Cómo hablar la realidad
Ever Román


Los reportajes de Félix Chaneton, de Carlos Correas

(Interzona, 2014)


siendo imposible fundar literariamente lo propio

sin fundar lo ajeno, toda autobiografía es una

heterografía”

Pág. 229


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Esta novela de Carlos Correas fue editada originalmente en marzo de 1984, y este año, como parte de un trabajo de rescate de las obras del autor, la reeditó Interzona. Las razones de la reedición son evidentes: resulta una injusticia que sus libros solo aparezcan ocasionalmente en mesas de saldos y no hayan vuelto a publicarse. Afortunadamente, la obra de Correas va ocupando un lugar cada vez más importante en la crítica y los lectores, fruto del rescate de sus obras así como por la aparición de notas y reportajes, estudios académicos e incluso un documental sobre su vida –Ante la ley (2012), de Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach-. Correas no es un escritor de ficciones objetivas, ni siquiera sus ensayos dejan de lado su experiencia vital. La anécdota es conocida: su primera publicación, el relato “La narración de la historia” (1959), fue un escándalo que terminó con una condena de seis meses de prisión en suspenso, tanto para él como para su editor.

Los Reportajes de Félix Chaneton es una roman à clef de Buenos Aires, o más precisamente de ciertos rasgos tras la máscara de esta ciudad, fotografiada en tres épocas: 1956, 1971 y 1973. En la primera, el narrador-protagonista, es un joven veinteañero que deambula por la periferia de la moralidad, en la segunda convive con los acatamientos burgueses de un matrimonio desapasionado en un paisaje desapasionado de una argentina que va dejando de ser ella misma, y en la tercera parte se narran las peripecias de los días previos a la asunción de Cámpora y el retorno de Perón, cuando había esperanzas en un nuevo país –la creación de un nuevo tipo hombre, dice en alguna parte del texto- que finalmente derivó en el espanto. Así más o menos –pobremente- puede resumirse esta novela.



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En el doble movimiento que desarrolla la novela –qué es lo autobiográfico (hagiográfico, ironiza el narrador) y cómo se lo narra- hay algo del orden del desasosiego pessoaniano.

Pero vayamos por partes. Si la realidad es lo padecido, lo que se vive como pasión en el sentido cristiano, ¿cómo decirla? O en otras palabras: ¿qué habla, qué dice la realidad? Esta es una pregunta eminentemente literaria. En la escritura está la respuesta, en este caso es la novela. No hay, por lo mismo, objetivismo posible, pues para trazar el mapa, el delineado de la serie, si la hay, solo se cuenta con un centro -un pliegue-, sobre el que se amalgaman los acontecimientos, se desdoblan y proliferan: el narrador. Correas escoge tres momentos históricos pero no los relata de forma que en que podamos llegar –los lectores- a armar el mapa de una vida o de una época, salvo en la última parte. Nuestro punto de referencia es sobre todo la voz del reportero. Esta voz habla desde el centro de tres mónadas: no hay en ellas progreso temporal, sino espesamiento. Reporta, reflexiona, juzga, ironiza, hiperboliza, los acontecimientos que padece y, a la vez, lo motivan. Como se trata de espesamiento, el lenguaje que adopta es acorde: es denso, cómico, hiperbólico. Me parece que aquí está uno de los logros de la novela y de la propuesta estética de Correas, del realismo que quería: el hacer actuar una voz igual de retorcida que la realidad que padece.

Esta actitud estética hace que todo sea acontecimiento: los más mínimos detalles, de color, temperatura, olor, desencajados momentáneamente del todo, desarmonizados, en primer plano. Tiene que ver, en cierta manera, con el procedimiento del reportaje: el relevamiento de los elementos que conforman eso que se cuenta, y en ese relevamiento la función que cumplen. Tenemos así la descripción de atuendos, tics, olores corporales, así como otras cuestiones más propias de la maquinaria cultural: la universidad, el cine, la política, el matrimonio, la familia, las relaciones homosexuales, la moralidad, la ética, la teatralidad de cada parte, su caricatura, que es movilizada por el deseo, o anulada por él. Sin embargo, y esto es lo más interesante, el mayor desenfreno se vive en la interioridad del lenguaje y en una especie de etología de los desesperados y los marginales.

Correas extenúa un pedazo argentino de fines del s. XX con una literatura entroncada con Dostoievski, Arlt, Genet, el Sarte de Los caminos de la libertad, que cobra intensidad como el lado B de los textos canonizados por el mercado.



*Reseñador

Ever Roman (1981). Publicó Osobuco (Ed. Pánico el Pánico) y cuentos en antologías de Argentina, Alemania, Italia, España y Paraguay. Organiza el ciclo LITERAPUNK y dicta talleres literarios. Mail: barcoborracho@gmail.com