Regalo con sorpresa
Lucas Adur


Cuando fuimos grandes, de Hugo Salas.

(Alción, 2014)


Hay un paquete de regalo cerrado. Es una caja mediana, forrada de amarillo, atravesada por unas cintas rojas que forman una cruz y, en la tapa, un moño. Un hombre cualquiera se acerca desprevenido, lo levanta, lo sopesa, mira los colores del envoltorio, se decide y lo abre. Entonces, desde adentro, impulsado por un sencillo mecanismo de resorte, emerge un guante de box que lo golpea en la cara. Este regalo con sorpresa –recurrente en infinidad de cartoons- me parece un buen punto de partida para acercarnos al volumen de relatos de Hugo Salas, Cuando fuimos grandes.

Los tres primeros cuentos son el envoltorio, el papel de regalo: colores brillantes y moñito. Todos están atravesados por un tono cómico, aunque en modulaciones bastante diversas. De fuerza mayor podría leerse como una reescritura de la famosa fábula del pastor y el lobo en clave grotesca, con un humor negro que incorpora las vejaciones a un cadáver y el canibalismo como parte del chiste. No incluye bebida es una comedia de enredos, con malentendidos y un triángulo amoroso, pero en el singular ambiente de un restaurante chino, donde pagar con el cambio exacto puede constituir una estrategia de seducción. Mamá parte de tópicos y expresiones estereotipadas de la relación madre-hijo (“-Estoy preocupada, hijo. La heladera está vacía. ¿Estás comiendo bien?”) para desplazarse rápidamente hacia el absurdo y lo desopilante (“-Estoy preocupada por Elena, hijo. Ahora está con un muchacho que la obliga a hacer asquerosidades… Creo que a tu prima le gusta (…) Va de cuerpo sobre ella, ¿entendés?”). Estos primeros cuentos, los tres muy breves, trabajan con distintas formas del humor como uno de sus elementos constitutivos. Si bien no pueden reducirse exclusivamente a eso –la violencia, por ejemplo, es un subtexto latente en los tres relatos-, son, por decirlo así, de una lectura relativamente ligera.

Los dos cuentos siguientes, el más extenso Fatal y el también breve Las horas que pasan ya no vuelven más, son historias sobre el amor que, sin abandonar totalmente el humor, resultan un poco más retorcidas: como el resorte que espera agazapado en el paquete, listo para impulsar el puño. Fatal narra el ocaso de una joven pareja homosexual en un all-inclusive caribeño. La anécdota, el ambiente y el tipo de diálogos pueden remitirnos a una de las líneas de la narrativa de los noventa (pienso, por ejemplo, en los cuentos de Martín Rejtman): personajes que no parecen saber muy bien qué quieren hacer con sus vidas y se limitan a tratar de pasarla “lo mejor posible”. Sin embargo, el tono melancólico que cierra el cuento impide que se lea como una mera celebración de la banalidad. En Las horas… también asistimos al final de una relación. La narración condensa en una larga noche un proceso de desencantamiento en el que los clichés románticos (“Me gustás mucho”, “Te extraño horrores”) se van vaciando de sentido hasta que sólo queda la materialidad de los cuerpos, que actúan una pasión que no sienten: “Te apretujo la pija muerta contra el culo, forzándolo, de alguna manera voy a entrar […] Ahora él está encima de mí y me coge fuerte, con violencia, actuando una calentura que no tiene. […] Gime, murmura, dice cosas. Es un monólogo muy malo, trillado”. La descripción del último coito ya no es erótica sino “porno”: los cuerpos “gozan por su cuenta”, los amantes son solo actores o, más aún, “utilería”: “cosas” que, terminada la performance, se acuestan y duermen en una pieza que “huele a mierda, a cenicero”.

Si estos dos relatos nos llevaban gradualmente desde el humor que abría el volumen a un tono más oscuro y amargo, ¿Qué quiero ser cuando sea grande?, el cuento que –aproximadamente- da título al libro, es, directamente, un cross a la mandíbula (y uno de los mejores relatos breves que leí en los últimos tiempos). La primera oración parece devolvernos al tono cómico que encontramos al principio: “Mi nombre es Mariana Lorena Rincón y estoy en tercero ‘A’ de la Escuela Primaria Salesiana María Auxiladora de Río Turbio, provincia de Santa Cruz, república Argentina, Sudamérica, América, planeta Terráqueo, y cuando sea grande quería ser maestra de música como mi prima o veterinaria”. Pero, enseguida, el relato gira en otra dirección: “Yo, cuando sea grande, quiero ser desaparecida, para tener el pelo muy largo y con ondas naturales o de ruleros, como tienen las chicas de las fotos en blanco y negro de los diarios, escribir poemas, canciones y tener un novio que se llame Daniel”. El texto desarrolla esta premisa inicial, de un modo que resulta sorprendente y por momentos perturbador. No sólo por la irrupción inesperada de un relato sobre la última dictadura en un libro cuyo tono, personajes y temas parecían apuntar en otra dirección, sino porque la originalidad y la potencia del cuento constituyen un verdadero aporte en la ya significativa tradición de narraciones sobre el horror del pasado reciente. No puedo dedicarme aquí al análisis detenido que este relato merece, pero quiero señalar al menos dos puntos que me parecen hallazgos del autor.

