zanjarse en favor de una u otra. Los textos no concluyen, en el sentido en que no son resolutivos: a modo de engaño o broma. Como si la historia se burlara o decepcionara a los lectores que esperan un final. Y los personajes también se preguntan por el desenlace, algo que finalmente los una o los divida, los convierta en héroes o en nada. “Uno: ¿Se terminó el programa? Dos: Sí. Uno: No. Dos: No sé”.

Sin embargo, entre tanta indecisión, hay pequeños gestos que atenúan los ultrajes. Hijo después de haber sido agredido, le ofrece un tecito a Padre y lo cuida, parece comprenderlo después de todo. ¿Será el amor o el odio?

4. Secretos

El texto incluye al final dos conferencias sobre teatro: Secretos del teatro y Apuntes hamletianos. Se trata, en realidad, de textos particulares, que abordan críticamente los textos y la literatura pero combinan también las diferentes experiencias personales de un niño solitario, luego escritor y director. A partir de un anecdotario personal -la hija de nueve años que condena la música de velorios, las primeras lecturas- se describen la construcción de las escenas y devenires de una obra. Guebel no pretende verdades absolutas, y le dice sus oyentes/lectores que “seguramente se encontrarán con argumentos insuficientes para sostener mis afirmaciones”. Esto da paso a lecturas particulares sobre clásicos como Hamlet, demostrando que aún se pueden hacer análisis originales sobre textos que, parece, ya se dijo todo. Y entre las reflexiones y la crítica se abren nuevos interrogantes sobre la literatura. Las conferencias nos permiten también establecer vínculos –a veces difusos, a veces caprichosos- con la poética de Guebel. Una poética que puede iniciarse en la tradición de Hamlet –ahí donde los sujetos comienzan su autodestrucción, su desborde- pero de la que consigue fugarse. La obra de Guebel no es un proyecto agotado. Justamente, carece de las definiciones que no interesan al comienzo de la conferencia. Las afirmaciones implican cierre, fin. Continuar en la búsqueda, provocar nuevas preguntas, de eso se trata la poética guebeleana: “Mi escritura teatral pretende agotarlo todo, lograr la transfiguración y la transubstanciación. Desde luego, sé que es un sueño imposible. Pero en ese sueño vivo”.



*Reseñadora

María Agustina Catalano (Mar del Plata, 1990) es estudiante avanzada de Letras. Publicó Dos mil doscientos ochenta y uno por La Bola Editora (2014) y cuentos y reseñas en diversas antologías y revistas especializadas. Administra el blog www.2281alfondo.blogspot.com.ar