El primero es la construcción de una voz peculiar. Al principio se nos presenta como la de una niña de tercer grado (8 o 9 años), que narra desde una comprensión parcial, ingenua, imperfecta, con ciertos deslices gramaticales, ortográficos o léxicos propios de una escritora inexperta: “miñógrafo” por mimeógrafo; “generales” por genitales; “centro clandestino de detensión”… Sin embargo, rápidamente se puede percibir que no estamos ante el intento de imitar de forma realista una voz infantil sino ante la apuesta por escribir una voz imposible, absurda y trágica. Una voz inestable que se desliza a través del tiempo y de los tiempos verbales, desde el futuro de la ensoñación idealista-romántica de conocer a un chico (“nos vamos a quedar hasta tarde”, “nos vamos a dar un beso en la boca”) al pasado de haber sido torturada (“Cuando la sentí por primera vez [la picana], yo me acordé de mi abuela…”), volviendo constantemente al presente de la niña que recuerda/imagina. Una voz que se despersonaliza, que oscila entre la primera, la segunda y la tercera persona gramaticales, al punto de hacerse inasible: una nena que cuenta lo que le gustaría ser pero como si ya hubiera sido, o como si estuviera siendo, o como si le pasara a otra. Una voz imposible, decía, inasible, justamente como las voces, irrecuperables pero presentes, de los desaparecidos.

El segundo hallazgo del texto está dado por el tono. La perspectiva que elige y la voz que construye le permiten a Salas trabajar con una distancia crítica sobre ciertos discursos reivindicativos que convierten a los militantes secuestrados y asesinados en héroes intachables, que no traicionan (no “cantan”), que soportan la tortura (sino serían desaparecidos “de mentira”) y que son siempre jóvenes y bellos (“ellos son todos lindos”). Esa idealización de los desaparecidos constituye una estetización que los estatiza: los fija, los inmoviliza y los transforma en una suerte de patrimonio estatal, como el escudo o la bandera, aptos para apropiaciones escolares. De modo similar, el cuento toma distancia de la jerga y los ideales setentistas, que aparecen, en la voz infantil de la narradora, como ingenuos: “Amigos no, compañeros, que son amigos con los que se escriben revistas y cosas revolucionarias, después se les sacan fotocopias con unas máquinas viejas…”; “vamos a ir hasta el registro civil y […] ahí les vamos a decir ‘venimos a dar la vida’, y cuando nos pregunten por qué, les vamos a decir ‘por un mundo mejor’”. Sin embargo, el tono irónico y distanciado no le resta dramatismo al texto, que incorpora la dimensión trágica de los hechos. El modo en que la narración de la tortura aparece en la voz de una niña –que la imagina o reconstruye sin haberla experimentado- resulta poética y políticamente efectiva, en tanto no soslaya contar la violencia sobre los cuerpos pero su impacto no se debe a un regodeo en los detalles macabros: “Yo supongo que si estoy con la panza no me van a torturar, o me van a torturar menos (…). Igual después del parto te quitan el bebé y ahí supongo que te pueden torturar lo más bien”.

Creo que el gran mérito del relato está en la complejidad del abordaje que propone, totalmente desprejuicidado y sin solemnidad –donde los mismos desaparecidos son capaces de “hacer chistes sobre lo que nos pasa”- pero que finaliza –sin resignar la ironía- dejando entrever la necesidad de sostener la memoria para persistir en la lucha: “un montón de chicas como yo, van a leer todo lo que viví y van a llorar mirando la peli y van a querer hacer igual y en una de esas tal vez a alguno le sale esconder bien el mundo mejor y así después se lo encuentra una persona común y ya nadie tiene que desaparecer nunca más por nuestra culpa. Eso, nunca más”. Finalizar el relato con la fórmula que –más allá de las polémicas a las que ha dado lugar el Nunca más- sintetiza de algún modo el rechazo radical por la última dictadura no puede ser ingenuo. El cuento puede apelar al humor, al absurdo, a la ridiculización de ciertos tópicos, pero su última palabra es una apuesta política por la construcción de un “mundo mejor”, donde “nunca más”.

Después del impacto que implica ¿Qué quiero ser cuando sea grande?, Nadie es tan moderno, el relato que cierra el volumen, funciona como una suerte de coda o, si se me permite abusar de la metáfora, como la resaca después del golpe. El cuento parece insertarse –por la mínima anécdota, los personajes y los diálogos- en una línea similar a

Fatal (el otro relato extenso del volumen), es decir en la de la narración de la cotidianeidad algo vacua de jóvenes que no saben “qué quieren ser cuando sean grandes”. Pero todo está ligeramente extrañado: los vínculos entre los personajes no terminan de definirse, la narración esta interrumpida por digresiones -e incluso, por una “Aclaración necesaria” sobre el pasado de uno de los personajes- y el tiempo parece solaparse sobre sí mismo. El final del relato nos reconduce al comienzo en un loop que nos deja –adecuadamente- algo mareados.

Para finalizar con un balance muy sintético (citable en contratapas de futuras reediciones): Cuando fuimos grandes revela una voz con matices muy originales, versátil para la creación de narradores y tonos y que ya tiene en su haber un cuento digno de figurar en cualquier antología de literatura argentina contemporánea.




*Reseñador

Lucas Adur es Doctor en Literatura (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). Actualmente se desempeña como docente de las cátedras de Literatura Latinoamericana II y Problemas de Literatura Latinoamericana (FFyL-UBA) y como becario de posdoctorado en Conicet. Es uno de los editores de la revista El ansia, dedicada a la literatura argentina contemporánea.